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Manifiesto del Grupo de Propaganda en el 41 aniversario de la Constitución

Nosotros no dormimos desde el 6 de diciembre de 1978, cuando el desnortado, engañado y desarticulado pueblo español aprobó en referéndum el texto de nuestra malhadada Constitución.

Estamos aquí, en la noche de la víspera del día 6 de diciembre de 2019 (41º aniversario de la Constitución Española), un grupo selecto de los españoles que no dormimos.

Y no es que no durmamos desde fechas recientes por el más que previsible gobierno del PSOE con PODEMOS y con el resto de partidos secesionistas.

Nosotros no dormimos desde hace tiempo, desde hace mucho tiempo. Exactamente desde hace 41 años. Más concretamente desde el 6 de diciembre de 1978, cuando el desnortado, engañado y desarticulado pueblo español aprobó en referéndum el texto de nuestra malhadada Constitución.

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Ya entonces el Carlismo propugnó el no a la Constitución, pues preveía, como el tiempo ha confirmado, que un texto tan ambiguo y tan «consensuado» acabaría llevando a España a la división, al enfrentamiento y a la desintegración, pues cuando un texto legal permite cualquier tipo de interpretación siempre acaba imponiéndose la interpretación más desfavorable a los intereses patrios, pues el mal siempre tiene más poder corruptor que el bien poder ejemplificador.

La Constitución española era hace 41 años contraria a nuestra constitución histórica como pueblo, y hoy, 41 años después, está aún más alejada de nuestra auténtica constitución histórica, pues el Tribunal Constitucional, órgano político surgido para avanzar en la interpretación disolvente de la misma, ha hecho su labor y ha acabado por ir interpretando la buscada ambigüedad de su texto en sentido netamente anticristiano, antiespañol y antipersonal. Así, el Tribunal Constitucional fue interpretando la Constitución para permitir el divorcio, el aborto, el gaymonio, los partidos contrarios a la Unidad de España, y así todo tipo de tropelías morales y cívicas.

Por eso, en la víspera de los fastos de la celebración del día de la Constitución queremos recordar lo que el Tradicionalismo Político denunció hace ya 41 años:

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Que  un texto que ignora a Dios no puede edificar ningún derecho público. Y es que las comunidades humanas deben fundarse obligatoriamente en una «ortodoxia pública». Es decir, debe tener un punto de referencia que permita apelar a un principio de superior autoridad y obligatoriedad.

Sin embargo, esta Constitución no apela a ningún principio superior de autoridad, fundándolo todo en la moral relativa del número (del mayor o menor números de votos obtenidos), lo que al final nos devuelve a la ley de la selva, por la que se impone el más fuerte, no el más verdadero o el más justo.

2º Que un texto que desoye a la Tradición, no puede fundar un progreso verdadero, y sí solo una vuelta a los tiempos más oscuros de la humanidad. Y es que las fuerzas constituyentes, con una arrogancia rayana en la locura, entendieron que de nada valía todo lo que nuestros padres, abuelos y más remotos ancestros hicieron en el orden social y político, y así, separándose de nuestras tradiciones jurídicas y políticas, pretendieron fundar el «bien público» entendiendo ególatramente que el hombre contemporáneo es el culmen de la historia, y que por medio del «consenso» supuestamente racional llegaremos a la felicidad plena. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que hoy el pueblo español es más apático, más vulnerable y más infeliz que tiempos pasados.

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3º Que un texto que solo aspira a hacer «sociedad» y que renuncia a hacer «comunidad» no puede garantizar la propia supervivencia del grupo humano que aspira a regir. Y es que la Constitución desarticula todos los cuerpos sociales que formaban auténticas comunidades humanas. Así, por medio de la permisión del divorcio disuelve la primera comunidad, la familia; y disuelve el municipio al privarle de sus genuinas competencias; y disuelve la patria al privarnos del arraigo de nuestro pasado común y potenciar de manera antihistórica (sacándolo de su debido quicio) todo elemento diferenciador. La comunidad prima el todo por la parte, y supone que las obligaciones para con el «bien común» están antes que los derechos. Sin embargo, la sociedad aspira solo a fundar la vida colectiva en un pacto supuestamente racional para hacer primar los intereses egoístas sobre las obligaciones colectivas.

4º Y finalmente, que un texto que desarticula los organismo sociales naturales y ahoga la «soberanía social» no puede aspirar a ordenar rectamente la fuerzas individuales y colectivas hacía el imperio de la justicia y la felicidad material. Y es que, en efecto, la Constitución, y las leyes posteriores que vinieron a desarrollar su articulado, se empeñaron en acabar con todas las estructuras corporativas e institucionales que hicieron grande a España. Igualmente, aborreciendo toda jerarquía, ya fuera familiar, escolar, social o institucional, han instaurado un grosero igualitarismo que ha provocado la persecución y preterición de la excelencia y su sustitución como modelo «civilizador» por la exaltación de lo chabacano y lo vulgar. Y todo esto se ha conseguido por medio de privar a la sociedad de su legítimo poder, concentrando, con la abrogación del principio de subsidiariedad, todo el poder en los partidos y en una burocracia cada vez más desmesurada.

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Por todo ello los Tradicionalistas manifestamos que el origen de nuestros males actuales no lo constituye ni las ansias ilimitadas de poder de Pedro Sánchez; ni el odio a la humanidad propio del comunismo de Pablo Iglesias; ni la voracidad devoradora de los nacionalistas. NO. EL PROBLEMA DE NUESTROS MALES ES LA CONSTITUCIÓN. LO QUE NOS QUITA EL SUEÑO ES EL ACTUAL SISTEMA, QUE ESTÁ DISEÑADO PARA DIVIDIR, NO PARA UNIR.

Por ello los Carlistas llamamos a todos los españoles de bien a luchar contra el actual sistema partitocrático que oculta su auténtica faz totalitaria por medio de una careta falsamente democrática.


Si los españoles queremos disfrutar de una auténtica representación política (y no de una falsa); si queremos decidir nuestro futuro (y no que nos lo impongan), no nos queda más remedio que luchar contra la Constitución y el actual sistema de partidos para sustituirlo progresivamente por un sistema político de civilización que se funde en un sentido comunitario de la vida colectiva arraigado en la Verdad; que tenga a la familia como fundamento social; que reinstaure el orden por medio de una estructura corporativa e institucional debidamente jerarquizada; y que finalmente respete la «soberanía social» devolviendo a la sociedad el poder que los partidos políticos y las administraciones le han arrebatado, y garantice el ejercicio de esta soberanía por medio de la aplicación del principio de subsidiariedad y la auténtica representación política orgánica.

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En Madrid, en la noche de la víspera del 6 de diciembre de 2019.

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