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Análisis

Los católicos ante el progresismo

El progre está desesperado por reinventar la rueda: «Ya que ignoro el pasado y estudiarlo requiere de mucho esfuerzo y sacrificio, mejor reconstruyo el presente y el pasado a mi antojo».

Con licencia Pixabay

Tener una religión no es malo, o al menos eso asumimos los católicos. En cambio, el progre niega que lo suyo sea una religión, una ideología incuestionable; y lo hace sin más respaldo que autores recientes que patean el tablero del conocimiento para fundar nuevas consignas. Para ellos, una Beauvoir, un Gramsci o un Žižek son superiores a un Santo Tomás, un San Agustín o un Juan Duns Scoto.

El progre está desesperado por reinventar la rueda: «Ya que ignoro el pasado y estudiarlo requiere de mucho esfuerzo y sacrificio, mejor reconstruyo el presente y el pasado a mi antojo». Ejerce un crear por crear: inventa nuevas formas de orden social arrancando las raíces de lo que forja una civilización.

Como decía Orwell: «Quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado, controlará el futuro». No conocer las raíces de tu identidad te hace vulnerable al discurso progre.

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Cabe destacar que, al igual que los progres, los católicos también tenemos dogma y doctrina: obedecemos al magisterio de la iglesia. La diferencia es que ellos no tienen respaldo histórico y que además, niegan estar adoctrinados; lo niegan con todo el orgullo del mundo.

Sin embargo, a fin de cuentas, para criticar coherentemente al progresismo tenemos que renunciar a nuestra vida tranquila, a las comodidades que nos ofrece la modernidad. Esas comodidades son el libertinaje, presente en cada uno de los vicios modernos: beber en exceso, tener sexo con quien sea, drogarse, etc.

De nada te sirve decir que las marchas feministas están mal si le pegás a tu mujer cada fin de semana. De nada te sirve decir que las marchas ecológicas son exageradas si botás tu basura en la calle.

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Si no somos duros con nosotros mismos, no podemos ser duros con los progres. Para tener derecho a criticarlos, tenemos que empezar por criticarnos a nosotros; ese es el primer paso hacia una coherencia moral. Como decía Jesús: «Sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48).

Eso sí, debemos tener cuidado también con las tentaciones: todo el tiempo se presentan oportunidades de obtener el poder con facilidad para implantar las ideas propias. No es sensato sumarse a partidos políticos o colectivos de activistas con un claro historial de corrupción y escándalo.

El cristiano auténtico debe ser misionero, no politiquero. Si los partidos políticos o colectivos ciudadanos exigen que renunciemos a nuestra fe para militar en ellos, mejor es no sumarnos. El camino al cielo es estrecho y angosto, a Dios no le gustaría que vendamos nuestros principios a costa del poder.

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Negar a Cristo para obtener la aprobación del público es lo peor que podemos hacer en cuanto a activismo. Callar tu fe para agradar a las masas es anticristiano y funcional al sistema.

Recordá a los grandes mártires del cristianismo: ¿renunciaron ellos a su fe para estar a salvo y viviendo cómodamente? No. Ellos estaban seguros de su fe y la anunciaron abiertamente hasta en sus últimas horas.

Es deber del católico recuperar la esencia de su doctrina: renunciar al mundo moderno implica no solo evadir los vicios, sino también ver qué se hizo antes. Explorar a los autores medievales, a los grandes santos y mártires de la fe.

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Al nutrirse en conocimientos históricos y en apologética, el católico estará en condiciones de resistir cualquier embate intelectualoide de los progres. No basta con decirles que están equivocados: hay que decirles por qué lo están y demostrarles cuál es el camino correcto.

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