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Cerralbo: Algo más que un político

“El marqués de Cerralbo desarrolló una notable carrera política en la resurrección organizativa del carlismo posbélico, y cultivó una notable vena como erudito arqueólogo y mecenas”

Hace apenas unos meses he tenido oportunidad de leer la larga y completa biografía del XVII Marqués de Cerralbo (Madrid, 8 de julio de 1845-27 de agosto de 1922), Enrique de Aguilera y Gamboa, obra de Agustín Fernández Escudero, y titulada El Marqués de Cerralbo. Una vida entre el carlismo y la arqueología (Madrid, La Ergástula, 2015), y consecuencia de una tesis doctoral previamente presentada en la Universidad Complutense de Madrid. Cerralbo resultaba una figura bien conocida en el mundo del carlismo por los trabajos de Jordi Canal, pero también en el mundo de la arqueología y la prehistoria por su innegable contribución con todas sus luces y sombras. Entre los  descubrimientos destacados se incluyen el cazadero de elefantes en Torralba y Ambrona (Soria) y las necrópolis celtibéricas de Arcóbriga (Zaragoza). Entre esas sombras se incluyen obviamente la metodología aplicada en sus investigaciones que si bien resultaron lógicas en su momento, a largo plazo no lo fueron tanto. En ese sentido, Pilar de Navascués y otros tantos indagaron en su semblanza como mecenas y arqueólogo. Por último de esas facetas adscritas a su biografía no se debe dejar de lado su importante contribución al patrimonio español por medio de la donación en su riquísimo testamento de su palacio en la madrileña calle Ventura Rodríguez, lo que se conoce hoy como el Museo Cerralbo, organizado en su inventariado por su amigo y correligionario carlista Juan Cabré.

En una época provista de prominentes líderes políticos: los Cánovas, Sagasta, Salmerón, Ruiz Zorrilla, Nocedal, Pi i Margall o Castelar, se inserta la trayectoria de este dirigente; quizás no dotado de los caracteres de la demagogia y oratoria del republicanismo, como el Emperador del Paralelo, Alejandro Lerroux, ni del gijonés Melquíades Álvarez. Empero lo que si caracterizó a su figura fue la organización y modernización que impregnó a las desguarnecidas fuerzas del carlismo tras la segunda carlistada (1872-1876) y el pleito integrista del verano de 1888. Se ha dicho mucho acerca de sus orígenes familiares vinculados al carlismo, de los que luego la prensa adscrita trató de propagar. Sin ir más lejos, su vinculación al carlismo se produjo en sus años en la Universidad Central y por sus amistades con Francisco Martín Melgar, secretario por más de veinte años con su rey Carlos VII y también con Juan Catalina. Efectivamente, fueron los promotores de una Juventud Católica (1869). Los primeros años del Sexenio se presentó como candidato a diputado por la Comunión Católico-Monárquica, resultando elegido en 1872 por Ciudad Rodrigo, siendo eclipsado su victoria por el inicio de la Segunda Guerra Carlista. Su labor parlamentaria con posterioridad se centrará en el senado ya que fue senador por derecho propio.

Cabe distinguir dos fases como dirigente del carlismo. La primera abarcaría prácticamente desde la defección de Cándido Nocedal (1885), aunque Don Carlos le nombra “oficialmente” delegado en 1890, hasta 1899, cuando es sustituido por Barrio y Mier. La segunda dirección delegada, al mismo tiempo que es presidente de una Junta Superior Central, ya bajo el “reinado” de “Jaime III”, comprende los años 1912-1918. En todo caso, Cerralbo nunca se desvinculó del carlismo entre ambos liderazgos.

Consciente de la necesidad de adaptar al viejo carlismo adicto a la rebelión –rasgo que, por otra parte, nunca perdió–, fue sentando las bases de un prodigioso aggiornamento, cuyo inicio se entiende por las juntas provinciales y locales carlistas organizadas para celebrar el XIII Centenario de la conversión de Recaredo (1889). La formación de juntas, claves para el posibilismo electoral a nivel municipal y nacional, estuvieron acompañadas de la fundación de los círculos de sociabilidad, donde se recreaba “la arcadia feliz” legitimista; a ello se le debe sumar la propaganda escrita y oral, en forma de intensos viajes de propaganda tanto por las “fortalezas del tradicionalismo” como para expandir las doctrinas carlistas en nuevas áreas –con no pocas dificultades como el conflicto con los blasquistas en Valencia en 1890–; y la actualización del programa tradicionalista a las necesidades de entonces, obra de Enrique Gil y Robles y del natural de Cangas de Onís Juan Vázquez de Mella, a quien Cerralbo introdujo en el carlismo. Desprovistos de la propaganda periodística integrista, se impulsó la publicación de El Correo Español (1888-1922), con una azarosa vida económica que le hizo dependiente toda su vida de la riqueza del marqués.

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El conflicto entre legalismo y los partidarios de la insurrección marcó sus últimos años en la primera dirección, así como un discutido alejamiento del exiliado don Carlos en el Palazzo Loredán (Venecia), así como el sonoro fracaso de la “Octubrada” de 1900. Los años de su segunda dirección se distinguieron precisamente por el nacimiento de la fuerza paramilitar del requeté, que adquiriría gran trascendencia en los años 30 como fuerza de choque contra republicanos y socialistas. En otro orden de cosas, numerosas direcciones regionales plantearon cuantiosas disidencias internas, por ejemplo, en Asturias, pero sobre todo en Cataluña. Los viajes de propaganda resultaron  menos intensos que con anterioridad, y la doble vida del marqués entre sus trabajos arqueológicos y la dirección política mermaron las  posibilidades de un jaimismo aún potente que alcanzaba en las elecciones de 1912, 1916 y 1918 una decena de diputados. Para J. R. de Andrés, experto en el cisma mellista, Vázquez de Mella tenía un mayor control sobre el partido en aquella tesitura, aspecto que parece negar la tesis de F. Escudero. Lo cierto es que la Gran Guerra, así como el confinamiento en Frosdhorf del criptoliberal Jaime III permitió a Mella y Cerralbo tomar una posición germanófila, poco del gusto del pretendiente y su secretario particular, Conde de Melgar.


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