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Análisis

La guerra contra los sexos a la luz del tomismo

Fue el cristianismo la religión que otorgó la máxima dignidad a la hembra de nuestra especie.

En los últimos tiempos se ha librado una guerra contra los sexos. Se proscribe esta palabra y se la quiere suplir, incluso por vía de preceptos legales, por la muy diversa de “género”. Género es categoría gramatical y atiende a las normas internas de un idioma. El género de las palabras es, de una parte, convencional y fruto de la historia de los usos lingüísticos de una comunidad de hablantes a lo largo de los siglos, y esa historia es ajena muchas veces a la naturaleza de las cosas. Esto explicaría que ciertos objetos sean de género masculino en unas lenguas y de femenino, o neutro, en otras. Los objetos, cuando no son seres vivos, son asexuados y esa “asignación” de género obedece a las reglas internas de una lengua y a su evolución. De otra parte, el género de las palabras no modifica el ser de las mismas, y este ser de las cosas va a seguir siendo lo que en efecto es con plena independencia de cómo nosotros le queramos designar, categorizar, referir. Como la actual guerra contra los sexos es, de la misma manera, una guerra contra la realidad, parecía imprescindible hacer estas consideraciones previas, no por obvias menos urgentes en tiempos de confusión deliberada por parte de los ingenieros sociales y de los ideólogos de género.

El hecho de que en la naturaleza humana, en común con la naturaleza de muchos animales irracionales, haya sexos, y en número exacto y determinado de dos, es cosa que ha de verse como de maravilla, como una perfección de nuestra especie que ha sido querida por Dios. También en el primer estado de inocencia, previo a la caída, hubo sexos y solamente dos sexos. En la Suma de Teología el Aquinate escribe:

 “Nada de lo que se refiere a la perfección humana faltaba en aquel estado de inocencia. Así, como a la perfección del universo contribuyen los diversos grados de cosas, así también la diversidad de sexos acrecienta la perfección de la naturaleza humana. Por lo tanto, en el estado de inocencia nacerían ambos sexos.” [S.Th. C.99. a.2 Sol.].

Adán recibió de Dios, como es bien sabido, una compañera. Su propia perfección dentro de su humanidad exigía que el varón tuviera al lado una hembra, lo que es como decir que no hay perfección de lo humano si esta no se expresa de la doble manera sexuada, bajos las formas (ambas necesarias para formar la especie) de varón y de hembra. Nunca habría gozado nuestra especie de la misma perfección de que ahora nos complacemos, si no se hubiera plasmado en esa doble condición sexuada. Es cierto que, en estado de separación del cuerpo (tras la muerte corpórea y antes de la restauración gloriosa de nuestros cuerpos en el más allá), entre el alma del hombre y el alma de la mujer no hay diferencias ante la mirada de Dios, y pienso que las diferencias que pudieran conservarse se confinarían al interior consciente de cada alma en estado de separación, las cuales se derivarían de la memoria: éstas serían fruto del recuerdo de las experiencias biográficas que como varón o como hembra cada uno los seres humanos podrían conservar una vez abandonado este mundo terreno. Esa memoria de nuestra vida como compuesto que es el ser individual en la tierra, es una memoria entendida en el plano intelectual, y hay que suponer que no se perdería en estado de alma separada, abandonada la tierra.

Fue el cristianismo la religión que otorgó la máxima dignidad a la hembra de nuestra especie, al narrar las Escrituras que Eva surgió de una costilla de Adán. Lejos de dar a entender, con esta imagen, una dependencia o sumisión de la hembra al varón, tal y como protestan hoy las harpías andrófobas y las mujeres con complejo de inferioridad, me parece a mí que se realza en la misma la idea de “compañía absoluta” y la necesidad mutua, así como de consustancialidad. Hombre y mujer son “una misma carne” y más cuando se dan el uno a la otra en unión de matrimonio. La esposa del hombre está siempre en sus entrañas, y el esposo es uno con ella. Digamos de paso que el hecho de que propio Dios encarnado haya tenido madre, y que de las entrañas de una madre (que sólo puede ser mujer, pese a la locura sexófoba de nuestro tiempo) salga al mundo el mismísimo Dios, es el mayor himno de alabanza a la mujer. Toda mujer, amén de animal mamífero, si guarda para sí vocación de madre y trata de realizarla, haciendo caso de un instinto, pero superándolo con su humanidad, viene a santificarse trayendo al mundo vida humana y cuidándola. En cada parto en donde el mundo se beneficia con un bebé, se repite analógicamente la creación de vida divina. 

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Las locuras de la ideología de género hablan hoy no ya de dos “géneros”, que además en sus demencias se dice que son fluidos, intercambiables y con infinitos grises en una escala que va del blanco al negro, del macho a la hembra. La potencial infinitud de los géneros se extiende más y más, una vez que el asidero de toda discusión racional sobre el hombre se pierde: y ese asidero es la biología, la biología de la especie humana.

No hay Teología, no hay Moral, no hay Derecho, no hay Antropología si no tenemos un asidero en la realidad. De la realidad biológica se ha de partir, de cómo nuestros cuerpos vienen al mundo (salvo un exiguo número de casos que exigen ayuda médica, quirúrgica o psicológica no para “darse” un sexo, sino para acabar de definir lo que la naturaleza no mostraba con plena claridad). Si el asidero biológico se pierde o se relativiza, todas las disciplinas cruciales que he nombrado arriba (cruciales para construir la nave del Templo que es una Civilización) se derrumban.

La gran paradoja de nuestros días demenciales es que la guerra al sexo, la sexofobia, viene de la mano de un neoplatonismo de lo más burdo (“no me siento a gusto en el cuerpo de una mujer” o “no me identifico con este cuerpo de hombre”). En el neoplatonismo, que erróneamente penetró en la religión cristiana, la persona era únicamente el alma, mientras que el cuerpo era un traje despreciable, unido a ella de manera accidental. Como un traje viejo o feo, podemos como almas en sí subsistentes desprendernos de él y acudir a la búsqueda de otro. Todo el negocio de las operaciones de cambio de sexo, incorporación de prótesis, hormonación, mutilación, etc. se basa en ese dualismo neoplatónico y gnóstico. La verdadera Religión Cristiana nos enseña que la persona es el compuesto: la persona es la unidad misma de cuerpo y alma. Y si bien el alma humana trasciende la existencia de éste cuerpo en esta vida terrena, la persona no es completa sin él, y en otra Vida, ya renacidos, el alma volverá a tomar unión con él, con el suyo, con el que Dios le ha dado. Un cuerpo lleno de gloria y bañado por ella, bien de hombre bien de mujer. 

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Carlos Javier Blanco, asturiano, Doctor en Filosofía. Autor de diversos libros como "La Caballería Espiritual", "La Luz del Norte", "Oswald Spengler y la Europa Fáustica", "De Covadonga a la Nación Española".

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