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Análisis

Los católicos frente a la política

Nuestro papel en el mundo como católicos no consiste en adecuarnos a los nuevos profetas de moda, antes al contrario, debemos mostrarnos como alternativa válida y siempre actual.

Imagen: Pixabay

Fe y Política ¿agua y aceite?

La Revolución Francesa trajo consigo una convicción nueva para ciertos intelectuales y políticos: organizar el estado sin tener en cuenta a Dios y a la religión; esta idea, que es el eje del liberalismo, se impuso por la fuerza en diversos países, entre ellos el nuestro. Con el paso del tiempo ha ido calando en la sociedad y casi todos están convencidos de que la religión debe quedarse en el fuero interno de cada persona y no influir en sus decisiones políticas o económicas. Muchos católicos desorientados piensan así, pues, como dijo Benedicto XVI, “quien excluye a Dios (de su concepción política) no ve la realidad”. Es preciso salir de la trampa tendida por el liberalismo que ha maniatado y amordazado a muchísimas personas con el pretexto “de estar con los tiempos” o de abandonar “las estructuras de la cristiandad medieval”.

León XIII lo escribió con claridad a fines del siglo XIX: “no hay solución a la cuestión social fuera del Evangelio”. No nos engañemos, la médula de las dificultades políticas que nos agobian en la actualidad está formada por los problemas sociales: pobreza, salarios, empleo….  Para nosotros, no se puede dar una separación entre los diferentes aspectos de la vida: somos católicos siempre (acordémonos de la “Carta a Diogneto” a la que hice referencia hace unas semanas), la fe debe impregnar, orientar, dirigir todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos. Es verdad que existen temas técnicos como las tasas de interés o el monto del salario mínimo, a los que se debe enfrentar desde la experticia, pero el católico regula sus decisiones con el aporte de los valores derivados de la fe.

¿Esto es nadar contra corriente? ¿Esto significa incomprensiones y ataques? Pues sí, pero debemos pagar el precio de ser fieles al Señor Jesús en todos los momentos de la vida, no solo en misa y en el confesionario, si es que nos confesamos.

El intelectual católico Stefano Fontana hace pocos días nos puso en guardia contra esta falacia del liberalismo de pretender organizar la sociedad sin referencia a Dios: “Un mundo sin Dios no es un mundo neutro, solo puede ser un mundo contra Dios”. Contentémonos con dar una rápida mirada a nuestra historia nacional: el laicismo, impuesto a sangre y fuego, no ha significado educar y legislar simplemente sin Dios, sino contra El. Basta averiguar qué se ha escondido detrás del llamado “laicismo”. No seamos ingenuos; ya es hora de tomar el toro por los cuernos y decidirnos a ser coherentes con nuestra fe. Pongamos un ejemplo frecuentísimo en nuestros días y que tiene nombre y apellido en los Estados Unidos: ¿Está de acuerdo con la doctrina de la Iglesia que un político se diga católico y tenga una postura favorable al aborto? No y simplemente no. Y así en otros aspectos de la política. A definirse tocan.

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“…quien no recoge… desparrama”

A lo largo de los siglos los cristianos, de manera concreta los católicos, se han visto enfrentados a las realidades terrenas, no solo distintas sino opuestas a las normas de vida dejadas por Jesús a sus seguidores. Estos seguidores, dicho sea de paso pero con entereza, no solo ven en El al Maestro insigne, sino al Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado; en otras palabras no aceptan sus palabras como algo natural dentro del devenir de las sociedades, sino como prenda de salvación eterna. 

Desde siempre ha habido intentos de adecuar las enseñanzas de Jesús a las cambiantes circunstancias humanas, pero la Iglesia se ha mantenido firme con un no rotundo a tales pretensiones. En el Imperio Romano no claudicó frente a sus costumbres paganas, se opuso al aborto, al infanticidio, a la cosificación de las personas. Prefirió que sus hijos murieran bajo tortura antes de ofrecer sacrificios en honor del divino emperador. Pasados los siglos, y para no dar una cansina lección de Historia, muchísimo católicos dieron la vida para no jurar lealtad a la Diosa Razón o a un despersonalizado Ser Supremo en la Revolución Francesa. De igual manera no aceptaron el adecuarse cobardemente al régimen comunista soviético, sobre todo en los países satélites, al igual que se negaron a rendir homenaje a la raza como atributo esencial de la personas humana bajo los nacionalsocialistas alemanes.

Hoy en día diferentes regímenes tratan de imponer modos de vida anticatólicos sin atenuantes, pero la amenaza no viene solo de las autoridades políticas sino de los medios y de parte de la sociedad. No es necesario enumerar todos los cambios radicales que poco a poco han ido cambiando a nuestras sociedades con el pretexto de la “modernidad”, de “lo políticamente correcto”, de “la libertad”. Si miramos en torno nuestro, domina el anhelo de placer y de dominio, de satisfacer todo orgullo y concupiscencia, de aceptar cualquier corrupción y falsedad.

Nuestro papel en el mundo como católicos no consiste en adecuarnos a los nuevos profetas de moda, antes al contrario, debemos mostrarnos como alternativa válida y siempre actual. No nos corresponde consumir el pan amasado y horneado por el mundo, sino ofrecer a ese mundo una nueva levadura, la de Cristo. El nos envía como “la sal de la tierra”, no para convertirnos en “el azúcar“ de la adecuación al pecado. Si por seguir las normas evangélicas nos toca cargar la cruz, no olvidemos el lema de los cartujos: “La Cruz permanece mientras el mundo da vueltas”. La Cruz es nuestra ancla en la verdadera realidad, la eterna.

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Esta fidelidad a Jesús envuelve a toda la persona, aquí no se aceptan acomodos: el católico lo es en su casa y en su oficina, cuando almuerza y cuando trabaja, cuando ama y cuando descansa. No se aceptan paréntesis: católico ahora, católico siempre, también en sus planes políticos, en sus elecciones políticas, en sus lealtades políticas. Porque “quien no recoge con Cristo, desparrama” (Cfr. Mateo 12, 30).

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