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Las iglesias vacías: las buenas razones

El resultado de tantas buenas razones lo estamos viendo: las iglesias vacías, el cumplimiento del precepto dominical desplomándose de mes en mes, las vocaciones sacerdotales brillando por su ausencia.

Imagen Pixabay

Por Javier Urcelay

Por buenas razones, las iglesias buscaron funcionalidad arquitectónica rompiendo con la norma tradicional de los templos cristianos. Primero olvidaron orientarse al sol naciente, símbolo de la Resurrección de Cristo -Sol que nace en el Oriente-, y después la planta en cruz, griega o latina. Desaparecieron cúpulas y campanarios, y su silueta característica desapareció de las ciudades, contribuyendo a su secularización. Primó la funcionalidad, y las nuevas iglesias empezaron a parecerse por fuera a polideportivos y por dentro a auditóriums o salas de conferencias; a veces al lobby de los hoteles, diáfanas, con exquisitas megafonías, sin púlpitos ni capillas, versátiles y con vocación de salas multiusos.

Por buenas razones, desapareció el agua bendita con la que santiguarse, y la costumbre de “quitarse el sombrero” -milenaria señal de respeto en los varones- y cubrirse con el velo las mujeres, expresión de que se entraba en un recinto sagrado. Costumbre que, con distinta forma, se conserva en las mezquitas musulmanas con la obligación de descalzarse, acatada con entusiasmo por los turistas occidentales.

Por buenas razones, desaparecieron las velas, que se consumían en holocausto apuntando con sus llamas al cielo, símbolo ancestral del culto y la adoración. Una profusión de plantas y macetas, sin más sentido que la decoración, tomaron su lugar.

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Por buenas razones, el Sagrario, presencia viva del Señor con nosotros, antes el centro del altar, fue relegado a una capilla o sala lateral, a veces físicamente separada de la nave central.

Por buenas razones, en las nuevas iglesias se prescindió de las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos, que excitaban la piedad y la devoción. Sin capillas laterales ni imágenes a las que venerar, ante las que recogerse en íntima oración, las paredes pasaron a estar desnudas o adornadas -de nuevo adornadas- con imágenes conceptuales de arte moderno, incapaces de suscitar la mínima emoción. Ello acarreo con el tiempo la práctica desaparición de los talleres de arte cristiano y la extinción de imagineros, pintores religiosos y orfebres.

Los santos, desaparecidas sus imágenes, dejaron de proponerse como ejemplos para la vida cristiana, cayó en desuso la mención a sus festividades y a los ejemplos de su vida en las homilías, en las que fueron sustituidos por los nuevos días mundiales: de la mujer, del hambre en el mundo, de los medios de comunicación o de la lucha contra el cambio climático, muchas veces al dictado de los organismos internacionales.

Por buenas razones, se arrinconó la música sacra, riqueza inmemorial de la Iglesia, y fue sustituida por las guitarras, con adaptaciones forzadas y ripiosas de canciones de Bob Dylan o los Beatles, las mismas que, con la letra original, se oían en los bares o discotecas. Ahora ni eso, porque ya no van a la iglesia jóvenes que las toquen.

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Por buenas razones, se redujeron los ornamentos sagrados del altar, el cubre cáliz y los corporales, y los ropajes sagrados con los que el sacerdote se revestía, el cíngulo, el amito, la estola, la casulla reglada para cada tiempo del año litúrgico. Pronto se olvidó el profundo significado de cada una de esas prendas sagradas con las que el sacerdote celebraba el Santo Sacrificio de la Misa, y se dejaron entrever por encima y debajo de albas y casullas los cuellos de las camisas de cuadros y los vaqueros y zapatillas deportivas del nuevo atuendo sacerdotal.

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Por buenas razones, se prescindió de los monaguillos y de su colorida vestimenta tradicional, con la que los niños correteaban por las sacristías y se acercaban por primera vez al altar, y en los que ayudar a Misa dejaba una profunda huella para toda la vida, a veces preámbulo de una vocación al seminario.

Por buenas razones se ordenó que el sacerdote, cuyas oraciones y palabras en la celebración litúrgica se destinan a Dios, celebrara de cara a la asamblea, es decir, de espaldas al altar de ese mismo Dios a quién se dirige. En ninguna audiencia humana concedida por cualquier autoridad se le ocurriría a nadie que el portavoz del grupo se dispusiera de espaldas a la autoridad y mirando a aquellos en cuyo nombre pronuncia sus palabras.

Por buenas razones, se abandonó el latín, lengua universal y milenaria que unificaba el orbe católico, y el viajero se encontró incapaz de seguir ya la Misa en otros países. A veces incluso en algunas regiones del suyo propio.

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Con la adopción de las lenguas vernáculas se consideró innecesario el Misal que los fieles portaban a Misa, que fue arrumbado por inútil. Con él desapareció no solamente un valioso auxiliar para atender y entender la Misa, sino un completo manual de vida espiritual que servía para aprender y recitar las oraciones tradicionales de la Iglesia, prepararse para los sacramentos y vivir las prácticas piadosas propias de la vida cristiana.

Por buenas razones, se prescindió de gestos y ritos que unificaban a la comunidad orante y subrayaban la participación del cuerpo en la oración: los golpes en el pecho, la postura levantada o sentada, arrodillarse en el momento solemne de la Consagración, subrayada por el toque de la campanilla…

Por buenas razones, se autorizó la comunión en la mano y en las iglesias más progres quedó a un paso del autoservicio. Se prescindió de la bandeja de comulgar, que protegía a la Sagrada Forma del riesgo de caer al suelo o manipularse indebidamente. Ahora, con las normas adoptadas para la pandemia, no es raro que los comulgantes se la lleven hasta el banco al tiempo que con la misma mano se quitan la mascarilla.

Por buenas razones, los confesonarios desaparecieron de las iglesias o entraron en desuso para ser sustituidos por pequeños recintos en los que encontrase con el sacerdote cara a cara, en el despacho parroquial o la sacristía. Se abandonó la rejilla que protegía el natural pudor de muchos penitentes, lo que, junto a la desaparición del sentido del pecado, propició un abandono en masa del sacramento de la Confesión.

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Por buenas razones, las grandes festividades religiosas grabadas en la tradición y que marcaban el calendario cristiano, se trasladaron a los fines de semana por criterios de eficiencia o alineamiento con el calendario civil, y así se borraron de la conciencia del pueblo de Dios fiestas clave como el Corpus Christi o la Ascensión. Hasta el día de la Madre dejó de celebrarse el día de la Fiesta de la Inmaculada, sin mayor resistencia, para establecerse en la fecha determinada por la conveniencia de los centros comerciales.

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Por buenas razones, con la mejor voluntad, creyendo acertar, las iglesias perdieron el carácter de templos sagrados en los que habita el Santo de los Santos, la liturgia se despojó del sentido de adoración del Misterio y su carácter sacrificial, los fieles fueron invitados a encontrarse con la comunidad en lugar de con su Creador y Redentor, la oración personal y el recogimiento interior tuvo que ceder ante los cantos, las idas y venidas de unos y otros en el altar y las continuas improvisaciones del oficiante dirigidas a los feligreses.

La celebración del Domingo como día del Señor, se flexibilizó dejando la opción de celebrarse también el sábado, para dar prioridad al esparcimiento del fin de semana (y con la pandemia, se insinuó que la Misa seguida desde casa era una fórmula igualmente aceptable).

La razón de todo era para facilitar el acercamiento a la Iglesia, para atraer a los jóvenes, para abrirse al mundo, para resultar cercanos, para huir de lo pesado, de lo tenebroso, de lo antiguo, de lo raro, de lo lejano, de lo pasivo, de lo clerical, de la beatería preconciliar, para hablar un lenguaje que el mundo pudiera entender…

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El resultado de tantas buenas razones lo estamos viendo: las iglesias vacías, el cumplimiento del precepto dominical desplomándose de mes en mes, las vocaciones sacerdotales brillando por su ausencia, los sacramentos como el bautizo, la Primera Comunión o la Confirmación abandonados, la juventud sin pisar los templos y la secularización de la sociedad española avanzando a un ritmo pavoroso.

Me impresionó una frase que escuché una vez a Félix Rodríguez de la Fuente: “Pusimos herbicidas en los trigales para protegerlos de las malas hierbas, y cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos exterminado los conejos y las perdices, los zorros y las águilas”.

Pues eso.

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