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Estudio preliminar a «El Liberalismo es Pecado» (1)

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Sardà y Salvany (Sabadell, 1841-1916) fue sin duda uno de los mayores apologetas católicos del siglo XIX y, posiblemente, uno de los más maltratados, sea por el olvido consciente, sea por los ataques de propios y extraños. Este sacerdote sabadellense ha pasado a la historia de las controversias político-religiosas por su opúsculo inmortal al que se tituló El liberalismo es pecado (1884). Sin lugar a dudas es una las obras más reeditadas, y traducidas a más lenguas, del pensamiento tradicionalista español. Es equiparable a la extensión internacional de las obras de Donoso Cortés o Jaime Balmes. Prueba de este éxito fue la edición políglota de 1891, en ocho idiomas: latín, catalán, castellano, vasco, francés, italiano, portugués y alemán.

El éxito universal de esta obra, no obstante, no debe ocultar la figura de este sacerdote que en boca de Mn. Ricart Torrens: “fue un sacerdote comprometido con un recio equilibrio entre su sacerdocio y los signos de su tiempo”[1]. Hoy en día apenas podemos imaginarnos la notabilísima influencia que tuvieron sus artículos, su epistolario y, sobre todo, la dirección de la Revista Popular. En él, los sectores más tradicionalistas del catolicismo de su época, encontraron un faro inestimable ante el avance imparable del catolicismo liberal. Por eso, con motivo de la coronación de Alfonso XII, escribía en la Revista Popular: “Intransigentes con el deber, intolerantes con la verdad y católicos con el Papa”, para dar a entender que no se casaba con los poderes constituidos por el liberalismo.

Breve semblanza de su vida y obra

Nació en Sabadell en 1841, en el seno de una familia textil pudiente. Estudió en los Escolapios de su ciudad natal y en 1855 ingresaba en el Seminario de Barcelona, cuya formación por aquél entonces estaba encargada a los jesuitas. En 1864 se licenciaba en teología en el seminario de Valencia y volvería a Barcelona para dar clases de latín en el seminario de Barcelona. Como a muchos otros, la revolución de 1868 le truncó su carrera eclesiástica, pues el seminario quedó clausurado. Volvió a Sabadell para encargarse de la parroquia de San Félix. Sus inquietudes espirituales le llevaron a pedir reiteradas veces el ingreso en los jesuitas, pero no pudo lograrlo por causas de salud. Precisamente su precaria energía le llevó a vivir en la casa paterna donde pudo desempeñar una de las labores publicistas más impresionantes conocidas de su tiempo.

Toda la obra de ese humilde, pero influyente párroco de Sabadell, es una invitación a los católicos a salir a la calle, a dar testimonio público, a comprometerse en lo político (aunque de sus simpatías carlistas, y luego militancia integrista, nunca quiso hacer bandera pública), y en lo social.

Con el seudónimo “Un oscurantista de buena fe”, escribió desde 1869 miles de artículos y unos doscientos opúsculos -en catalán y castellano- para orientar a los católicos sobre problemas sociales y religiosos. Según se discípulo Lluís Carreras[2], el eje de todos sus escritos era: “el sobrenaturalismo en soberana amplitud y real dominio de la vida humana”. En la línea del periodismo apologético iniciado en el siglo XX por el Semanario cristiano‑político de Mallorca (1812‑1814) y por La Religión (1837‑1841) o por La Civilización (1841‑1843), fundó la Revista Popular (1871-1828). De ella fue director y alma durante cuarenta y tres años. Puede decirse que tocó todos los temas que incumbían a lo religioso y social, en cuanto que concernía a la salvación de las almas. Podríamos decir que desarrolló una teología popular contra los errores del protestantismo, espiritismo, anarquismo, naturalismo, liberalismo, socialismo y anarquismo que ya campaban a sus anchas.

Sardá no fue un pensador filosófico al estilo de Jaime Balmes, aunque comparte con él el seny (sentido común) y las grandes intuiciones sobre los temas más profundos. Ello no se debía a carencias intelectuales de Sardá y Salvany sino a su vocación de divulgar, especialmente entre las clases más sencillas, las verdades católicas para que les orientaran en su quehacer diario. Por eso, los artículos de Don Félix no alcanzan la densidad del legitimista católico francés Louis Veuillot (abanderado del ultramontanismo francés) pero, a cambio, su pluma llegó mucho más lejos. Dicen sus panegíricos que se acerca más a la obra apostólica del P. Claret que supo llegar con sus prédicas misionales, sus opúsculos y devocionarios a las clases sencillas.

Escultura de Sardá y Salvany en la Iglesia Vieja de los escolapios de Sabadell

Sardá, apenas se movió de su ciudad natal, al contrario que San Antonio María Claret, pero sus escritos fueron leídos con respeto desde la Curia Romana hasta el payés con la Masía más alejada de los caminos. El nuncio en España Monseñor Ragonesi lo calificó como “timbre de gloria entre los publicistas católicos”. O el Primado de Toledo, Guisasola, dijo de él que era un: “infatigable apologista popular”. O, un año antes de morir, la población de Sabadell le dedicó un homenaje, en el que en el escrito laudatorio se leía: “Es el gran educador del pueblo, para el cual han estado apunto siempre su pluma y su caridad”.

No podría entenderse la titánica obra de Sardá y Salvany sin atender al proceso de secularización que se inició a partir de la revolución de 1868 (ya precedido en anteriores épocas revolucionarias como el trienio liberal o la revolución de 1848). Toda la obra de ese humilde, pero influyente párroco de Sabadell, es una invitación a los católicos a salir a la calle, a dar testimonio público, a comprometerse en lo político (aunque de sus simpatías carlistas, y luego militancia integrista, nunca quiso hacer bandera pública), y en lo social. En este ámbito invitaba a fundar ateneos, asociaciones, periódicos y todo tipo de instrumentos para ganar el espacio perdido por los católicos ante el liberalismo triunfante. Es por ello que participó también en el famoso movimiento de restauración litúrgica que culminó con el movimiento litúrgico de Montserrat, pues la gran pedagoga popular de la Iglesia es su propia liturgia. No perdía ocasión para luchar por la Iglesia. Desde la Revista Popular abrió permanentemente una colecta para el Papa tan necesitado económicamente en

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Llegó a afirmar que la misión apostólica era luchar contra “la acción disolvente y demoledora de la Revolución que pugna por descatolizar el mundo”. Uno de los elementos imprescindibles era acrecentar la prensa católica y dotarla de un espíritu combativo.

Cuando analizamos su lenguaje escrito, enseguida se descubre un excurso popular, llano y sugestivo; accesible e inteligible a las clases más humildes, con ejemplos, parábolas y diálogos sacados de la vida real, de sus contactos con los obreros, los niños, los jóvenes y las gentes de Sabadell y Barcelona. Tenía clara conciencia de que había que recristianizar la familia, las conciencias, las clases sociales y el mismo Estado frente a la incredulidad existente. Una vez, llegó a afirmar que la misión apostólica era luchar contra “la acción disolvente y demoledora de la Revolución que pugna por descatolizar el mundo”. Uno de los elementos imprescindibles era acrecentar la prensa católica y dotarla de un espíritu combativo. Así, en 1873, escribía el Manual del Apostolado de la Prensa, en el que proponía fomentar la espiritualidad ultramuntana, la intransigencia espiritual, las manifestaciones públicas de la fe o la celebración de los aniversarios de los grandes hitos católicos. Mucho antes, en 1869, encontramos datado su primer escrito apologético en las Hojas de propaganda católica, con un artículo titulado: Lecciones de teología popular contra el protestantismo, para combatir la libertad de cultos que permitía la constitución revolucionaria de 1869.

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Pero no nos podemos quedar sólo en el Sardá publicista. Su labor social, menos conocida, también fue ingente. Fundó, en 1872, la Academia Católica para frenar la secularización de los obreros y atraer a los jóvenes, mediante actividades, a un lugar de ocio cristiano. La casa paterna, una vez heredada, la transformó en un asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, justo delante de la Academia Católica. También creó la primera mutualidad obrera de Sabadell, ciudad donde la industria textil había incrementado la población obrera, financiándola en gran parte con su patrimonio. Además, instauró una Caja de Socorros en 1882 para facilitar la adquisición de medicamentos a los obreros enfermos, así como otras instituciones de carácter asistencial. Lideró el Comité de Defensa Social, fundado en Barcelona en 1903, que se oponía a todas las escuelas laicas, al Instituto Libre de Enseñanza o de la escuela Moderna de Ferrer Guardia, al establecimiento de centros protestantes o las publicaciones neomalthusianas de las que Mateo Morral era un gran difusor. Recordemos que Mateo Morral fue el anarquista que intentaría asesinar a Alfonso XIII en 1906. Por esas cosas de la vida, el padre de Mateo Morral era un empresario textil republicano y la madre, Ángela Roca, una devota seguidora de Sardá y Salvany.

Su intransigencia, no impidió que fuera un sacerdote queridísimo. Nadie desconocía sus simpatías hacia el movimiento carlista en cuyas publicaciones, como El Correo Catalán o La Hormiga de Oro, escribía con frecuencia. Sin embargo, no quiso hacer bandera de ello para evitar que perjudicara su apostolado. No obstante, en 1888, ante el cisma integrista del Partido carlista, tomó partido por Nocedal y El Siglo Futuro. Dicen que fue él mismo el que sugirió a Ramón Nocedal el término “integrista” para su nuevo partido, pues era el atributo despectivo con que solían insultarlos[3]. No obstante, el recorrido del Partido Integrista sería relativamente corto. Ortí y Lara denunció su “esterilidad e impotencia” en materia política. En 1896, Sardá y Salvany, como tanto otros intransigentes, abandonaba sus filas.

Ciertamente los años y la caridad fueron templando a nuestro publicista. Al final de su vida, quiso aunar a carlistas, integristas incluso católicos alfonsinos (los “mestizos” que tantos palos habían recibido de su buena época de su pluma), buscando como denominador común la catolicidad. Sería llamado a juicio por su Creador el 2 de enero de 1916. A su entierro acudió en masa toda la población de Sabadell. En mayo de 1941, se conmemoraría el centenario de su nacimiento y el 25º cumpleaños de su muerte. El ayuntamiento de Sabadell, con el inefable alcalde Josep Mª Marcet al frente, organizó una serie de homenajes. Sus restos mortales fueron trasladados al pasillo central de la iglesia de San Félix, donde aún se encuentran[4].

Javier Barraycoa

NOTAS


  • [1] José Ricart Torrens, Así era el doctor Sardá y Salvany, Barcelona, 1966, pp. 18 y s.
  • [2] Lluís Carreras fue, paradójicamente, un sacerdote que derivó su integrismo en catalanismo. Aunque durante la Guerra Civil española, escribió una de las mejores apologías de Franco y del Alzamiento nacional. La obra se tituló Grandeza Cristiana de España. Años después Mn. Carreras volvió a caer en las manos del catalanismo y renegó de esta obra. Por el contrario, Sardá y Salvany siempre se opuso a La Veu de Catalunya, al catalanismo político y a la Lliga Regionalista porque, según Sardá, hacían abstracción de la religión y los consideraba manifiestamente católico liberales. Igualmente, en 1906, fue contrario al movimiento autonomista de la Solidaridad Catalana. Sus relaciones con el propulsor de La Veu de Montserrat, el famoso Mn. Collell, fueron paradójicas: por un lado se admiraban en su combate por el catolicismos, pero Sardá le reprochaba a su hermano en el sacerdocio su exaltado catalanismo.
  • [3] En 1893 asumió la dirección del Diario Catalán, ​ órgano del Partido Integrista en Barcelona, en el que firmaría sus artículos como «El Sr. X».
  • [4] Incluso en su visita a la ciudad, el 27 de enero de 1942, el General Franco asistió a un homenaje, en la Iglesia de San Félix, al insigne publicista.

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Javier Barraycoa
Escrito por

Profesor universitario, sociólogo y politólogo. Escritor y articulista.

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