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La obediencia en Castellani

Novedad editorial de Jorge Luis Hidalgo

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Por el P. Jorge Hidalgo, del prólogo «La obediencia en Castellani»

La figura de Castellani ocupa un lugar de privilegio en la cultura argentina, en la cultura de habla hispana y en la cultura católica universal. Todo acercamiento a su obra dará ocasión de ponerse en contacto con el pensamiento de uno de los argentinos más grandes –precisamente con un argentino cuya savia espiritual sólo puede dimensionarse si se la mide en términos de pensamiento encarnado (en una patria, la suya). No sólo: también se trata de un pensamiento encarnado en una época, en un momento de la historia de la Iglesia, aquél en el que eclosionaron los resultados de procesos de larga data, de cuyo acíbar Castellani resultó un intérprete genial –y crucificado. Porque esto hay que señalarlo sin titubeos: si Julio Meinvielle –decía Carlos Sacheri- ha sido el mayor teólogo católico del grandioso fenómeno político-religioso de la Cristiandad, Leonardo Castellani ha sido el mayor teólogo católico del fenómeno tumoral del fariseísmo religioso.

En segundo lugar, el presente constituye el resultado de una investigación madurada en el seno de la Universidad. Se trata de un solvente, exhaustivo y profundo estudio filosófico y teológico, elaborado con el rigor propio de esos saberes en el transcurso de un seminario de Doctorado. Un trabajo académico serio que no desmerece la valía del autor estudiado. Lo cual representa un rotundo elogio de la labor del Pbro. Magister Jorge Luis Hidalgo.

Por último, se plantea la razón de celebrar la aparición de un estudio sobre el tema específico del que ahora presentamos. ¿Esa razón consistiría tal vez en reivindicar a Castellani, para exonerarlo del cargo de desobediente? Sería ése un objetivo de corto alcance y fácil respuesta. La pregunta es: ¿por qué detenerse en la aguda visión de Castellani sobre la cuestión de la obediencia? Pues precisamente porque en torno de la obediencia se ha operado dentro de la Iglesia un proceso histórico-espiritual deletéreo y sorprendente, que afecta no sólo la conciencia de los fieles sino hasta la misma incolumidad de la Fe católica.

¿Qué ha ocurrido en el seno de la Iglesia católica? Para asomarnos al problema aludido supra escojamos dos ejemplos, uno teológico-espiritual y otro teológico-literario.

Un destacado autor espiritual, el abad benedictino Columba Marmion (1858-1923), beatificado en 2000, traza en uno de sus clásicos libros, Le Christ, idéal du moine, el lugar y la preeminencia de la obediencia en la vida monacal. Pero antes de establecer la centralidad de esa virtud para los monjes señala dicha centralidad para todo cristiano en tanto tal. Y es en ese momento, al aquilatar el papel de la obediencia dentro del organismo de la economía sobrenatural, cuando Columba Marmion avanza la siguiente proposición: la diferencia entre católicos y protestantes reside en que unos se someten a la autoridad de la Iglesia, mientras que los otros no lo hacen. Aclarando los términos, este aserto podría admitir una lectura aceptable. Pero el autor despeja enseguida la duda lanzando esta afirmación estupefaciente: un protestante puede creer prácticamente en los mismos dogmas que el católico; mas la divergencia, “profunda y radical” –subraya-, entre católicos y protestantes estriba en que los unos muestran sumisión y acatamiento a la autoridad de la Iglesia (vgr., al sumo pontífice), mientras que los otros no lo hacen. “La obediencia del entendimiento y de la voluntad [a la autoridad eclesiástica] es para el cristiano el camino de la salvación”, remata Columba Marmion[1].

Esta tesis sobre el lugar protagónico y axial de la obediencia (casi un síntoma histórico-espiritual), salida de la pluma del renombrado benedictino, se corresponde con un testimonio teológico (no formalmente científico, sino literario) sobre la hipervaloración del poder en las filas de la Iglesia –un correlato necesario del anterior síntoma. Testimonio que proviene de un espíritu extraordinario, el de un célebre filósofo y teólogo ruso converso al catolicismo. Nos referimos a Vladimir Soloviev (1853-1900). En su sobrecogedor apólogo Breve relato sobre el Anticristo, que forma parte de Tres conversaciones sobre la guerra, el progreso y el fin de la historia universal, publicado en 1900, Soloviev recrea los tiempos penúltimos de la Historia, antes de la Parusía, centrándose en la aparición de la figura del Anticristo y en las etapas de consolidación de su poder. Precisamente la postrera de tales etapas, en la que el sentido del imperio del mal se consuma, radica en la eliminación del Cristianismo. Todo el apólogo está tachonado de sugestiones sutiles y premonitorias sobre los tiempos futuros –que para nosotros tal vez ya sean los tiempos presentes-. Una de ellas es justamente que al Cristianismo no se lo enfrentará violentamente (por lo menos, al comienzo), sino que se buscará desfondarlo, tergiversarlo y ponerlo al servicio dócil del reino de este mundo y de su príncipe. Aunque tentados, no podemos extendernos aquí en más pormenores de esta obra pletórica de sabiduría escatológica; reportemos que en función de ese designio el Anticristo, secundado por el falso profeta religioso, convoca a un concilio ecuménico en un templo consagrado a la unión de todas las religiones. A él acuden católicos, ortodoxos y protestantes, respectivamente encabezados por el Papa Pedro II, el Staretz Juan y el Prof. Dr. Pauli. Pues bien, buscando seducirlos, el hijo de la perdición, con ironía feroz, le va señalando a cada confesión qué es lo que sobre todo la cautiva (para ofrecérselo, satánicamente trasmutado). Hemos llegado a lo que nos interesa. “¡Cristianos!”, exclama “¡Decidme lo que os es más caro en el cristianismo, para que pueda dirigir mis esfuerzos hacia ello”. Como no obtuviera respuesta de ninguno de los grupos de fieles, les espeta su propuesta, comenzando por los católicos. A éstos les dice saber cuánto valoran la autoridad. La autoridad, agrega el Anticristo, es para la grey a la que se dirige el fundamento del orden espiritual y de la disciplina moral. Él los comprende, y es esa autoridad y jerarquía la que su “autocrática voluntad” va a fortalecer y restaurar (en tanto, por supuesto, se subordine a sus fines). No es del caso extendernos sobre el eco que tales palabras causan en los católicos (la mayoría de los obispos y cardenales apostata; sólo quedan resistiendo al lado del anciano pontífice un puñado de monjes y de laicos). Lo relevante está en que la marca típica con la que, en su irónica caricatura, el fino (y no hostil) espíritu de Soloviev identifica el talante católico es la autoridad, como fundamento de la vida de la Fe. En otros términos, Soloviev ve a la Iglesia exaltando al poder de su jerarquía (y, resolutivamente, de su cabeza) como el primero de sus valores, “como lo que le es más caro”[2].

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No hace falta insistir en que una concepción que subvierte la primacía de las virtudes fundamentales, tanto naturales cuanto sobrenaturales, para erigir a la obediencia en culmen de la vida de la Fe; esa concepción irá intrínsecamente unida a una exaltación del máximo poder eclesial, es decir, de la potestad papal. El obediencialismo se retroalimenta con la papolatría.

Vale la pena consignar, en ese mismo sentido, que para la época en que escribían Columba Marmion y Soloviev ya había asomado en la eclesiología, como otra función de la potestad eclesiástica, una potestas docendi, al lado de las secularmente reconocidas potestas ordinis y potestas jurisdictionis[3]. Dicha facultad seguiría tomando cuerpo hasta llegar a constituir un tercer miembro de los munera de la jerarquía[4]. Con ello se consuma la aparición de una nueva “regla de la Fe”, el Magisterio[5]. No debe extrañar que éste, progresivamente, tienda a ingurgitarse a la Tradición y a la Escritura, por cuanto la expansión de tal oficio [6] se encabalga en –y, sin duda alguna, se explica por– la dinámica cratocéntrica que había comenzado a manifestarse, ya sin ambages, en el transcurso del s. XIX. Y cuyos efectos subversivos -litúrgicos y doctrinales- se harán sobre todo patentes a partir del progresismo rampante entronizado con el Concilio Vaticano II, hasta estallar en el marasmo actual. Pero se trata –cabe reiterarlo- de los resultados cada vez más ostensibles de un proceso que institucionalmente arranca, por lo menos, bajo Pio IX; proceso que a su vez se conecta con una crisis cosmovisional de larga data, de claro sesgo moderno –en sentido no epocal sino principial. Estableciendo una analogía con el derecho político[7], cabe sostener que una sociedad fundada en su tradición (en este particular caso, la Tradición), organizada como “Estado jurisdiccional” de estilo medieval, ha ido adquiriendo visos de sociedad centralizada more moderno, en la que la voluntad del príncipe no trepida en comprometer la integridad de lo recibido: las bases del culto y de la Fe. Y, consiguientemente, ese nudo poder -que así conviene llamarlo, y no “autoridad”- reclamará del fiel, ante todo, la obediencia ciega a sus dictados.

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El obediencialismo, llevado al extremo, implica, actual o potencialmente, el anonadamiento de la virtud de la fe: pues toda verdad, natural o sobrenatural, puede quedar sujeta a un ucase que la derogue -y esto debería ser aceptado en conciencia por el fiel.

¿Qué causas, remotas o próximas, sustentan este aciago fenómeno histórico-espiritual, auténtica caricatura de la virtud cristiana? Declaremos lealmente que semejante problema escapa a la posibilidad de ser abordado aquí. No obstante, y sin pretensión de ofrecer una respuesta completa, hay procesos y sucesos que ameritan ser señalados como algunos de sus posibles antecedentes.

En primer término, lo desarrollado por Beatriz Reyes Oribe, en su medular estudio sobre el obediencialismo, respecto del papel que en la conformación de éste ha desempeñado el voluntarismo occidental[8]. En segundo término –y estrechamente vinculado con lo anterior-, el radical cambio de paradigma sufrido por la moral cristiana desde fines de la Edad Media como consecuencia de la influencia nominalista: el pasaje de una moral del bien y de las virtudes (el modelo realista, clásico y tomista) a una moral de la obligación y del mandato normativo[9]. Ésta última reconoce un jalón decisivo en la teología y en la metafísica del venerabilis inceptor, el franciscano Guillermo de Ockham (1285-1347), para quien todo bien, incluso el supremo bien (Dios), sólo es amable en la medida en que Él previamente haya mandado amarlo. Pues un mandato contrario del libérrimo legislador todopoderoso haría meritorio odiarlo en la visión beatífica (sic[10]. En tercer término, sospechamos que algunas posiciones de reputados autores contrarrevolucionarios católicos, como Joseph de Maistre (1753-1821) -por lo demás, agudo crítico de los errores de la Revolución-, pudieron prohijar una forma mentis kratocéntrica, en la estela del pensamiento moderno. Una influencia que era dable se produjera en un siglo como el XIX, en el que la tradición tomista permaneció opacada durante casi todo su transcurso. Para de Maistre, la infalibilidad es de la esencia del poder soberano (político y eclesiástico). Y tal infalibilidad estriba no en una disposición para acceder a la verdad; sino en la imposibilidad de que la decisión asumida reciba un reproche por una instancia superior (porque no la hay). “Infalible”, pues, significa para de Maistre “inapelable”; por ello él se desentiende de toda “metafísica divina” cuando perfila la infalibilidad papal. En efecto, tanto en el caso del pontífice cuanto en el del príncipe, la decisión soberana es infalible por ser inapelable e irreprensible por una esfera más alta. La infalibilidad papal, esencial a la potestad del pontífice, equivale entonces a ultimidad decisoria -y se concibe con prescindencia, descuajada, de la verdad[11]. Tenemos en posiciones como las mencionadas una muestra cabal de pensamiento contrarrevolucionario ajeno a la doctrina axial de la Tradición católica. Un pensamiento que, a lo largo de todo el s. XIX, conoció singular boga en el campo católico que resistía los embates revolucionarios. Por último, en cuarto término, nos atrevemos a señalar un suceso de la vida de la Iglesia que, a nuestro parecer, no ha dejado de contribuir –y decisivamente- al talante obediencialista del católico “ortodoxo” contemporáneo. Lo hacemos a nuestra cuenta y riesgo, sin que quepa imputar responsabilidad alguna sobre ello a nuestro autor prologado con estas líneas. Se trata de los efectos que produjo en la conciencia católica la Constitución dogmática Pastor Aeternus del 18 de julio de 1870, polémicamente aprobada durante el Concilio Vaticano de Pío IX. Con esto no sugerimos aquí un juicio negativo sobre el fondo de dicha Constitución. Tampoco desconocemos los intentos hechos para delimitar los alcances de la declaración de infalibilidad papal –y ya desde tiempos inmediatamente posteriores al Vaticano I[12]. Sólo estimamos que dicha Constitución contribuyó a generar en el seno de la Iglesia un aura de omnisciencia sobre la figura papal -incluso a nimbar a la persona del pontífice con ribetes por momentos rayanos en lo teándrico.

Han quedado en claro la relevancia teórica y la urgencia práctica de enfocar el grave problema moral de la obediencia. Así como el acierto de hacerlo de la mano del gran teólogo Castellani, quien además sufrió existencialmente los excesos de su falseamiento.

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He allí sintetizada la carta de presentación que pone de manifiesto el singular interés de esta obra, fruto de la investigación del Pbro. Magister Jorge Luis Hidalgo. Un joven estudioso cuya vocación, capacidad y tesón permiten augurar sobresalientes aportaciones próximas a la Teología y a la Filosofía.

(Del prólogo de Sergio Castaño)

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  • [1] Columba Marmion, Le Christ, idéal du Moine, 1922, p. 341 -pp. 306-308 de la edición castellana de D. Mauro Díaz Pérez: Editorial Litúrgica Española, Barcelona, 1956.  El trecho viene citado con encomio por Manuel Ma. Espinosa Polit, S. J., La obediencia perfecta. Comentario a la Carta de la Obediencia de San Ignacio de Loyola, Quito, Editorial Ecuatoriana, 1940, pp. 32-33.
  • [2] Vladimir Soloviev, Breve relato sobre el Anticristo, pról.. de Alfredo Sáenz, traducción del francés y del alemán Sergio R. Castaño, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 1995, esp. pp. 31-39.
  • [3] Es interesante la determinación doctrinal que al respecto hace el ilustre teólogo romano Louis Billot (1846-1931) en última instancia en pro de la tradicional distinción bipartita, en su Tractatus De Ecclesia Christi, sive continuatio theologiae de Verbo Incarnato, Roma, Prati, 1909, t. I, esp. pp. 335-338. Dígase, obiter dictum, que el gran cardenal, tan apreciado por Castellani y por Meinvielle, resultó víctima del despotismo papal, bajo Pío XI -responsable de políticas eclesiásticas de consecuencias trágicas para la Cristiandad.
  • [4] Cfr. Constitución Lumen Gentium, n° 25.
  • [5] Para una breve noticia histórica del nombre y de la respectiva noción cfr. José-Miguel Espinosa Sarmiento, “Potestad de magisterio. Evolución y actualidad de este concepto”, en Estudios Eclesiásticos, vol. 91 (2016), núm. 359, pp. 827-841.
  • [6] Constitución Dei Verbum, n° 10.
  • [7] Hacemos esta analogía en Sergio R. Castaño, “‘Los tipos de Estado’ y el ‘tipo’ de la Iglesia católica contemporánea. Una reflexión eclesiológica a partir de categorías de Carl Schmitt y de textos de Dalmacio Negro”, en Jerónimo Molina (editor), Pensar el Estado: Dalmacio Negro, Los Papeles del Sitio, Valencina de la Concepción (Sevilla), 2022, pp. 307-319.
  • [8] Cfr. Beatriz E. Reyes Oribe, “Benedicto XVI, defensor del Logos”, en Carlos Sierra Lechuga (ed.), Quid habemus? Estudios Pontificales, México, Castilibros, 2013, pp. 115-141.
  • [9] Para este problema crucial es clásica la obra maestra del extraordinario teólogo moral tomista Servais Pinckaers, OP (1925-2008), Las fuentes de la moral cristiana, trad. J. J. García Norro, Pamplona, EUNSA, 1988.
  • [10] Sobre la raíz ockhamista del desfondamiento ontológico de la teología moral y de la filosofía práctica sigue siendo imprescindible la investigación de la germano-mexicana Anita Garvens Núñez (1904-1973), “Die Grundlagen der Ethik Wilhelms von Ockham”, en Franziskanische Studien, 21. Jahrg., 3. Heft, (1934), trad. cast. parcial de Sergio R. Castaño, en Ius Publicum n° 34 (2015), pp. 11-22.
  • [11] Cfr. Joseph de Maistre, Du pape, París, Joseph Albanel, 1867, L. II, cap. X (pp. 206-207); L. I, cap. I (p. 19); L. I, cap. XIX (p. 123).
  • [12] Sobre el estudio aclaratorio del obispo Joseph Fessler, refrendado por Pío IX, cfr. Carlos A. Baliña, “Verdadera y falsa infalibilidad de los papas según Mons. Fessler”, en Carlos Sierra Lechuga (ed.), Quid habemus? …, pp. 41-65. El propio Castellani se ocupó de la indispensable discriminación: vide, por todos, “La infalibilidad”, en Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Buenos Aires, Dictio, 1976, pp. 112-118.

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