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¿Hacia una era postmetafísica?

En esa búsqueda constante de lo verdadero está la necesidad del Ser, cuyo olvido ya denunció Heidegger.

Imagen con licencia Pixabay

Pablo Sanz Bayón. Profesor universitario. Doctor en Derecho.

En cualquier planteamiento de actividad, y máxime en aquella que es intelectual, lo primero y más determinante es su principio, sus razones. El principio o razón primera es el objeto de la metafísica. En consecuencia, toda actividad del intelecto, para ser tal, necesita acometer la metafísica. Prescindir de la metafísica y desenvolver sin ella una actividad intelectual es comenzar un edificio sin cimientos, emprender una ruta sin un plano o dirección.

Prescindir de la metafísica, repudiarla, alegando su falta de falsabilidad es no entender el alcance del conocimiento humano y su doble plano racional y empírico. Éste es precisamente el problema de Popper, quién se queda encarcelado en un empirismo falsacionista que recluye el conocimiento en la ciencia experimental, según el cual únicamente lo que puede ser falsable puede ser verdadero. El principio de falsabilidad de Popper, siendo un aporte filosófico valioso, no agota la fundamentación necesaria del conocimiento humano.

En efecto, el conocimiento exige ser verdadero, porque el ser humano busca razones y principios legítimos y fidedignos. De hecho, el criterio de falsabilidad popperiano determina que una proposición puede ser falsa porque puede haber otra que no sea falsa. Opera bajo la premisa de que hay algo objetivamente verdadero que se encuentra fuera del sujeto y que la razón humana busca y quiere encontrar. En ese mismo deseo de verdad está la necesidad de la metafísica. La necesidad de una razón primera verdadera que dote a nuestro pensamiento de la seguridad de que las cosas conocidas no sólo son racionales y razonables, sino ciertas, veraces, reales.

En esa búsqueda constante de lo verdadero está la necesidad del Ser, cuyo olvido ya denunció Heidegger. El declive de la metafísica, el olvido del Ser, vino de la mano del neopositivismo lógico y de la corriente del análisis del lenguaje. Pero incluso esta filosofía analítica con base en la lógica modal no pudo desasirse de los contenidos y referencias metafísicas, poniendo de relieve sus propias carencias intrínsecas, al asumir las distinciones entre propiedades esenciales y accidentales, así como las de necesidad y posibilidad como modalidades de la realidad.

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El problema del neopositivismo lógico, en definitiva, fue que al establecer la correlación término-realidad, deja al sujeto que establezca la relación de significación. Y así es como se reintroduce nuevamente el nominalismo más primitivo que convierte al sujeto en una suerte de demiurgo de la realidad a través del lenguaje (lenguaje performativo, Foucault), otorgando a la semántica poderes mágicos, alquímicos.

Algunos de los primeros proponentes de esta deriva repararon el disparate filosófico. El mismísimo “segundo Wittgenstein” ya advirtió que, si el lenguaje modula, esa modulación tiene delante la misma realidad. Los modos de realidad son los modos del Ser. Hay una metafísica que subyace al término, al nomen. Hay un significado subyacente al significante contingente. Es la dimensión locutiva del intelecto la que nos abre connaturalmente a este plano. El rechazo a la metafísica en la pretensión del pensamiento contemporáneo no sólo neutraliza la misma capacidad intelectual, al quedarse instalada en la circularidad del nominalismo y de la hermenéutica, sino que produce, en ese dinamismo circular, su propia némesis. Es así como se entiende que todo racionalismo, en su extremo absurdo, desemboque en irracionalismo.

Muchas corrientes modernas y tardomodernas manifiestan este movimiento pendular, pues la razón “descarnada” engendra monstruos, fantasmagorías. El neopositivismo logicista como el de Apel y Carnap es origen del existencialismo irracional porque en definitiva el tecnocientificismo opera en la praxis en la presunción de que, si algo es técnicamente alcanzable, es también lícito. Por tanto, si algo es posible, puede ser realizado. La moral termina por identificarse con lo posible.

La filosofía analítica, en su ambición por tecnificar el pensamiento, ha hecho que, a través del análisis lógico del lenguaje, depurándolo de la metafísica, se haya llegado al juicio de que las proposiciones metafísicas son corrientes de sentido. El primer nominalismo, medieval, que dio lugar al racionalismo moderno, ya creía llegar a la misma conclusión, y ello a pesar de la incoherencia absoluta de la causa sui spinoziana.

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Salirse del esquema dicotómico al que se ve sometido el marco de la modernidad antimetafísica es la tarea primordial de la filosofía en orden a la construcción de una fundamentación epistemológica de la realidad bajo razones primeras. Uno de esos marcos que nos inducen a esas dicotomías es el mencionado criterio de falsabilidad de Popper, tan predicado en los ámbitos cientificistas, pues bajo este prisma lo que no puede ser potencialmente falsable, es decir, sometido a la falsabilidad, es falso. El criterio de falsación es pues una apelación a lo empírico, que se convertiría así en el único plano sobre el que se podría hacer conocimiento. Pero en el fondo, la falsabilidad popperiana es una suerte de repetición del esquema kantiano, que al final deposita dicha fundamentación en lo fenoménico.

La cuestión problemática de esta (pseudo)gnoseología es que el criterio siempre va por delante, es decir, se sitúa con anterioridad al dato empírico que se obtiene. El criterio que impone el sujeto preexiste al hecho y a las relaciones que se someten a su falsabilidad por el mismo sujeto. Ese sería, básicamente, el problema de Kant que hereda Popper, al no poder superar el plano empírico-criticista, y es, en definitiva, el problema que motiva precisamente la enunciación heideggeriana del olvido del Ser, que indica que la cuestión sigue latente.

El existencialismo de Heidegger anticipa una era postmetafísica en la que ya estamos instalados, y de la cual Vattimo parece ser uno de sus grandes exégetas. La crisis de la Modernidad, con su olvido del Ser, nos introduce en la Posmodernidad, cuya esencia, si se nos permite el atrevimiento, es paradójicamente la aniquilación de toda esencia, la indiferencia hacia el Ser. La muerte de la filosofía, asesinada por los excesos tecnocientíficos, es sólo una consecuencia más de la “muerte de Dios”. Parece evidente que, si se mataba a la teología cristiana, también tenía que morir consiguientemente la filosofía, como producto cultural de un culto que está en fase de extinción.

El indiferentismo o irreligiosidad contemporánea, en su dimensión pública bajo relativismo y laicismo, es el fiel reflejo de la era postmetafísica, el desinterés por un conocimiento humano basado en principios y razones primeras. La verdad, el hombre, la realidad y la razón son temas que han dejado de importar. El culmen de la metafísica aristotélica, que es la contemplación del acto puro, es para la mentalidad posmoderna no ya un sin sentido, sino algo que deja indiferente.

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Por tardomodernidad hay que entender ese periodo de transición en la que se produce la implosión de la modernidad por su exceso de racionalismo y que precipita el pensamiento humano hacia el irracionalismo, que es propiamente nihilista. Irracionalismo como olvido del Ser. Abdicación del intelecto ante una sucesión de fenómenos que se hacen incomprensibles. La era actual es un tiempo de desencanto con la modernidad, por sus promesas incumplidas de un progreso ilimitado, por su cerrazón a la inmanencia, por su progresismo utopista y determinista basado en una voluntad irracional, en una libertad sin límites, sin responsabilidad.

Asumido ese determinismo progresista, como emancipación, lo que se instaura como sistema factual es el conductismo, esto es, la administración y control del movimiento humano, la negación misma de su libre arbitrio y de los fines de su movimiento. La libertad humana, como centro de la moralidad queda entonces anulada por un determinismo evolucionista que bajo la nominalidad de la libertad esconde una ingeniería sociológica amoral que opera como espontaneidad y azar, que a la postre no es sino arbitrariedad de quienes administran el control del sistema.

Bajo este nuevo prisma, tampoco puede haber pensamiento fecundo, porque el pensar humano no puede concebirse como determinado, ya sea por motivo de una evolución azarosa o bajo una idea de progreso utopista. Todo pensamiento es circunstancial, connatural, histórico, por lo que remitir sus premisas a algo sin topos, es vaciarlo de su contenido, dejarlo al albur de un control ajeno, que es el que impone su determinación, anulándolo. Los excesos de las ideologías de la modernidad engendraron la antimodernidad, su radical irracionalismo, cuyos planteamientos técnicos trasladados a la praxis social resultaron desgarradores y destructivos. El nihilismo postraumático de Auschwitz, el silencio atronador del terror vivido en ese infierno terrenal tan icónico de nuestra era sigue resonando en el corazón humano y nos interpela: ¿Cómo fue posible? ¿Se puede seguir filosofando después de esto? ¿Se puede seguir haciendo filosofía modernamente?

El aturdimiento que ha producido esta Nada Absoluta a la que nos ha llevado las irracionalidades modernas y sus vertientes totalitarias, tecnocientificistas y logicistas nos plantea una disyuntiva: olvidarnos definitivamente del Ser por el desencanto existencial con la modernidad (posmodernidad negativa, postmetafísica), o tratar más bien de continuar el esfuerzo por buscarlo racionalmente contando con el bagaje de las lecciones aprendidas de la historia, engendrando un pensamiento realista que nos abra de nuevo una era donde vuelva a contar la filosofía, como propone Ferraris. Una era en la que se asuma lo que sea rescatable del naufragio de la modernidad (posmodernidad positiva). En este sentido, se hace preciso una “era neometafísica” que nos prevenga de la precipitación al vacío y que nos reconforte tras el naufragio, porque sólo mira al vacío, al abismo de la nada, quién aún no está en él, quién se sujeta para no caer.

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El pensamiento necesita de la metafísica para no volver a caer al vacío, para no volver a olvidarse del Ser. Un precipicio al que nos arrastró una modernidad desbocada, cuyos excesos racionalistas produjeron irracionalismos. Mientras que en la modernidad esa voluntad ingenua y emancipatoria de la metafísica definía un conjunto de posiciones intelectualmente inofensivas, en la tardomodernidad, la antimetafísica se traduce en una praxis materialmente destructora, debido a las nuevas posibilidades que ofrece la tecnología.

No cabe duda de que no tiene el mismo alcance la materialización de los errores epistemológicos en el siglo XVI o XVII que en el XIX o XX. La capacidad humana para su autodestrucción ha sido tan incrementada en el último siglo que los monstruos de la razón en la forma de una nueva conflagración mundial pueden ya suponer de facto la extinción del género humano, y el mundo civilizado tal y como lo hemos conocido. Esta realidad nos tiene que hacer conscientes de la urgente necesidad de dar sentido a lo que pensamos y hacemos, dotar de sentido la acción humana, la razón primera de nuestro conocimiento sin la cual la actividad en el plano intelectivo resultará infructuosa y potencialmente dañina.

El pensamiento ha de superar el nihilismo ambiental, la desconfianza y el escepticismo al que nos arrastra la revisión de la historia reciente con los ojos del modernismo fracasado. Esta actitud sólo perpetúa la angustia, la apatía, la esterilidad y el solipsismo de los discursos. Esta actitud desencantada, en su abdicación de la búsqueda del Ser, sólo intensifica el sinsentido, la incapacidad para establecer planos de relación del sujeto con la realidad objetiva, que nos comunica con la alteridad. La antimetafísica hoy tan en boga nos instala en el repudio hacia la relación, comenzando por la relación más interna, que es la que vincula el alma (yo, subjetividad) con el cuerpo. La antimetafísica moderna nos desvinculaba porque olvidando el alma, incomunicaba al cuerpo. Ahora lo carnal se objetiviza (biopolítica), hasta llegar a la autoexplotación y repudio de sí.

Junto a la antimetafísica actual quedan impregnaciones de un neoplatonismo gnóstico que observa el cuerpo como la cárcel del alma, como fuente de pecado. Lo que procura es una liberación del cuerpo, la aniquilación de lo humano desde el cuerpo, una vez perdida su alma. La imposibilidad de salirse de esa cárcel, de saberse preso de ese materialismo nihilista es una de las causas de las patologías mentales y sociales actuales: yoes despersonalizados, individuos que huyen de sí mismos, en perpetua fuga y desvinculación, desterrados, desarraigados, sujetos que tratan de operar una transignificación activa como puro voluntarismo.

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Es por ello acuciante que la filosofía y las humanidades recuperen una racionalidad restaurativa de lo metafísico porque no puede asumirse esta ósmosis deconstructiva como proceso permanente, porque está haciendo imposible no sólo la relación social, el establecimiento de comunidades humanas, sino algo mucho más sutil, que es el amor propio o afecto para con uno mismo y su realidad más íntima. La antimetafísica está conduciendo al sujeto contemporáneo al autodesprecio, a su No Ser, y con ello arrastra a todo el conjunto social a un progresivo suicidio cultural, a la anulación vital. El desafecto para con uno mismo y para con la sociedad tiene su origen en el pseudofilosofía que eclosionó en la modernidad y se desarrolló en la tardomodernidad. El olvido del Ser, hoy tan patente con la apostasía masiva en Occidente, tiene su raíz en la secularización y en el avance con cada uno de los ismos modernistas.

La era postmetafísica es un tiempo post-totalitario, post-traumático, en el que el intelecto está hospitalizado, conmocionado, en estado de shock ante la Nada Absoluta de las ideologías dominantes. La disyuntiva, por tanto, es la persistencia en la negación del Ser, en la autoadoración del Yo ajeno a la realidad, o la de un tratamiento quirúrgico que nos devuelva el tono vital, el Ser, el principio activo de la existencia como seres presentes y pensantes, como seres racionales que ansían la veracidad, una razón que reconozca su indigencia propia, su finitud.  La vida humana no se puede permitir que la presida un planteamiento que no reconozca su indigencia intelectual, una vez experimentada esa Nada Absoluta.

La neometafísica de la posmodernidad debe devolver la esperanza a la razón. Pero a una razón que busque efectivamente los principios primeros de la realidad, del conocimiento humano, para que no se vuelva a producir el olvido del Ser, para que no volvamos a vivir como si el Ser no existiese. Es ahí, en ese redescubrimiento, donde razón y corazón se unen y descubren su intrínseca relación, como dos planos de la realidad que necesitan ser reconectados, comunicados y compartidos.

El fin de la metafísica es el conocimiento del primer principio, de la razón de todo. La búsqueda del principio del Ser no es sólo una búsqueda intelectual sino también afectiva, sensitiva, no sólo teórica sino práctica, no sólo espiritual sino material. La gran misión de la metafísica del siglo XXI, que supere la presente fase histórica antimetafísica, será reintroducir la correlación conocimiento-afecto, la razón con el corazón.

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  • Bibliografía
  • Apel, K.O., La transformación de la filosofía, Taurus, Madrid, 1985.
  • Aristóteles, Metafísica, Gredos, Barcelona, 2018.
  • Carnap, R., Superación de la metafísica por medio del análisis lógico, Fondo Económico de la Cultura, México, 2012.
  • Ferraris, M., Goodbye, Kant! Qué queda hoy de la «Critica de la razón pura», Losada, Madrid, 2007.
  • Ferraris, M., Manifiesto del Nuevo Realismo, Actas, Madrid, 2013.
  • Foucault, M., Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Madrid, 1978.
  • Heidegger, M., Los conceptos fundamentales de la metafísica, Alianza, Madrid, 2007.
  • Heidegger, M., Ser y tiempo, Trotta, Madrid, 2016.
  • Popper, K., La lógica de la investigación científica, Círculo de Lectores, 1995.
  • Popper, K., Los dos problemas fundamentales de la epistemología, Editorial Tecnos. 1998.
  • Popper, K., Realismo y el objetivo de la ciencia, Editorial Tecnos, 1985.
  • Vattimo, G., Addio alla verità, Meltemi, Roma, 2009.
  • Vattimo, G., Il pensiero debole, Feltrinelli, Milán, 1983.
  • Vattimo, G., La fine della modernità, Garzanti, Milán, 1985.
  • Wittgenstein, L., Investigaciones filosóficas, Editorial Trotta, Madrid, 2017.
  • Wittgenstein, L., Tractatus logico-philosophicus-Investigaciones filosóficas, Editorial Gredos, Madrid, 2017.

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