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Crítica al laicismo y elogio del estado católico

Laicismo es igual a paganismo y apostasía (pecado consistente en abandonar públicamente y por completo la fe católica profesando una o más herejías).

Entre la Iglesia y el Estado debe haber complementariedad funcional, concordia y coordinación. Nunca separación hostil y recelosa. El motivo por el cual el Estado debe sostener económicamente el culto católico, es porque tiene el deber de facilitar la salvación de las almas y porque la existencia de la Iglesia en el país beneficia a la sociedad, es decir, contribuye al bien común. El laicismo (no confesar ninguna religión) no es neutro o neutral, es una forma radical de anticristianismo, y una muy engañosa.

“Cuando los Estados dijeron: ‘La religión es asunto privado’, la irreligión se convirtió en asunto público.” (Padre Leonardo Castellani)

Laicismo es igual a paganismo y apostasía (pecado consistente en abandonar públicamente y por completo la fe católica profesando una o más herejías).

Por los pecados del pueblo llegan los gobiernos laicistas al poder, y el laicismo a su vez acelera la decadencia de la religiosidad en el pueblo, y esta decadencia degrada el orden social y económico.

Cada vez que alguien practica un vicio, está colaborando con el laicismo en la sociedad. Cada vez que se practica una virtud, se está colaborando con un Estado católico. Por eso, no solo se vota cada cuatro o seis años, sino que se vota todos los días con los hábitos buenos o malos que se practican.

Enseña Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, que la felicidad es el premio de la virtud, y no puede haber una vida plenamente virtuosa sin la Religión. De ahí se sigue que si un gobierno quiere procurar la felicidad del pueblo debe unir Iglesia y Estado.

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El Estado debe defender y tutelar las virtudes, incluidas la Fe, la Esperanza y la Caridad. Por el contrario hoy en el mundo tenemos gobernantes que cada vez con más fuerza promueven los vicios y los pecados, degradando de esa manera el orden social. El laicismo subvierte el orden social porque hace pasar a la ciudadanía de las virtudes cristianas a los vicios. El laicismo pudre la sociedad. Dios y la Religión la renuevan. El laicismo produce individuos que viven de espaldas a Dios y que se van al infierno cuando mueren. Es el proyecto de la masonería, secta luciferina.

Laicismo y bien común

Solo un Estado católico puede resguardar el bien común y lograr la justicia social. Los gobiernos deben procurar el bien común, y este ante todo consiste en el bien de las almas. De manera que los fines religiosos del Estado son los principales. Procurar solo o ante todo el desarrollo material, es un grave error que no tiene en cuenta la verdadera naturaleza humana, la cual es unión sustancial de cuerpo y espíritu, y tampoco tiene en cuenta la supremacía de lo espiritual sobre lo material, es decir, la primacía de los bienes eternos por sobre los temporales. El primero y principal elemento del bien común que está descuidado en la mayoría de los países hoy en día es el religioso, por el laicismo. Es más, los gobiernos no solo lo descuidan sino que atentan contra el mismo, de manera que los Estados más que laicos (neutros) son antirreligiosos. De aquí viene la decadencia material de muchas naciones. Como procurar el bien común es procurar el bien de las almas, debe haber unión Iglesia-Estado. Velar por el bien común, lo cual es el fin propio del Estado, es procurar, entre otras cosas, que las personas puedan desarrollar plenamente su vida religiosa. El laicismo es contrario al bien común.

Laicismo y justicia social

También si se quiere justicia social, se debe pensar en un Estado católico, porque solo este promueve las virtudes en la ciudadanía, y la justicia social no es otra cosa que la virtud de la justicia (darle a cada uno lo que es suyo) en su dimensión económica y social. Según el papa Pío XI en su encíclica social Quadragesimo anno (1931), un error de muchos economistas es haberse alejado de la necesidad de la renovación del espíritu cristiano en la sociedad a fin de que el edificio social no se edifique sobre arena sino sobre roca (Mt 7, 24). Esto quiere decir que las virtudes cristianas, especialmente la justicia y la caridad, tienen una función social y económica fundamental. Está lleno de economistas herejes que aprecian las “bondades” del hedonismo-egoísmo para la economía. Lo que faltan son economistas católicos que aprecien las grandes bondades de la mortificación-caridad para la economía. Lo primero es una propuesta de laicismo y apostasía, lo segundo de religiosidad y Fe. Desvincular las cuestiones sociales y económicas de las cuestiones religiosas y morales es un rasgo de apostasía vinculado al laicismo. Es imposible restaurar la economía social sin instaurar un Estado confesional, porque la economía social, según la concepción cristiana, debe estar regida por las virtudes de la justicia social y la caridad social, y para fomentar esas virtudes hace falta un Estado basado en el derecho constitucional católico y en la doctrina política y social de la Iglesia. Es decir, la economía social, desde una perspectiva católica, es la economía cristianizada, sometida a la ley moral, o sea, a la justicia y a la caridad, y no se puede moralizar la economía sin un Estado católico que oriente las conductas de los individuos a la virtud.

La mejor distribución de la riqueza en la historia se dio durante gran parte de la Edad Media, y en el continente americano la distribución de la riqueza tuvo su mejor momento en el período hispano. La Cristiandad es justicia social, el paganismo (laicismo) es injusticia social. El paganismo está asociado a la injusticia social. En la Edad Antigua el paganismo intentó dar solución a la cuestión social mediante la esclavitud, y ahora, en la Edad Contemporánea, una nueva forma de paganismo (generado por la separación total y hostil entre la Iglesia y el Estado), ha generado la mayor desigualdad en el mundo de la historia en la cual una pequeña oligarquía financiera internacional masónica, ostenta la mayor parte de las riquezas y gobierna el mundo, esclavizándolo. El desarrollo progresivo de la injusticia social en los distintos países y en el mundo tiene su origen histórico en la Revolución Francesa, y esta se basa en parte en la filosofía política del siglo XVIII que a su vez se relaciona con la reforma protestante. El laicismo o más precisamente el derecho constitucional moderno es el origen de la injusticia social porque de allí vienen las inmoderadas libertades políticas de las cuales se siguen las excesivas libertades económicas, y es la libertad ilimitada de los competidores lo que genera la concentración de la riqueza y la injusticia social. En este sentido, los comunistas ven las grandes injusticias generadas por las leyes del mercado en un Estado laico y liberal, y proponen anular el mercado colectivizando los medios de producción, pero esa es una solución errónea y altamente perjudicial para todos, incluidos los trabajadores. Lo que hay que hacer es ponerle justos límites a las libertades cívicas y económicas en base a la fe y a la moral, es decir, terminar con el libertinaje político y económico, para que de esa manera el mercado no sea un insolente desorden generador de injusticia social y concentración de la riqueza.

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Por todo esto es que toda solución a los problemas sociales, que no incluya abandonar el laicismo y pasar a un Estado confesional, es falsa y reduccionista. Lo que propone la doctrina social de la Iglesia es la sociedad de la justicia y la Caridad. En cambio el neoliberalismo y la socialdemocracia (ideologías muy en boga hoy en día) son laicistas, lo cual mata la caridad y con ello debilitan la justicia.

Laicismo y educación

De todos los contenidos educativos que se deben impartir a la juventud, el religioso es el primero y fundamental, y sin embargo, es lo primero que excluye la educación naturalista del laicismo. No brindar educación religiosa en las escuelas es formar burros e ignorantes que desconocen los temas más fundamentales e importantes de la cultura. La educación laica y antirreligiosa que se imparte hoy en día en muchos países de Occidente, lamentablemente más que acabar con la ignorancia sume a los niños y a los jóvenes en la incultura y el error. Todos se llenan la boca hablando de la importancia de la educación, pero la educación laica es una educación incompleta y puede implicar la enseñanza de conceptos erróneos o heréticos, lo cual es contrario al bien común. No brindar educación religiosa en las escuelas es un crimen que atenta contra los derechos fundamentales de la persona humana. La satisfacción del derecho a una formación y a una educación religiosa en todos los hombres es condición previa necesaria hoy día para resolver con eficacia la cuestión social. Esto se puede dar tanto con las escuelas como con los sindicatos católicos.

El principal fin de los sindicatos es lograr la perfección religiosa y moral de sus miembros, por ejemplo, ofreciendo formación en esos ámbitos. Esto está comprendido dentro del concepto de justicia social ya que esta no solo implica favorecer materialmente a los desfavorecidos, sino también, y ante todo, cultural y religiosamente.

La mayoría de los padres de familia hoy en día carecen de la formación necesaria para cumplir con su misión de educar a la prole. De manera que los niños y los jóvenes crecen ignorantes en materia de fe y costumbres no solo por la educación laica que reciben en la escuela, sino también por la ignorancia de sus padres.

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No existe derecho a recibir una educación laica, solo existe derecho a recibir una educación confesional. Por lo cual proclamar la educación como un derecho humano es proclamar un falso derecho. En ese sentido los Estados laicos hoy en día gastan grandes sumas de dinero en satisfacer un falso derecho que no hace al bien común.

La educación religiosa debe ser obligatoria. Todos están obligados a escuchar la doctrina católica, es un derecho de Dios. Después cada uno es libre de creer o no creer, sin que deje esto de ser pecado, aunque nadie tiene derecho a practicar una falsa religión o a propagar públicamente herejías. Los Derechos de Dios y de su Iglesia que fundamentan el reinado social se Cristo, no se anulan por la existencia de acatólicos en la sociedad, por más numerosos que estos sean, por lo cual, argumentar que la educación debe ser laica porque en el país hay muchos no católicos es un error.

La educación y los sindicatos laicos son contrarios a la justicia social, porque no hacen participar al pueblo en los bienes de la cultura y de la Religión. La justicia social implica no solo la participación de todos en las riquezas materiales de la nación y del mundo, sino también en los bienes de la vida familiar, cultural, política y religiosa. Es por ello que si los sindicatos son católicos, es mayor la justicia social, y si la educación es confesional también.

Laicismo y decadencia

La destrucción de los países, como Venezuela y Argentina, sigue este orden: primero se hace una revolución laicista y liberal. Con ello se barre con todas las instituciones fundamentales del Orden Social. Y luego, por la descristianización de las masas y la injusticia social, o se cae directamente en una revolución comunista o se pasa primero por el socialismo destruyendo aún más el Orden Social y trayendo miseria.

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Laicismo y democracia

La democracia es la forma de gobierno que mayor madurez moral exige de los ciudadanos. Como su etimología lo indica, demos (pueblo) y krátos (gobierno); si el pueblo gobierna, debe tener la mayor madurez moral posible. Madurez que no se puede dar si el pueblo no está iluminado por la luz del Evangelio. Es por ello que la educación confesional es necesaria para una verdadera y sana democracia. La educación naturalista del laicismo liberal socava las bases de la democracia. Sin educación confesional y sindicatos católicos no se pueden formar ciudadanos con la madurez moral y el juicio crítico que una verdadera y sana democracia requiere. La educación y los sindicatos laicos minan los cimientos de la democracia. Es decir, sin cultura católica los ciudadanos no pueden desarrollar un juicio crítico de la realidad, de manera que la democracia se ve debilitada. Es por ello que la educación confesional es necesaria para formar los ciudadanos que se requieren para tener más y mejor democracia. La educación laica destruye los fundamentos de la democracia. En otras palabras, la educación confesional es necesaria para profundizar la democracia, porque provee a los ciudadanos de la cultura necesaria para desarrollar su juicio crítico, el cual es, según el Papa Pío XII en su radiomensaje Benignitas et humanitas (1944), una condición necesaria para que haya más y mejor democracia. La educación laica es antidemocrática.

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