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Cómo restaurar la vida rural

El desprecio de la vida rural es una de las causas del desequilibrio y la confusión de la economía mundial y de la decadencia de la civilización y la cultura.

Para conservar y restaurar la vida rural, se deben conservar los elementos esenciales de lo que podría llamarse genuina civilización rural, estos elementos son los siguientes:

“laboriosidad, sencillez y frugalidad de vida; respeto a la autoridad, sobre todo de los padres; amor de patria y fidelidad a las tradiciones que en el curso de los siglos se han mostrado fecundas de bien; prontitud para la ayuda recíproca, no sólo dentro del cerco de la propia familia, sino también de familia a familia, de casa a casa; finalmente, ese único sin el cual todos esos valores no tendrían consistencia alguna, perderían todo su prestigio y se resolverían en una desenfrenada avidez de ganancia: el verdadero espíritu religioso.” (S. S. Pío XI, Al particolare compiacimento, 15 de noviembre de 1946, # 5)

Todos estos elementos esenciales de la genuina civilización rural, se protegen y fomentan con un Estado católico, como demostraré a continuación. La laboriosidad se fomenta con un Estado católico porque la religión católica implica la ley divina del trabajo, sancionada por Dios como castigo por el pecado original:

“Te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3, 19).

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La sencillez y la frugalidad de vida se fomentan porque el Estado católico promueve todas las virtudes.

El respeto a la autoridad de los padres, lo mismo que el amor a la patria y la fidelidad a las buenas tradiciones, se fomentan en un Estado católico porque el catolicismo implica la observancia del cuarto mandamiento, “honrarás a tu padre y a tu madre”, lo cual implica el amor patrio y el respeto de las tradiciones.

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La prontitud para la ayuda recíproca se fomenta porque el Estado católico promueve la virtud de la caridad cristiana (cf. S. S. León XIII, Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885, # 8).

Finalmente, el verdadero espíritu religioso es obvio que es fomentado por un Estado católico.

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Luego, para conservar y restaurar la vida rural se debe procurar que las familias de agricultores cuenten con condiciones de vida digna y confortable, tales como vivienda, educación, salud, sana diversión, entre otras como las comunicaciones y la previsión y seguridad social:

“¿quién no ve que, si los campesinos abandonan las zonas rurales, no pocas veces es precisamente porque no encuentran ya en el campo aquellas suficientes condiciones de vida dignas y confortables que harían amarla, como son especialmente la casa, la escuela, la asistencia sanitaria, la sana diversión y todos aquellos auxilios que aseguran su posibilidad de mejora social?” (S. S. Pío XII, carta a la XXX Semana Social de Italia, 22 de septiembre de 1957)

Estas cosas pueden ser aseguradas por un Estado laico, pero el mismo admite ideologías que podrían pretender que el Estado se abstenga de asegurarlas. En cambio un Estado católico implica que subsidiariamente el Estado asegure la educación, la vivienda y la salud. Con la ventaja de que la educación es confesional, lo cual contribuye grandemente al logro de aquellos elementos de la genuina civilización rural de que hablábamos antes. Además, un Estado laico de seguro orientará su política social hacia las grandes ciudades, en cambio el Estado católico la orientará más que aquel hacia el campo. 

Un Estado laico admite tanto al liberalismo como al comunismo, y estas ideologías son contrarias a la conservación y restauración de la vida rural, porque tienden a no asegurar a las familias de agricultores esas condiciones de que acabamos de hablar (Ibíd.), en cambio, un Estado católico no admite esas ideologías de raíz iluminista.

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También se debe procurar que en los campos tengan acceso a la electricidad, internet, que se hagan acueductos, etc. Además se debe estimular a los agricultores “con ayudas concretas a mejorar los cultivos y el patrimonio zooténico, (…) facilitar la preparación técnica, especialmente de los jóvenes, según los métodos racionales y modernos en continuo progreso; (…) trabajar para que desaparezca esa demasiado estridente diferencia entre el rédito agrícola y el industrial, que causa el abandono de los campos con tanto daño para la economía de un país”, entre otras medidas. (S. S. Pío XII, Vi siamo grati, 11 de abril de 1956)

Puede leer:  ¿Qué pasará con el petróleo?

Luego está la posibilidad de hacer una reforma agraria (cf. S. S. Pío XII, Alocución de 17 de abril de 1958 al XII Congreso de trabajadores directos de la tierra). En un Estado católico esto es más posible de llevar a cabo por dos motivos muy importantes. El primero es que en un Estado católico, no estará consagrado en la legislación un concepto individualista y pagano de la propiedad, sino que se reconocerá que el derecho de propiedad tiene, si se mira al individuo, un carácter individual y privado, pero si se mira al bien común, un carácter social y público, y que es en virtud de este carácter social y público que es lícito realizar una reforma agraria. En cambio en un Estado laico es más probable que, o se caiga en un concepto individualista de la propiedad, o en uno colectivista, lo cual podría llevar a la estatización de las tierras, no a una reforma agraria. El segundo motivo es que, para que los propietarios de las tierras no se resistan con todas sus fuerzas a que se las expropien, es necesario que estén animados por la virtud de la caridad y un fuerte sentido del bien común, cosas que son favorecidas por un Estado católico y desfavorecidas por un Estado laico. Y, finalmente, hay que decir que una reforma agraria sin garantizar la defensa de los elementos esenciales de una genuina civilización agraria y sin una política social como la descripta arriba, sería estéril y resultaría en un estrepitoso fracaso. Y esas cosas, como ya vimos, son aseguradas por un Estado católico, no por uno laico. Es oportuno aclarar que para trabajar correctamente y con el mayor éxito la tierra “se requieren vastos y diversos conocimientos” (Al particolare compiacimento, # 9). De manera que, de hacer una reforma agraria, las tierras se le deberían entregar a agricultores o personas con conocimiento de huerta, nunca a inexpertos en el oficio, salvo que se los forme convenientemente.

Otra forma de fomentar el acceso a la tierra de los agricultores es otorgar créditos no usurarios para adquirir tierras. Nuevamente un Estado católico es más favorable para lograr esto porque implica la restauración del sistema bancario y monetario y la condena a la usura. También fomenta los créditos no usurarios privados ya que el Estado católico implica la máxima tutela y defensa posible de la virtud de la caridad. En cambio los Estados laicos vienen acompañados prácticamente siempre y en todo el mundo de sistemas bancarios y monetarios fraudulentos y usurarios, y desincentivan el crédito privado no usurario porque estimulan el egoísmo.

También para restaurar la vida rural es oportuno que se formen uniones cooperativas entre agricultores y que los mismos estén asociados a un sindicato que los defienda (S. S. Pío XII, Carta a la XXX Semana Social de Italia, 22 de septiembre de 1958). Las cooperativas pueden mejor fomentarse y prosperar en un estado católico, ya que las mismas se fundan sobre el principio de la solidaridad, y qué mejor en este sentido que la solidaridad cristiana que tiene base bíblica en aquella frase de San Pablo “Sobrellevad los unos las cargas de los otros” (Gálatas 6, 2). En cuanto a los sindicatos, un Estado laico de repente puede, bajo ciertas ideologías, como algunas ramas del liberalismo, prohibir el derecho de sindicación, en cambio un Estado católico jamás. Además, en un Estado católico es más probable que el sindicato sea católico, o esté integrado por muchos católicos, lo cual es importante para el logro de los elementos esenciales de la genuina civilización rural de la que hablábamos al comienzo. También hay que señalar que  los sindicatos, al igual que otras instituciones sociales, “tienen su más fuerte fundamento en la vinculación mutua de las almas, con que los socios se unen entre sí, faltando el cual, como frecuentemente ha enseñado la experiencia, los ordenamientos más perfectos acaban en nada” (S. S. Pío XI, Quadragesimo anno, 15 de mayo de 1931, # 137). Esa vinculación mutua de las almas se da de manera eminente por la caridad católica, la cual se fomenta mediante un Estado católico.

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Por último veamos la importancia de la restauración de la vida rural: 

Puede leer:  El Instituto de Política Familiar publica el Informe “Conciliación de la Vida Laboral y Familiar en España”

“el saneamiento moral de todo el pueblo depende de una clase de agricultores socialmente íntegra y religiosamente sólida.” (S. S. Pío XII, Al particolare compiacimento, 15 de noviembre de 1946, # 2)

Esto señalado por Pío XII, que denota la importancia de la restauración de la vida rural,  también se logra solo con un Estado católico.

También se puede ver la importancia de la restauración de la vida rural en la siguiente declaración papal:

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“Debemos reconocer que una de las causas del desequilibrio y confusión de la economía mundial, que afecta a la civilización y a la cultura, es sin duda el desagrado e incluso el desprecio que se muestra hacia la vida rural junto a sus numerosas y esenciales actividades. Pero, ¿no es que la historia, especialmente en el caso de la caída del Imperio Romano, nos enseña a ver las señales de alarma de la decadencia de la civilización? (…). Y no se repetirá demasiado, en efecto, cómo el trabajo de la tierra es en si generador de salud física y moral, porque nada tonifica el cuerpo y el alma como este bienhechor contacto con la naturaleza, directamente salida de las manos del Creador. La tierra no es traidora. No está sujeta a las veleidades, a las falsas apariencias. A las traiciones artificiales y enfermizas de las ciudades avaras. Su estabilidad, su curso extenso y regular, la perdurable majestad del ritmo de las estaciones, son reflexiones sobre los atributos divinos.” (S. S. Pío XII, Carta al presidente de la XXIV Semana Social del Canadá, 31 de agosto de 1947)

Como se puede ver, el desprecio de la vida rural es una de las causas del desequilibrio y la confusión de la economía mundial y de la decadencia de la civilización y la cultura. Cultivar la tierra es el trabajo más conforme con el orden natural y, por lo cual, el que más facilita la virtud moral y la vida religiosa. De manera que facilita el fin último del hombre que es la salvación eterna.De manera que podemos concluir que los Estados laicos promueven la pérdida de la vida rural, y con ello la degradación moral y religiosa del pueblo, el desequilibrio y la confusión de la economía mundial y la decadencia de la civilización y de la cultura. En cambio la instauración de un Estado católico es la mejor y más segura vía para lograr la restauración de la vida rural.

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