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VÍDEO: Otelo, Shakespeare en defensa de los católicos (Club de Lectura)

En esta ocasión traemos a nuestro Club de Lectura una de las obras más destacadas de William Shakespeare: «Otelo».

Otelo ha pasado a la historia como la tragedia de los celos y Desdémona como el símbolo de la inocencia, pero, ¿Otelo representa algo más que los celos? y ¿Desdémona es tan inocente como algunos críticos defiende?

Lo primero que es necesario destacar es que Shakespeare era católico practicante en una Inglaterra muy anticatólica,  y esa catolicidad se puede ver en muchas de sus grandes obras, tal y como comprobaremos en el caso de Otelo

La primera representación de la que se tiene constancia de Otelo data del 1 de noviembre de 1604 en Londres, fecha en la que gobernaba Jacobo I, quien tras suceder a la reina Isabel I en el trono, en un primer momento permitió que los católicos practicaran su religión abiertamente, aunque según fue avanzando su gobierno la persecución a los católicos volvió a ser la práctica común.

Aunque algunos quieren ver en Otelo una tragedia en la que el único protagonista son los celos, en realidad la obra inmortal de Shakespeare va mucho más allá, y es una clara manifestación de la angustia y la ira que sintieron los católicos tras la reintroducción de leyes que hicieron ilegal la práctica de la fe católica y que hicieron que ser sacerdote o apoyar a los católicos fuera condenado con la pena de muerte.

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Estas leyes de persecución a los católicos fueron reintroducidas poco a poco por el nuevo rey, Jacobo I, derrumbando las esperanzas de los católicos que habían esperado del nuevo monarca la tan ansiada libertad religiosa para los católicos.

Como católico, Shakespeare compartía con los miles de perseguidos una intensa ira hacia el nuevo rey por su acto de traición que había defraudado las esperanzas de los católicos ingleses.

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Es sumamente curioso como Shakespeare para su Otelo se inspira en una obra de Cinthio, publicada en Venecia en 1565, y lo más significativo es que el malvado personaje que ocasiona toda la trama que concluye en tragedia en la obra original llevaba por nombre Alfiero que Shakespeare cambio por Yago, es decir Santiago, es decir el rey Jacobo I, vinculando por tanto al malvado y maquiavélico Yago, con el rey inglés que incumpliendo sus promesas volvió a perseguir a los católicos.

Otelo, por tanto, es un despiadado ataque al rey Jacobo, y una defensa a ultranza del catolicismo, no una mera representación teatral de los celos. En la primera escena del primer acto el propio Yago nos da la clave de esta interpretación al referir a otro de los protagonistas (Rodrigo) el lapidario “Yo no soy el que soy” parafraseando la forma en que Dios se reveló a Moisés diciendo «Soy el que soy» (Éxodo 3,14), es decir Yago (el rey Jacobo) no es el que es, no es el defensor del catolicismo, tal y como se había presentado al inicio de su reinado.

Poco antes de realizar esta afirmación el propio Yago ya refiere que «Dios sabe que no actúo por afecto ni obediencia, sino que aparento por mi propio interés”, es decir, como el rey Jacobo no actúa por el bien de su pueblo, ni de los católicos, sino por su propio interés en mantener el trono, por lo que Yago se declara de forma abierta anticristiano manifestando su orgullo, al igual que el protestantismo y el anglicanismo, considerando que él solo tiene el poder de ser lo que quiere ser sin la necesidad de Dios. 

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Habiendo tramado el complot para provocar la caída de Otelo (pues el propio Yago creía que Otelo le engañaba con su propia mujer), Yago hace uso de palabras engañosas, tratando, y consiguiendo, envenenar el espíritu de moro Otelo al insinuar que Desdémona está en una relación adúltera con Casio, envenenando así el amor del moro por su desventurada esposa. Yago representa el engaño pues no sólo engaña a Otelo, sino también a Rodrigo, y a Casio, fingiendo una inexistente amistad, y a su propia mujer Emilia, que es utilizada como instrumento para falsear las pruebas de la supuesta infidelidad de Desdémona.

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En toda esta trama Desdémona se convierte en la protagonista involuntaria, y en la supuesta víctima inocente, pero ¿es ella tan pura y casta como muchos críticos parecen creer?

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Para responder a esta pregunta, debemos comenzar con las razones de su atracción inicial por Otelo. No es su cortesía lo que la atrae, mucho menos su práctica de la virtud cristiana; son los historias que cuenta de sus aventuras en alta mar y en tierras extrañas, muchas de las cuales son claramente falsas las que atraen al amor de la bella veneciana, es decir Desdémona parece sentirse atraída por las mentiras de Otelo, y por tanto una relación montada sobre la mentira no parece la mejor manera de construir una sana relación matrimonial.

Desdémona, desoyendo los consejos paternos (acto de orgullo) presta su codicioso oido a las engañosas palabras de Otelo, y decida comprometerse con una aventurero que no tiene probada su fe cristiana. Desdémona se ha ganado el marido que desea y sacrifica los sentimientos de su padre en su decisión de fugarse con el moro. Actúa de manera precipitada e imprudente, y se equivoca ingenuamente en un matrimonio que la conducirá a la muerte. 

Aunque Desdémona es de hecho «inocente» del pecado de infidelidad del que se le acusa, es culpable de una crasa credulidad al creer en las historias fantásticas que Otelo contaba sobre sus pasadas aventuras y es extremadamente crédula al fugarse con un hombre al que apenas conoce. Por lo tanto, es parcialmente culpable de la peligrosa situación en la que se encuentra. Ella es inocente del pecado de adulterio por el que fue asesinada, pero es culpable de la traición a su padre y la imprudencia inherente a su fuga. 

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La víctima irreprochable de la obra no es Desdémona sino Brabantio, el padre amoroso que murió con el corazón roto después de que su hija lo abandonara. Siendo esto así, es un error colocar a Desdémona en la ilustre compañía de las nobles y santas heroínas de Shakespeare.  Ella sufre las consecuencias de sus propias acciones irresponsables.

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El orgullo por tanto parece ser el protagonista de la obra, el orgullo de una Desdémona despechada, que sin cálculo alguno decide entregarse a Otelo, el orgullo de un Yago que prima la venganza a cualquier otra razón, y que no concibe la moral como un freno, y el propio orgullo de Otelo que en su discurso final trata de justificarse al decir:  «hablad de quien amó demasiado y sin prudencia» pues para un católico el amor es siempre entregar la vida del amante por el bien amado. El amor es siempre morir a uno mismo para que uno pueda entregarse plenamente al otro. En este sentido, Otelo nunca amó a Desdémona. Por el contrario, en una inversión infernal del verdadero sentido del amor, Otelo entrega la vida de su amada en aras de sus propios celos, sacrificándola en el altar de su propio orgullo. Esto no es amor, sino todo lo contrario. En lugar de ser alguien “quien amó demasiado y sin prudencia”, era alguien que ni amaba sabiamente ni lo suficientemente bien.

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