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Opinión

Libertad y gracia según San Agustín

Dentro del libre albedrío se puede actuar bien (gracia y virtud) y actuar mal (pecado y vicio)

San Agustín es un autor del siglo IV, donde filosóficamente reinaba el neoplatonismo de autores como Plotino. San Agustín no fue desde siempre cristiano, en su juventud perteneció a la secta (en el sentido antiguo de la palabra, no el actual) del maniqueísmo y no tenía un comportamiento muy adecuado a pesar de que su madre siempre intentó inculcarle el amor a Dios y educarle en los principios cristianos. San Agustín, como todo joven en la adolescencia, ignoró las palabras de su madre. Siempre fue un apasionado por la verdad, todo sea dicho.

Su primera concepción de la verdad es lo que se llama la verdad ciceroniana, esto es, que la verdad y la mentira están mezcladas en el mundo y no ha de ir separándola, acercándose a la verdad pero nunca llegando a ella de forma completa. Esta concepción la adquirió tras leer un tratado hoy perdido de Cicerón. Luego, cayó en sus manos un libro de Plotino, autor neoplatónico según el cual, en resumidas cuentas, la verdad era algo absoluto, la idea de Bien, o mejor dicho, lo Uno. A Agustín está concepción le convenció más y partir de esta lectura cambió esta antigua concepción que tenía. Pero esto para él aún no era suficiente. Por último terminó identificando, tras su conversión cristiana, el Uno plotiniano con el Dios cristiano, con lo que quedó satisfecho. Tras convertirse en cristiano, se convirtió en un hombre de bien, o en otras palabras, dejó de ser un “gamberro´´ (y en varias ocasiones ladrón) y purificó sus costumbres. Este antecedente neoplatónico plotiniano del que hablamos sentará grandes y duras raíces en San Agustín, tanto que San Agustín a veces es tentado a decir que Platón tuvo que haber leído algo del Antiguo Testamento.

San Agustín tocó muchos temas, por ejemplo, la relación cuerpo y alma, la razón seminal, ontología y epistemología, sobre la Trinidad, etc. Aquí nos centraremos sobre su concepción de la libertad.

Su concepción de la libertad es necesario entenderla primero entendiendo otros conceptos que se relacionan con este. Estos conceptos son principalmente el de gracia y pecado. El pecado es aquello que tiene el hombre por naturaleza al ser este imperfecto, es el actuar mal, ceder al vicio y si se hace una interpretación estoica del Cristianismo, diríamos que sería ceder a las pasiones. Jesús es casi igual que el hombre, solo tiene una diferencia con él, Jesús esta exento del pecado, el hombre no. El pecado es lo que desune a las personas, la gracia es lo que une, es el actuar bien, el no pecar. Es el mal uso del libre albedrío del hombre. El hombre, claro está, ha sido dotado (por Dios en su infinita y magnánima bondad) de libre albedrío, y por tanto, tiene responsabilidad moral sobre sus actos. Libertad y responsabilidad son inseparables, y por ello existen conceptos como gracia, virtud o pecado ligados a nuestro comportamiento y a cómo actuamos siempre y cuando haya libertad. Si no hay libertad, estos conceptos caen a un abismo sin fondo. Es por esto que la responsabilidad de actuar mal, o actuar bien, no es de Dios, sino del hombre. El hombre no puede echar la culpa de sus actos a Dios puesto que este no lo controla.

Jesús posee la gracia máxima, todas sus obras las hace con gracia y no poseen ni una pizca de pecado. La gracia es, entre otras cosas, una característica de Jesucristo. Según Agustín, el hombre, para no pecar, necesita ayuda, pero no una ayuda cualquiera, sino un auxilio divino. El libre albedrío no le basta para hacer un uso del libre albedrío correcto y esto es porque el alma del humano no se reconoce a sí misma. El alma para Agustín es aquello que domina al cuerpo pero usualmente se da que pasa lo contrario, que el cuerpo domina al alma. Para que el alma domine al cuerpo, ya que el hombre no puede por sí mismo al ser imperfecto, necesita la ayuda de Jesús. Cuando el cuerpo domina al alma, no basta conque el hombre quiera salir de ese pozo, sino que ha de poder, y no puede si no es con la gracia de la Redención.

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La gracia para San Agustín es necesaria para que el hombre no sucumba a los bienes materiales y terrenos y tampoco caiga bajo el pecado. La gracia es necesaria y es el principio motor para que podamos salir del agujero del pecado. Es importante señalar el origen de esta. Para este autor su origen está en la fe, aunque la fe es ya en sí misma gracia. Por esto dirá San Agustín, primero creer, después conocer (y no sólo respecto a Dios, sino como un principio general) y en este caso que la gracia (y la fe) precede a las buenas obras y las actos virtuosos y no al revés. La gracia es un concepto cristiano y es, en palabras de Gilson: “un socorro que Dios pone a disposición del libre albedrío del hombre´´ (GILSON, p.132). Por eso la gracia y el auxilio divino no aniquila el libre albedrío sino que es apoyo cooperador con este. Para no caer ante el pecado y actuar según la virtud se necesitarán dos requisitos, 1) la gracia (entendida como un Don que Dios nos da) y 2) libre albedrío. Si no existe ninguna de estas dos el Bien no puede hacerse. Si no hay libre albedrío la responsabilidad moral y el sentido que tienen los actos, más las nociones de gracia y pecado automáticamente se desvanecerían. Si no hay gracia, el hombre no querría ni podría llegar al Bien. El efecto de la gracia sería llevar al hombre del pecado a la senda de la virtud sin destruir su libre albedrío.

Dicho todo esto, ahora entenderemos la concepción de la libertad de San Agustín a la perfección. Dentro del libre albedrío se puede actuar bien (gracia y virtud) y actuar mal (pecado y vicio). La libertad es el sumo grado de gracia, es decir, a más gracia, más libertad, a menos gracia, menos libertad. Es una relación mutuamente-dependiente. La libertad es el puro obrar bien, inseparable aquí de la gracia. La libertad no es otra cosa para San Agustín que el recto uso del libre albedrío. El supremo grado de libertad es el ser incapaz de ceder al pecado, es decir, el obrar siempre bien. El hombre es más libre cuanto más unido está a la gracia de Jesucristo que obtiene mediante ese auxilio divino.

Referencias

GILSON, Étieene, La filosofía en la Edad Media, Gredos, 2019.

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