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Apostasía generalizada de la Fe Católica

La estrategia planeada para esto fue el de la infiltración (Pablo VI «El humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios» )

Imagen con licencia Pixabay

El hecho de la Apostasía es la segunda señal que ya ha sucedido. La Apostasía o el abandono generalizado de la Fe, fue profetizada con trazos vigorosos e inequívocos. “Cuidad de que nadie os seduzca. Muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo y engañarán a muchos.” (Mat.24,4).

Esos falsarios – falsos profetas y falsos Cristos – harán tales señales, prodigios y maravillas que si fuera posible engañarían incluso a los elegidos (Mat. 24,23-24; Mc 13, 21-22). Es más, el célebre comentarista J. de Maldonado opina que, inclusive, algunos elegidos serán también engañados, aunque no hasta el final, si no, no serían elegidos, como es lógico, porque comprenderán a tiempo su yerro y se volverán atrás. Por eso no es extraño que Jesús se hiciese esta angustiosa pregunta: ”¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre, encontrará la Fe en la tierra?» (Luc. 18,8).

La Fe, en el original griego va con artículo, por lo que parece señalar la Fe objetiva – incluso cuando la Fe subjetiva permanezca en un grupo más amplio – quedará reducida a un grupo muy restringido, que, por una gracia especialísima de Dios, sabrá distinguir el trigo de la verdad de la abundantísima paja del error, para poder así iluminar a los demás fieles de buena voluntad, simplemente errantes, pero no heréticos.

San Pablo habla de la Apostasía (cuando se cita a San Pablo es bastante común llamarla la GRAN APOSTASÍA, o sea, la Apostasía por antonomasia) como de una señal de la próxima venida de Cristo, así como de la previa aparición del Anticristo, con el inmenso poder de seducción que le será concedido para llevar eficazmente al error a aquéllos que carecen del amor de la verdad que los podría salvar. (II Tes. 2,3).

¿Cuáles serán las dimensiones de esta Apostasía? El Padre Sagües sintetiza una tesis apriorística, diciendo que será bastante universal, “satis universalis“. Consistirá en un alejamiento de los principios de la religión cristiana, por medio del materialismo, el ateísmo, idolatría, paganismo, etc.; pero no de todos los hombres, pues la Iglesia, según la promesa de Cristo, permanecerá, si no, probablemente, de una defección de las naciones (plenamente visible en nuestros días) que con el consentimiento de la mayor parte, de la parte más influyente de la población o quizás con legiones de tontos útiles, combatirán a la Iglesia o intentarán destruirla. Otros piensan que quizás será una defección de la mayor parte de la Iglesia.

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Veamos ahora, lo que dice la exégesis empírica, que se realiza al hilo de los acontecimientos, como se dijo arriba. Otra vez hay que recurrir al Cardenal Billot [en su obra “Parusía”].

“Por otro lado observamos una considerable pérdida de la Fe, en naciones otrora cristianas… que se comportan como indiferentes o, inclusive, como enemigas de la Fe cristiana. Vemos que la Apostasía ya ahora (1920) tiene un carácter oficial… Los poderes públicos declaran no reconocer a Cristo, ni a su Ley. Existe un fenómeno, que distingue nuestra época de las pasadas, el Ateísmo, que se muestra con toda publicidad y se reafirma con descarada osadía… Hasta este grado de embrutecimiento jamás se había llegado antes”.

También hace mención del aumento de las sectas esotéricas y de la inundación de libros blasfemos, impíos, irreligiosos y ateos, al amparo de las libertades modernas, por medio de los cuales han llegado o penetran impunemente a todas las capas sociales.

Hasta aquí el Card. Billot, es más clarividente que otros muchos autores más modernos. Y digo esto porque algunos autores contemporáneos que al hacer mención de la Apostasía se quedan cortos y no captan el alcance que tiene en la actualidad. Por ejemplo, Benjamin Martin se expresa así a este respecto:

Es menester reconocer que la Apostasía o defección de la Fe va en aumento.

La considera como un proceso y cita al papa Pio XII:

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El enemigo está oculto y trabaja ocultamente.

Esto, quizás se podría decir en 1952, pero no en 1967. Y mucho menos en 1990… Ni que decir… en el 2020. A pesar de la exactitud y seguridad con que discurren estos autores, sobre otros aspectos escatológicos, no supieron ver el hecho consumado de la Apostasía, que había dejado de ser un acontecimiento progresivo, para convertirse en plena realidad.

Repasemos la historia de la Iglesia, con el fin de captar mejor la conexión entre el proceso lento, pero irreversible, del Misterio de la Iniquidad – que comenzó a realizar su trabajo ya en los tiempos apostólicos – y ha llegado a su total realidad en la Apostasía actual.

La Historia nos enseña que siempre se dio el fenómeno del rechazo, por parte de la inmensa mayoría de la sociedad, a las exigencias ineludibles del Evangelio. Esa reacción inicial, instintiva, debida al pecado original (”propter vulnera peccati” como dijo Santo Tomás) permaneció inalterada, a lo largo de los siglos. Jamás en el mejor de los casos, el porcentaje de católicos sobrepasó al 20% de la humanidad. Este rechazo de infidelidad positiva, de primer grado, según la calificación de Santo Tomás, estaba también vaticinado. Siempre se contó con él. La grey de Cristo es la “pequeña grey”.

Realmente. Los hombres odian la luz.

(Juan 1,5).

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La luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas.

(Juan 3, 19).

Y el mismo San Juan da la razón o motivo del rechazo: Sus obras son malas y su voluntad es mala. Todo el que obra el mal, odia la luz y no la recibe, para evitar que sus obras sean reprendidas. Lo expresa lacónicamente el Salmo 35: “Noluit intelligere ut bene ageret”. Esto es “No quiere conocer para no verse obligado a actuar correctamente”.

El Maestro predijo a los suyos el rechazo violento a su predicación: “Por Mí seréis odiados por todos los hombres”. Mas, este rechazo será el mejor medio para dar un testimonio válido, según lo hace constar San Lucas (21,13).

El primer procedimiento, de que se hizo uso, – como es sabido – fue el de la tortura y la muerte; pero resultó un intento fallido, pues la sangre derramada, en expresión de Tertuliano, era simiente que se multiplicaba en nuevos cristianos.

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Al observar que este método no daba el resultado apetecido, se recurrió a la seducción. ¿En esto radica el Misterio de la Iniquidad? (cf. II Tes 2, 7) que empezó a actuar ya en la era apostólica. Este procedimiento prendía mejor en los espíritus y producía óptimas cosechas de herejes y apóstatas. El Misterio de la Iniquidad comprendió además que era un procedimiento muy eficaz para conseguir lo mismo a larguísimo plazo, una victoria total.

La estrategia planeada para esto fue el de la infiltración (Pablo VI «El humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios» 1), el ser bien vistos en las estructuras eclesiales (véase la Encíclica Pascendi de S. Pio X), hasta conseguir dominar los puestos clave, con el fin de hacerse con los puestos de contenido salvífico (único fin de la Iglesia) permaneciendo éste, en apariencia, inalterado. Éste fue el trabajo de socavamiento hasta llegar al Modernismo, calificado por San Pio X, como «síntesis de todas las herejías» y que provocó, por medio de una jerarquía apóstata infiltrada, la Gran Apostasía.

Apostasías parciales, se produjeron muchas en el correr de los siglos; algunas de proporciones gigantescas, que desgarraron del árbol frondoso de la Iglesia naciones enteras; como fue la invasión árabe o la revolución protestante. Mas, entonces, como la predicación del Evangelio no había llegado todavía a todas las naciones del mundo, lo que se perdía por un lado, se ganaba por el otro. La pérdida de la otrora floreciente cristiandad del Norte da África y del Oriente Medio, quedó compensada con la masiva entrada en el seno de la Iglesia de los pueblos bálticos, escandinavos, eslavos y magiares.

El rechazo de la Fe por parte de varias naciones europeas, a cuenta de la revolución protestante, se compensó con la predicación y aceptación de la Fe, en las nuevas tierras descubiertas en América y en Oceanía. Mas, una vez concluido el anuncio evangélico a todas las naciones (lo que ya ha ocurrido, Billot en 1920 comenta este hecho), ya no se pueden reparar las pérdidas de las bajas sufridas, sangría incurable.

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Las naciones en cuanto tales, a partir de la Revolución Francesa, fueron llevadas a la apostasía una tras otra. Actualmente, este proceso de repulsa del Reinado Social de Cristo, debido a los principios falsos del Ecumenismo y de la Libertad religiosa, proclamados en el “Concílio Vaticano II” por los infiltrados en la misma cúpula eclesial (Pablo VI «El humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios» 1), consiguió quemar etapas, obligando, o al menos, presionando, a las poquísimas. naciones que quedaban, cuyas leyes se inspiraban en las del Evangelio, (por ejemplo en España), a que renunciaran, oficialmente, a profesar como única religión del Estado a la religión católica.

Los infiltrados, en la misma fortaleza – los falsos cristos y falsos profetas – no encontraron la menor resistencia. El enemigo pudo cantar victoria. En el plano social, la Apostasía se demuestra con evidencia sistemática.

En el plano individual, la defección de la Fe católica, en una gran mayoría, queda, así mismo, matemáticamente demostrada, por la conexión necesaria entre la Apostasía total del Estado y los ciudadanos que lo integran; pues dado el régimen democrático dominante, no se podrían aprobar Constituciones laicas, sin el sufragio favorable de la supuesta mayoría cualificada de los falsos católicos.

Pero los que todavía mantengan su fe íntegra, no tienen más que observar a su alrededor, para verse sorprendidos al comprobar que mucha gente, nominalmente católica, niega o duda de los dogmas fundamentales del Credo católico. A veces, creen que están solos [los verdaderos fieles].

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Con todo, en algunas grandes crisis, Dios siempre se reserva un número de individuos – mayor del que se puede pensar – que le permanecen fieles. Por esto, cuando Elías se quejaba de que se había quedado solo en medio de la apostasía de Israel, la divina respuesta le hizo saber que Yahvé se había reservado 7.000 varones, que no habían doblado sus rodillas ante Baal.

Por otro lado, no debemos olvidar, el hecho de que la Iglesia tiene la promesa de permanecer hasta la consumación de los siglos. “Las puertas del infierno no prevalecerán”.

Tal vez en el orden individual, en laicos y clero – alto y bajo – no la ven o se resisten a verla. De la misma manera sucede con la inmensa mayoría de los supuestos católicos actuales. Pero no faltan unos millares de fieles, esparcidos por todo el mundo, desde Suecia a África de Sur; desde Canadá a Argentina; desde Nueva Zelanda a Portugal. Estos llaman a la Roma actual (Babilonia del Apocalipsis) como la Gran Prostituta descrita por San Juan (cf. Apoc. 17, 1ss).

Tenemos, pues, «a la Iglesia apóstata, radicalmente distinta e irreconciliable» (Monseñores Estepa e Iniesta) con la Iglesia Católica fundada por Cristo. Se trata de dos Iglesias radicalmente diferentes, así lo confiesan tanto los fieles íntegros (a los cuales, con desprecio llaman “integristas”) como los progresistas y acatólicos. Los Monseñores Estepa e Iniesta hablaron de una «nueva Iglesia Católica» (cf. IMPARCIAL, 20-VI-1978). Oigamos otro testimonio:

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“Nosotros los no versados en materia religiosa encontramos una diferencia abismal (subrayo) entre la Iglesia pre-conciliar y la pos-conciliar; de tal manera que tendríamos que recurrir a un minucioso análisis de sus dogmas, para encontrar entre ambas alguna relación”.

No obstante, la inmensa mayoría de los fieles – de buena voluntad, en cuanto no se muestra contraria – se esfuerza en creer, contra toda evidencia, que no se da una solución de continuidad entre ambas Iglesias; solamente se trataría para ellos de diferencias «accidentales» [dicen ellos]. Los desvíos erróneos, o francamente heréticos, los atribuyen a una mala interpretación del Concílio o a la desobediencia. No hay peor ciego que aquel que no quiere ver…

Pero los fieles íntegros, inconmovibles, desde el primer momento y los que se les unieron, después de sopesarlo, repudiaron y repudiarán a la Gran Ramera.

Estos fueron formando grupos, en diversas naciones, más o menos numerosos, bajo la dirección de algún sacerdote. Estos, junto con los fieles coherentes, son los que mantienen la antorcha de la verdadera Fe, [¿¿¿???]. Todos estos fieles – clérigos y laicos – son tachados de cismáticos por los mismos falsos católicos tradicionalistas, que siguen sumisos y apegados, con más o menos repugnancia, a la Iglesia conciliar. Es menester que se conozca esta realidad, bastante desconocida.

Terminemos esta sección. Los síntomas que señalan cumplida la Gran Apostasía, según lo expuesto, están lo suficientemente claros para los que quieran ver, dejando de lado los lastres de los prejuicios. Muchas veces no se ve porque no se quiere ver.

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Por el Profesor Tomás Tello Corraliza.

(De la Obra “Cercanía de la catástrofe final, según datos bíblicos”, Vulcano Ediciones, 2005)[1] «El humo de Satanás» según muchos, se referiría a los abusos litúrgicos, argumento que podría ser descartado, pues en los días de su papado, tales ofensas a Dios, eran verdaderamente rarísimas.

Publicado originalmente en italiano en https://coetusinternationalisfidelium.blogspot.com/2009/08/apostasia-generalizada-da-fe-catolica.html

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