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Rendirse al poder del mundo (III)

El rey de Francia le ganó el pulso al papado y acabó sometiéndolo materialmente. Pero no en la persona de Bonifacio VIII, ni en la de su sucesor Benedicto XI, que excomulgó inmediatamente a los agresores del anciano papa Bonifacio para morir a los ocho meses de pontificado. Dos papas, en fin, con los que acabó el rey gracias a su mayor poder militar. Los liquidó en efecto tras humillarlos hasta donde fue capaz. Pero no consiguió doblegarlos ni someterlos…

Las presiones del monarca francés consiguieron finalmente que el cónclave eligiese a un papa gascón, Clemente V, Bertrand de Got, que ya no volvió a Roma y acabó quedándose en Aviñón. La flaqueza de su carácter y la creciente presión del rey de Francia lo convirtieron en un muñeco roto…  El primer nombramiento de cardenales lo hace ver con toda claridad: nueve franceses, entre ellos cuatro sobrinos suyos y un inglés. Se pasaba semanas sin dar audiencias, y sólo podían hablarle los cardenales nepotes. Su gran parentela explotó a su bondadoso tío de manera desvergonzada.

Para complacer a Felipe el Hermoso acabó iniciando un proceso contra el difunto Bonifacio VIII por herejía y también contra la Orden del Temple, cuyos miembros fueron miserablemente calumniados y torturados brutalmente hasta que confesaron horribles crímenes. El proceso contra Bonifacio fue finalmente sobreseído; pero los templarios fueron exterminados en Francia por el rey, que contó con la complicidad silenciosa del acongojado Clemente V. La corona confiscó los innumerables bienes de los templarios, pues al final se trataba de eso: del vil metal. El pusilánime papa dejó el gobierno de la Iglesia en indigna dependencia de Francia, con un colegio cardenalicio compuesto principalmente de franceses, y una curia exhausta y saqueada por el nepotismo pontificio. ¡Herencia envenenada para el sucesor!

Para Felipe el Hermoso era evidente que la clave estaba en imponerle a la Iglesia el papa que le convenía al rey de Francia. Y eso lo consiguió su sucesor, Felipe V, en el cónclave reunido primero en Carpentras, cerca de Aviñón, y luego en Lyon, desde el 1 de mayo de 1314 al 7 de agosto de 1316. Resultó ser uno de los más largos de la historia. Dio tiempo a que muriera Felipe el Hermoso, le sucediera Luis X y también falleciera éste, dejando el trono a Felipe V. Fue el primer cónclave de la cautividad del papado. Y el papa elegido, Juan XXII, un anciano de 72 años, fue aceptado por los cardenales rivales como una solución transitoria de compromiso. Pero el hombre alcanzó los 90 años, con lo que su pontificado fue de los más dilatados: así que tuvo muy poco de provisional.

Característica singular de este larguísimo cónclave, es que desde la convocatoria hasta su conclusión fue manejado por los reyes de Francia (¡tres reyes para un papa!) y sólo de refilón por el rey de Nápoles. El largo pontificado de Juan XXII fue un ejercicio de politiqueo a lo grande, de sumisión a los intereses de Francia contra el resto de la cristiandad y de fortalecimiento del poder recaudatorio de la corte pontificia de Aviñón. Es ahí donde estructuró la Santa Sede su sistema recaudatorio, a imagen y semejanza del mundo (en este caso, francés). Por su parte, Juan XXII dedicó gran parte de su pontificado a expedir censuras y entredichos contra todos aquellos -clérigos y laicos- que le llevaban la contraria en su política de sometimiento a Francia.

Es especialmente significativa (¡caprichos de la historia!) la contraimagen de Nicolás V, el antipapa que se sacó de la manga Luis de Baviera, elegido como emperador del Sacro Romano Imperio y encabronado por la actitud anti germana del papa aviñonés que no le reconocía como soberano, entregado como estaba a los intereses de una potencia enemiga: Francia. ¿Por qué no iba a tener “su” papa el emperador Luis de Baviera, si el rey de Francia tenía el suyo? Coronado en la misma Roma por dos arzobispos amigos en ausencia de los papas, no le salió bien la operación al emperador, con lo que dejó abandonado a “su” papa Nicolás V, que tuvo que rendirse, humillarse y pedir perdón al papa de Aviñón, que lo mantuvo en su palacio como rehén. Y caprichos de la historia de nuevo, Nicolás V murió en 1333, un año antes que el anciano papa de Aviñón. Fue el último papa nombrado por voluntad expresa de un rey (en este caso, emperador), tras una elección sui géneris

Es inevitable que muchos (y no sólo los sedevacantistas declarados) vean en la situación actual del papado, un reflejo de esa situación; puesto que la interpretan como operación del mundo de eliminación del papa legítimo forzándole a dimitir, e imposición del papa que mejor responde a sus intereses políticos, debido a su gran manejabilidad. Al tiempo que el papa destronado queda recluido casi como rehén en el Vaticano. La lectura que hacen nos da como resultado una sombra inquietante de ese horrible cisma. Los que así interpretan lo que está ocurriendo hoy, proclaman en efecto que la Iglesia galopa enloquecida y desbocada hacia un nuevo cisma, todavía sin definir, del que la rebelión del “camino sinodal” de los obispos alemanes no es más que la punta del iceberg; pero que por lo que respecta al sometimiento (esta vez, doctrinal) de la Iglesia al poder del mundo, es un fiel reflejo de ese cisma: infinitamente más corrosivo para la Iglesia, puesto que tocar la doctrina es tocar la médula del cristianismo.

El cónclave de 1334 (a la muerte de Juan XXII, tras 18 años de pontificado) se celebró en Aviñón: duró una semana. Los cardenales electores eran 24, de los que 15 eran franceses. Resultó elegido por tanto un francés, con el nombre de Benedicto XII, cuyo pontificado duró 8 años (hasta 1342). Dominado por el rey de Francia, se vio obligado a chocar con Luis IV de Baviera, a quien se negó a coronar emperador del Sacro Imperio, la potencia rival. Por ello, los príncipes electores proclamaron que no era necesario ese reconocimiento del papa para coronarse emperador… Una rebelión de la mayor parte de la cristiandad contra la autoridad religiosa (tremendamente impregnada de mundanidad) del sumo pontífice. La justificación la encontraron en Marsilio de Padua que, en su Defensor pacis, declara: La Iglesia debe supeditarse al Estado en la persona del príncipe, (en eso andamos literalmente) porque sólo dentro del estado (¡la crucecita de Hacienda, claro!) puede desempeñar su misión. Obviamente el rey de Francia, Felipe VI, hizo fracasar todos los intentos del emperador alemán por reconciliarse con el endeble y timorato pontífice.

De talante bondadoso e indulgente, Benedicto XII concedió dispensa super defectu natalium a 550 bastardos (más de dos terceras partes, hijos de sacerdotes) para que recibiesen las sagradas órdenes. Nunca se persiguió a los clérigos, sobre todo los de alto rango, por tener hijos (oficialmente, sobrinos: los grandes beneficiarios del nepotismo eclesiástico). Luego, comprobados los abusos, el papa apretó las tuercas a los paniaguados que, a la sombra de los beneficios eclesiásticos, vivían tan ricamente; y emprendió una vasta reforma de las costumbres clericales. Igual que su predecesor, Benedicto XII consideró la posibilidad de volver a Roma, que seguía en la anarquía; pero no era nada fácil, porque Italia estaba convulsa; y pacificarla con la presencia física del pontífice exigía un precio que éste no estaba dispuesto a pagar… Aviñón se había vuelto muy cómodo y acogedor: y allí murió en paz nuestro duodécimo Benedicto. Nada que ver con el final infinitamente más azaroso del papa que elegiría el mismo nombre con el ordinal decimotercero. 

El siguiente cónclave en 1342 duró 2 días. Resultó elegido Clemente VI, que había sido canciller del reino de Francia. De hecho, era el candidato del rey, aunque los emisarios de éste llegaron al cónclave cuando la elección ya estaba hecha… De un total de 17 cardenales que habían participado en el cónclave, 13 eran franceses; así que la elección discurrió según lo deseado y previsto. De nuevo, los sedevacantistas hacen una lectura análoga de la política de nombramientos cardenalicios del papa actual: los “intereses” en juego son esta vez doctrinales, de adaptación a las exigencias del mundialista poder político. El pontificado de Clemente VI duró 10 años: de 1342 a 1352. La corte de Aviñón llegó a ser bajo su pontificado la corte más esplendorosa de Europa. El papa actuó como un gran magnate y magnifico mecenas. La corte pontificia llegó a ser la más opulenta de Europa, envidia de tantos reyes y príncipes que no podían soñar con llegar a tanto. 

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Compró la ciudad de Aviñón a Juana I de Nápoles, agregándola a los Estados Pontificios. Su intención era afianzar para siempre el papado en esta ciudad, por lo que descartó totalmente la posibilidad de volver a Roma y terminó el palacio papal cuya construcción había iniciado Benedicto XII. Durante su pontificado se centralizaron todos los poderes y jurisdicciones en manos del Sumo Pontífice y se distribuyó su gobierno y administración en diversos departamentos curiales. Todo a imagen y semejanza del poder del mundo.

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Quedó en manos de la Santa Sede la concesión de todos los beneficios eclesiásticos, tanto los mayores (obispados y abadías) como los menores (parroquias y canonjías), sometidos todos ellos a pingües tasas que se pagaban en el momento de su concesión. Estos beneficios también se concedían aún antes de la muerte del que los poseía a título de expectativa y, con la excusa de la pobreza de algunos obispados, la encomienda les concedía la administración provisoria de otra para que pudiesen vivir de sus rentas. Así se conseguía la interesada fidelidad de los estómagos agradecidos. 

A esto se añadió un complejo sistema fiscal por el cual se pagaba por cualquier acto administrativo. Así se generó una cantidad ingente de recursos pecuniarios con los que se financiaban los grandes gastos externos -la fastuosidad de la corte- y la inmensa burocracia de los curiales. Nueva lectura de los sedevacantistas (los que tiran del cisma en la dirección opuesta), que ponderan la fastuosidad administrativa vaticana, en quiebra técnica, que para mantenerse ha tenido que echarse en brazos del Nuevo Orden Mundial y liderar el capitalismo inclusivo (de hecho, capitalismo comunista) que éste preconiza, y seguir los dictados de los grandes próceres de ese nuevo poder mundial.

En aquel entonces los papas ganaron pasta a manos llenas esquilmando las iglesias locales. Lo que sí perdieron los pontífices fue el amor de sus súbditos (más que fieles) y la reverencia y el afecto de los pueblos cristianos: que vieron en todo ello avaricia, corrupción y simonía (compra-venta de cargos eclesiásticos). Todo ello creó tal atmósfera de descontento en la cristiandad, que surgieron diversos movimientos pro reformatio Ecclesiae, que se convirtieron con frecuencia en heréticos y que provocaron una inmensa crisis de confianza en la misma Iglesia. ¡La historia se repite!, dicen hoy los fieles escandalizados, que asisten atónitos e impotentes no sólo a sonados escándalos financieros, sino también al disparatado festival de “reformas”, sobre todo doctrinales y morales, en que se ha embarcado la Iglesia, no únicamente desde diversos localismos, sino incluso desde la misma Santa Sede. 

El daño más trascendental de aquel fiscalismo extremo consistió, primeramente, en que los clérigos veían su ministerio bajo el aspecto beneficial: es decir, desde el punto de vista material y económico; y luego, en el hecho histórico de provocar -con motivo o sin él- un difuso descontento en todas las naciones y un malestar psicológico que preparó el terreno para una revolución en la Iglesia: la Reforma protestante.

Ciertamente, el paso del tiempo ha cambiado las circunstancias concretas, pero no el fondo del corazón del hombre, que sigue siendo el mismo… ¿Son mejores nuestros tiempos que aquéllos? El Vaticano II acabó con aquellas oposiciones -exámenes de teología y de pastoral- para acceder al curato de almas, con las que se quería evitar la arbitrariedad en los nombramientos de párrocos y lograr una objetividad que nunca tuvo el dedazo de los obispos. Al menos, así accedían al rectorado parroquial los teológicamente más capaces. Sin embargo, los prelados, para nombrar a sus favoritos, evitaban durante años convocar las oposiciones… Así se abstenían de nombrar párrocos y hacían ecónomos -párroco sin oposición- de las mejores parroquias a sus preferidos. Así pues, los beneficios no han dejado de existir en ningún momento. Antes con el pago de la correspondiente tasa, y ahora con el clientelismo sostenido en la complacencia y obsequiosidad hacia el que puede concederlos.

Y es que, a día de hoy, todo ha quedado en manos de un obispo que hace y deshace sin posible apelación, ya que el Derecho Canónico ha quedado reducido a papel mojado a base de dispensas y facultades especiales… El Derecho no es ya defensa del débil contra el desafuero del poderoso, sino instrumento de dominio al servicio del que detenta el poder en cada momento. A pesar de que el Santo Padre tiene la potestad plena, inmediata y universal sobre la Iglesia, muchos eclesiólogos de renombre afirman que, desde el Vaticano II, la Iglesia católica se ha convertido de facto en episcopaliana, con unos tintes cada vez más marcados de absolutismo, es decir de arbitrariedad del poder.

Pero no desesperemos… Todo ello no es óbice para que la Iglesia Santa y Católica -la única verdadera- sobreviva a todos sus enemigos exteriores e interiores y, por la fuerza del Espíritu Santo -no por la santidad de sus clérigos y jerarcas-, perviva a lo largo de la historia como signo eficaz de la presencia redentora de Aquel que, en la Cruz, derramó su sangre por ella. Así purificó a su inmaculada Esposa de la hediondez de los pecados de sus hijos -pasados, presentes y futuros- hasta el fin de los tiempos. Las prevaricaciones de tantos vicarios de Cristo en el pasado, felizmente superadas, nos ponen a salvo del pesimismo que invade a tantos, ante las transgresiones y desvaríos del presente. 

Custodio Ballester Bielsa, Pbro. – www.sacerdotesporlavida.info

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