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La celebración de la Santa Misa en la pluma de un laico Santo, filósofo y mártir, del siglo II

Que emocionante constatar una vez más que nuestra fe ha permanecido inmutable durante estos 1871 años y que los Misterios que hoy celebramos son los mismos que celebró San Justino, los mismos que celebraron los Apóstoles, los mismos que nuestro Señor Jesucristo nos dejó.

Imagen con licencia Pixabay
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San Justino Martir  fue un filósofo de origen pagano converso al cristianismo. Nacido en Flavia Neápolis -actual Naplusa-  en la región de Samaria en el año 105 de nuestro Señor y muerto por amor a Cristo en la ciudad de Roma en el 163.

Filósofo cristiano y laico escribió varias obras de las cuales lamentablemente solo conservamos tres: la primera y segunda Apología  y el Diálogo con Trifón.  Nos ocupa en este momento la Primera  Apología que Justino dirigió en el año 150  al Emperador Antonino Pio, a sus hijos adoptivos,  Lucio Vero y Marco Aurelio y al senado romano. En ésta obra hay cosas verdaderamente provechosas de leer, pero solamente reproduciremos a continuación los pasajes en los que San Justino describe la celebración de la Santa Eucaristía, algo que es verdaderamente emocionante para cualquier católico,  ya que nos ofrece un testimonio de primera mano de como ofrecían la Santa Misa los primeros cristianos.

Veamos pues:

 «En cuanto a nosotros, después de esta primera iniciación (bautismo), recordamos constantemente entre nosotros estas cosas; y los que tenemos (bienes), socorremos a los necesitados todos y nos asistimos siempre unos a otros.  Por todo lo que comemos, bendecimos siempre al Creador de todas las cosas por medio de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo.  El día que se llama del sol se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos» (Primera Apología 67).

«Elevamos fervorosamente oraciones en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado (acaba de ser bautizado) y por todos los otros esparcidos por todo el mundo, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados por nuestras obras, personas de buena conducta y observantes de los mandamientos, para así alcanzar la salvación eterna.  Terminadas las oraciones, nos saludamos mutuamente con un beso» (Primera Apología 65).

«Y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, las «Memorias de los Apóstoles (los evangelios) o los escritos de los profetas.  Luego, cuando el lector termina, el que preside toma la palabra para hacernos una exhortación e invitación para que imitemos esas hermosas  enseñanzas. Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos (a Dios) nuestras preces» (Primera Apología 67).

«Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, da lo que bien le parece, y lo recogido se entrega al que preside.  Y él socorre con ello a huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están en la indigencia, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él se constituye provisor de cuantos se hallan en necesidad» (Primera Apología 67).

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«Luego, al que preside (cf. 1 Tm 5,17) la asamblea de los hermanos, se le ofrece pan y un vaso de agua y vino templado, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por del Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: ‘Amén’ (cf. 1 Co 14,16). ‘Amén’, en hebreo, quiere decir ‘así sea’.  Una vez que el presidente ha terminado la acción de gracias y todo el pueblo ha manifestado su acuerdo, los que entre nosotros se llaman diáconos, dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino mezclado con agua sobre los que se dijo la acción de gracias, y lo llevan a los ausentes»(Primera Apología  65).

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«Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, de la que a nadie es lícito participar, sino al que cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y ha recibido el baño para la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a los preceptos que Cristo nos enseñó.  Porque no tomamos estas cosas como pan común ni bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne (cf. Jn 1,14) por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así también el alimento eucaristía por una oración que viene de Él -alimento con el que son alimentados nuestra sangre y nuestra carne mediante una transformación-, es precisamente, conforme a lo que hemos aprendido, la carne y la sangre de Jesús hecho carne.  Es así que los Apóstoles en las Memorias, por ellos escritos, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así le fue a ellos mandado obrar, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: ‘Hagan esto en memoria mía, éste es mi cuerpo’ (Lc 22,19). E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: ‘Esta es mi sangre’ (c. Mt 26,27-28), y que sólo a ellos se las dio» (Primera Apología 66). 

«Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, y al siguiente al día de Saturno, que es el día del sol, se apareció a sus apóstoles (cf. Mt 28,9) y discípulos, enseñándoles estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para su examen»
(Primera Apología 67).

Que emocionante constatar una vez más que nuestra fe ha permanecido inmutable durante estos 1871 años y que los Misterios que hoy celebramos son los mismos que celebró San Justino, los mismos que celebraron los Apóstoles, los mismos que nuestro Señor Jesucristo nos dejó.

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Gonzalo Wilfredo Gomez Olivas

Gonzalo Wilfredo Gómez Olivas, nació en Matagalpa Nicaragua el 10 de enero del 2000 de un matrimonio católico, conformado por Napoleon Francisco Gómez Gonzales y Teofila Francisca Olivas Alfaro, penúltimo de ocho hermanos. Joven Católico orgulloso de ser hispano y que trata de vivir su fe, heredada de sus padres y demás antepasados, de una forma coherente.

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