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PODCAST: Frente a la Cruz

Yo, como muchos otros, quiero misericordia sin justicia, victoria sin combate y redención sin cruz.

Hace unos días celebramos el domingo de ramos, día en el cual Cristo entra montado en un borrico a la ciudad; donde una muchedumbre conmovida exclama: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! Toda Jerusalén parece estremecerse ante la presencia de Su Rey y hasta las piedras parecen no poder callar más la verdad.

Sin embargo, pocos días después, esa misma multitud tornará las alabanzas en palabras de condenación. ¡Ah, multitudes crueles, mezquinas y volubles, que tan ligeramente juzgáis, que tan rápidamente pasáis de la admiración al desdén, que tan rápido cambiáis al Justo por el criminal! Vuestra dureza me hiela, vuestra ingratitud me repugna y vuestro comportamiento me escandaliza; porque me es fácil reconocerme en él. Porque yo también, a mi pesar, soy una cristiana de domingo de ramos, que huye y se esconde; reniega y deserta el viernes de pasión.

Soy, como muchos, católica de navidad, de domingo de ramos, de pascua de resurrección y hasta de pentecostés. Yo, como muchos otros, quiero misericordia sin justicia, victoria sin combate y redención sin cruz. 

A que grado rechaza el mundo esa Cruz que, por mucho tiempo ha intentado en vano destruir y que, de unas décadas a la fecha ha optado; con gran astucia, por menguar y esconder. Ofreciéndonos, una religión en la cual no es necesario el esfuerzo, el sacrificio y ni siquiera la obediencia pues su credo es “el hombre y sus derechos”. Una religión en la cual cabemos todos con nuestras “respetables opiniones” tan absurdas como contradictorias. Una fe en la cual “todos somos bienvenidos” con nuestros caprichos, gustos y deseos. Una religión diluida que acepta condescendiente los pecados, pero abandona a la deriva al pecador; condenándolo, no pocas veces, a la perdición. Una religión que rechaza la inmutabilidad de la doctrina, las perennes tradiciones y la solemnidad en la liturgia. Una religión que busca la unidad a costa de la verdad y esa falsa paz del mundo que poco a poco mata el alma.

Ante este panorama, es importante recordar las palabras de San Pío X: “En nuestros días más que nunca, la principal fuerza de los hombres malos es la cobardía y la debilidad de los buenos, y toda la columna vertebral del reino de Satanás está en la debilidad de los cristianos. ¡Oh! si se me permitiera, como lo hizo en espíritu el profeta Zacarías, preguntar al divino Redentor: ¿Qué llagas son estas en medio de tus manos? La respuesta no sería dudosa: estos me han sido dados en la casa de los que me amaban; dado por mis amigos, que nada han hecho por defenderme y que en cada reunión se han hecho cómplices de mis adversarios.”

Y es que es grande el temor que produce tanto la cruz como ese camino al calvario; empinado, rocoso, estrecho. Si aún Pedro, cuando Cristo le anunció Su muerte (y Su resurrección) rechazó con desagrado la Cruz, por lo que Cristo le reprende tajantemente: «Apártate de mí Satanás, tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Pedro, quien niega a Cristo tres veces mas cuyas lágrimas de arrepentimiento surcaron sus mejillas. Pedro, que consideró tan grande el honor de morir como Jesucristo, que pidió ser colocado de cabeza en su crucifixión. Pedro, que nos demuestra que, con la gracia de Dios, es posible abrazar y amar la Cruz al grado de morir por ella. 

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Cristo, a través de Sus enseñanzas, nos dejó muy claro que, si deseamos seguirlo es necesario negarnos a nosotros mismos y cargar nuestra cruz. El ejemplo de esto nos lo da María, Reina del Cielo y Madre del Redentor. María, sin pecado concebida, quien permaneció al pie de la Cruz. María, Madre Admirable, quien sufrió lo indecible con cada latigazo, cada humillación, cada bofetada dada a Su Hijo amado. María, cuyo Inmaculado Corazón fue traspasado por siete espadas y aún así, nos acogió a nosotros, sus verdugos, como hijos suyos, resanando con su virginal maternidad nuestra orfandad. Como San Ambrosio escribe: “Ella estaba frente a la Cruz, mirando con amor maternal las llagas de su Hijo; y así se quedó, no esperando que su Jesús muriera, sino que el mundo se salvara”.

Y a pesar de ello nosotros, habiendo bebido el veneno del modernismo, esperamos llegar al cielo sin derramar abundantes lágrimas de arrepentimiento, sin transformar radicalmente nuestra vida, sin tener que decidir entre agradar al mundo o agradar a Dios; con esa ingenuidad del llamado católico liberal, que cree que se puede vivir cómodamente en la ciudad del hombre para luego gozar de una eternidad en la ciudad celestial. Hemos despojado a Cristo de Su Cruz y olvidado que los modos y creencias del mundo son contrarios a Cristo y que la ciudad del hombre subordina y escarnece la ley de Dios a los deseos y caprichos del César. 

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El camino al calvario es inevitable en esta vida. La disyuntiva que tenemos es; si subimos al calvario acompañando a Cristo o como simples espectadores, tomando nuestra cruz como el Cirineo o insultando como la muchedumbre, enjuagando Su sudor como la Verónica o pegando latigazos como un soldado más, permaneciendo al pie de la Cruz como San Juan o repartiéndonos sus vestiduras como los oficiales, aceptando Su voluntad hasta el final como María o gritando que nos baje de la Cruz como Gestas. Estamos con Cristo o contra Cristo.

Cristo no eludió el látigo, ni las espinas, ni los clavos, ni la lanza, ni la terrible humillación. Su carne fue flagelada, destrozada, Su cabeza coronada de espinas, Su rostro desfigurado, Su Sagrado Corazón traspasado, Como dijo de El, el santo profeta David: “Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos”. La Pasión de Cristo fue brutal, cruel e implacable porque nuestros pecados son brutales, crueles, atroces. Con Su Pasión y Muerte, Cristo nos muestra la inmensidad de su amor y la monstruosidad del pecado, de nuestros pecados, de mis pecados. Por ello, a Su amor sólo podemos responder con amor. 

Cada vez que deseemos hacer nuestra voluntad sobre la de Cristo, cada vez que tengamos la tentación de servir al mundo en lugar de a Dios, cada vez que sintamos la tentación de abandonar Su Barca, cada vez que nos invada la desesperanza; recordemos que fuimos rescatados, redimidos con la Sangre Preciosa de Cristo. Abracemos con fortaleza y esperanza la cruz o las múltiples cruces que nos corresponda llevar. “La medida del poder llevar una cruz grande o pequeña es el amor” nos recuerda Santa Teresa. Pidamos a Dios crecer en nuestro amor por El. Si la Cruz fue la llave con la que Cristo nos abrió el cielo, después de Su muerte la dejó como escalera para ascender hasta El.  

La oscuridad había cubierto la tierra desde la hora sexta. Era la hora nona cuando Cristo expira entregando Su Espíritu al Padre. El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se rajaron, y las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto fueron resucitados. El capitán y los soldados que custodiaban a Jesús, viendo lo sucedido, exclamaron aterrados: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”. 

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Cristo muriendo triunfa sobre la muerte y a pesar de las tinieblas que parecen cubrirlo todo, la Verdad prevalece. Y prevalecerá, a pesar de está terrible crisis. “Salve, oh Cruz, única esperanza del hombre! Durante esta Marea de Pasión aumenta la gracia de los piadosos y purga a los pecadores de su culpa”. (De la liturgia del Viernes Santo).

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Escrito por

Angélica Barragán Abascal (Daughter of Cortes - Hija de Cortes) es esposa y madre mexicana residente en Estados Unidos.

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