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Análisis

Varias reflexiones sobre Blade Runner

En su deambular por la azotea, salva la vida y perdona a aquel “agente del orden” que vino a prenderlo (cuando pende de la cornisa, lo agarra del brazo, al igual que Cristo sacó a Pedro de las aguas en el Lago Tiberíades).

 Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.Génesis, 2:7

Entonces hubo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles lucharon, pero no pudieron vencer, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.Apocalipsis, 12:7

[Eldon Tyrrell, el creador, a Roy Batty, el replicante reflexivo] La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, y tú has brillado mucho, Roy.

[Roy Batty, antes de expirar] Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.Ridley Scott, Blade Runner (1982)

Blade Runner (1982): la armoniosa y “original fusión” entre el papel impreso y el celuloide

Hace un tiempo, embriagados y asfixiados por la densidad de la Literatura y la Filosofía (a las que seguimos amando sin tapujos), nos planteamos las siguientes cuestiones: “¿Sobre qué otros temas deberíamos hablar en nuestra periódica colaboración en Tradición Viva? ¿Qué otras ciencias, disciplinas o artes podrían serles de interés a nuestros lectores? ¿Habrá, entre ellos, gente que se deleite con las maravillas del Séptimo Arte? Y, si es así, ¿qué tipo de género sería el más adecuado? ¿El drama? ¿Éste primero en su vertiente religiosa? ¿La ciencia ficción? ¿El suspense?”. Por ello y, teniendo en cuenta, lo exigente que es el público al que nos dirigimos (eso siempre debería ser un incentivo para cualquier creador), decidimos escoger una obra maestra, un clásico de la Gran Pantalla con el que sería imposible equivocarse o dejar a alguien indiferente: Blade Runner de Ridley Scott (1982).

Como suele ocurrir en el caso de los filmes que, aclamados por la crítica, pasan a la posteridad, estos suelen ir antecedidos por una novela, a la cual, en el caso de no haber sido excesivamente reconocida, elevan a la condición de, no solamente “éxito de ventas”, sino de “obra universal”. En este caso, aunque ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick sí que gozó de bastante prestigio en los años postrimeros a su publicación (fue finalista del Premio Nébula), fue la adaptación cinematográfica la que lo catapultó definitivamente al Olimpo de la Literatura Universal. Es más, algunos de los mayores admiradores de Dick se erigieron, tras la muerte del primero y el lanzamiento de la película, en “continuadores” del universo creado años atrás a partir de la simbiosis del celuloide con el papel impreso. En este sentido, cabe destacar el trabajo de Kevin W. Jeter y su saga de expansión “no canónica” de Blade Runner, aparte del rodaje de varios finales alternativos al propio metraje por parte del equipo de grabación que participó en él.

Empero, ¿qué es lo que ha cautivado a varias generaciones de cinéfilos (y no tanto) de la adaptación que Ridley Scott hizo de la distopía de Dick? A decir verdad, no sólo fueron los efectos visuales (rompedores, evocadores y muy sugestivos para su tiempo) y el original vestuario (muy acorde a la moda y los gustos de los años 80 y 90 de la pasada centuria), sino dos aspectos más “abstractos” (si se quiere ver así) en lo que toca a su contenido: la particular puesta en escena de la novela y, por supuesto el calado de sus reflexiones.

En primer lugar, debe admitirse que la película no es del todo “fiel” con respecto a la fuente a la que se remite. De hecho, muchos críticos consideraron, en su momento, que hubo demasiadas “licencias” y “libertades”. Entre otras, cabría destacar el escenario donde se desarrollan los hechos, siendo el San Francisco de 1992 el elegido por P. k. Dick frente a Los Ángeles del 2019 de Scott (no se guardaría, ni siquiera, una distancia proporcional de 24 años si tomamos los años de estreno y lanzamiento de los ambas versiones). La “atmósfera” (en los sentidos literal y figurado del término) del futuro planeta tierra también parece ser diferente, pues si en el escrito se hablaba de un predominio de la radioactividad, a consecuencia de un conflicto nuclear de dimensiones globales, en la grabación se omiten, casi por completo, las alusiones al conflicto antedicho, por mucho que predominen la lluvia fina (¿ácida?) y la oscuridad total. Por último y, enlazando con lo que trataremos en el próximo apartado, la diferencia fundamental reside en la “espiritualidad” y el “credo” de las gentes del Mañana; en la novela, Dick, una particular teoría filosófico-religiosa llamada “mercerismo” (fundada por Wilbur Mercer) se había erigido como respuesta al hastío, la decadencia y putrefacción predominantes antes del omnisciente invierno nuclear. Sus principios estaban basados y fundamentados en la convicción acerca del “retorno” y la “resurrección” de los que han fenecido y, por supuesto, en la necesidad de empatizar con los sentimientos de los demás, especialmente con los afligidos y sufrientes. En cambio, si el filme no menta la doctrina de Mercer, las alusiones a las religiones abrahámicas, en especial al cristianismo, son muy claras. Las referencias, entre otros libros, a los Evangelios, al Génesis o el Apocalipsis, hablan por sí solas.

En segundo lugar, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y Blade Runner (desde la literatura y el cine respectivamente) suelen ser clasificados, torpemente, dentro de la categoría de “ciencia ficción”. Dentro de este “subgénero” (dominado por los escritores anglosajones y judíos), son particularmente abundantes los relatos acerca de un futuro distópico, robotizado y mecanizado al extremo, donde el hombre ha perdido tanto su autonomía como la capacidad de elegir su propio itinerario, encontrándose ahora a merced de sus propias herramientas. Ante una vida monótona y repetitiva, en la que las personas han dejado de preguntarse a sí mismas acerca de su lugar en el mundo, los perfeccionados androides (“copias humanas”), a quienes se les ha trasplantado una porción nada desdeñable de nuestra propia inteligencia, comienzan a cuestionarse acerca del porqué de su “nacimiento” y, sobre todo, del motivo de su servidumbre. Aunque este hipotético escenario sea una constante que se ha venido repitiendo, en multitud de creaciones, hasta la saciedad, la calidad y cantidad de los matices ha ido descendiendo progresivamente hasta el abuso, sin cortapisas, de los tópicos. No obstante, puesto que las dos obras analizadas se situarían en la llamada Edad de Oro de la Ciencia Ficción (entre los años 60-80 del siglo XX), la enjundia de las materias tratadas y la maestría a la hora de plasmarlas en el guion es más que patente (se podría decir que han “creado escuela”). Las referencias a los grandes clásicos del pensamiento y la literatura occidentales, junto a la recreación de ciertos acontecimientos históricos y las menciones (veladas o explícitas) a la Biblia, a propósito de la naturaleza y esencia humanas, son más que evidentes. Un gran ejemplo de ello, es el personaje de Roy Batty, el replicante “antagonista”, quien, desde su condición de servidumbre en una colonia intergaláctica, consigue una rebelarse contra las normas establecidas, organizando una comitiva para buscar a su “creador”.

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Una visión de Blade Runner a través de la Sagrada Escritura

Anteriormente, habíamos afirmado que existían, tanto en el caso de la película como en el de la novela, unas conexiones más que evidentes con los Textos Sagrados y, más concretamente, con el libro del Génesis, los Evangelios y el Apocalipsis. Aunque lo ideal sería hacer una perspectiva comparada entre la filmación y el libro, aquí nos centraremos en la primera, pues ha sido su visionado el que ha inspirado este escrito. Además, el tratamiento de las imágenes a través de la cámara, facilita al espectador (máxime si éste es avezado) reparar en los detalles y la simbología de una manera más clara.

En primer lugar, nos detenemos en la primera escena. En ella, un replicante al que se le está haciendo un reconocimiento para poder retirarlo de la circulación, asesina a su examinador. Éste, impotente y furioso ante el destino que le aguarda (la muerte y la insignificancia), decide acabar con la vida del médico que le testa y le hace darse cuenta de sus propios “defectos”. Hay quien podría ver aquí el asesinato de Caín (poseído por la Ira y la Envidia) a su hermano Abel, aunque también podría hacerse una lectura a la luz de la persecución de los Profetas de Dios por parte del pueblo del que formaban parte y que, negándose a escucharlos, perseveraba diabólicamente en el error.

En segundo lugar, el personaje de Rachel (Raquel) es muy elocuente tanto por su nombre como por su manera de actuar. El androide femenino, como vemos, toma el nombre de la esposa de Jacob, el “primogénito” y padre del pueblo de Israel. En la última escena de la película, Rick Deckard (consciente ya de su condición de replicante) y ella, burlando los sistemas de seguridad de Tyrrell (como Jacob engañó a Labán), escapan e inician una nueva etapa que, como podemos apreciar en Blade Runner 2049, culminará con un hijo (el “elegido” que liberará a los replicantes de su triste destino). En adición a lo anterior, el sueño del Rick con un unicornio blanco al galope (el mismo que Rachel había dado forma mediante el papel de aluminio) está ligado a la búsqueda del Nuevo edén, la Tierra Prometida donde aguardan la tranquilidad y el final del interminable deambular.

En tercer lugar, Roy Batty, seguido de sus fieles comparsas, está estrechamente unido a la figura de Luzbel y, a la vez, de la Serpiente tentadora. Por un lado, los rebeldes, como el Dragón y sus ángeles, organizan una revuelta en los “cielos” (en una colonia intergaláctica) contra su supuesto estatus de “subalternos”. Desde allí, “huyen” pero no son “arrojados” (a diferencia del relato bíblico), dado que buscan a su Creador, de quien esperan recibir respuestas a las preguntas e inquietudes que no les permiten aceptar su destino. Rick, a quien antes hemos comparado con Jacob, representaría el papel de San Miguel Arcángel, como el encargado de desactivar la amenaza que supone este ejército de irredentos partisanos. Por otro lado, Roy, dotado de una inteligencia superior a la de sus “iguales” (podemos dudar si verdaderamente lo son), consigue movilizarlos, sembrando en ellos una duda que antes no albergaban: quiénes son y para qué han nacido. Como la Serpiente, el replicante de penetrantes ojos azules, incita a los demás a probar del fruto prohibido, a degustar el producto del Árbol del Conocimiento, el cual suscitará una curiosidad que nunca podrá ser plenamente satisfecha. Tras un largo tránsito, ya en el descomunal y monstruoso zigurat de Tyrrell (parecido, simultáneamente, al Cielo y a la Babilonia de Nabucodonosor), de la mano del diseñador J. S. Sebastian, él “hijo pródigo” (así lo llama su creador) se reúne con su “padre”, a quién le reprocha su condición finita. Pese a todo, las palabras del señor Tyrrell a propósito de la perfección del diseño del obstinado humanoide (cuya naturaleza sería “doblemente luminosa”) no contentan a la “criatura”, que, de manera inesperada y rastrera asesina a aquel que lo vio nacer (que lo “formó a partir barro”).

Por último y, cargadas de riquísimas alegorías, la escenas finales del enfrentamiento final entre Roy y Rick guarda un parecido bastante razonable con el relato de los Evangelios. El cabecilla de los “rebeldes” y “blasfemos” (Jesús fue ambas cosas a ojos de aquella casta sacerdotal que, con la aquiescencia del Pueblo Elegido, lo llevo a la crucifixión), sabe que su final se acerca y que, por mucho que lo intente rehuir, debe afrontar lo inexorable. Tras una lucha encarnizada con el agente que lo viene a detener, Batty burla todo intento de ser atrapado y, finalmente pone a su captor en fuga. Cabe destacar que, pese a que el replicante acusa una inesperada fatiga y su cuerpo ya no le responde como antaño (se clava una punta en la palma de la mano para frenar la necrosis que degenera y paraliza su cuerpo), todavía alberga fuerzas para subir al tejado del Edificio Bradbury. En su deambular por la azotea, salva la vida y perdona a aquel “agente del orden” que vino a prenderlo (cuando pende de la cornisa, lo agarra del brazo, al igual que Cristo sacó a Pedro de las aguas en el Lago Tiberíades) y, antes de morir, le revela quién es en realidad y todo lo que su misión ha dado de sí hasta ese momento: es un Hijo del Cielo que ha recorrido la Galaxia entera para reunirse con su padre terrestre y liberar a los “suyos”. Curiosamente, en el momento de su expiración, una paloma blanca (una alegoría del Paráclito) que el replicante había cogido entre sus manos es liberada y, durante un lluvioso amanecer (cuando las tinieblas se disipan y difuminan), desaparece entre las nubes.

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En conclusión, Blade Runner (1982), más que una simple película futurista de ciencia ficción, es una toda una obra maestra del cine del siglo XX, producto de una particular puesta en escena, por parte de Ridley Scott (con muchas “libertades” y aportaciones personales) de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). A lo largo, tanto del metraje como del libro, se hace gala de un lenguaje y unas reflexiones bastante elevadas, aunque, más que por parte de sus protagonistas y personajes humanos, a expensas de las “máquinas” y los “medio-humanos”: los “replicantes”, creados como mano de obra esclava para una especie que parece poder tocar la Bóveda Celeste con sus imperfectas y sucias manos. A colación de lo anterior, la Santa Biblia, entre cuyas páginas descansa la Palabra de Dios en forma de arquetipos y eternas proyecciones de lo que nos hace hombres (y mujeres), sirvió de inspiración para dotarle a ambos trabajos de un revestimiento espiritual único.


A modo de cierre y, de manera que se disipen todas las dudas o malentendidos creados sobre nuestra particular visión del personaje de Roy Batty (el más complejo, genial y profundo de todos) y su comportamiento a lo largo de la obra, queremos dejar claros dos temas. Primero, si bien comparamos al androide (a partir de sus hechos) primero con el Ángel Caído y luego con el Señor, no se está poniendo en igualdad de condiciones al Príncipe de la Mentira y al Salvador del Mundo. Tan sólo, a través de las imágenes y diálogos estudiados, se trazan posibles semejanzas (susceptibles de ser cuestionadas) con la Escritura. En segundo lugar, cuando a Roy lo llamamos “cabecilla de los rebeldes y los blasfemos” y, a continuación, explicamos que así es cómo veían los sacerdotes, ancianos y escribas del Templo a Nuestro Señor, no estamos haciendo apología de tal argumento. Es más, reafirmamos que se trata de la opinión mantenida por aquellos que, teniendo al Mesías delante, no fueron capaces de reconocerle.

Por El Nuevo Tahúr

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