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El cuento del huaso y la chancha parida

Usted verá que don Augusto, era bueno para la labor y para la tierra, con sus propias manos desnuda cultivaba las mejores cosechas

Érase una vez en el campo chileno, un viejo huaso llamado Augusto, conocido por todos como Don Augusto. Usted verá que don Augusto, era bueno para la labor y para la tierra, con sus propias manos desnuda cultivaba las mejores cosechas. ¡Salía de todo en ese campo, oiga! Tomate, lechuga, cebolla, decían que, si tirabas una moneda, salía una un árbol de dinero.

Y así como el campo de don Augusto era generoso con sus alimentos, pues don Augusto era al mismo tiempo generoso con su familia, empleados ¡Pero sobretodo con sus animales! Estos comían a cuerpo de Rey, muchos desearían comer como estas bestias. Don Augusto se daba la tarea de alimentar él personalmente a sus animales. A las gallinas les echaba maíz; las vacas pastaban en grandes terrenos; y los favoritos de don Augusto, los chanchos, estos eran consentidos y nada les faltaba.

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Pues como todo en las cosas de la vida, don Augusto tenía a su consentida, la chanchita Inés, que hace poco había sido montada por el chancho más grande y fuerte. Esta llevaba en su vientre muchos chanchitos que, a pesar de tener más chanchas paridas o embarazadas, era la camada de Inés la favorita de don Augusto.

Una tarde se encontraba Inés reposando, echada. Faltaba poco para que vinieran los chanchitos, se cansaba con facilidad y necesitaba guardar reposo, guardando fuerzas para el gran día. Fue así como recibió la visita de la insidiosa Isabel, la serpiente que vivía en el campo continuo al de Inés, estas mantenían una estrecha relación, aunque el resto de los animales no gustaban de ella.

Isabel, con su lengua viperina, le comenta: ¡Doña Inés! Esos berlines ya casi vienen ¿No estas asustada? A lo que Inés respondió: ¿Asustada? ¿Por qué motivo? Acá mi patrón me tiene llena de comida, caricias y cuidados. Jamás me ha faltado el agua. Soy la Reina del corral, y eso lo saben mis hermanas, porque además fui la elegida para ser la hembra del macho más fuerte y favorito de don Augusto ¡Soy feliz con mi patrón y mi chancho!

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Astuta la Isabel replica: ¡Que bueno que confíes en tu patrón y tu macho! Me alegro por ti, entonces si fuerte es tu confianza y sólido tu amor, no querrás saber lo que pasó con la anterior favorita del tu huaso. A lo que Inés preocupaba preguntó: ¿Por qué? ¿Pasó algo malo? Confío plenamente en mi huaso y mi chancho, ellos jamás me harían el mal. A lo que replicó la viperina ¡Eso mismo decía ella!

Después se insistir y alimentar la duda en Inés, doña Isabel continúo: la anterior fue la favorita, llena de gratitudes del patrón y con el amor de su chancho, y de su patrón. Igual todos estaba contentos con ella, pero llegado el día del nacimiento, le advertí de lo que tramaba el patrón. Ese día se comieron al chancho, a la chancha y los chanchitos ¡Fue horrible! No lo podíamos creer. Este malvado huaso, te llena de regalos, porque te engorda para comerte, a ti y los tuyos.

Isabel continúo susurrando: …pero hay una solución. Se la ofrecí a tu sucesora, le dije ¡Vente conmigo y con mi huaso! Él trata a todos los animales con respeto. Allá todos

somos iguales, allá el pasto es más verde, el huaso es más generoso y jamás te faltará nada, porque allá los animales son criados para el deleite del huaso, el cual ni siquiera nos trata como animales inferiores, como hace tu huaso, nuestro huaso nos trata como hermanos.

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Alarmada y angustiada la chanchita Inés respondió: Aconséjame, amiga ¡Tengo miedo! Siempre confíe en mi huaso y mi chancho, pero veo que estaba engañada. Tu has traído luz a las tinieblas. Tu me las soltado la venda. Ahora tú, amiga mía, sálvame de la desgracia, a descendencia y a mi. Así pues, la chancha y la serpiente idearon la fuga esa noche de luna llena, que, con la claridad de la misma, sería más fácil para Inés, llegar a paso continuado y constante, sin detenerse, para no quedar a merced de los depredadores.

Así fue, la serpiente llegó, con sigiloso entre los chanchos se movió, abrió el corral y liberó a su amiga. Ambas caminaron bajo la luna brillante, hasta llegar a la casa del huaso vecino. Con la oscuridad era indistinguible el sitio, a pesar del resplandor plateado de la Luna sobre el campo. Parecía una mansión combinada con un granero. Era gigante, al abrir las puertas, las cuales ambas tenían un dragón en cada lado. La casa se removió y las luces se encendieron para dar lugar a un espectáculo sin precedentes…

El vestíbulo se iluminó de golpe con el abrir de la puerta. Las llamas de lámparas de techos y candelabros se prendieron cual incendio en verano. Con una gran llamarada que rápidamente se suavizó y dio una luz tenue que dejaba distinguir el interior de todo ese gran vestíbulo. Donde gallos, caballos, chanchos, serpientes, perros, ratas, sapos, gatos y otros animales del campo, y de la ciudad, se encontraban erguidos, en dos patas, celebrando y brindando, vestidos con sus mejores trajes y vestidos, y tomando el mejor vino del anfitrión, que apareció en la cima de la escalera, era el vecino Claudio, vestido con sus mejores pintas.

El vecino, que era conocido como el Lord, bajó las escaleras con solturas mientras su capa lo perseguía. Su traje era negro, pero brillaba con la intensidad de las estrellas. Su cara era pálida, como un vampiro. Su pelo rubio y sus facciones finas, pero envilecidas, mostraban un hombre atractivo para todas las mujeres, pero que con ninguna tenía algo serio. Y muchas de sus amantes, se encontraban presentes y lo aplaudían.

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El Lord recibió a Inés con un vestido traído por su sirviente, la vieja Cóndor, y fue vestida delante de todo y se le permitió caminar en dos patas ¡Pues ella era la agasajada de hoy! Todos esperaban el nacimiento de los chanchitos. Así todos se movieron al ala izquierda de la casa, donde todo estaba preparado para Inés, diera a luz a sus pequeños chanchitos.

Fue así como a las 3 de la noche, Inés empezó su labor de parto. Fue su amiga la serpiente, la vieja Cóndor y el mismo Lord, quienes asistieron su parto. Al nacer los cochinitos y escuchar un silencio sepulcral, Inés se percata de la horrorosa escena. Ella se encontraba sobre una mesa infinita llena de miles de manjares, y resulta que ella era parte del menú ¡Ella y sus hijos eran la cena de los animales! ¡Y de su líder! El Lord.

Horrorizada, ve como el Lord, con cara transfigurada a una criatura horrible, que no era humana, ni era animal. Abrió sus fauces y fue engullir a su primer hijo varón ¡Pero se escuchó un disparo de escopeta en el vestíbulo! Lo que detuvo el festín que estaba a punto de darse el Lord ¡Era el huaso Augusto, su señora, sus hijos, sus más leales sirvientes, y su chancho favorito! ¡Que venían por Inés! La cual había sido vista caminando por la oscuridad de la noche, pero por la claridad de la Luna llena, por el gallo, que siempre canta para anunciar los días del Señor y su gloria.

Ante esto, ¡se alborotó el gallinero! Los animales empezaron a correr en todas direcciones como estampida. Todos olvidaron sus modales. Todos volvieron a ser lo que siempre fueron ¡Bestias! Mientras el huaso gritaba el nombre de su chancha, angustiado por la gran pérdida. Al irrumpir en el gran comedor y ver la cena servida. El huaso respiró hondo y dio un disparo al aire para orden en el revuelo.

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Y con voz altanero gritó al Lord: ¡A ver, caballero! Por la Santísima Madre de Dios ¡Que chucha está pasando aquí! El Lord, volvió en sí, y calmado mientras peinaba su pelo con la mano y acercándose con sigilo respondió: ¡Querido, vecino! ¡Hermano, querido! Solo estamos disfrutando de una gran fiesta, donde Inés fue la invitada especial, nada más que eso. Pero Inés, escupiendo la manzana, gritó: ¡AUXILIO! ¡ME QUIEREN COMER! Y así el huaso apuntó su cañón al vil farsante Lord y exclamó con valentía:

“Hace décadas que somos vecinos. Nuestros padres fueron vecinos y hoy lo somos nosotros. Tus fiestas inquietan a mi ganado y dejan en vela a mi familia. Tus bichos pasean por mi fundo. Por más que los mantenga a raya, siempre regresan, porque tú los alimentas y los alientas a volver, a seducir a todos mis animales, que con la oscuridad de la noche y engañando la hermosa Luna, los guía al camino de su perdición.

¡Pero ya estuvo bueno, por la cresta! Vengo por lo que siempre ha sido mío y a terminar con tu farsa. Estoy harto de tu altanería, de tu arrogancia, de tu maldad ¡Tu que vives entre animales y te haces llamar su igual! ¡Porque eres una bestia, y cada día eres menos hombre! Por eso te arrastras por la oscuridad, y vives del mundo de la carne y del placer. Y a cuanto engañas con tus palabras, a través de tu serpiente, los arrastras hasta su perdición.

Pero he decidido pelear y combatirte, porque eres débil, cobarde y solo actúas de espaldas a los animales. Solo los seduces con mieles porque tu serpiente les está inyectando el veneno ¡Para volverlos iguales a ti! ¡Bestias desagradables! Por eso, yo los trato como de mi propiedad, porque les doy un trato justo, el mejor trato que un hombre debe dar a un animal y a la tierra de la que somos alimentados.

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¡Ni que fuera tonto para comerme a la reina de mi granero! La que este año me dará el premio en el concurso del pueblo. Ella vivirá y sus hijos también. Otros serán relevados, pero antes de eso, tendrán una vida tranquila, sana y justa. Como todos los animales que viven en mis dominios merecen. Así como también mis leales hombres y mis diligentes mujeres.”

El huaso calló. Miro el granero. Inés lo siguió y la mitad los animales también. Los otros prefirieron quedarse viviendo con el Lord, que en su amargura eterna y desde la torre de su granero, veía como se marchaba los que antes tenía de esclavos, entre borracheras y banquetes. La luna guío el camino a casa de don José Antonio y su chanchita Inés, la cual ganó el primer lugar en el concurso del pueblo ¡Para la alegría de todos animales, amigos y familia de don Augusto!

Fin

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