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El cura loco

Imagen con licencia Pixabay
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Por Macarena Assiego

El mes de Julio en la provincia de Toledo es habitualmente muy caluroso, tanto que las fuentes de los parques están atiborradas de palomas, gorriones y algún que otro pato despistado.

Visitar Talavera de la Reina a finales de Julio supone un acto de valentía absoluto, pero aún así hay valientes que se atreven a adentrarse en los parques concurridos y a caminar pisando los derretidos adoquines. Las visitas a la Colegiata, en cuya construcción tomó parte un tiempo don Juan de Herrera, arquitecto del Monasterio de El Escorial, o a la Basílica de Nuestra Señora del Prado, construida a partir de una ermita, son casi obligatorias.

Como es habitual, los visitantes obvian el respeto debido al templo sagrado y pasean como Perico por su casa, ataviados con el mismo atuendo con el que irían a la playa a pesar de los carteles clavados en las puertas que prohíben la entrada a los que no vistan adecuadamente, aunque, ahora que lo pienso, creo que solo queda el cartel con las normas covid junto al dispensador de gel hidroalcohólico.

Digo yo que junto al dispensador de gel podrían haber puesto uno con agua bendita. La talla de Nuestra Señora del Prado corona el Altar Mayor donde se daba la Misa mirando al Señor y a poco pasos se sitúa el altar actual.

Como les iba contando, una tarde de Julio como otra cualquiera se encontraba un grupo de matrimonios entrados en años visitando la Basílica de Nuestra Señora del Prado. Afortunadamente el recorrido no se realizó durante la Misa. Con el plomizo paso habitual de los turistas carentes de interés caminaba el grupo observando los azulejos de la pared en los que aparece representada la vida de Nuestro Señor. Una minoría dedicaba algún minuto a rezar delante de cualquiera de las imágenes de la Basílica. Una de las integrantes del grupo lucía lozana y feliz cual quinceañera pantalón vaquero cortado hasta las nalgas, sandalias con un poco de cuña doradas y camiseta de tirantes dos tallas menos y, por supuesto, la mascarilla cubriendo su boca, recomendada a todos los visitantes.

Ella se creía bonita y joven y por ende superior al resto de vejestorios que la acompañaban y la verdad es que no aparentaba el medio siglo recién cumplido. Movida por la curiosidad avanzó subiendo la escalinata que conduce al altar con el fin de ver más de cerca a la Virgen del Prado. En el primer banco rezando se encontraban un sacerdote anciano y su sobrino joven cuya melena sorprendía al ver el fervor con el que rezaba: cosas que tienen los estereotipos… Al principio ninguno de los dos se percató de la falta de respeto de la mujer de tan ensimismados que estaban.
De repente una voz chillona irrumpió en los oídos de los presentes:

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  • ¡Mari, voy a ver a la Virgen de cerca! – gritó la del pantalón corto.
    El anciano sacerdote alzó la mirada.
    Atónito ante tan vulgar personaje, intentó atraerla al banco haciendo un ademán con la mano, pero ella haciendo caso omiso del viejo prete continuó su camino hacia el Sagrario, que estaba justo debajo del camarín de la Virgen.
    Un zapato voló sobre la cabeza de la mujer que cayó rodando y si el joven melenudo no interviene se habría dado un buen porrazo con la columna del altar.
  • ¡¡Ooooh!! – resonó por el templo – ¿Qué ha pasado? – Preguntaban algunos.
    El sacristán corría sujetándose la túnica hacia la agredida, que trataba de incorporarse ayudada por el sobrino del agresor. Éste último zapato en mano gritaba: (buscar la frase de Santa Catalina de Siena) – ¿Cómo se atreve a dirigirse al Sagrario sin ropa? ¡Irreverente! -.
    El párroco confesaba a la eterna confesante que nunca acababa por lo que le resultaba imposible enterarse de lo que pasaba.
  • ¡Asesino! – gritaba la mujer tocándose la cabeza – ¡Le voy a denunciar! – Y volviéndose al otro hombre le exigía que se pusiera una mascarilla como llevaban el sacristán y ella.
  • ¡Eso, mascarillaaaa! – bramó el sacerdote – ¡Para poneros una mascarilla sí obedecéis, porque sois egoistaaaas y teméis enfermar o morir. Pero si el alma enferma os da igual! -.
    Un feligrés que no se había sorprendido por el atuendo de la señora y el poco respeto señalaba a voz en grito: – ¡Eso, la mascarilla! ¡Hay que ponérsela! -.
  • ¡No me da la gana, no me da la gana, hipócrita!
    Otros, hartos de gritos y zarandajas pedían respeto y les mandaban callar.
    El sacristán, para suavizar la situación, no tuvo otra ocurrencia que decir a la mujer que el sacerdote estaba loco y por eso debía disculparle. El pobre anciano al oírlo encogió sus cansados hombros de tanto cargar con penitencias de sus feligreses para aliviarles a ellos y, arrodillándose, pidió perdón al Señor y a los presentes.
    Encaminándose a la salida lloraba avergonzado y muy triste ante las diarias faltas de respeto a Dios en su casa.
    El joven melenudo soltó a la señora que seguía pidiendo justicia y tratando de impedir que un hombre de 90 años abandonase el templo sin ser detenido.
  • ¡Violencia contra la mujer! – gritaba.
    El párroco, que por fin se libró de la señora, fue informado por el sacristán y dirigiéndose a la cincuentona casquivana se deshizo en disculpas y promesas de tomar medidas ante tal agresión recalcando que se trataba de un cura de la vieja escuela que había enloquecido por los años.
    Vicente, que así se llamaba el melenudo sobrino de Miguel, el cura «loco», no pudo más y se acercó al párroco, quien lo confundió con un familiar de la señora.
  • Perdónenle, ha perdido la razón. Viene de un tiempo muy exigente y estricto con los fieles. Ahora somos más comprensivos.
  • Con el mundo sí – respondió dejando al párroco con la boca abierta – Si ustedes pusieran el mismo interés en evitar todas las faltas de respeto en la vestimenta y en la actitud que el que han empeñado en obligar a todos los fieles a portar mascarillas, incluso a los que por motivos de salud no podían, otro gallo cantaría. Este lugar no es suyo, es un templo sagrado que custodia el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Es el lugar donde en cada Misa se produce el Milagro más grande jamás vivido.No es una exposición de pintura o arquitectura, es el rincón donde el alma se conecta con el cielo. Una Iglesia es más importante, mucho más, que el palacio presidencial porque alberga al Rey de Reyes. No es un auditorio en el que los mejores artistas deleitan al público, es mejor porque en él habita el Creador, artista de todo lo bello que nos rodea -.
    Las palabras de Vicente atrajeron a casi todos los feligreses, que asentían asombrados y agradecidos, porque la rutina nos hace olvidar la realidad.
    Sin embargo, tanto la señora agredida como el párroco se habían alejado del grupo y buscaban al sacerdote agresor, que entraba en ese momento, cogido del brazo de su tocayo Miguel, un hombre que desperdició su vida a causa de la droga y que se dedicaba a pedir en la puerta de la Iglesia, pero que quería sinceramente al anciano porque le había ayudado siempre, tratándole con respeto y corrigiéndole fraternalmente cuando así lo merecía.
  • Mire, ahí viene con un sin techo – exclamó ella, que se había quedado sola ya que sus acompañantes, por alguna razón desconocida, decidieron marcharse a otro lugar.
  • ¡Sin techo, sin paredes, sin ventanas y sin suelo – respondió Miguel – ¡No te jode…! ¡Ay, don Miguel, no me pellizque!
  • Estás en la casa de Dios, so…
    Tras ser informado por el párroco de las intenciones de su víctima de ser denunciado y del apoyo total de éste, preguntó si debía acudir con ellos a comisaría o podía marcharse.
  • Me gustaría confesarme y no creo que usted quiera hacerlo. Como le dije en el momento del incidente, me avergüenzo de mi comportamiento y asumiré las consecuencias de mis actos – dijo cabizbajo -.
  • No le quepa duda de que lo hará, usted no sabe quién soy yo -.
  • ¡Una persona que no sabe dónde está y va vestida como una fresca! – gritó Miguel – ustedes son unos hipócritas! ¿Por qué no va a algun templo de otra religión así vestida? Seguro que te echan rapidito. Yo soy un hombre sin nada, un hombre que sale y entra de la cárcel por mi adicción. Yo pago mis deudas con la sociedad y con Dios lo haré cuando me toque. Pero vosotros, que os creéis más que Dios y pasáis delante del sagrario mascando chicle y vestidos de playa, sois peores. ¡Luego lloráis en las procesiones! – Y usted, señor cura? ¿Va a permitir que un hombre anciano tenga que sufrir por un error? Usted es el responsable por no defender el lugar que debe custodiar. ¿Ustedes se extrañan de que este hombre le arree un zapatazo a ésta?¿Se extrañan? – Un mundo donde Dios fue relegado al último lugar, donde matar a un nonato es un derecho, donde matar a un enfermo terminal es compasión, donde debemos arrodillarnos ante enemigos de la fe porque no seria tolerante… La misa cada vez es menos sagrada y más aburrida y vosotros los curas parecéis vendedores de un producto caducado porque no os creéis lo que contáis. Yo soy drogadicto pero no estoy ciego y me dáis pena -.
    Las palabras de Miguel causaron asombro en el párroco y vergüenza en la mujer, que decidió no denunciarle y se propuso al menos intentar conocer el lugar que visitase la próxima vez para obrar en consecuencia.
    Don Miguel seguía sin levantar la cabeza, embargado por la emoción. Una mano tomó su brazo con suavidad. Era el párroco que le decía:
  • Don Miguel, ¿quiere que le confiese?.
Puede leer:  El “Apostolado de la Adoración”

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