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¿Según la Doctrina Social de la Iglesia, se debe penalizar la herejía?

Los herejes son “ladrones y asesinos de almas”

Este artículo pretende demostrar que no solo según la doctrina jurídica y política, sino también según la doctrina social de la Iglesia, se debe penalizar la herejía.

Primero hagamos una aclaración de términos y principios: Una herejía es una negación o rechazo pertinaz de un dogma católico. Y un dogma es una verdad inmutable enseñada por Jesucristo a los apóstoles. Quien abraza una herejía comete un pecado mortal, perdiendo el estado de gracia (de manera que si muere en ese estado se va al infierno), y deja de ser católico.

La herejía es el pecado más grave que existe:

Papa San Pío X, Editae saepe, # 43, 26 de mayo de 1910: “Es un hecho cierto y bien establecido que no hay ningún otro crimen que ofenda a Dios tan gravemente, ni que provoque su gran ira, como es el vicio de la herejía”.

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Si bien la herejía es la negación o rechazo pertinaz de un dogma, solo los bautizados que abrazan una herejía son considerados herejes.

Ahora vayamos al tema que nos ocupa. El magisterio social nos propone el siguiente límite a la libertad individual:

“Lo mismo a los individuos que a las familias debe permitírseles una justa libertad de acción, pero quedando siempre a salvo el bien común y sin que se produzca injuria para nadie.” (S. S. Pío XI, Quadragesimo anno, 15 de mayo de 1931, # 25)

En esta declaración, vemos que el papa Pío XI pone dos límites a la libertad de los individuos, uno es el no daño del bien común y el otro es el no daño de los derechos del prójimo. 

Primero probaré muy sucintamente que la herejía daña tanto al bien común como al prójimo.

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El bien común es, según el mismo magisterio social, la realización duradera “de aquellas condiciones exteriores necesarias al conjunto de los ciudadanos, para el desarrollo de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y religiosa” (Papa Pío XII, Radiomensaje del 24 de diciembre de 1942, # 13).

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El primer derecho humano es “El derecho a conservar y desarrollar la vida corporal, intelectual y moral” (S. S. Pío XII, Radiomensaje de Navidad (# 34), 24 de diciembre de 1942)

Bien, ha quedado asentado qué es el bien común y cuál es el primer derecho humano, ahora hay que decir que los herejes son “ladrones y asesinos de almas” (S. S. Inocencio IV, Ad extirpanda, 15 de mayo de 1252), es decir, los herejes matan el alma del prójimo, por lo cual la herejía es contraria al logro de aquellas condiciones exteriores necesarias para el desarrollo de la vida religiosa, y atenta contra el derecho a conservar la vida moral, es decir, la vida del alma. Por lo cual la herejía daña tanto al bien común como al prójimo y debe ser penalizada. Además, esto demuestra que no se deben conceder las libertades de cultos, de expresión, de pensamiento y de enseñanza sino que habría que regularlas o moderarlas según la ley natural y la verdad revelada, ya que la herejía está relacionada con el abuso de esas cuatro libertades de perdición. 

Pero alguien podría decir que los herejes no pueden matar el alma del prójimo sin que este ofrezca su consentimiento en la herejía y que por lo cual los herejes no matan el alma del prójimo. Esto es una falacia, ya que el otro abraza la herejía porque el hereje se la inculca y propone. Pero demostraré entonces que aún cuando el otro no ceda y no abrace la herejía, el hereje menoscaba sus derechos y por lo cual también daña el bien común. (Demostrando esto también expondré diversas formas en que los herejes roban y matan el alma del prójimo.) Esto es así ya que todo hereje o apóstata martiriza a las personas que quieren vivir la fe católica plenamente y se mantienen firmes en ello. Las martirizan al contradecirlas con sus palabras o acciones. De manera que menoscaban la libertad del creyente. Por ejemplo, si el católico quiere rendir culto a Dios, privado o público (y esto es un derecho), el hereje le pone un obstáculo como mínimo cada vez que su conducta contrasta con la del cristiano, sino además también mediante invitaciones o exhortaciones a pecar o a no rendir ese culto a Dios, o mediante reproches o recriminaciones por ser católico. Lo mismo ocurre cuando el creyente ejerce la acción caritativa religiosa, la predicación u observa los Diez Mandamientos, los herejes lo obstaculizan. Con el solo hecho de no profesar la fe católica, el herejes pone un obstáculo al creyente  porque como mínimo, como espectador de su vida, lo somete al escarnio, porque el no creyente hace profesión de ideas contrarias a la fe, dando un falso testimonio ante el mundo según el cual el creyente está equivocado o extraviado. De manera que atenta contra la libertad y el honor del creyente, le pone un obstáculo y lo pone en ridículo. Es decir, lo agrede espiritualmente. Lo mismo ocurriría no ya con la libertad del creyente sino con su vida, si esta no la entendemos en un sentido minimalista y físico, sino que la extendemos a la vida intelectual y moral. Y otro tanto ocurre con la salud si consideramos la salud del alma. Dificultan gravemente la conservación y el desarrollo de la vida del alma. Y la verdad es que el hombre no es solo materia, es unión sustancial de cuerpo y espíritu. 

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Además, la Palabra de Dios dice: “Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa, ni le digáis: Bienvenido.” (2 Juan 1, 10)

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De manera que los herejes ponen al católico en la enorme dificultad de no recibirlos en su casa y no saludarlos o entrar en comunión con ellos, o sea, les dificultan también en ese punto el ejercicio de su libertad, entendiendo libertad como obedecer a Dios.

2 Corintios 6, 14: “No os unáis en yunta desigual con los infieles: ¿Qué consorcio hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunidad entre la luz y las tinieblas? (…) ¿Qué parte del creyente con el infiel?”.

Los herejes son infieles. Como podemos ver, San Pablo en la biblia enseña que hay que evitar toda comunión con ellos. Esto constituye un enorme obstáculo para el creyente, el cual tiene que andar por la vida y en la sociedad, en su familia, en su trabajo, etc., evitando la comunión con los herejes.

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Lo mismo ocurre con las bodas y los funerales de los herejes. Los católicos no pueden asistir a los mismos, porque compromete la fe. La compromete porque asistir a una boda o un funeral de un hereje es una forma de predicar que ese matrimonio agrada a Dios o que ese difunto pudo haberse salvado. Por lo cual, cada vez que los herejes invitan a un católico a su boda, le ponen un obstáculo a su libertad de no profesar la herejía y no apostatar, y lo mismo con los funerales.

Papa Pío XI, Mortalium animos, # 9, 6 de enero de 1928: “Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a los otros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: ‘Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis’(II Juan 10)”.

Otro obstáculo a la libertad y daño a la vida moral y la salud del alma es que los herejes ponen a los católicos en situación de tener que condenar y refutar sus errores y herejías si quieren ser perfectos y no cometer pecados veniales o mortales en el ejercicio de su libertad. Por ejemplo, un hereje le dice a un católico que Dios no existe, automáticamente el católico debe rechazar su opinión, porque el que calla otorga y además él tiene el deber de que quede claro que él no es ateo, para no dar falso testimonio.

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De manera que, según estos dos límites a la libertad propuestos en la encíclica social Quadragesimo anno por Pío XI (el no daño al bien común ni al prójimo), habría que penalizar la herejía, y además no sería lícito conceder las libertades liberales antes mencionadas. Por lo cual todo político o movimiento o partido político que de cualquier manera favorezca las herejías o a los herejes, o no se dirija en la dirección de censurar los errores según la ley natural y la verdad revelada, no puede decirse jamás ser partidario de la doctrina social de la Iglesia.

A continuación demostraré que es doctrina tradicional de la Iglesia que la pena que corresponde a los herejes es la pena de muerte:

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Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Pt. II-II, c. 11, a. 3: Los herejes “merecieron no solamente la separación de la Iglesia por la excomunión, sino también la exclusión del mundo con la muerte. En realidad, es mucho más grave corromper la fe, vida del alma, que falsificar moneda con que se sustenta la vida temporal. Por eso, si quienes falsifican moneda, u otro tipo de malhechores, justamente son entregados, sin más, a la muerte por los príncipes seculares, con mayor razón los herejes convictos de herejía podrían no solamente ser excomulgados, sino también entregados con toda justicia a la pena de muerte”.

Errores de Martín Lutero, # 33: “Es contra la voluntad del Espíritu quemar a los herejes”. – Condenado por el Papa León X, Exsurge Domine, 15 de julio de 1520

Por último, una aclaración, la Inquisición tenía jurisdicción en materia de herejía solo sobre los católicos (bautizados), mientras que los no bautizados no tienen las libertades de perdición (libertad de cultos, de expresión, de pensamiento y de enseñanza), pero no pueden ser condenados por herejes. De esa manera, los no bautizados no son obligados a abrazar la fe, a la vez que se penalizan las herejías de los bautizos. Las condenas que podrían caer sobre los no bautizados son las de practicar y predicar una falsa religión y la propagación de creencias y opiniones erróneas, siendo distinta la pena a la de herejía. Esto se corresponde con la definición de “hereje”: “persona  bautizada  que  rechaza  un  dogma  de  la  Iglesia  Católica.” De manera que los no bautizados no pueden ser condenados por herejes pero sí se les puede prohibir el culto de su falsa religión. Y probablemente, recién se penalizarían a los herejes que profesan su herejía públicamente, es decir, con mucha notoriedad, escándalo y daño del bien común, pero solo para los bautizados.

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