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Yo no soy del Opus Dei; aunque, para algunas cosas, como si lo fuera

En realidad, la generosidad es la madre de casi todas las demás virtudes.

Imagen con licencia Pixabay

Ya lo dice el título, aunque se pudiera deducir por lo que viene a continuación lo contrario, créanme, yo no pertenezco a la Obra. Ni numerario ni supernumerario, ni siquiera aspirante. Y eso que he pasado gran parte de mi vida profesional en un Grupo empresarial, Banco Atlántico, donde el Opus Dei tenía más que voz y voto. También es verdad que tengo en mis alforjas, entre estudios de preparatoria, bachillerato, ICAI e ICADE, doce años jesuíticos, y ya saben ustedes, lo que se dice de la inquina aparente entre ambas congregaciones.

El porqué de mi visión favorable arranca de buenos amigos que han sido o son del Opus Dei. Quizá Álvaro de Toro, uno de mis mentores laborales, fuera de los más significados. Era un cristiano de misa y comunión diaria, de los que madrugan para estar en el trabajo a su hora, pero no sin antes haber vivido el recogimiento interior que significa la eucaristía. Alguna de mis anécdotas con él, durante la expropiación de Rumasa es bien conocida por muchos, y yo ya me he referido a ella en alguna otra ocasión, pero no soy de esos escritores a los que siguen millones por las redes sociales así que, muy probablemente, casi ninguno de ustedes la recordará, o lo más probable es que la ignoren. Y fue con ocasión de una gestión para Cofimasa, una pequeña empresa financiera del grupo Banco Atlántico, durante los días previos a la expropiación.

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Había sido un viaje a León complicado, con una gestión infructuosa para captar como cliente a Antibióticos y demasiadas horas al volante por las carreteras castellanas. Yo no conduzco bien de noche, así que Álvaro me sugirió que descansara un rato antes de continuar. Aparcamos junto a un bar de carretera, cuando la radio repetía unas declaraciones del ministro Boyer, amenazando la intervención del grupo Rumasa  –Álvaro era amigo personal de José María Ruiz-Mateos y no ocultaba su carácter cerril-, escuchamos en silencio aquella noticia antes de salir del coche; pero ninguno comentamos nada al respecto. Había sido  un día duro e infructuoso, como digo, y la noticia de la eventual expropiación no ayudaba a levantar el ánimo. Además, los días anteriores, Ruiz-Mateos, durante una visita a nuestras oficinas, nos había sugerido que Cofimasa comprara un importante paquete de acciones de una empresa de Rumasa, Covasa, que ni el propio Álvaro conocía en profundidad, con lo que, probablemente, tendríamos en perspectiva un problema añadido.

En la puerta del local, sentado con un cartel entre las piernas, con una abultada mochila a sus espaldas, estaba un joven barbudo y harapiento que alzó la vista y nos miró con la apatía de quien contempla las estrellas a punto de encenderse. Sin embargo, cuando Álvaro se detuvo y sacó su cartera, se le iluminó la cara. El caso es que mi amigo le dio uno por uno todos los billetes que llevaba encima, feliz por tener ocasión de hacer su buena acción del día, pero le debió parecer aún insuficiente, así pues, me pidió que le prestara dinero para procurarle algo más. Yo estaba hipnotizado y admirado, aunque apenas llevaba encima lo necesario para el peaje y la gasolina; así que no lo pensé y se lo di. Luego, ya dentro del establecimiento, frente a las dos tazas de café que habíamos apurado, mi amigo Álvaro, un hombre de los que ya no hay, se rio abiertamente cuando el camarero, señalando al barbudo harapiento que se despedía de nosotros con un gesto amable, nos puso otros dos cafés en la mesa. «Invita el señor», dijo. Respiramos aliviados, pues ambos sabíamos que ni él ni yo habíamos contado con aquel pequeño gasto antes de vaciar nuestros bolsillos. Y nos fuimos camino de Madrid, especulando entre risas sobre qué reloj habríamos tenido que dejar en prenda si nuestro mendigo perro-flauta, no nos hubiese invitado. La nieve había desaparecido del Alto de los Leones y llegamos a Madrid con la reserva, pero contentos y satisfechos del viaje. Yo pienso ahora que, aunque no conozco mucho de san José María Escrivá, Álvaro hubiera merecido también estar entre sus santos, sin la menor duda. En realidad, la generosidad es la madre de casi todas las demás virtudes, y Álvaro de Toro me enseñó a practicarla porque él no me devolvió, pues yo nunca le pedí que me pagara, mi insignificante préstamo-limosna.

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Cayó por casualidad, o quizá causalidad, recientemente en mis manos un libro de denuncia ante la canonización del fundador del Opus Dei y, recordando a Álvaro de Toro, algo en mi interior saltó como un resorte. No soporto la tergiversación y la mentira porque creo que no hay nada peor que pretender engañar con medias verdades. No cabe por tanto calificar un proyecto por la acción de alguno o algunos de sus miembros, pues ya sabemos que hasta Jesús tuvo un discípulo que se torció. Pues bien, dice en algún sitio aquel escrito lo siguiente: “Varias son las características de este tipo de hombre envasado por el Opus” y detalla: el menosprecio total de uno mismo; el aislamiento del entorno; la incomunicación con quienes no pertenezcan a la Obra… En fin, no pretendo hacer un libelo del libro, pero ya habrán notado que adolece de equilibrio. Quiero recordarles  algunos de los que públicamente se han declarado pertenecientes al Opus Dei, para que ustedes mismos juzguen si son personas que se menosprecian, escasamente comunicativas, o aisladas. Vean como ejemplo a mi amigo Álvaro, al propio José María Ruiz-Mateos o su esposa Teresa Rivero; a Luis de Guindos, hoy vicepresidente del BCE; al portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls; o los periodistas Pilar Urbano y Jesús Hermida… Así que no quiero cansarlos con una relación interminable de personas a las que nadie, en su sano juicio, pudiera calificar en esos términos. 

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A menudo marginamos que las cosas no se hacen solas, más que criticar o controlar lo que hacen o no hacen otros. Los cristianos estamos olvidando que Jesús proclamó durante su vida que no existe peor vicio que la pereza. Y ésta lleva demasiado tiempo permeando la cultura de nuestros correligionarios como un lastre cada vez más insoportable. Un obstáculo que no es sino la exigencia de unos pretendidos derechos, que no suelen ir acompañados de similares deberes sociales. Un modo de vivir la religión que amenaza la convivencia cristiana y bien pudieran sumirnos en el desencanto. Porque la palabra de Dios no se detiene en la oración cuando lo que se exige es la acción, el trabajo, la Obra. Lo hemos visto, por ejemplo, en Madrid con la gran nevada de estos últimos días cuando muchos clamaban para que se limpiaran las calles, pero no apartaban ellos mismos la nieve caída frente a sus casas.

Pues bien, “la Obra”, el ideal de vida proclamado como un mantra por san Escrivá de Balaguer, no es sino otra revolución católica interna, frente a la inoperancia; el renacimiento del “Ora et labora” de San Benito de Nursia.

Sorprende quizá, que sea también similar a la nueva ética de la reforma calvinista y luterana, sin duda, lo más valioso que exhibió el protestantismo como chispa de división. Un activo que se contrapuso a quien cifraba la vida únicamente, en la expectación pasiva y orante, ante la que consideraban inminente segunda venida de Cristo triunfador.

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Se puede ser jesuita o del Opus Dei. Se puede sin duda, valorar ambas cosas al mismo tiempo. Y es que, a pesar de lo que puedan leer, el mundo lo que necesita son buenos hombres, personas que piensen en los demás. Precisamente como mi amigo Álvaro de Toro Moreno q.e.p.d.

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