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Rendirse al poder del mundo (XII). El largo epílogo (II)

El Concilio de Constanza decía constituirse para dar respuesta a una “necesidad” -la unidad de la Iglesia- que el emperador Segismundo juzgaba “urgente”. Aunque el deseo de controlar el papado planeó siempre sobre la asamblea, el decreto conciliar Haec sancta -el más famoso y comentado- presumía razonable que un concilio se considerara legítimo a sí mismo y congregado en el Espíritu Santo para facilitar la unión y la reforma de la Iglesia, si el papa se había desviado de la fe o la moral.  Hoy en día se quiere ver aquella asamblea como una solución a un estado de emergencia, pensada ad hoc para superar la crisis que provocaba la escisión del Cisma y el concilio en sí mismo. La asamblea quería verse a sí misma como una nueva expresión de la antigua ley de excepción, basada en la cláusula de herejía, fundamentada en las Decretales de Graciano, por la cual el concilio o el colegio de cardenales podía deponer a un papa.

Finalmente, el concilio, mediatizado por Segismundo y sus colegas reales, entró en una fase decisiva con los tres papas depuestos… El emperador deseaba empezar la reforma de la Iglesia en su cabeza y en sus miembros aún con la sede pontificia vacante, pues sostenía que, si no se emprendía ahora, se corría el peligro de no hacerse nunca. Ingleses y alemanes le apoyaban tenazmente, porque buena parte de la reforma debía consistir en limitar la potestad del futuro papa, arrebatándole las facultades que pudiesen otorgarle una superioridad efectiva sobre el concilio; superioridad que rechazaban sus miembros más extremistas. Sin embargo, los cardenales, contra viento y marea, comenzaron a preparar el cónclave y propusieron a Segismundo en mayo de 1417 una resolución de compromiso: que de acuerdo con el Sacro Colegio y por esta sola vez, se añadiese una especie de segundo colegio, compuesto por delegados de las diversas naciones en número igual o inferior al de los cardenales, en el que el elegido debería reunir las dos terceras partes de los sufragios. El monarca, visiblemente contrariado, protagonizó diversos incidentes con los cardenales italianos y con los embajadores de Castilla, que apoyaban decididamente el cónclave antes de cualquier posible reforma. El emperador les acusó de venir únicamente a turbar el concilio con su intransigencia.

Hasta tal punto llegó la tensión, que el monarca llegó a afirmar ante el obispo de Cuenca que sólo al emperador correspondía hacer la elección, ya que, con la sede vacante, no había ya cardenales. El prelado le replicó: Señor, si estos no son cardenales, ni yo soy obispo, ni hay en todo el concilio ningún prelado: para decir lo que estáis diciendo, no nos hacía falta participar aquí en el concilio… Al cabo, la necesidad de entronizar un nuevo pontífice se abrió camino y, tras publicar el decreto Frequens, que ordenaba la periodicidad de los concilios generales y recortaba simbólicamente el derecho pontificio de expolio sobre los obispos fallecidos y de traslado de sede episcopal, se inició una elección que recayó sobre Otón Colonna. Éste era un cardenal creado por Inocencio VII, separado de Gregorio XII a partir del concilio de Pisa y de la elección de Alejandro V. Fue Otón Colonna, ahora Martín V, uno de los cardenales que, en las puertas de la catedral de Pisa, proclamaron solemnemente la deposición de Benedicto XIII y de su mentor Gregorio XII, creando así una Iglesia tricéfala. 

Figura singular la del cardenal Colonna, antes y después de ser papa. Conciliarista moderado que siempre supo estar donde debía, accedió triunfalmente al trono papal e intentó desde entonces recuperar aquellas prerrogativas -muy pocas, la verdad- que el concilio le había arrebatado. Al volver a Roma, se la encontró ruinosa y decrépita y empezó a reconstruirla para devolverle su esplendor; por lo cual todavía hoy es llamado allí padre de la patria. Favoreció hasta lo indecible a todos sus nepotes, hasta el punto de que, a su muerte, su sucesor no pudo expoliarle ya nada ni disponer de nada.

El agradecido Martín V concedió al emperador Segismundo el diezmo durante un año de todos los beneficios de Alemania (un dineral) y le ratificó como rey de Romanos. Sin embargo, cuando Alfonso de Aragón envió por un procurador sus parabienes a Martín V, éste le intimó a apresar al anciano Benedicto XIII. Y como no se ofreciese al rey mayor premio que el castillo y la villa de Peñíscola, y el despojo de D. Pedro de Luna, en cierta forma el rey iba entreteniendo el negocio diciendo: que él guardaría el castillo de Peñíscola y sería el carcelero; y esta fue la causa de no apremiar a D. Pedro de Luna y tenerle encerrado en aquel castillo todo el tiempo que vivió: aunque vinieron sobre ello a estos reinos algunos legados de la Sede Apostólica, para procurar que se lo entregasen. 

El monarca aragonés cumplió la promesa a su modo, pero sin llegar nunca a ponerle la mano encima al papa que, en el Compromiso de Caspe, entronizó en el trono de Aragón a su padre. La pequeña pero aguerrida guarnición del castillo, comandada por Rodrigo de Luna, sobrino del pontífice, estaba dispuesta a todo por defenderle. El pueblo y el bajo clero todavía simpatizaban con Benedicto XIII y el prestigio del desagradecido monarca andaba muy tocado. No podía permitirse la violencia. Aun así, el rey Alfonso en noviembre de 1417 estrechó el cerco al venerable anciano e impidió por todos los medios que saliesen de Peñíscola bulas que permitiesen al papa Luna seguir gobernando su precaria obediencia. Las presiones y promesas reales consiguieron que algunos de los pocos cardenales que todavía acompañaban al papa Luna, le abandonasen. Éste los excomulgó y declaró cismáticos. Por su parte, Alfonso el Magnánimo apremiaba y hasta ordenaba a sus serviles obispos que retirasen los beneficios y cargos de aquellos eclesiásticos que permaneciesen fieles al papa Benedicto. Cesaropapismo en estado puro…

A pesar de todo, los fieles al papa Benedicto desafiaban las prohibiciones del rey de Aragón, quien no cesaba de enviar órdenes de desalojo del castillo y villa de Peñíscola bajo amenazas de las penas más severas. Martín V se impacientaba… La presencia del viejo papa alteraba con pesadillas su pontificio sueño. Mientras Benedicto XIII existiese, la legitimidad del romano no estaba totalmente a salvo. Por eso, para tratar de eliminar esa última resistencia a una autoridad que Martín V quería incontestada, envió como legado ad latere a uno de sus más íntimos confidentes, el cardenal y arzobispo de Pisa, Alamanno Adimari, que se entrevistó en Zaragoza con el rey Alfonso. Éste envió a Peñíscola a su embajador Leonardo de Sos para notificar a Benedicto XIII la llegada del legado y las proposiciones que se le hacían al propio monarca: Forzar a abdicar a D. Pedro de Luna con aplicación de censuras y, en caso de resistencia, obligarle el rey como cismático notorio a la obediencia al verdadero papa. Lo que no dijo el embajador es que Martín V había condonado todas las pensiones que don Alfonso adeudaba a las arcas pontificias por el censo de sus reinos italianos enfeudados por la Santa Sede… Había que incentivar el celo del rey.

Aunque Alfonso el Magnánimo había indicado al cardenal Adimari que no ejerciese su jurisdicción hasta volver a ser recibido por él, el legado se impacientó con las dilaciones del monarca y mandó publicar en la catedral de Tortosa la sentencia de deposición del papa Benedicto y los procesos incoados contra él y los eclesiásticos que permanecían en Peñíscola. Ordenó también que todos los cardenales y prelados comparecieran ante él en el término de treinta días para prestar juramento de fidelidad a Martin V. Benedicto XIII por su parte publicó la letra apostólica Emulorum detractione en la que exhortaba y mandaba a todos los fieles que de ninguna manera recibiesen y aceptasen la autoridad del legado. Donde las dan las toman…

El escándalo público provocado por la prepotencia desplegada por el Nuncio fue, por tanto, mayúsculo, hasta el punto que hubo de disculparse ante el rey Alfonso y otros eclesiásticos, con los cuales acabó llegando al acuerdo mínimo de intentar sin descanso convencer al papa Luna para que renunciase a la tiara. Para ello, Leonardo de Sos se presentó ante Benedicto XIII para ofrecerle de parte del rey, a cambio de su renuncia y la sumisión a Martin V, la total seguridad de su persona y su vida allí donde escogiera residencia en sus reinos; admisión en el seno de la Iglesia; la absoluta y libre posesión de por vida de los libros y bienes de la Sede Apostólica, y una pensión anual de 50.000 florines de oro de Aragón para sustentación de su estado y conservación de sus beneficios a cuantos residían con él en Peñíscola. Ciertamente, la oferta era ventajosa y digna para cualquiera, pero no para D. Pedro de Luna. Si se negaba, eso sí, se lo harían pagar caro. Sin embargo, fiel a su conciencia, volvió a responder: ¡Non posssumus!

Contrariado el rey Alfonso, ofendido por haber visto despreciada su magnanimidad, promulgó el 16 de agosto de 1418 la llamada Crida de Peñíscola en la que se prohibió, bajo las más severas penas, entrar y salir de Peñíscola. Benedicto XIII estaba materialmente aislado.

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Mientras, el cardenal Adimari, queriendo atraer hacia la obediencia de Martín V a los obispos que todavía simpatizaban con el papa Luna, convocó en Lérida un concilio provincial. Obispos, canónigos, abades, arcedianos y procuradores de los cabildos del reino de Aragón, aunque con reserva y desconfianza, acudieron a la convocatoria. Explicó el legado que consideraba este pequeño concilio como una continuación del de Constanza y que su objetivo era la reforma de las costumbres y unión de la Iglesia en la persona de Martín V, obstaculizada por Pedro de Luna cuya reducción y sumisión era el exclusivo objeto de su legación. Cuando los presentes le pidieron más claridad, el cardenal hizo historia de Constanza, de su venida a España y de la irreductible actitud de Benedicto XIII que había rechazado las dignísimas propuestas de acatamiento que se le habían hecho. Por ello, pedía al concilio designar una comisión que, en nombre el sínodo, el rey o el suyo, pudiese proponer a D. Pedro de Luna llegar buenamente a un acuerdo. Ante el recelo de los presentes, el legado hizo leer la sentencia de Constanza contra Benedicto, la bula de su legación y la de condenación de aquellos que, en Peñíscola o en otras partes, le favoreciesen.

Los sinodales exigieron entonces una deliberación sin la presencia del legado, que se enojó muchísimo por la suspicacia que le mostraban, pero tuvo que tragar. Finalmente, el 20 de octubre de 1418, Francesc Climent, arzobispo de Zaragoza, le manifestó que el sínodo consideraba que no se debían enviar a Benedicto más mensajes, porque sería perder tiempo y dinero, pues de ninguna manera quería renunciar, y que no se le declarara la guerra pues el castillo de Peñíscola era inexpugnable. La respuesta era categórica y mostraba la respetuosa adhesión que los obispos y clérigos profesaban todavía al papa Luna. Sin embargo, el legado, cada vez más impaciente, leyó una bula de Martín V por la cual estaba autorizado a exigir subsidios al clero aragonés para doblegar por la fuerza al anciano papa. La respuesta indignó a los presentes que manifestaron su precariedad material y lo invencible del castillo que hospedaba al papa Luna. El nuncio criticó su pusilanimidad, ya que el castillo llevaba tiempo asediado y, por tanto, no podía resistir indefinidamente, y que la justicia exigía que el clero pagase los gastos de la empresa. Cuando la tensión entre el cardenal Adimari y los presentes amenazaba con estallar de mala manera, llegaron hasta los sinodales los siniestros rumores del envenenamiento del papa Benedicto, acaecido tres meses antes, según se afirmaba, por instigación o, al menos, con la complicidad del cardenal legado. Unos rumores que se confirmaron desde la misma Peñíscola por boca del arzobispo de Creta, que hizo llegar al cabildo de Zaragoza la denuncia del delito cometido contra dominum Nostrum Papam in dando sibi herbas mortíferas y acusando a uno de los cómplices: Domingo Dalava, canónigo en la Seo cesaraugustana.

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La cosa se pasaba de castaño oscuro. El desprestigio que amenazaba al legado como posible inductor -aunque fuese lejano- del atentado contra el papa Luna era descomunal. Los sinodales que quedaban, pues muchos habían puesto ya los pies en polvorosa, se enfrentaron entonces al chulesco cardenal: le afearon públicamente su avidez recaudatoria, la violación de los derechos parroquiales, la usurpación de los beneficios y la violación de las constituciones tarraconenses. Exigieron entonces apelar al mismo Martin V, pues se estaban conculcando las decisiones de Constanza y acusaron a los colectores del legado de querer volver a Roma con un injusto botín y recibir así buena recompensa… El cardenal Adimari se sintió profundamente herido por la vergüenza que le hacían pasar y calificó las acusaciones de libelos injuriosos y difamatorios. Acabó perdiendo los papeles al enfrentarse violentamente al obispo de Barcelona, Andreu Beltrán, asegurándole que al exterminio de un hereje -refiriéndose a Benedicto XIII- condenado por la Iglesia universal, debían contribuir todos los católicos, en especial los de su dominio y jurisdicción. Finalmente, el ofendido Adimari acabó retirándose airado e insultó a los sinodales llamándoles infieles y demonios. El mismo rey tuvo que intervenir para calmar los ánimos, pero el sínodo se negó a pagar. Y es que el camino sinodal, si no acaba asintiendo a las razones de sus mentores, inquieta siempre al poder dominante…

Entonces, el enfadadísimo legado, desbordado por la rebelión, acabó clausurando el sínodo. Hizo leer la sentencia dada en Constanza contra Benedicto y su curia, el requerimiento al rey de Aragón para que, sin demora, persiguiese al papa Luna como hereje y cismático hasta el exterminio, y la exigencia al clero aragonés para que abonase al brazo secular 60.000 florines para acabar por la fuerza con la resistencia benedictista. Inmediatamente se levantó el obispo de Tarazona, Juan de Valtierra, y rechazó en nombre del concilio provincial esas desmesuradas exigencias, proponiendo apelar contra ellas ante la Sede Apostólica. El rey Alfonso intercedió en vano a favor del legado, y el arzobispo Climent rogó que retirasen la apelación. Sin embargo, el sínodo no cedió y el cardenal Adimari hubo de suplicar que, al menos, la apelación estuviese redactada en los términos más decorosos y menos perjudiciales para él… La firmeza del sínodo pudo al final con todas sus ínfulas de legado pontificio. Casi como ahora mismo.

Por fin, con su fracaso a cuestas, el cardenal Adimari viajó hasta Barcelona presto a embarcarse hacia Italia. Antes de huir malamente hacia Roma, suspendió la bula Etsi doctoris gentium que Benedicto XIII había promulgado tras la Disputa de Tortosa con los rabinos hebreos. En ella prohibía a los judíos usar el talmud y ordenaba la destrucción del libro, ya que era la causa primordial del rechazo de éstos a reconocer a Jesucristo como el Mesías esperado. Por fin, en marzo de 1419, el tormentoso legado escapó a Roma con el rabo entre las piernas y con fama de asesino, acompañado por los cardenales traidores a Benedicto XIII, que corrieron a prestar obediencia a Martín V y conservar así sus codiciados privilegios. 

El fracaso de la misión de Adimari como legado pontificio disgustó en gran manera al papa Colonna. A pesar del atentado contra Benedicto XIII, éste, aunque achacoso ya, continuaba desde la roca marítima de Peñíscola –Arca Noe, Domus Dei, ubi vera est Ecclesia-, firmemente persuadido de su legitimidad, mostrando con su mera existencia que la plenitudo potestatis de Martín V no acababa de ser ni total ni absoluta… por mucho que se empeñase.

Custodio Ballester Bielsa, Pbro.

www.sacerdotesporlavida.info

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