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Análisis

La educación es demasiado importante y nunca hay que dejarla en manos de los políticos

No es lo mismo educar que enseñar, pese a que los redactores de la Constitución consideraran que ambas palabras son sinónimas.

Quienes redactaron la Constitución Española de 1978, no sé si por maldad o porque eran unos incapaces y mediocres, confundieron las churras con las merinas en lo referente a educar y enseñar.
No es lo mismo educar que enseñar, pese a que los redactores de la Constitución consideraran que ambas palabras son sinónimas, tal como hacen muchos profesores y padres.
Como he indicado en multitud de ocasiones, educar es formar en ideas y creencias, inculcar valores; y como consecuencia, la educación es algo que compete a la familia, y que por supuesto nunca ha de ser considerado exclusivo de la escuela, en todo caso en los centros de estudio se debe reforzar lo “sembrado” en la familia. Pero, debe ser en la familia donde se inculquen esos valores para que perduren para siempre.



Por el contrario, enseñar es sinónimo de instruir (siempre se llamó Ministerio de Instrucción Pública, no “de Educación”), y por supuesto, solo puede instruir quien sabe, y sobre todo aquella persona a la que se le reconocen saberes, autoridad y ante quienes los alumnos están dispuestos a dejarse enseñar.
Es por ello que el artículo 154 del Código Civil español afirma, respecto de la Patria Potestad que:
  1. Los hijos no emancipados están bajo la potestad de los padres.
  2. La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y psicológica.
  3. Esta potestad comprende los siguientes deberes y facultades:

1º.- Velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral.

2º.- Representarlos y administrar sus bienes.

El mismo Código Civil, prevé privar a los progenitores –o padres adoptivos- de la patria potestad cuando los menores, no emancipados, sufran maltrato, desamparo o abandono; situaciones en las cuales, obviamente, los padres faltan a sus obligaciones relativas a la educación y crianza de los hijos. Mientras no se den tales circunstancias, las autoridades civiles o judiciales deben abstenerse de intervenir, y menos de entrometerse. Así, y no de otro modo, debe entenderse el derecho de los hijos a ser educados, y criados, por sus padres, y sólo así (aunque esté erróneamente redactado) habría que interpretar el “derecho constitucional a la educación”…
En estos tiempos que nos han tocado vivir, en los que predominan la mediocridad, la maldad y la indigencia intelectual entre quienes nos mal-gobiernan, y que cada día que pasa se hace más urgente y necesaria una regeneración en España, aunque lo primero sea intentar sacudirse el yugo del gobierno frente-populista que preside Pedro Sánchez, es imprescindible releer a los clásicos, volver la vista atrás, no para regodearnos en la idea de que, cualquier tiempo pasado fue mejor, sino para aprender de los aciertos y de los errores de nuestros ancestros.
Pues, bien retrocedamos unos milenios:
Una de las razones fundamentales por la que Roma duró siglos y siglos fue por la forma en que los romanos eran educados. La educación romana se basaba en el “mos maiorum”, “la costumbre de los antepasados”, conjunto de reglas y de preceptos que el ciudadano romano, apegado a la tradición, estaba obligado a respetar. Transmitir esa tradición a los jóvenes, hacerla respetar como un ideal incuestionable, como base de toda acción y de todo pensamiento, era la tarea esencial de los educadores.
Los romanos que, no poseían un pelo de tontos, tuvieron siempre una idea muy clara de progreso, de avanzar para mejorar y cuando habían comprobado que algo funcionaba, siempre tendían a conservarlo, lo inculcaban a sus hijos en el hogar, en familia, y luego, recurrían a la enseñanza institucionalizada para intentar que se perpetuara.
A los jóvenes romanos, no sólo se les educaba en el respeto a la tradición nacional, patrimonio común a toda Roma, sino también el respeto a las tradiciones propias de su familia de origen.



En opinión de los antiguos romanos la familia es el entorno natural en el que debe crecer y formarse el niño.
La educación de los niños y adolescentes en la antigua Roma se producía en el ámbito familiar hasta los diecisiete años; primero, hasta los siete años, bajo la supervisión de la madre; con posterioridad, bajo la vigilancia del “pater familias”, a quien acompañaban en sus actividades cotidianas.
En la antigua Roma el padre era considerado como el verdadero educador; el pater familias romano se entregaba con plena implicación, en el cumplimiento de su papel de educador.
Si observamos con atención, el contenido de aquella “antigua educación”, advertiremos, en primer lugar, un ideal moral: lo esencial es formar la conciencia del niño o del adolescente, inculcarle un sistema rígido de valores morales, de reflejos seguros, perdurables, un estilo de vida.
Los antiguos romanos consideraban, como he repetido en varias ocasiones, que la educación en las primeras edades de los niños y niñas correspondía en exclusiva a la familia, y bajo la dirección y supervisión de la madre. Es decir que, no existían parvularios, centros de educación infantil.
Transcurrido el tiempo de educación en familia, hacia los siete años los niños se incorporaban a la enseñanza elemental o primaria; posteriormente (tal como en la actualidad en España) pasaban a la secundaria y finalmente a la enseñanza superior. A la misma vez que la red estatal de centros de enseñanza, existían centros educativos privados, obviamente de pago, a los que solamente se podía permitir acceder los hijos de la gente más acomodada, de las oligarquías urbanas y rurales.
Tanto en la red de centros estatal de enseñanza, como en los centros privados, el objetivo principal era preparar a la juventud para que acabase asumiendo cargos de responsabilidad, ya fuera en la empresa privada como en la administración de la cosa pública; tanto en un ámbito como en el otro, los antiguos romanos pensaban que debían estar presentes la honestidad, la laboriosidad y la lealtad. El sistema educativo romano pretendía formar personas de orden, metódicos y enérgicos; una élite activa, emprendedora y bien educada. Los romanos de entonces nunca perdían de vista su ideal de “ciudadanos hechos a sí mismos”, para lo cual, para progresar, tanto académicamente como profesionalmente, o en la política, eran tenidos en cuenta la capacidad y el mérito, sin olvidar el compromiso ético de servicio a sus conciudadanos.
Efectivamente, los antiguos romanos eran educados en la responsabilidad, en la justicia y en el sentido del deber… Todo lo contrario de lo que actualmente se practica en España.



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Se puede afirmar con rotundidad que los antiguos romanos pusieron en marcha un sistema de instrucción pública equiparable a los actualmente existentes en el mundo desarrollado, y que este sistema educativo fue una de las razones de que la cultura, la civilización romana durara siglos y siglos.
Entre las muchas instituciones que heredamos de la antigua Roma está precisamente su sistema de enseñanza, que sin duda, si nos atenemos a sus resultados fue sumamente eficaz. Tal es así que, en los países sensatos, todavía se sigue imitando en gran medida.
Y por ésta, y otras razones, la civilización romana superó en Europa Occidental más de un milenio de existencia (en la Oriental, sobreviviría hasta la toma de Constantinopla por los turcos).
La Civilización Romana emprendió el camino hacia el abismo desde el momento en que sus ciudadanos perdieron de vista los valores de los que he venido hablando, y abrazaron el ideal del “homo festivus”, cuando se adoptó por parte de los gobernantes la máxima de “panen et circenses”, y se condujo a los romanos a una situación de igualdad en la necedad, igualdad en la mediocridad; por supuesto, la administración del estado acabó endeudándose cada vez más, despilfarrando, provocando inflación, entrometiéndose en el mercado, recurriendo al control estatal de los precios, regalando generosamente subvenciones…, las ciudades se fueron empobreciendo, la gente productiva fue esquilmada por el estado, y como era de esperar acabó huyendo al campo, abandonando las ciudades…
 ¿Por qué hacer el esfuerzo de trabajar tu propia tierra cuando sus productos no pueden venderse a precios rentables, ya que el estado los distribuye casi gratis en Roma?, antes de la invasión de los “bárbaros” ya se había producido el colapso del estado, por haber aplicado durante largo tiempo políticas socialistas, por hacer que los ciudadanos llevaran una vida regalada.
Y paralelamente a todo esto, tal cual nos describe Amaury de Riencourt, en “Sexo y poder en la Historia”, “a medida que el imperio romano ganó en extensión, la sociedad romana experimentó una extraordinaria mutación con asombrosa rapidez, pasando del sano estoicismo y la simplicidad a una vida de libertinaje desenfrenado. La prostitución aumentó a pasos agigantados, la homosexualidad se importó de Grecia, y las mujeres se liberaron pronto de cualquier traba. No contentas con suprimir la autoridad absoluta del paterfamilias, las mujeres romanas empezaron a abandonar sus hogares para desempeñar un papel cada vez más importante en la vida política del Estado”.
Esta rebelión feminista poseía un defecto que acabó siendo decisivo: al revolverse contra la autoridad masculina y la supremacía de los valores viriles, en términos estrictamente masculinos, las mujeres romanas destruyeron en definitiva los cimientos de su propia sociedad y civilización.
Dicen que, quien desconoce su propia Historia, está abocado a repetirla, lamentablemente…

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

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