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Sí, se puede consumir #lonuestroprimero

En relación a la campaña de VOX para fomentar el consumo del producto nacional

Ni debe ni puede caber duda de que España ha entrado en una crisis económica que, por cierto, ya se estaba manifestando antes de la pandemia (igual que a nivel de Eurozona se daba una recesión financiera no reconocida por los adláteres del Banco Central Europeo).

Tampoco es indiscutible que los trabajadores con menor remuneración (cuestiones de experiencia, del valor subjetivo de los roles asumidos…) así como las pequeñas y medianas empresas saldrán más damnificadas que las compañías multinacionales y otras clases de compañías de mayores dimensiones.

Toda medida económica tendrá unas consecuencias no necesariamente intentadas, en todo el conjunto de la sociedad y el tejido empresarial del que, de una u otra forma, puede ser una considerable componente. Podemos hablar de las subidas del SMI, del pretendido aumento de Sucesiones y Sociedades, las deudas de los ERTE y la llamada “paguita“.

En cualquier caso, las distintas opciones del arco parlamentario político han ido discutiendo sobre la situación económica y las recetas que ellos, como miembros del régimen de partidos del 78″, consideran más aceptables y convenientes para lo que podríamos considerar como “planes de contingencia”.

Por ejemplo, en los últimos días, desde la formación política VOX, se ha lanzado una campaña bajo el eslógan Lo Nuestro Primero, que básicamente pretende fomentar el consumo de productos locales, regionales o, en su máximo nivel, simplemente, nacionales, de cualquier parte de España.

El secretario de Acción Política y eurodiputado Jorge Buxadé presentó ayer, en rueda de prensa, afirmó, acertadamente que «España no saldrá adelante con paguitas y cartillas de racionamiento […] [sino] con esfuerzo, trabajo, creatividad y generosidad». Además de ello, incidió en la importancia de promover el turismo y el consumo nacionales.

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Precisamente, sobre esta campaña versará el análisis a desarrollarse a continuación, pero no tanto por quien la haya propuesto o dejado de proponer, sino por el fondo de la cuestión. De hecho, no son pocos quienes, en el sector de la opinión pública, estarían suscribiendo perfectamente (tratándose, obviamente, de un sentimiento comprensible).

El patriotismo (sentimiento) puede ser y seguir siendo un criterio de demanda

Si atendemos al comportamiento humano (dejando al margen discusiones sobre lo que se pudiera haber postulado por equis autoridad de determinada escuela o corriente económica), es bastante evidente que cuando uno demanda un bien o servicio en el mercado, se suela tener algún que otro factor en cuenta.

Entre esos condicionantes de la acción final del cliente (compra/adquisición) figuran la calidad del producto, el coste, el lugar de procedencia y las garantías que ofrece la empresa, la utilidad. Pero obvio es que no siempre se tienen en cuenta todos estos, ni siquiera de la misma manera.

El consumidor puede dar más prioridad a sus ahorros, a las cuestiones sentimentales o hacia cualquier otra preferencia o preocupación personal (como se suele decir coloquialmente, “cada persona es un mundo”). Da igual que hablemos de la salud, de la inmobiliaria, de la tecnología, la cultura o la alimentación.

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Por lo tanto, tiene sentido que, del mismo modo que uno puede preferir beneficiar económicamente a un familiar o a su mejor amigo en un intercambio de mercado, otro prefiera hacer primar un sentimiento patriótico, de aprecio al producto local, regional o nacional.

Obviamente, ese criterio de demanda es totalmente legítimo (incluso aunque resulte ser una recomendación de terceras personas que pudieran ser físicas o jurídicas). El problema se da cuando se quiere recorrer la pendiente de la planificación centralizada de la oferta y la demanda por medio de estructuras modernistas.

No es cuestión de cuestionar el capital humano nacional

Pese a quienes nos gobiernan así como a la pésima calidad del sistema educativo en general, España es fuente de gran capital humano (bueno, lo ha sido a lo largo de su historia). De hecho, a nuestros antepasados les debemos grandes aportaciones a ámbitos como la ingeniería, la medicina y las matemáticas.

Prueba de ello es que Juan de la Cierva ideó el prototipo-base del helicóptero, que Isaac Peral inventó el primer submarino torpedero, que Arturo Soria procuraba perfeccionar el modelo de teléfono inventado por Graham Bell, que Echegaray elaboró obras bibliográficas densas sobre geometría y que Ramón y Cajal estudió procesos de las células nerviosas.

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De hecho, en la actualidad, tanto los médicos y enfermeros como los ingenieros españolas tienen buena prensa más allá del viejo continente y esos territorios que componen la hermandad hispánica. Por lo cual hemos de reconocer lo que corresponda a esa comunidad de españoles que es creativa e innova en pro y pos del bien común.

Ni siquiera hemos de olvidar que la dieta mediterránea es una de las más saludables del área a considerar como Occidente (en contraposición con la tendencia de muchos americanos del Norte a abusar de la llamada “comida rápida”), teniendo bastante demanda fuera de nuestras fronteras (por ejemplo, en China, muchos admiran los jamones españoles).

No obstante, del patriotismo al etnocentrismo nacionalista hay un paso. Es más, haciendo un pequeño ejercicio de empatía, igual muchos reconocerían que no sería de recibo que los agricultores franceses siguieran rechazando nuestras naranjas o que algún británico rechazara a médicos ibéricos por tan solo hablar en español mayoritariamente.

Es más, en la búsqueda de justificaciones morales (esto se dice ya que no ha de regirse todo en el utilitarismo más absoluto), quizá convenga hacer referencia a esta cita del escolástico Francisco de Vitoria, extraída de su prestigiosa y valiosa obra Orden de Predicadores:

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El hombre tiene derecho al libre comercio, es decir, a comerciar con otros hombres, aunque pertenezcan a una región o sociedad distintas de la suya, siempre que no haya perjuicio para éstas o para sus individuos.

En efecto, alguna acción política es necesaria

Igual que en las relaciones sociales, ya sean familiares o amistosas, las leyes económicas no pueden escaparse de ningún código moral (de ser así, no habría ni prosperidad ni libertad, anulándose por tanto ese propósito de alcance de sociedades tan florecientes como fértiles).

Pero de ahí a una ley positiva bajo criterios artificiales y de capricho de un planificador central, hay un trecho bastante notorio. Eso sí, esto tampoco significa que desde las administraciones públicas haya exención absoluta para adoptar alguna que otra medida. La cuestión es el qué y el cómo.

Respondiendo a lo anterior, igual hay que dejar claro que lo que la clase política debe de hacer es no estrangular más a la sociedad (algo en lo que desgraciadamente perseveran día tras día). Esto implicaría reducir la presión burocrática y fiscal (facilitando así el emprendimiento) así como suprimir los aranceles (perjudican a quienes se dice beneficiar).

Si alguien va a responder a esto haciendo referencia a determinados tratados comerciales de carácter bilateral, hay que decir que son meras tretas del globalismo y del mundialismo para armonizar regulaciones y reforzar tanto a las esferas gubernamentales como a esas grandes corporaciones que están en connivencia con el poder político.

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Asimismo, cabe diferenciar entre lo que supone una división del trabajo a escala mundial y una especie de ideología que pretende satisfacer los objetivos revolucionarios de crear un Estado Único Global articulado por una falsa “religión”, no teniéndose presente para nada a Dios.

Por cierto, en cuanto a China, lo que conviene es que, dentro de la cuestión geopolítica, la eurocracia soviética bruselense y gobiernos como el español rompan con ese régimen tiránico comunista y sigan los pasos de un Taiwán amenazado por el mismo. Por lo menos, Donald Trump tiene claro que ese sistema no es un buen aliado.

Finalmente, ya concluyendo, cabe reafirmarse en que no tiene nada de ilegítimo o cuestionable que uno prefiera valorar más la procedencia de un producto y en que es bueno que valoremos lo que ofrece nuestro mercado (incluso en capital humano), pero teniendo cuidado de no recaer en trampas nacionalistas que no beneficiar a ninguna parte.

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