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El país atado con alambre -o con memoria y reflexividad

Es realmente difícil discernir por dónde empezar al intentar explicar tal nivel de disgregación y fragmentación social.

En los últimos años, y particularmente durante el transcurso del 2019, de cara a las elecciones nacionales ejecutivas y legislativas de ese año, se popularizo mucho la noción de “grieta”. Por supuesto, como ya no puede ser de otra manera en la politica de este país, esta era solo parte de una retórica politica completamente inservible a efectos prácticos para la sociedad, y cuyo único fin era alimentar la maquinaria electoral.

No obstante, había algo de cierto en todo ese discurso: Nuestro país está fragmentado. Pero no estamos atravesados por una grieta, siquiera puede decirse que, por múltiples grietas, es mucho más que eso; Argentina es una sociedad completamente quebrada, hiper quebrada, tanto, que es realmente difícil discernir por dónde empezar al intentar explicar tal nivel de disgregación y fragmentación social.

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Siendo este el panorama, en lugar de buscar directamente las causas de tal fragmentación, que, ante la evidencia, seguramente son varias y muy complejas, nos resulta más conveniente, de hecho, comenzar por el otro lado del camino e intentar encontrar los elementos por los que todavía no nos hemos divorciado, por los que aún nos mantenemos “unidos”. Veamos.

En principio, si Argentina sigue existiendo como tal es por memoria. Todavía nos quedan algunos padres y abuelos para impregnar en las futuras generaciones un mínimo sentido común que justifique al país en sí; para mantener viva la memoria de que somos una única unidad politica, a pesar de que el sentido patriótico no abunde particularmente entre los jóvenes y el sentido de identidad nacional sea muy difícil de convenir entre la identidad nacional, y por más recelos disgregantes que surjan hacia el interior; que hay un único gobierno al que votar, por más evidente que sea el hecho de que esto realmente no sirve de nada, y que los políticos solamente han jugado, gobierno tras gobierno, con las ilusiones de un desgastado pueblo que vive en inmerso en la esperanza formulad, convenciéndose a si mismo de que “el próximo gobierno será mejor”; y que, medianamente, compartimos ciertos valores, costumbres e idiosincrasia, aunque ya no sepamos realmente cuáles son, y hasta hayamos perdido toda noción del significado misma de estas curiosas palabras.

Son estos resabios de la memoria histórica colectiva de nuestra nación lo que, hasta ahora, más ha hecho por mantener a este país “en pie”. En realidad, para ser más específicos, lo que nos queda es el recuerdo de una memoria colectiva. En algún momento tuvimos algún propósito y un sentido de ser, aunque ya hemos olvidado completamente que intentaban decirnos y para que manteníamos estas cosas. Pero nuestros padres vivieron aquí, y nuestros abuelos también ¿Qué más podemos hacer? Una existencia no se abandona de la nada, debes tener razones muy fuertes para ello.

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Pero esta memoria no sólo se va perdiendo, sino que es directamente atacada y está siendo borrada por el sistema vigente. Es cuestión de tiempo para que la Argentina ya no tenga sentido de ser. Un día los argentinos despertarán y dirán “¿Que se supone que hago aquí?” y todo estará dicho.

Muy bien. Podemos encontrar aquí, en la memoria, un primer factor que posibilita el hecho de que Argentina todavía sea una realidad. Pero, si lo único que mantiene un mínimo de Orden en nuestra Argentina es la memoria ¿Qué pasaría cuando esta falle o, peor, cuando termine por borrarse? ¿Acaso no contamos con otros mecanismos que permitan asegurar la integridad de la nación?

Bueno, si el principal elemento de unidad y de mantención del Orden que tenemos es solo un recuerdo colectivo, esto no es casualidad, es decir, hay responsables: Gobernantes negligentes. La realidad es que la contribución de los gobernantes al mantenimiento de las instituciones que hacen a la integridad nacional, así como a la unidad, comenzando por la seguridad, ha sido menos que pésima. Los gobernantes argentinos son aberrantes, pero eso ya lo sabemos, sigamos.

Teniendo esto en cuenta, no sería descabellado afirmar que, si el día de mañana ha de producirse un levantamiento insurreccional serio -no digo que vaya a darse-, el Estado no tiene la capacidad para mantener el control. El aparato de seguridad ha sido violentado de tal manera, como resultado del abandono intencional -por la politica de humillación a las Fuerzas de Seguridad y de las Fuerzas Armadas- y no intencional -negligencia- del propio gobierno, que ya es realmente poco como fuerza de Orden.

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El asunto es que la gente todavía recuerda medianamente que debe obedecer y que, si no lo hace, el Estado algo puede hacer al respecto, aunque realmente no se sabe bien qué. Es cuestión de tener los suficientes motivos, y el Estado Argentino puede verse vulnerado en cuestión de días. Realmente, creo que aún no nos hemos sentado a considerar esta posibilidad en serio porque nos parecía demasiado lejana, tanto, que directamente quedaba anulada de nuestras consideraciones. Pero las sorpresas siempre pueden llegar.

No obstante, creo que hay un segundo factor, que esta, de hecho, interrelacionado con el primero, con la memoria, y que podría servirnos para arrojar algo más de luz sobre este asunto.

Si Argentina aún no ha estallado a nivel social es porque carecemos de reflexividad. La reflexividad dice que, si los hombres perciben una situación como real, será real en sus consecuencias. Esto es, que las situaciones que los hombres definen como verdaderas, son verdaderas para ellos, por lo que terminan volviéndose reales en la práctica, materializándose a través de sus consecuencias.

Así que, si bien el Estado no tiene capacidad de mantener el Orden efectivamente a través de su aparato de seguridad, la memoria aún nos dice que si, que si la tiene, por lo que se genera una reflexividad: El Estado aún puede mantener el Orden sólo porque nosotros pensamos que es así.

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El problema, no obstante, es que, si se llegase a gestar en la opinión publica la imagen de la posibilidad contraria, de la incapacidad del aparato de seguridad para mantener el Orden, es realmente cuestión de días para que el conflicto estalle. Por esto, sin embargo, creo que esta posibilidad sí que ha sido considerada, al menos, en los altos mandos. Es por esto por lo que aún no tenemos esta percepción, porque se ha trabajado, y se está trabajando, activamente en suprimirla.

Pero, vamos, todo esto tiene un tinte conspirativo, y las teorías conspirativas no son serias de considerar. Además, la gente no es tonta -y esto es muy cierto- así que no se puede mantener a una sociedad entera engañada de modo permanente ¿O sí? -Todo depende de si crees que se requiere ser “tonto” para sufrir un engaño- Bueno, podría pensarse, en este mismo sentido, que, por más esfuerzos que haga el Estado en intentar “camuflar” esta realidad tangible, ninguna ilusión es tan potente como la verdad misma y, tarde o temprano, terminará volviéndose cierta. Pero esto no es tan así.

De hecho, no hay razones para pensar que, eventualmente, “la realidad se revelará”, casi como si del retorno de un precio a su “nivel de equilibrio” se tratase. Un precio no siempre tiene por qué volver a su pretendido nivel de equilibrio cuando las percepciones de los hombres sobre éste son discordantes con las condiciones materiales que, en teoría, le adjudican ese determinado precio de equilibrio. Como la realidad depende de lo que los hombres piensen, y no de lo que la realidad sea per sé, porque, de hecho, en términos prácticos, la realidad termina siendo lo que los hombres digan que es, esta situación de “ilusión”, que nos mantiene “fuera de equilibrio”, puede postergarse ad eternum o, al menos, tanto como sea necesario para evitar un resultado que, a prima fase, parece ineludible. Así, lo que antes era sólo una “percepción” relativa al mundo de las nociones, termina volviéndose una verdad tangible y evidente en el mundo sensible de la realidad.

Esta idea de reflexividad es relativamente antigua en el mundo academico, y goza de cierta aplicación en las finanzas -puedes consultarlo con el mismo Soros, quien se jacta de que su éxito se debe a su correcto entendimiento de este fenómeno-, pero también es una ley de las ciencias humanísticas, de todas ellas, en general, porque no es más que una simplificación de la naturaleza del mundo social: El mundo es y, sobre todo, será lo que los hombres piensen y, en consecuencia, hagan de él.

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Un ejemplo más que evidente es el que estamos viviendo hoy en día con las medias de aislamiento social forzoso. Claro está que el Estado argentino no tiene la capacidad para volver efectivo el acatamiento de la cuarentena. Por tanto, éste depende principalmente de la voluntad de los ciudadanos de cumplirla. Si el día de mañana la gente simplemente dejase de temerle a la publicitada pandemia, el Estado la tendrá muy difícil y, realmente, no creo que pueda hacer mucho más que terminar por oficializar lo que, de facto, sería el fin de la cuarentena ¿Quizá por esto es el énfasis puesto en la campaña del medio hacia el virus chino?

Todo esto, de hecho, tiene pleno sentido y completa concordancia con el estilo, la teoría y la práctica del gobierno moderno, y su enorme dependencia del recurso del discurso. Es notable, no sólo como la legitimidad y la mecánica del sistema mismo, al funcionar por desvío de mando, dependen de la propaganda, sino que es la propia incapacidad de facto del Estado para mandar, para hacer cumplir sus órdenes, la que debe ser suplida con propaganda para, de tal modo, por un lado, amedrentar a la población de romper la cuarentena por miedo a la enfermedad y, por otro, estimularla a su cumplimiento a través de la excitación del ethos, el deseo de sentirse importante, por ser “socialmente responsables”, ya no sólo al acatar los mandatos del Poder, por más ilógicos y absurdos que éstos sean, sino al denunciar y vender a los vecinos a cambio de la mínima cuota de atención que tantos pobres diablos anhelan. “Responsabilidad social” no es más que otro nombre para “corrección política”, es una historia formulada, una con la particularidad de que, no sólo funciona a través de la estimulación de un instinto activo que incita a una determina acción -sentirte importante por obedecer al gobierno al acatar la cuarentena-, sino que exhorta a no actuar de otros modos -en este caso, romper la cuarentena- por miedo al “rechazo social”. Esto sí que es un auténtico gobierno por comunicación.

Uno podría pensar, entonces, que la clase política está asegurada por este efecto de reflexividad. Pero la reflexividad, no es estática, ni está dada per sé, por lo que puede darse vuelta. Si los gobernantes olvidan el efecto reflexivo favorable que los sostiene en el Poder, es decir, que si no han sufrido aún una gran revuelta es sólo porque todavía no se ha considerado seriamente tal idea; podrían pecar de confianza y cometer errores, excesos, por ejemplo, que desaten y/o den vuelta la reflexividad.

La reflexividad es un arma potente, pero tiene doble filo, y la mayoría, sino todas, las veces opera en nosotros de forma inconsciente. De hecho, la reflexividad es más un evento dado que un producto generado, por lo que la capacidad del hombre para influir en ella es ambigua y limitada.

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De aquí, la necesidad de la plena claridad y transparencia, de la plena visibilidad, en la que tanto enfatiza el formalismo y la teoría reaccionaria del Poder. Si todo está más que claro, la incertidumbre y las posibilidades de error se reducen drásticamente, generando un entorno seguro, lo que es favorable para todos. Por el bien común, no puede permitirse que la integridad de toda una sociedad dependa solamente de “percepciones” basadas en vaya a saber qué. Un sistema que sólo funcione a partir de ellas es un sistema letal y, más precisamente, suicida.

Ahora, hay un punto que quizá hemos desconsiderado. Puede objetarse a lo aquí expuesto que, por defecto, dada la natural conformación de toda sociedad -una minoría gobernante mandando sobre una mayoría que obedece-, todo gobierno lo tendría realmente difícil frente a un levantamiento social masivo de una magnitud tal que pueda llevar a la fragmentación de la unidad politica. Por esto, el énfasis puesto en el manejo del gobierno, no solo a través de los medios represivos, sino, cada vez más, a través de los medios comunicativos y, claro, esta, la preocupación por la legitimidad del Poder, la razón última de la obediencia popular.

Mi respuesta es claramente afirmativa. Si, sin dudas. Pero no nos olvidemos de algo. Es difícil estimar que en, prácticamente, cualquier otro país del mundo estén dadas las condiciones para alcanzar tan “fácil” un nivel de conflictividad social tal como el que podríamos padecer aquí. Todas las sociedades Occidentales, al estar expuestas al mismo sistema de gobierno, están fuertemente golpeadas, desunidas y conflictuadas hacia dentro. Esto, porque la politica liberal -la politica del Poder vigente- nos dice que el enemigo, mas que afuera, realmente se encuentra hacia adentro, es interno, y no es exactamente algún grupo concreto de la sociedad -aunque en la práctica sí que lo es-, sino que el enemigo esta “dentro nuestro”. Todos somos potenciales “victimarios de odio”, todos somos potenciales, racistas, machistas, homófobos, xenófobos, discriminadores y hasta explotadores -porque el progresismo esta pintado de rojo-, por lo que la politica progresista se trata de “deconstruir” la identidad en si con el objetivo de extirpar todos estos latentes vicios internos; lo que en la práctica no consiste en nada mas que cortar lazos -con la pareja para evitar femicidios, con la heterosexualidad para evitar el machismo, con los hijos para evitar el parasitismo del feto y la opresión de ser incubadoras humanas, etc, etc, tales son las aberraciones progresistas -hasta llegar a un atomismo tan grande que terminamos por divorciarnos de la realidad. En fin, podríamos seguir todo el día con esto, pero ya nos hemos dedicado antes a desarrollar profundamente estos asuntos.

Esto también nos ocurre. Realmente, todos los mencionados son elementos de “desmovilización social”, porque actúan dividiendo a la sociedad hacia dentro hasta un punto en que la organización para la acción colectiva es imposible. Por tanto, esto no hace más que agravar nuestro problema endémico: La incapacidad de generar y consolidar una única identidad nacional, al servicio de un propósito común.

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Pero el conflicto en la Argentina no acaba aquí, es mucho más grande. A estas divisiones debe agregársele una serie de potenciales causas de conflicto propias de nuestra historia singular, particularmente uno, el conflicto entre las alianzas interclases por la distribución de estatus y socioeconómico, que podríamos resumir como el conflicto entre los restos de la Argentina europea vs la Argentina latina en gestación, con todo lo que ello implica; así como una serie de otras desavenencias -centro vs periferia, el rol de Bs As, instintos separatistas, etc etc- que, si bien pueden parecer poco relevantes, realmente están latentes, y en cualquier momento podrían amalgamarse y estallar.

Sin embargo, no vemos que la clase politica, los únicos que pueden inclinar la balanza significativamente, hagan algo al respecto. Es más, de hecho, la clase dirigente Argentina se ha nutrido de todos estos conflictos y no ha hecho más que empeorarlos. Es notable que la politica argentina, en las últimas varias décadas, no ha sido más que una lucha entre agencias privadas parasitarias (partidos políticos) por hacerse con el control del aparato fiscal, utilizando el conflicto de estatus y socioeconómico como base social para ganar elecciones, y sus resultados no han sido otros más que el enriquecimiento de esta clase ociosa.

Así que, poniendo todo esto en consideración, si los dos principales elementos de los que depende el mantenimiento del Orden y, en última instancia, la unidad politica nacional, son la memoria y la reflexividad, dada la incapacidad infraestructural del Estado y la negligencia de la aberrante clase politica nacional, considero, entonces, que podemos afirmar con todas las letras que nuestro país está realmente “atado con alambre”.

¿Qué ha sido de nosotros? Y aun mas ¿Qué será de nuestros hijos y de su futuro? ¿Realmente hemos sido tan indignos, al punto de ser castigados con semejantes “lideres”? Por hoy ya hemos dicho demasiado, así que la respuesta queda a criterio del lector.

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