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Por qué soy Tradicionalista

Escribo en estos meses la biografía de María Rosa Urraca Pastor, probablemente la «margarita» más importante de la historia del Carlismo, si excluimos a la propia Reina Margarita y a las mártires que dieron su vida por la Causa ( la más pequeña de ellas será la más grande ante Dios, para quien no hay alma anónima).

En su libro de memorias titulado “Así empezamos…”, la incansable propagandista tradicionalista de la República y la Guerra Civil,  escribió un capítulo titulado «Por qué soy Tradicionalista»,  que merece la pena ser reproducido, entresacando sus principales párrafos. En él se evocan los pasos que la condujeron a su adscripción en el Carlismo y el sentido que tuvo para ella la militancia tradicionalista. El mismo que tiene para nosotros.

“Yo era una mujer vulgarmente española. Quiero decir católica, por haber nacido en una familia que lo era.; piadosa, porque mi madre me enseñó a serlo; enamorada de mi España, con sus defectos y sus virtudes…pero no era Tradicionalista.

Había oído decir que los Carlistas eran enemigos del progreso, anticuados, retrógrados, y a mi me gustaban los Altos Hornos de Vizcaya, los rascacielos madrileños, la Exposición de Barcelona, volar en avión y llevar melena y falda corta…

Nunca me había parado a pensar en las formas de Gobierno; era monárquica y me parecía imposible ser otra cosa. Como hija de militar, me había formado en el amor y el respeto a las instituciones patrias, especialmente al Ejército, que consideraba, como más tarde diría Calvo Sotelo, “columna vertebral de la Nación”. Mi padre me llevaba siempre con él a presenciar desfiles y paradas militares, y nunca dejaba de asistir al acto de la Jura de la Bandera.

Tuve siempre un carácter independiente y un instinto de rebeldía contra todo lo injusto. Juzgaba como tal el régimen económico en que vivía la sociedad, y me atraía con irresistible vocación la defensa del humilde, del expoliado, del que sufría el despotismo brutal de un sistema positivista que todo lo materializaba, permitiendo la existencia de castas y de clases sociales en lucha permanente. Por eso tomé, en diferentes ocasiones, por mi cuenta la defensa de la mujer obrera, especialmente de la aguja, y promoví campañas periodísticas para mejorar las condiciones de su trabajo. Mi adolescencia fue consagrada a esa misión con alegría y fervor.

Así me sorprendió la llegada de la República.

Aquel 14 de abril lloré por primera vez en mi vida con amargo desconsuelo.

Recuerdo que mi madre trataba de calmar mi angustia diciéndome: “No te apures, a los Reyes no les ha pasado nada. Ya salieron de España”. Y yo le contestaba: No lloro por el Rey, mamá, lloro por España”.

Era verdad: lloraba por España. Porque al derrumbarse tantas cosas -que entonces veía yo que estaban asentadas sobre falsos cimientos- se precipitaba el monstruo de la Revolución, y todo lo que yo había amado y reverenciado caería destruido por ella…y entonces comenzó una vida totalmente nueva para mí.

Por una serie de circunstancias, quiso la Providencia colocarme en el primer plano de la actualidad antirrepublicana. Fue, entre otras cosas, la más sonada una multa que me impusieron al poquísimo tiempo. Aquella inmerecida distinción fue la plataforma de mis sucesivas actuaciones.

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Un grupo de muchachos monárquicos me invitó para salir con ellos a algunos actos de propaganda en los pueblos. Íbamos a Durango, Ermua, Mondragón, Tolosa y hablábamos en los Círculos Carlistas, únicos reductos que supieron mantenerse en pie. Nos hartábamos de dar vivas al rey, y las Margaritas prendían su simbólica flor en nuestro pecho. Aquel primer equipo “bilbaíno” formó parte muy destacada, más tarde, de Acción Española, perteneciendo a Renovación y vistiendo actualmente casi todos la camisa azul.

Por entonces, también en un primer piso de la calle del Correo de Bilbao, un grupo de muchachos, del que formaba parte el equipo de referencia, y en el que había también carlistas, se reunía, previa contraseña y brazo en alto, a conspirar. Yo acudía también, novicia en aquellas lides, pero atraída por el peligro y por la emoción de la bandera roja y gualda que presidía el pequeñísimo salón.

Figuraba la entidad oficialmente como deportiva, pero en realidad eran los Legionarios del Partido Nacionalista Español que acaudillaba Albiñana. Los primeros fascistas que España tuvo y que años después, en 1936, asesinado su jefe, cumplían su testamento, incorporándose oficialmente a la Comunión Tradicionalista.

Transcurrió el verano del primer año de la República, y con el otoño vinieron las persecuciones. Un día despedíamos en la estación a Esteban Bilbao, que marchaba confinado a Puebla de Navia de Suarna; otro recibíamos apoteósicamente a unos muchachos que regresaban después de haber pasado una larga temporada presos en Ondarreta. Poco después, el día de la Inmaculada, metían en la cárcel a toda la Junta Directiva del Círculo Tradicionalista.

Ese mismo Círculo me había invitado a dar una conferencia. Tenía yo un primer disco preparado y debuté con él. Pero ya para entonces me había parado a pensar cuál era mi verdadera ideología. ¿Monárquica? Sí, ¿pero de aquella monarquía que cayera sin defensa y sin sostén el 14 de abril? Np, no. Monárquica, en cuanto la Monarquía represente dignidad y grandeza, poder legítimo y garantía de continuidad, y de independencia en el mando, que es garantía de justicia. Monárquica, pero no de una Monarquía en la que el Rey sea juguete de politicastros ambiciosos, sino de aquella en la que el Rey sea responsable ante Dios y ante el pueblo, que le dice: “Cada uno de nosotros valemos tanto como Vos, y todos juntos más que Vos…”.

Y como nunca fui partidaria de situaciones equívocas, como siempre me dí sin reservas y generosamente a las causas que supieron conquistarme, aquél mismo día ingresé en la Comunión Tradicionalista y me hice Margarita.

Muchas veces en mis propagandas he dado la siguiente explicación de este hecho…No me satisficieron fórmulas ni doctrinas pasajeras e incompletas. En medio de la tempestad, volando a ras de tierra, busqué cobijo y lo encontré en aquellos Círculos Carlistas humildes, pobres y en medio de ruinas aparentemente, pero que era lo único que se mantenía en pie. Y conocí a los Leales. Y aprendí de ellos sacrificio y austeridad. A permanecer lejos del poder cuando no se es llamado. A apoyarle y servirle con dignidad, pero sin adulación, cuando es legítimo, y a combatir con gallardía cuando no lo es. A no colgarme nunca de los carros triunfales y a saber esperar con la fe puesta en Dios el imperio de la Justicia.

Y comencé a sufrir por la Causa, es decir, comencé a hacerme digna de ella, a conocerla y a amarla, porque solo se sabe lo que vale un ideal cuando por él se sufre.

En aquellos Círculos (Ermua, Durango, Mondragón, Vergara, Tolosa, Eibar…) velé también mis armas al pie de la imagen de Cristo y de la bandera roja y gualda que en ellos se guardaba.

La choza en ruinas era el alcázar de la Tradición, en donde unos vasos sagrados guardaban la doctrina y unos hombres se preparaban para dar un día generosamente sus vidas para salvarla, por todos los caminos de España”.

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Urraca Pastor, María Rosa. Así empezamos. Memorias de una enfermera. Bilbao: Editorial Vizcaína, 1940. PP. 135 a 140.

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