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La necesaria restauración de la Iglesia

No es una reforma litúrgica, sino espiritual la que necesitó, y necesita, la Iglesia para alcanzar la “primavera” que nunca llegó.

Apenas doce eran los Apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo, y uno de ellos -Judas Iscariote- lo traicionó entregándolo al Sanedrín por unas miserables monedas de plata.[1]

Como sabemos, esta traición condujo a la cruenta y terrible Pasión y Muerte del Hijo de Dios. Aún con todo, quedaron otros once Apóstoles que, fieles a su Maestro y Señor, estaban dispuestos a dar la vida por Él y por la Salvación de toda la humanidad. Y, aún así, Pedro, escogido por Jesús como Su primer Vicario en la Tierra, lo negó tres veces.[2] Cada época en la historia, ha estado dominada por unas élites minoritarias, sobre las que ha reposado el poder y el control sobre una mayoría de personas. La nuestra no es, por tanto, una excepción. La traición de Judas supuso “vender” a Nuestro Señor Jesús y a Su Santa Iglesia a las élites de la época.

De igual modo, vemos cómo la historia en su dinamismo muchas veces cíclico, se repite en la actualidad con muchos prelados, que como Judas, anteponen sus intereses personales y humanos a los intereses de la Santa Madre Iglesia, que son divinos. Entregándose por completo al poder temporal de los hombres, bajo la ciega obediencia a las imposiciones del mundo y obviando por completo los mandatos que Dios nos ha dado, viviendo del mundo y para el mundo. Estamos los cristianos llamados a vivir en el mundo, pero sin ser del mundo.3 Más aún quienes, por razón de su vacación, han entregado su vida a Dios y al cuidado de la grey. Pues el mundo siempre ha sido y será ajeno, incluso contrario, a la Ley de Dios y a la Ley Natural.[3] Y es menester que la Iglesia y cuantos formamos parte de ella, seamos fieles a la Suprema Voluntad de Dios, aún cuando las perversidades, vicios y pecados del mundo amenazan con entrar en nuestras vidas, en nuestros hogares y en nuestras almas. Del mismo modo en que Nuestro Señor Jesucristo se mantuvo firme en Su fiel compromiso a la Voluntad del Padre, aún cuando el mundo lo apedreaba, lo escupía, lo azotaba y lo crucificaba con desmesurada crueldad y vileza.

La necesaria interpretación de los signos de los tiempos, hace patente la necesidad que la Santa Iglesia tiene de regresar a la sana doctrina de siempre, en una renovación espiritual que refuerce la unión entre Dios y los hombres, manteniendo a las almas distantes de la perversidad del mundo. No es una reforma litúrgica, sino espiritual la que necesitó, y necesita, la Iglesia para alcanzar la “primavera” que nunca llegó. Mientras todos cuantos constituimos la Iglesia, empezando por sus pastores, no comencemos a perseverar en los misterios de nuestra fe y no tengamos de forma latente en nuestros corazones el firme propósito de buscar la santidad en nosotros y en el prójimo, la Iglesia no saldrá de la infructífera “estación invernal” en que se encuentra sumida. Los frutos seguirán siendo pútridos y las flores marchitas, mientras no se extirpe de la Santa Iglesia la raigambre que impide la cosecha y el florecimiento perenne de nuestra Santa Fe católica.

Pero esta necesaria renovación espiritual, exige de fieles y pastores un especial compromiso renovador para con la Iglesia. Y, pese a la carestía generalizada de valores morales y doctrinales, podemos con gozo dar testimonio de que cada vez son más las personas que están siendo llamadas por Dios a restaurar Su Iglesia. Pero esto no implica faltar a la obediencia que le debemos a la jerarquía de la Iglesia, sino que significa comprender que la obediencia ciega sólo es para con Dios. Y debemos obedecer a los mandatos de Él, antes que a los mandatos de los hombres. Es un craso error caer en la “papolatría” de muchos, que se erigen en defensores de lo indefendible bajo la premisa de que debemos ser “obedientes” a cualquier coste. Amparados en que juzgar al prójimo es malo, ignoran por completo que la corrección fraterna[4], hecha con amor, es un acto de caridad. Pues, no podemos juzgar las intenciones, pero sí los actos.

El Magisterio milenario de la Iglesia, que es infalible y ha sido revelado a la luz de las Sagradas Escrituras y de la Tradición[5], es garantía de virtudes y camino seguro a la santidad. Nadie puede decirse católico si sus actos y/o sus palabras incurren en contradicción con las enseñanzas de la Santa Iglesia; más bien ha de ser llamado hereje[6]. No se puede decir creyente quien «elabora» una fe a su gusto como el sastre que confecciona un traje a medida. Realmente cree, quien lo hace asumiendo por entero su fe. Hay quienes parecieran rezar el Padre Nuestro pensando: «…hágase Tu voluntad (pero sólo si coincide con la mía)…»

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Nuevamente, el curso cíclico de la historia nos conduce a tiempos pasados. En el Renacimiento, la Iglesia atravesaba una situación que no difiere demasiado de la que atraviesa ahora. Sacerdotes y obispos estaban, en su mayoría, entregados completamente a los placeres mundanos, los príncipes de la Iglesia actuaban como príncipes seculares, y Roma parecía ser la sede de todo aquel desorden. Sin embargo, esta situación derivó en dos acontecimientos clave. Uno muy negativo, como lo fue la herejía protestante, la peor de la historia de la Iglesia, de la mano del heresiarca Lutero y de otros sujetos -no menos herejes- como Calvino y Zwinglio. Y otro muy positivo, que fue el Concilio de Trento, probablemente el más glorioso de todos los concilios, de la mano de un Papa santo, como lo fue San Pío V. El hecho es que ambos acontecimientos, desencadenando el primero en el segundo, fueron la consecuencia de un momento de tribulación muy difícil para la Santa Iglesia, pero que por igual eran muy necesarios para su santificación y purificación.

No es desconocida ni ajena a nuestro conocimiento la gravedad de la crisis que vive la Iglesia hoy día. Abusos litúrgicos, corrupción moral, confusión doctrinal, actos sacrílegos, escándalos financieros, están a la orden del día y resultan cada vez más evidentes; menos para aquellos -claro está- que no quieren o no les interesa verlo. De modo semejante a lo sucedido en el Renacimiento, la Iglesia en nuestro tiempo se ve fuertemente castigada por los flagelos de los herejes y de los enemigos de la fe, ahora infiltrados en ella para destruirla desde dentro. La gran herejía de nuestro tiempo, que se extiende como un cáncer por el Cuerpo Místico de Cristo, fomentada por la protestantización y la masonería eclesiástica -que no es ningún mito-, es el Modernismo. Condenada y descrita por San Pío X en 1907, en su célebre y soberbia encíclica Pascendi8 y en el decreto Lamentabili[7], del mismo año.

De la siguiente manera se refiere dicha encíclica a quienes se alzan, embebidos de errores, en defensa y promoción de esta herejía: “…un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.[8] No se halla, ni se hallará, mejor definición que ésta de las pretensiones modernistas, que son la raíz de los males que hoy día vemos en la Santa Iglesia. Con más de un siglo de antelación, se relata a lo largo de esta encíclica la naturaleza herética del Modernismo con tal grado de detalle, que pareciera que fue escrita hace apenas unos años. A modo de resumen, se puede decir que la gravedad del Modernismo se halla en la negación de la sacralidad de todo lo sacro -valga la redundancia-, y en la destrucción de lo sagrado que, con la arrogancia propia de Satanás, se lleva a cabo bajo la sospechosa premisa de que “la Iglesia necesita ser renovada”. De esta forma, el valor de la Verdad -escrita con mayúscula- se desvanece en el relativismo moral y doctrinal, como parte de una “fe” que se manifiesta subjetiva.

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Pero es ésta herejía un mal que se extendió por mucho tiempo en la sombra, y sus ejecutores han trabajado a tal grado de discreción, que sus efectos no han sido realmente notorios hasta hace unas décadas. Ya durante el pontificado del Venerable Pío XII, aquella comisión de reforma litúrgica fue una oportunidad que no desaprovecharon los modernistas, en su afán de destruir la Liturgia, para modificar los oficios de Semana Santa a su antojo y mutilar el Oficio Divino. Una comisión que, si bien no parecía en su momento suponer «peligro» alguno para la integridad de la Liturgia; vista en retrospectiva, fue la antesala de las reformas -abusos- que posteriormente se introdujeron en la Liturgia. Pero no fue hasta el Concilio Vaticano II, cuando los males del Modernismo salieron a la luz. Empezando por la «revolución» litúrgica diseñada por Bugnini y su «selecta» comisión de pastores protestantes, que dieron lugar al Novus Ordo Missæ y que en seis años acabaron con más de un milenio de tradición litúrgica. Si se cambia la forma de orar, se cambia la forma de creer. Más aún, cuando se trata de la Liturgia, que es el eje de la vida católica. Podríamos decir: «dime cómo oras, y te diré cómo crees». Pero el daño no fue el Concilio, sino los errores -y horrores- que a propósito de éste se introdujeron en la Santa Iglesia, y que cada vez resultan más evidentes. De hecho, quien realmente se ha informado, sabe que los documentos conciliares, aún revestidos de mucha ambigüedad, claman que se haga justicia al verdadero

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«Espíritu» del Vaticano II; que, desde luego, no es el que nos han hecho creer que es[9].

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Hoy día, el «humo de Satanás» del que hablaba San Pablo VI, parece invadir la Iglesia a tal grado, que a veces resulta casi imposible vislumbrar un atisbo de luz en medio de un entorno tan sombrío. Cuesta, con frecuencia, (re)conocer nuestra fe católica, pues pareciera que hay, por así decirlo, «dos Iglesias distintas». Toda herejía trae consigo una profunda división, que es algo que estamos viendo en la Iglesia. Pero Iglesia sólo hay una, pues Cristo fundó una Única y Verdadera Iglesia. Y, dada la situación de apostasía generalizada que vivimos, la Iglesia tristemente va camino, de forma casi ineludible, a un cisma sin precedentes. Como el cisma protestante, pero de magnitudes aún peores. Y la única forma de evitarlo, de forma absolutamente opuesta a lo que muchos piensan, es regresando a la sana doctrina de siempre. Pues, muchas veces, hay que dar algún paso atrás, para poder avanzar.

Para algunas personas, la idea de cisma, incluso de que exista infiltración de ideas y personas contrarias al Magisterio, resultará catastrofista y descabellada. Pero no se admite acusación alguna de que se esté juzgando con desacierto lo que sucede, cuando vemos a diario que la Salvación y la santificación de los hombres por medio del anuncio de la Buena Nueva, que es la causa primera y última de la Iglesia; es sustituido por la proclamación del ecologismo, de la justicia social, de la política internacional y por los preceptos -elevados a dogmas- de las agendas políticas y sociales. La búsqueda de la santidad es menester de la Iglesia. Y no son políticos ni activistas, sino santos, lo que necesita la Iglesia; que no es ni una ONG, ni un partido político, ni la filial de Greenpeace. Vemos, también, cómo la tradición, que es un rico y vivo tesoro que nos han legado quienes nos han precedido, se percibe como muerta y anticuada.

Jesucristo, Nuestro Señor en Su Cuerpo Físico, derramó Su Preciosísima Sangre para la remisión y sufragio de nuestros pecados. Y la tarea de la Santa Madre Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, es derramar las Gracias de Dios sobre el mundo entero. Y por ello, tiene el deber de llevar la Palabra de Dios a todos los hombres.[10] Cristo, Nuestro Señor la fundó con la única misión y firme propósito de difundir las Verdades que por Su Gloriosa Venida nos fueron reveladas. Muchos pastores están trabajando en la destrucción de la Iglesia, y con ellos se condenan muchas almas para toda la eternidad.

Sabemos que la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, tiene que pasar por su Pasión, Muerte y Resurrección, como lo hizo el Cuerpo Físico de Nuestro Señor. El Catecismo nos habla claro al respecto: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).[11]

Y podemos afirmar, sin ningún género de duda, que la Iglesia en estos momentos vive su Pasión. Como sabiamente dijo el Cardenal R. Sarah: «…la situación (…) de la Iglesia se parece en todo a la del Viernes Santo«[12]. Pero cuando parezca que todo está perdido, renacerá una Iglesia santificada y renovada por completo, convertida en verdadero baluarte de la fe. Pero hasta entonces, queda mucho sufrimiento. Es necesario pasar por esta etapa de herejía para la purificación de la Iglesia; como lo fue necesario en el siglo XVI para renovar aquella Iglesia del Renacimiento, sumida en los vicios del mundo. Entonces, por fin se separará “el trigo de la cizaña”[13], se sabrá quién está con Dios y quién contra él, y los «judas» quedarán expuestos a vista de los justos.

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Pero podemos y debemos tener la confianza de que, pase lo que pase, la Iglesia no será destruida. Porque es de Dios, y lo que es de Dios no puede ser destruido. Han caído imperios, reinos y naciones enteras, porque no tenían más extensión que la de sus fronteras. Pero la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana no perecerá, porque no conoce más límite que la Voluntad de Dios, que es infinita. Las épocas de tribulación, son también épocas de (grandes) santos. Es momento de santificarnos y reafirmar nuestra fidelidad a Cristo y a Su Iglesia, porque es a esto y a la restauración de todas las cosas -incluida la Iglesia- en Cristo, a lo que Dios parece estarnos llamando cada vez con mayor intensidad. Debemos ser fieles a este llamamiento, y trabajar por reparar la Iglesia desde dentro de ella. No dejemos de invocar la venida del Paráclito sobre el Santo Padre Francisco, para que ilumine su mente y su alma.

Marco Mack Gallo.


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