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Los veterocatólicos y la masonería

El carlismo, como movimiento político contrarrevolucionario, defendió, de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, el modelo de Estado confesional y unidad católica

(La misteriosa fuerza contra Dios)

Valentina Orte

¿Quiénes son los veterocatólicos? Son miembros que dicen seguir las directrices de la Iglesia Católica Antigua, la Vieja Iglesia católica, o Veterocatólica, pertenecientes a una asociación de Iglesias nacionales autónomas bajo la presidencia del arzobispo de Utrecht.

He aquí su historia. El Concilio Vaticano I, −en realidad, vigésimo Concilio ecuménico de la Iglesia Católica−, fue denominado así porque por primera vez se celebró en la Basílica de San Pedro. Sus trabajos duraron desde el 8 de diciembre de 1869 hasta el 20 de octubre de 1870 en que fue suspendido ante la acción militar emprendida por el ejército de Garibaldi y sus carbonarios para incorporar Roma al Reino de Italia.

Desde el s. XVIII Europa atravesaba una época de hondas polémicas doctrinales. El desarrollo del racionalismo, la difusión del deísmo y del indiferentismo religioso que de él deriva, el agnosticismo, el idealismo con su significación panteísta, el ateísmo y otras corrientes (todas, ramas impulsadas por la masonería), al inspirar en un momento u otro a parte de la intelectualidad occidental, hacen que el tema de las relaciones entre razón y fe sea particularmente discutido. Las ideas del antiguo jansenismo persisten al tiempo que surge con fuerza el llamado «catolicismo liberal», seguidor del pensamiento del abate Lammenais, de Lacordaire y del conde de Montalembert (cuyo periódico «L’ Avenir», el Papa había condenado duramente en agosto de 1832).

Se produce también la caída de los salarios, la carencia de trabajo y, en consecuencia, el hambre. El agravamiento progresivo de estos factores exasperaron los ánimos de la clase obrera originándose violentos alzamientos: en Lyon, (1831) con la caída de más de un millar de insurgentes, y en París (1832) con la masacre en el claustro de Saint-Merry. Francia se veía sacudida por delicados problemas derivados de la situación política imperante. Primero la depresión económica de 1846 y 1847; luego la proclamación de la «II República», en 1848; y por último, el golpe de estado, hacia diciembre de 1851, que llevó a la restauración de un «Segundo Imperio». Después de 1852, parecían nacer nuevas expectativas en algunos sectores sociales.

Ante esta situación, el Vaticano decide tratando de poner orden en los temas de su competencia, aprobar la Constitución sobre la fe católica. Aprobada por unanimidad y promulgada bajo el título de Constitución «Dei Filius» (24-4-1870) se divide en cuatro capítulos: El primero proclamaba la existencia de un Dios personal, libre, creador de todas las cosas e independiente del mundo material por Él creado. Se condena el panteísmo y el materialismo. El segundo capítulo enseña, −en contra del ateísmo, del agnosticismo, y del fideísmo−, que ciertas verdades fundamentales como la existencia de Dios, podían ser conocidas por la razón. Define a la vez la necesidad de la Revelación, transmitida a través de las Escrituras y de la Tradición, para conocer más fácilmente las verdades naturales y tener acceso a las sobrenaturales.

El capítulo tercero se refiere a la primacía jurisdiccional pontificia.

El capítulo cuarto expone la doctrina de la infalibilidad del Papa quien posee un poder de magisterio, en virtud del cual juzga sin apelación en cuestiones de fe. Manifiesta luego como esta autoridad ha sido siempre reconocida por la Iglesia y cita los testimonios de varios Concilios ecuménicos. Recuerda que dicha infalibilidad se da cuando el Papa hable ex cathedra, es decir, cuando, lo hace «como pastor y doctor de todos los cristianos”.

La doctrina de la infalibilidad del Papa, unida a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción que había realizado 15 años antes, provocó la reacción de algunos grupos de católicos de Alemania, Suiza y del imperio austro-húngaro, que se negaron a admitirla. Johann Joseph Ignaz von Döllinger, teólogo, sacerdote e historiador de la iglesia,  encabezó una protesta de cuarenta y cuatro profesores en la Universidad de Munich, los reunió en un congreso en agosto de 1870 y emitió una declaración contraria a los decretos del Vaticano que se conoce como Declaración de Utrecht. En Baviera, donde la influencia de Döllinger fue mayor, prevaleció una fuerte determinación de resistir las resoluciones del consejo. “Como cristiano, como teólogo, como historiador y como ciudadano, no puedo aceptar esta doctrina», agregó. Fueron llamados «viejos católicos» porque defendían los principios tradicionales y consideraban las doctrinas del Vaticano I como una innovación. A principios del siglo XX los viejos católicos se unieron a las «Iglesias polacas nacionales» de Polonia, Estados Unidos y Canadá. El 18 de abril de 1871 Gregor von Scherr, Arquidiócesis católica de Munich y Freising, excomulgó a Döllinger.

El liberalismo aprovecha para infiltrarse con ayuda de afines como el bibliotecario del Vaticano, Augustin Theiner y sus amigos cardenales alemanes, disidentes al dogma. Se opusieron en algunos aspectos los veterocatólicos y el liberalismo siguió avanzando. La polémica y hostil relación entre masonería e Iglesia se enconó en el siglo XIX. Cuando el Beato Pío IX, convocó el Concilio para el 8 de diciembre de 1869,  siete meses después de esa convocatoria, el 27 de enero de 1869, apareció un manifiesto de la masonería organizando en Nápoles un anticoncilio para la misma fecha de inauguración del Concilio Vaticano. Y lo consiguieron. El 17 de diciembre de 1869, el anticoncilio reunido en Nápoles declaraba:

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*Considerar la ciencia como la única base de toda creencia y rechazar, por tanto, cualquier dogma fundado sobre la base de una revelación.

* Que la idea de Dios es la fuente de todo despotismo y de toda iniquidad.

*Que la religión católica es la más completa y la más terrible personificación de esta idea; que el conjunto de sus dogmas es la negación misma de la sociedad. Los librepensadores de París asumen la obligación de esforzarse por abolir pronta y radicalmente el catolicismo y solicitar su aniquilación por todos los medios compatibles con la justicia, comprendiendo entre esos medios la fuerza revolucionaria, que no es otra cosa sino la aplicación en la sociedad del derecho de legítima defensa.

En Alemania, Döllinger, decepcionado con la nueva comunidad que se había escindido, declaró. «No deseo unirme a una sociedad cismática; estoy aislado» y seguía insistiendo que su iglesia seguía siendo la antigua Iglesia Católica, «la única santa iglesia católica y apostólica». Un poco tarde para darse cuenta. El liberalismo de un grupo de teólogos e historiadores modernistas de origen germano, se había apoderado del grupo con la excusa del punto cuarto de Dei Filius.

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En muy poco tiempo la nueva secta se alejó enormemente de la catolicidad: primero se eliminó el celibato administrativo, luego se proscribió el culto latino, se rechazó el Canon Tridentino de las Sagradas Escrituras y se optó por el usado por los protestantes que tuvieron injerencia en la Convención de Munich (particularmente los anglicanos con quienes firmaron un acuerdo de «intercomunión»)… fueron los más activos propagadores del ecumenismo y opositores a la teología tradicional, tanto que muchos de los pocos jansenistas que aún quedaban, escandalizados se escindieron y formaron sus propias Iglesias Viejo-Católicas Unos y otros continuaron en la misma línea de crear problemas para destrozar a la Iglesia católica.

En la España de la época estudiada, cuaja —como afirma el profesor Suárez Cortina— una simbiosis entre republicanismo y masonería que alcanza la dirección nacional de los partidos; representa una simbólica muestra de dos ejércitos enfrentados por principios doctrinales, planteamientos ideológicos y en lucha abierta por el control social”. Ambas fuerzas comparten “principios secularizadores que, en su versión más viva, alcanzó al laicismo militante”. “Con estas identidades […] no resulta nada extraña la animadversión que la Iglesia sintió frente a la masonería”[1] que era percibida como oscura fuerza enemiga de la religión y de la patria. La prevención católica debió acrecentarse viendo que algunos masones no mantenían la confrontación con la Iglesia en el ámbito intelectual, sino que se deslizaban a menudo por la pendiente de la agresión directa. Especialmente, ante las señales de dinamismo católico.

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El carlismo, como movimiento político contrarrevolucionario, defendió, de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, el modelo de Estado confesional y unidad católica cuyos portavoces en el pensamiento político fueron, entre otros, Juan Donoso Cortés, Jaime Balmes, Menéndez Pelayo, Juan Vázquez de Mella y Ramiro de Maeztu y, por supuesto, el eclesiástico Félix Sardà i Salvany quien abordó en su obra ‘El liberalismo es pecado’ los fundamentos filosóficos del liberalismo como rechazo de la autoridad divina.

Sin embargo, la Dignitatis humanae (7-12-1965), sumió al tradicionalismo en una crisis sin precedentes. Significaba una revolución en las relaciones de la Iglesia con el mundo moderno que no podía asumir. Puesto que el carlismo se caracterizaba por ser un partido que tenía como principio esencial la defensa de la unidad católica, con la seguridad de ser fiel a Roma, no es de extrañar la dolorosa perplejidad que lo invadió cuando ésta se distanció del confesionalismo católico. Con la decisión conciliar de rechazar la religión de Estado, la idea de un “Estado católico” como brazo secular de la Iglesia, el tradicionalismo político quedaba quebrado en uno de sus pilares básicos.

Ante la propaganda impulsada por el ministro Castiella y otros interesados en favor de la libertad de cultos, se levantaron voces en la Comunión Tradicionalista pidiendo un escrito oficial de defensa de la unidad católica. Raimundo de Miguel y Alberto Ruiz de Galarreta visitaron a José María Valiente, jefe delegado de don Javier en España. La respuesta fue rápida, encargó la redacción a Raimundo de Miguel y el mismo día llamó a una imprenta clandestina para que empezara su trabajo.

La rapidez poco habitual con la que actuó el jefe delegado se debió, según Manuel de Santa Cruz, a que tenía una confidencia de una reciente maniobra de Don Carlos Hugo y de sus amigos sobre el mismo tema, pero en dirección contraria. Un religioso amigo del Príncipe le había advertido desde Barcelona, que unos carlistas de Valladolid preparaban un documento de exaltación de la unidad católica, y a la vez, le había pedido que impidiera que el Carlismo se pronunciara en contra de las nuevas actitudes de la Iglesia. Don Carlos intentó detener el escrito, pero al provenir de la Junta Nacional y ante la oleada de cartas, telegramas y llamadas exaltadas a favor del documento, que llegaron también desde ámbitos externos al carlismo, tuvo que aceptar su publicación.

Fue una actitud valiente en defensa de los principios de la Iglesia, pero el liberalismo, modernismo, en definitiva la masonería, sigue avanzando en sus planes, de modo que la eterna pugna entre conservadores y reformistas en el seno de una de las iglesias nacionales más influyentes, la alemana, se ha agravado recientemente a raíz de los escándalos de abusos a menores. La situación es tan tensa que, ante la falta de cambios y nula asunción de responsabilidades, el arzobispo de Múnich y expresidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Reinhard Marx, ha puesto su cargo a disposición del Papa.

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Mientras tanto, decenas de sacerdotes, en abierta rebeldía con Roma, han empezado a bendecir a parejas homosexuales pese al expreso rechazo del Vaticano. El desgaste en la iglesia católica alemana es evidente. Aunque el Papa anda tratando de suavizar posturas, algunos ven la amenaza de un cisma y manifiestan abiertamente su preocupación, como por ejemplo el cardenal australiano George Pell quien pide que Doctrina de la Fe desautorice al presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea, Jean-Claude Hollerich, y al presidente de laConferencia Episcopal Alemana, Georg  Bäzting por querer revertir la moral sexual. El cardenal australiano entiende que se han plegado a “los dictados cambiantes de la cultura secular contemporánea” y  concluye, “la Iglesia católica no es una federación donde diferentes sínodos o reuniones nacionales y líderes prominentes pueden rechazar elementos esenciales de la tradición apostólica y permanecer imperturbables”. También los obispos polacos acusan a los alemanes de «sucumbir a la presión» para «alterar el Evangelio» sirviéndose del Camino Sinodal. En una misiva enviada al presidente de los obispos alemanes, monseñor, Stanislaw Gadecki manifestaba:

«Evitemos la repetición de eslóganes desgastados y de reivindicaciones estándar como la abolición del celibato, el sacerdocio de las mujeres, la comunión de los divorciados y la bendición de las uniones entre personas del mismo sexo». «A pesar del clamor, el ostracismo y la impopularidad, la Iglesia católica -fiel a la verdad del Evangelio y al mismo tiempo motivada por el amor a todo ser humano- no puede callar y consentir esta falsa visión del hombre, y mucho menos bendecirla o promoverla». Como vemos, la situación apunta a un cisma dada su incompatibilidad con la doctrina de la fe católica en materias como el sacerdocio y la mujer, y la moral sexual.

En España, tan anegada en las ideas modernistas, ha disgustado, pero no sorprendido, que las propuestas que se han trasladado en la primera etapa desde la base, en diócesis tan importantes como Barcelona y Zaragoza, contengan esos mismos planteamientos, abogando por el acceso de la mujer al diaconado y al sacerdocio, el celibato opcional para los sacerdotes, así como la revisión de «la moral sexual y familiar a la luz de los signos de los tiempos».

De manera que el libro de Sardá y Salvany (1884) tan perseguido en su momento, cuya tesis esencial es la condena del liberalismo como pecado desde una postura católica tradicionalista, continua plenamente vigente hasta el punto de volver a ser reeditado con un magnífico prólogo de un importante miembro del episcopado católico, monseñor Athanasius Schneider quien entre otras cosas interesantes, nos advirtió de la imperiosa obligación de los católicos de emprender la lucha hasta conseguir

RECATOLIZAR EL CATOLICISMO LIBERAL


[1] J.A. Ferrer Benimeli: “Masonería española. Represión y exilios” pg 835

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Licenciada en Geografía e Historia, fue profesora hasta su jubilación.

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