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El tacto político: CABRERA, CAUDILLO Y “LEÓN” DEL MAESTRAZGO

En el último número del histórico Boina Roja, de Mayo de 1965, se trataba de la prudencia y el tacto político dentro del Carlismo.

«Voluntarios:

Yo soy Cabrera. No durmáis, porque el Rey nos escucha. Examinad y meditad sobre mi vida entregada a la causa. Quise dar mi sangre por el Altar y el Trono, pero la Providencia me conservó para abanderar la Tradición durante muchos lustros, y para que con mis errores y mi tibieza en mis últimos años y la falta de tacto político de los demás el carlismo no vuelva a caer ni en mis yerros ni en los de quienes me indujeron a caer en el abandono.

Fui siempre fiel a la doctrina de Dios, Patria y Rey, incluso hasta mi muerte, a pesar de las calumnias y deformaciones de correligionarios y de contrarios.

Nunca fui un «tigre», pues me comporté con nobleza y caballerosidad. Ni fui sanguinario, como me acusaron los liberales y masones, para desprestigiar al carlismo. En todo caso fui, y es mi orgullo, el «León» del Maestrazgo, porque fui el primero en la lucha, el primero en rugir contra la iniquidad liberal y siempre dispuesto al sacrificio y a la renuncia, aplastando sin fobia ni rencor al sectarismo cristino-isabelino.

Mi cuerpo, que recorrió casi toda España para levantarla de su postración, quisiera que descansara en el Maestrazgo hasta el día de la Resurrección.

Vuestro compañero,

CABRERA.»

Esas o muy similares podrían ser las palabras de mensaje que Cabrera transmite a los «voluntarios» de hoy. Don Ramón siempre llamaba por ese honroso nombre a los combatientes carlistas. El ejército carlista que él constituyó lo formó con «voluntarios», nada de «mercenarios» como el ejército liberal. Voluntarios fueron los de las siguientes guerras carlistas. Voluntarios fueron los miles de requetés que se alistaron el 19 de julio, y voluntarios son hoy día los miles de carlistas que se concentran en Montejurra, Quintillo, Maestrazgo, Molina, Haro, Camín Real, Villarreal, etc. El carlismo sale por propia voluntad del pueblo español, en cumplimiento de los altos designios y destinos de España, por ello es precioso el término con que Cabrera iniciaba sus arengas.

Se finaliza esa carta-mensaje como él terminaba sus proclamas: «Vuestro compañero». Nada de «vuestro general». Cabrera era el mejor de los compañeros combatientes, era como un hermano de todos, y de los más jóvenes como un padre, siendo a la vez hermano y compañero. Él era el que arriesgaba constantemente su vida para ahorrar la de cualquier otro combatiente (recuérdese el hecho insólito de Molina de Aragón). Cabrera no gustaba de etiquetas cortesanas ni palaciegas, ni tampoco de formalismos militares. Él era el primero en el combate, el último en el retroceso para salvaguardar la vida de los demás, él era quien con teas iluminaba el paso de un rio, permaneciendo horas dentro del agua, para que ninguno de sus «compañeros» pereciese o sufriera. A Cabrera le bastaba un bastón rústico y una simple zamarra, y a lo sumo vestía con una capa blanca o escarlata para ser más pronto distinguido en el campo de combate. Ese compañerismo cristiano de Cabrera electrizaba a todos los voluntarios.

«Yo soy Cabrera.» Así se presentaba frecuentemente ante el propio enemigo, arriesgando su vida. Ante esta presentación los cristinos o liberales temblaban como ante un nuevo Cid. Precisamente las correrías de Cabrera tuvieron lugar sobre las mismas tierras que el Cid. Entre otros lugares fue en Villafranca del Cid, donde pronunció su acostumbrada frase ante el ejército liberal, que ante esa heroica presentación quedó hecho prisionero por el nuevo Campeador. Ambos lucharon por la cristiandad. Ante la figura de Cabrera los liberales se entregaban y sus «voluntarios» se acrecían en número y en valor.

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Nos repite ahora una de sus frases célebres: «El Rey nos mira; No debemos permanecer dormidos, porque en todo momento el Rey está atento a la marcha de los destinos de la Comunión, y si él vigila toda la Causa, vigilemos y cuidemos nosotros la parcela que nos corresponde.»

Pide Cabrera que meditemos su historia política y su historia humana. Precisamente el carlismo, por ser «tradicionalismo» no debe cerrar los ojos a la Historia y a las enseñanzas del pasado. Mucho hay que aprender del «caso» Cabrera. No seremos fieles a la Tradición si desconocemos la verdad de la Historia y no sacamos su diagnóstico para no incurrir en la misma enfermedad. La vida del general Zumalacárregui se truncó excesivamente pronto, y fue, por lo tanto, Cabrera la más continuada gran figura militar del carlismo. La historia de Cabrera es la Historia del carlismo de casi cuarenta años, y la Historia del carlismo durante esas décadas es la historia de Cabrera. Que Cabrera cometió errores, nadie lo niega. Fueron, en cambio, muchos más sus aciertos y sus méritos. ¿Quién no ha cometido errores? ¿Es que los carlistas que lo apartaron de la dirección del carlismo no cometieron también sus errores? Es triste el que ante un fracaso, un desacierto o un error se olviden las victorias, los aciertos y los éxitos anteriores. Cabrera debiera haber continuado siendo humilde y sencillo, como en sus primeros años de lucha carlista, y así hubiera muerto siendo el más grande de los carlistas. ¿Fue solamente suya la culpa?

En el «caso» Cabrera quedó demostrado que en el carlismo nada se puede sin el Rey, a no ser que el Rey se desvíe de los inmutables principios. Por culpa suya y de los demás, quizá llegara a pensar que podría tanto como el Rey. A pesar, de los grandes méritos y de graves razones que él tenía para criticar o censurar a algunos que al Rey rodeaban, se demostró que la balanza fue en favor del Rey. Así tenía que ser por la propia esencia del carlismo. ¿Perdió Cabrera? Si, pero perdió también el Rey y la propia Causa; pues si don Ramón Cabrera hubiera continuado siendo la figura máxima del carlismo, después de la del Rey, las masas de voluntarios se hubieran multiplicado en la llamada guerra de los cuatro años, la guerra hubiera tenido una dirección militar única y experimentada como ninguna, y el ejército republicano y alfonsino hubiera temido nuevamente al conde de Morella. ¿Hubiera sido la victoria definitiva de la monarquía católica? Sólo Dios lo sabe.

El carlismo necesita ahora como ayer y siempre de mucho tacto político, con el fin de no anular los valores. Declaremos la guerra a los que pretenden contiendas interiores. A los que difaman y tachan de traidores por cosas insignificantes o por seguir diferentes tácticas que llevan al mismo objetivo supremo. Las infamias y calumnias no pueden producir más que escisiones y divisiones. La guerra contra el liberalismo de ayer y de hoy y contra la masonería, el materialismo y el marxismo no se logra con expulsiones de valores carlistas, sino atrayéndolos y sujetándolos a la disciplina de la Causa. Por otra parte, la disciplina debe estar llena de comprensión hacia todas las posturas, en cuanto no signifiquen cesión y abandono de principios inmutables. Tanto Cabrera, como los que lo combatieron y alejaron, infringiendo el «Cueste lo que cueste» y el «todos juntos en unión». Hay que moderar el amor propio de unos y de otros, para formar un haz compacto en torno al Rey y a la doctrina. Los yerros de unos y de otros deben resolverse en pequeñas reuniones, utilizando todos los medios, para que nunca Jamás se produzcan escisiones ni separaciones. Humildad ante los intereses sagrados de la Causa. Todo hay que subordinarlo a la UNIÓN, menos los principios inmutables y los derechos legítimos del Rey. Hay mucho que meditar sobre el «caso» Cabrera. Nos pide UNIÓN, UNIÓN, UNIÓN ante el liberalismo y el marxismo.

A Cabrera se le ha llamado impropiamente «Tigre» del Maestrazgo. El ejército liberal y su poder de la Administración Central, con el fin de atenuar las derrotas que Cabrera les infringía con sus «voluntarios», inventó la criminalidad de Cabrera. El caudillo tortosino fue honrado y noble y caballeroso cien por cien. Siempre procuró atender a los heridos liberales e incluso dejaba en libertad a los prisioneros y les pagaba para que pudieran regresar a sus hogares. Fue Cabrera quien recibió el golpe fatal de que su honrada y santa madre había sido fusilada por el ejército liberal, a pesar de que él tenía dos rehenes importantes para conservar la vida de su madre. La criminalidad del ejército oficial de la Reina Isabel era tan grande que ni tuvo en cuenta las vidas de los prisioneros que tenía Cabrera, ni la inocencia de María Grinó. Los posteriores castigos que infringió a los liberales que caían en su poder o a quienes le traicionaban por sus relaciones secretas con el enemigo, fueron muy inferiores el número y calidad a las matanzas del ejército liberal, y sin embargo, propagaron la denominación de «tigre» del Maestrazgo. La conducta caballerosa de Cabrera no podría ser de otra forma, dada su formación religiosa y la ideología carlista que profesaba y que su ejército defendía. Que hubo excesos, no lo negamos; pero fueron una parte muy inferior a los que cometieron quienes le infamaban. Por ello, nos que le llamemos el «León» del Maestrazgo, y no «tigre», pues fue ante todo muy humano, con las equivocaciones imprescindibles en guerras.

La persona que con creces en cualquier lugar y tiempo, expuso más su vida por el Altar y el Trono español, yace en el extranjero. Murió sin que le rodeara ninguno de aquellos «voluntarios» que tan ciegamente le seguían. El Gobierno alfonsino, como es natural, tampoco se acordó de él, pues nada oficialmente le debía. Siguió durante muchos años la monarquía constitucional y luego una República de mil colores, y Cabrera continuó olvidado en su tumba en el extranjero. Hoy vivimos tras una victoria debida en principal parte al «voluntariado» carlista, y es lógico que llegue la hora de reintegrar al suelo patrio el cuerpo de ese español que tanto la amó. Muchas poblaciones pudieran discutirse el honor, principalmente Tortosa, Cantavieja y Morella. Pero fue ante todo la ciudad de Morella la que vio despertar el heroísmo y la valía de don Ramón Cabrera. Como fue comandante general de Aragón, nada mejor que Morella, desde cuyo «Torre Miró» se divisa y se contempla el Bajo Aragón, que tantos recuerdos tiene de Cabrera para reintegrarlo al Rey legítimo.

Desde el castillo de Morella, Cabrera continuaría siendo el centinela de la Tradición, vigilando el gran Maestrazgo y el Bajo Aragón. Desde allí podría decir a la actual y futuras generaciones: «Yo soy Cabrera. El Rey nos escucha. Imitad mi heroísmo, no imitéis ni mi tibieza ni la falta de tacto de quienes me separaron».

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