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Defensa de la Melancolía. Defensa del Catolicismo

Ser Católico no es solamente ser posesor de una fe, sino depositario y llama viviente de una Tradición.

El libro de Antonio Ríos, La Melancolía del Cristianismo [Homo Legens, Madrid, 2020] es una bella defensa dúplice:

Defensa de la Melancolía, entendida ésta no como “estado de ánimo” ni patología de los humores sino como legítima contextura de la persona y como un esencial modo de “estar en el mundo” que es, al tiempo, un hacer de manera suave y civilizada ese mundo.

Pero también es:

Una defensa del Catolicismo, especialmente del Catolicismo tradicional y viril que, lejos de ser un “opio del pueblo”, un escape, un dulzarrón rasgar de guitarras dylanianas y una letanía pop al estilo de “imagine” o “blowing in the wind”, es más bien un empeño noble de rehacer el mundo y hacer de éste valle creatural un digno pasaje a ese Otro Mundo donde la persona se reúne verdaderamente con el Creador y le contempla.

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Ni qué decir tiene que la parte (a) del libro, la que puede parecer más subjetiva y “personal”, puesto que compromete a la fe de cada uno y a cómo la vive ese uno, está magistralmente enlazada con la parte (b) a saber: la tarea de todo católico que no es otra que co-laborar con Dios a que los ásperos y torcidos senderos del mundo, que incluyen instituciones humanas y relaciones sociales, nos lleven a Él y nos alejen del atolondramiento, antesala del pecado.

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Catolicismo atolondrado es el que padecemos desde que soplaron aires posconciliares, y el católico imitó absurdamente al protestante y al comunista, el que hizo de Cristo un “amigo”, pero no en el sentido teológico de amistad para con Dios y para con quienes son sus hijos y nuestros hermanos, sino más bien un “colega” siempre adolescente, demasiado cercano al “amigo” Che Guevara, al ídolo del rock o al telepredicador evangelista. El doctor Ríos analiza con delicadeza de católico melancólico -él mismo- los meandros de esta Iglesia tan desnortada, que perdió los fuelles del Espíritu y, a fuer de ser “alegre” y “abierta” al mundo, se vuelve hueca y kitsch.

Esta Iglesia que se mostró otra vez firme y viril a finales del XIX y buena parte del XX, asumiendo la “cuestión social” con doctrina propia, anti-liberal y anti-comunista a un mismo tiempo, con Pontífices a la altura de los tiempos, verdaderos depositarios de saber teológico bimilenario, santos y sabios sin dejar de ser sagaces hombres de Estado, es una Iglesia que decayó por una pendiente adolescente y protestante, secularizada y facilona a partir de Vaticano II. Fue una Iglesia que deseó dejar de ser melancólica, que optó por reconvertirse en una gran ONG, en una sucursal del mundialismo, en una agencia de auto-ayuda. Es ésta de hoy la Iglesia extrovertida de los lugares comunes, de la psicología barata, de la “neuro-ética” y del progresismo. De haberse ordenado como religiosos, Paulo Coelho o José Antonio Marina podrían haber optado hoy al Papado o, al menos a puestos eminentes en el santoral o en el liderazgo teológico romano.

En nuestros días, ser melancólico es suscitar furias o sospechas. No se perdona. Y es que en nuestros días hay legiones de profesionales “psi” y miles de ocasiones para poner el prefijo “neuro” delante de cuanto antes eran saberes de primera importancia: ética, política, teología. El hombre de hoy sufre, pero para ese sufrimiento no se le procura la vía de la trascendencia. El psiquiatra que recomendara “más espíritu” al afligido, en lugar de técnicas de relajación y pastillas de química para el cerebro, sería encerrado en un manicomio (p. 86). Loco de atar ese profesional “psi” que “se atreviera a proclamar algo así: Aminoremos la ingesta de serotonina y de ejercicios de respiración y practiquemos lo siguiente: arrodíllense usted en el reclinatorio y, después, en el comulgatorio de una vieja iglesia. La nostalgia y la melancolía que allí arrodillado experimentará le ayudará a restablecer su salud. Vaya al campo y a iglesias que aún no se hayan convertido en museos; oiga el dulce e ingenuo canto de las monjas de clausura. Reconózcase limitado, pero atrévase a reconocerse también pecador. Así aprenderá a amarse de verdad a sí mismo sin entregarse a una degustación egocéntrica. Procure seguir el ejemplo de los sabios y los santos, olvídese de los sanos.”

Buscando estar sanos, la Modernidad ha creado una sociedad de locos y neuróticos. Buscando ser santos, o al menos reconociéndose pecadores, los hombres podrían volver a ser personas y la Civilización –la Católica, única centrada en la Persona y no en el “yo”- podría ser una vía regia y enderezada hacia el Cielo.

El verdadero catolicismo es melancolía en el sentido desplegado por Antonio Ríos: “Mientras se afana en la esperanza de otro mundo mejor, ya ha mejorado el existente al entregarlo al orden de la tradición, manteniendo viva la conciencia de que lo repetitivo sostiene al hombre en el mundo. Así, el hombre melancólico ama como ningún otro la naturaleza, que en su esencia circular imita a la tradición. Los ritos tradicionales, la liturgia eclesiástica, no son sino la ordenada sublimación de la naturaleza cíclica. Por eso el melancólico percibe en el campesino y en el monje sus ejemplos aún vivos”.

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Eso es religión. Religación, volver a unir y a reunir: al hombre con su naturaleza, y a su vez, con la naturaleza y el rito repetido, al hombre con su Dios. La misma religión, y sobre todo la católica, es el único y definitivo Manifiesto contra el Progreso. El hombre que quiere ser persona, que desea con corazón reconquistarse como Persona es el hombre que mira hacia atrás, hacia lo hondo, y hacia lo Alto. Mirar hacia atrás (Tradición) y hacia lo hondo (raíces, esencias) es como catapultarse hacia los Cielos que tenemos prometidos. Ser Católico no es solamente ser posesor de una fe, sino depositario y llama viviente de una Tradición: “Sabiamente, el cristianismo no solo asume a Cristo a través de la Escritura Sagrada como fuente de verdad, sino que convierte a la tradición en fuente de verdad misma, como se declara explícitamente desde el Concilio de Trento, coronando así de melancolía al cristianismo” (p.89).

El hombre moderno es anti-católico, es anti-tradicional por definición y lo es igualmente por efecto de una inmensa ingeniería social que ya lleva siglos practicándose. Pocas líneas más tarde, Ríos se pregunta cómo hemos podido abandonar los campos y los templos. Nos han impulsado a ello, y nos han metido en las colmenas de cemento y vidrio, las discotecas y las junglas de asfalto, la vida y la arquitectura “funcional”, los ritmos primitivos de la selva transpuestos por la electrónica, el adoctrinamiento sexualista y la mentalidad hedónica. Ya nos vemos tan cercanos a los animales porque el capitalismo nos ha animalizado. Y cada vez, siendo más “modernos”, estamos más lejanos de Dios. España misma (y mucho ojo al último capítulo de la obra) es el pozo más hondo de la animalización del hombre de Occidente. Hemos perdido la nación, la idea de la persona, el sentido de la Tradición, y nos aguarda un infierno peor que la selva.

Hemos abandonado a Dios, pero Él nunca lo hará con nosotros.

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