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Carlismo

Levantamiento de 1869

En La Mancha y Extremadura se alzó, el 23 de julio de 1869, el brigadier Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco, comandante general carlista de Toledo, La Mancha y Extremadura.

A principios de julio de 1869 el marqués de Benavent comunicó a Carlos VII que tenía comprometida la plaza de Figueras para su entrega a los carlistas. Ante tales noticias, Carlos VII, que residía en París, se apresuró en abandonar la capital de Francia, 5 de julio, para dirigirse a Burdeos y Perpiñán. En Burdeos dejó al general Díez de Cevallos de enlace con la frontera de Bayona. Hacia Perpiñán marchó Carlos VII acompañado del marqués de Vallecerrato, el general Rafael Tristany y el doctor Vicente. Cuando estaban cerca de la frontera con Cataluña, el marqués de Benavent le comentó a Carlos VII que la conspiración había sido descubierta y que se habían apresado a todos los que estaban comprometidos. El intento de alzamiento en Figueras había fracasado.

El alzamiento de Pamplona estaba dirigida por el comisario regio de Guadalajara, Isidro Ternero Garrido. Éste tenía que llevarse a cabo entre los días 23 al 24 de julio de 1869. Como había ocurrido en Figueras, el alzamiento de Pamplona fue descubierto antes de iniciarse. El capitán Félix Díaz Aguado, implicado en el alzamiento, en carta dirigida a Carlos VII, culpabilizó a un capitán de artillería por no haber cumplido sus compromisos dejando de asistir a la ciudadela de Pamplona, donde le esperaba el que suscribe, falta tanto más grave cuando que él era el nombrado para ponerse al frente de las dos compañías ciegamente adictas a V.M., con dos de los oficiales y cinco de los seis sargentos con que cuentan. Las consecuencias fueron la detención de los conspiradores. En consejo de guerra fueron sentenciados a muerte el brigadier Mariano Larumbe, el oficial José Aperregu y el marqués de las Hormazas. Al resto se les sentenció a penas menos severas. Se pidió clemencia para los sentenciados a muerte y, finalmente, se les conmutó la pena de muerte por la de confinamiento en las Islas Marianas.

Para conocer los hechos sucedidos en el Maestrazgo, transcribimos lo que Facundo de los Ríos y Portilla, Gobernador de la provincia de Castellón, le comunicó al Ministro de la Gobernación, Práxedes Mateo Sagasta, el 25 de septiembre de 1869:

Bajo las apariencias de una cuestión de riego puramente local, se ocultaban en Villareal dos propósitos siniestros: resistir a todo trance las disposiciones de la autoridad para provocar un conflicto grave, e inaugurar el movimiento carlista haciendo algunas víctimas, comprometiendo por tal medio a los incautos.

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Así, no bien tuve noticia de lo que ocurría en Villareal telegrafié a V.E. y partí para dicho punto en las primeras horas del día 11 de Agosto, acompañado del Comandante de la Guardia Civil D. Nicomedes Llorach, del Alférez D. Eugenio Ayala y del Juzgado de primera instancia. No había tiempo que perder para lograr que abortase la intentona, y por consiguiente me trasladé de seguida a los campos invadidos por más de 250 rebeldes encontrándolos en estado tumultuario. Personalmente les perseguí con mis acompañantes, hice 28 prisioneros y conseguí la dispersión de los restantes, auxiliado por el teniente de la Guardia Civil D. Antonio Guillen, que como Jefe de la línea acudió instantáneamente a tomar el mando del puesto de Villareal. Más tarde se me reunió la corta fuerza del ejército de que podía disponer en aquellos momentos, y a las pocas horas estuvieron 87 de los amotinados en poder del Juzgado. El rebelde Galindo vio desvanecida su esperanza que acariciaba de arrancar de sus hogares 300 o 400 hombres; y fracasado su designio por el golpe atrevido que llevó, salió a probar aquella misma noche con algunos de sus secuaces (entre los que debemos contar al presbítero Ballester muerto en el encuentro de Catí con el mismo Galindo) dirigiéndose al término de Onda.

Apenas se constituyó en Villareal el Juzgado de primera instancia para instruir el correspondiente sumario y sin salir todavía de dicha población, supe el alzamiento en Benlloch del Calderero Dembilio, y la bajada a Alcosebre, sitio de la costa, de varios insurrectos de alcalá, al mando del cabecilla Mañes, que desarmaron la pareja de carabineros allí destacada llevándose las carabinas, bayonetas y municiones. Alcosebre debía ser considerado como punto estratégico por la facilidad con que podía ejecutarse en su playa un desembarco de armas, que ya se venía anunciando, y porque enlazado con la elevada ermita de San Benito de donde parte una serie de montañas de difícil acceso, la fuerza que se apostase en sus crestas podía defender dicho desembarco, tener en jaque a Peñíscola, Benicarló y Vinaroz, y darse la mano por la izquierda con San Mateo y demás pueblos, todos sospechosos, del bajo Maestrazgo. Por lo tanto dispuse desde el mismo Villareal que inmediatamente saliesen en persecución de los sublevados y ocupase Alcalá el capitán D. Manuel Aguirre que con su compañía procedente del regimiento de Granada, se encontraba casualmente en Torreblanca de paso por La Cenia. Al poco tiempo regresé a esta Capital y dispuse igualmente que el Comandante de Carabineros D. Salvador Alfaro, reuniendo la fuerza que pudiera de su instituto, ocupase Alcosebre sin pérdida de momento y vigilase la costa.

No me había equivocado en mis cálculos. La facción del cabecilla Mañes fue perseguida por dicho Capitán haciéndole un prisionero; enseguida se posesionó de Alcalá pernoctando en ella. Los sublevados con Francisco Vallés abandonaron por la tarde la población y reunidos con los de Mañes vivaquearon, la indicada noche del 11 en San Benito, replegándose al amanecer del 12 hacia San Mateo, no sólo por la representación inesperada de la fuerza del Capitán Aguirre, sino también por otras causas de que voy a ocuparme.

Tenía yo la convicción profunda, según las noticias y confidencias recibidas, de que Alcalá de Chisvert y San Mateo serían las primeras poblaciones que darían el grito en la contienda que se preparaba, y por consiguiente que mis primeros esfuerzos debían encaminarse a vigilarlas, cayendo sobre ellas al menor asomo de peligro. Así es que sin titubear ordené al valiente Ayala que se saliese en el tren correo de dicha noche del 11, y recogiendo los puestos de la Guardia Civil existentes desde Torreblanca a Vinaroz, marchase con el Comandante graduado D. José Díaz sobre San Mateo, cuando más antes les fuese posible y venciendo toda clase de obstáculos. El desenlace de estas operaciones no pudo ser más lisonjero. El Comandante Díaz y el Teniente Ayala llegaron tan oportunamente a San Mateo que pudieron salvar a los diez guardias que encerrados en el cuartel, a la vez que los pocos liberales de la población en la torre, se defendían valerosamente de la facción allí levantada al mando de los cabecillas Ignacio Vilanova y Pedro Rocher: Desalojada del pueblo y puesta en vergonzosa fuga, se desbandó por los campos, viniendo algunos de sus individuos a encontrar l gavilla de Vallés que iba a incorporárseles poseída de terror, con la noticia que tuvo de la entrada repentina de tropas en Alcalá. La consternación en este pueblo había sido indecible en la referida noche del 11. Esperaban, según habían asegurado los cabecillas, que las fuerzas militares que se les presentasen habrían ya proclamado al titulado Carlos VII, como el resto del ejército; y al recibir el amargo desengaño de que nuestros bravos soldados seguían fieles a la causa de la libertad, el pánico y el desaliento cundió entre los comprometidos, y más de 500 hombres preparados a salir aquella noche a engrosar las filas de Vallés, permanecieron en sus casas.

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La facción de éste cabecilla, recaudador subalterno que venía siendo de contribuciones en Alcalá, recorrió varios pueblos del Maestrazgo, después de haber agregado a sus filas los facciosos rechazados en San Mateo. Estuvo En Albocácer el día 13 con unos 190 hombres, y pasó a Benasal donde fue perseguida por el Comandante general de Morella D. José García Velarde. Aunque no logró alcanzarla, esta activa persecución debió contribuir sin duda a que se presentaran a indulto el día 14 en Banasal varios carlistas, entre ellos el cabecilla Vilanova y su hijo, el alcalde de Alcalá con su criado, y el hijo del barón de Benicasim con otros tres jóvenes compañeros, vecinos de esta capital. La misma facción se dirigió a Ares del Maestre, y sin entrar en esta población retrocedió hacia Benasal, volviendo a recorrérsete pueblo y los de Albocácer y Cuevas. Entró en Sarratella el día 19 a las 9 de la mañana, se racionó, detuvo el correo, y permaneció día y medio, uniéndose la partida de Dembilio con lo que llegó a reunir sobre unos 300 hombres. Procuró Valles ponerse en contacto con Galindo, mandando al efecto dos emisarios, pero sorprendidos por el Comandante graduado D. Jacinto Mendoza les ocupó la correspondencia, quedando inutilizado el proyecto de aquel cabecilla. Desde Sarratella envió Vallés un pelotón de 25 hombres a Albocácer al mando de Cascolls, con el objeto de extraer los presos de la cárcel, como se verificó en número de 8 hombres, algunos de los cuales y una gran parte de los que los sacaron están hoy a disposición del Juzgado de aquella cabeza de partido. El 20 salió para Tírig, habiéndosele separado Dembilio que regresó hacia Sierra de Engarcerán. Vallés durmió con su fuerza en la noche del mismo 20 en una de las masías del término de Tírig, y Galindo en otra, llamadas Mas Roig y Mas de Esteve. El 21 se reunieron y salieron juntas al amanecer hacia Catí, entrando en el pueblo entre nueve y diez de la mañana.

Organizada la persecución de los rebeldes por los puntos que quedan ya marcados, ordené al Comandante Llorach saliese la precitada noche del 11 con la fuerza que pudiera reunir, y recogiendo a su tránsito por la carretera de Morella los puestos de Guardia Civil atacase a Benlloch, donde debían encontrarse Dembilio, Barrero y Campanario. El bravo Llorach sin detenerse a saber el número de los enemigos, ni ha menguarse su valor por la pequeñez del de sus subordinados, penetró el 12 en Benlloch que habían abandonado precipitadamente los carlistas al tener noticia de la aproximación de la columnita. El resultado fue desmoralizar la facción hasta el punto que ni se ha distinguido por sus operaciones, ni aun cuando la lucha se hubiese prolongado, habría merecido fijar la atención en su demostrada cobardía. Sus hazañas están limitadas, según arrojan las notas diarias que he llevado de los movimientos de las partidas, a marchas y contramarchas atropelladas, a la reunión con Vallés de que queda hecha mención, a tomar el día 21 en Villafamés 130 raciones y varias armas, y el 22 en Chodos 80 panes y dos cántaros de vino. Luego veremos como terminó.

En el entretanto el Teniente Coronel Montesinos, a quien di las instrucciones necesarias para que pudiese operar, entraba en el Maestrazgo por Alcalá la noche del 12, y la derrota de los cabecillas Llopis y Simó por el Capitán D. Ventura Rigel en Sierra de Engarcerán, consumó el descrédito de los insurrectos, haciendo ver a los pueblos que apenas ondeaba en sus montañas el pendón carlista, era roto y despedazado por nuestras valientes tropas.

La facción de Galindo podía inspirar algún cuidado atendida la situación topográfica del terreno en que se encontraba, la índole de los rebeldes que se le habían incorporado, y el mayor grado de autoridad que parece tenia entre sus amigos políticos. Compuesta del contingente de varios pueblos colindantes del río Mijares, aparece en Ribesalbes a las seis de la mañana del día 12, fuerte de unos 80 hombres; recorre en el mismo día los pueblos de Vallat, Fanzara, Espadilla, Toga y Ludiente, pernoctando en el castillo de Villamalefa. De estos pueblos se le fueron incorporando pequeños grupos al mando de los cabecillas Llorens, Joaquín Sales y el Rullo de Zucaina. Al amanecer del 13 salieron para Villahermosa donde también pernoctaron. De Villahermosa marcharon a Cortes de Arenoso con el propósito de pasar por Puerto Mingalvo a Mora de Rubielos, y unirse después a la facción más numerosa de Valencia que fue destruida por los Tenientes Coroneles Escandón y Montolío. Galindo llevaba entonces 240 hombres. No pudo llevar a cabo su designio por la razón que se expondrá más adelante, pasó a Vistabella donde se racionó, y tomó 80 escudos de los fondos municipales. De Vistabella marchó a Benafigos donde se les reunió el día 17 el Capitán de la extinguida Guardia rural D. Ramón Domingo, que tomó el mando de toda la fuerza y la proveyó de recursos, según manifestación de los mismos carlistas cuya circunstancia está confirmada por el hecho de no haber vuelto a tomar más dinero en los pueblos de Culla, Benasal, Albocácer, Tírig y Catí que fueron los últimos que recorrieron. Teniendo, pues, en consideración la ya indicada cualidad de merecer algún más concepto entre las partidas sublevadas, dispuse la formación de una columna de Guardia Civil en Segorbe que al mando del capitán D. Jacinto Mendoza le persiguiese sin descanso; y éste valiente Jefe, uniendo a sus fuerzas 120 voluntarios de la libertad de los pueblos del alto Mijares, operó con tanto acierto y denuedo que logró no solamente impedir que se uniera Galindo a la facción de Valencia, como ya se ha indicado, sino que puesto en combinación con dos compañías del regimiento de Burgos al mando del Capitán Ustariz, le arrancó de las montañas de Sierra Espadán y de las elevadas cumbres de Peñagolosa, arrojándole definitivamente mediante una persecución extraordinariamente activa sobre los pueblos del alto Maestrazgo donde era menos difícil alcanzarle y batirle. En esta última operación estaba ya incorporado desde Benafigos a la columna Montesinos.

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Mi objeto cardinal estaba completamente conseguido. Reunidas las fuerzas de las facciones más importantes, y combinado el ataque simultáneo por las columnas de operaciones, el resultado no podía ser dudoso. Y era tal la fuerza de mi convicción que recordará V.E. le decía en la noche del 21 a la una de ella, que esperaba de un momento a otro la noticia de una victoria decisiva. Efectivamente, dos días después tuve el honor de anunciarle a V.E. el encuentro de Catí en que hallaron su tumba las esperanzas del partido carlista. Catí será para mucho tiempo la última etapa de sus hombres de armas.

Días después, la facción de Dembilio y Barrero abandonada por éstos, rendía armas y personas en Useras, impetrando su perdón.

Además de estas facciones, apareció el día 12 en el ermitorio de la Fuente de la Salud distante media legua de San Jorge, la del cabecilla Antonio Borrás compuesta de unos 40 hombres. A las ocho de la noche entró en Traiguera, recogió 18 armas y salió en dirección a la Jana. El día 13 reapareció en Chert, cogió 42 escudos al recaudador de contribuciones y marchó a Vallibona. A las dos de la tarde fue alcanzada y batida completamente por la columna del bravo y entendido Teniente Coronel D. José Harrando en la Mola de Chert, distinguiéndose con sus guardias el valiente Ayala. Se aseguró entonces que el cabecilla había perecido en el encuentro; después se dice que quedó gravemente herido, habiéndole ocultado sus compañeros para curarle.

De los restos de esa partida y con algunos otros sublevados nació la de José Ocher que se presentó el día 14 en Bel a las cuatro de la tarde, y marchó a las ocho con dirección a la Puebla de Benifasar. El 15 regresó Bel, exigió 60 raciones de pan, volvió a la Puebla donde también se racionó; a las ocho de la noche entró en Fredes y a las diez salió para Beceite. El 17 a las ocho de la mañana se presentó en Corachar proveyéndose de víveres, regresó a Fredes al anochecer, y volvió a salir en dirección de Beceite en la mañana del 18. Aquí se pierde la pista de este grupo que sin duda por el desastre de Catí y activa persecución del Comandante general Velarde, se vio en la precisión de desaparecer.

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La partida al mando de Joaquín Mestre aparece por primera vez en el Forcall a las 10 de la noche del 13, ocupó dos armas, y a la una partió para Todolella con dos bagajes. Se llevó algunos individuos de la reserva. A las nueve de la mañana del 14 salió de Cinctorres con 60 hombres tomando el camino de la Mata. En el término de éste pueblo y en la Masía de Clara se encontraba a las nueve de la mañana del 15 con 150 hombres. Después desaparece sin duda por la persecución del repetido Comandante general.

He procurado, aunque sucintamente, referir los episodios más interesantes del movimiento carlista, porque sería enojoso detenerse en detalles más propios de una reseña histórica circunstanciada, que de los estrechos límites de la narración oficial. Debo no obstante, dejar aquí consignado que estoy altamente satisfecho de la decisión y energía con que el Excmo. Sr. Capitán general del distrito y Comandante general de Morella han apoyado y sostenido mis indicaciones en las combinaciones diferentes que tuve ocasión de proponerles para las operaciones militares; que los valientes Jefes, Oficiales y soldados de las columnas nada han dejado que desear por su bravura, abnegación y brillante disciplina; que han merecido bien de la patria los señores Alcaldes, Ayuntamientos y voluntarios de la libertad que con el celo y patriotismo más elevado han secundado los unos mis disposiciones, y unídose los otros a las filas del ejército hasta la destrucción de la facción.

Finalmente, que la presentación de 398 rebeldes implorando clemencia del Gobierno como único medio de salvación en su completa derrota, ha impreso una huella tan profunda en el Maestrazgo, cuyos habitantes se han convencido de la perfidia con que han sido engañados por los Jefes de la revuelta, que es muy difícil se presten por ahora a oír nuevas sugestiones.

En La Mancha y Extremadura se alzó, el 23 de julio de 1869, el brigadier Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco, comandante general carlista de Toledo, La Mancha y Extremadura. Juan de Dios Polo estaba casado con Juana Calderón y, por lo tanto, era cuñado de Ramón Cabrera. Llegó a Toledo y la estuvo amenazando hasta el mes de agosto. El 18 de agosto fue vencido en una dehesa de Torralba de Calatrava. El brigadier Juan Polo, junto con su secretario, un oficial y un guardia civil que se les había unido, se entregaron al alcalde de Daimiel. En Ciudad Real fue juzgado en consejo de guerra. Se le condenó a pena de muerte. Trasladado a Madrid, fue encarcelado en la cárcel militar de San Francisco. Gracias a la intercesión de los Voluntarios de la Libertad de Damiel, que viajaron hasta Madrid para pedir su indulto, el general Serrano le concedió el indulto –posiblemente por la conmoción que produjo las ejecuciones de Montealegre- siendo deportado, junto con sus compañeros, a las Islas Marianas.

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En León se sublevó el coronel Pedro Balanzátegui. En su partida se integraron 11 sacerdotes. Fue derrotado en Valcovero (Palencia) y, en aplicación a las órdenes del general Prim, fue fusilado inmediatamente. Antes de morir escribió a su esposa una emocionante carta que, entre otras cosas le decía: Del dinero que me encuentran, dispongo que los 200 y pico reales se empleen, en un duro para cada guardia que me dispare, para que vena que no les guardo rencor alguno, pues todos saben lo que yo he considerado y apreciado a la Guardia Civil, el resto, para que el señor cura de aquí me haga el funeral y lo aplique en misas.

Con referencia al País Vasco escribe Jaime del Burgo: El 3 de agosto hubo un consejo de jefes en el caserío de Urrugne, al que asistieron Elío, los hermanos Díaz de Ceballos (Hermenegildo y Vicente), el marqués de Valdespina, Tirso de Olazábal, Mauricio de Bobadilla, Nicasio Zabalza, el conde de Patilla, Isidro Ternero, Gaspar Díaz de Labandero, Francisco Navarro Villoslada y Gabino Tejado. Se acordó secundar el movimiento de los manchegos y escribir a Cabrera para que se pusiera al frente de las fuerzas que se levantaran (…) Don Carlos se situaría en la parte de Toulouse para animar a los catalanes y ponerse a su cabeza si Cabrera no acudía, o volver a la frontera de Navarra. Pero las armas prometidas no llegaron de ninguna parte, y don Carlos trató de llegar a Toulouse, confiando siempre en que se produjera el anunciado movimiento de Cataluña (…) pero Cabrera, a pesar de todas las insistencias, no se presentó, contribuyendo con su actitud a enajenarle cada vez más la simpatía de sus correligionarios, que esperaban de él la repetición de su gloriosa historia.

En Castilla la Vieja se levantó el general Sabariegos el cual, después de varios encuentros y al verse en inferioridad numérica, decidió entrar en Portugal.

Existen dos causas que motivaron el fracaso de los alzamientos que se produjeron en España a lo largo de los meses de julio y agosto de 1869. La primera es la improvisación de algunos alzamientos, con lo cual el ejército gubernamental tuvo muchas facilidades de acabar con ellos. El segundo lugar,  la falta de cohesión. Se levantaron partidas indiscriminadamente en diferentes puntos de España pero, sin conexión entre ellas. Con lo cual el alzamiento tenía todos los números de fracasar. Sin embargo, estos alzamientos fueron el preámbulo de lo que sería la III Guerra Carlista, pues, demostraron que el pueblo carlista estaba dispuesto a luchar por su Rey.

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