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«La enmienda a la totalidad del progresismo tiene que ser radical, completa y ajena a la partitocracia y al neoliberalismo»

Entrevistamos a Carlos X. Blanco autor del libro «El Marxismo no es de izquierdas».

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Entrevistamos a Carlos X. Blanco quien recientemente ha publicado en la editorial EAS «El Marxismo no es de izquierda» una obra con la que desmonta las falacias de los que se autodenominan defensores de los trabajadores.

          Tanto el PSOE como Podemos se empeñan en convencernos que con ellos los derechos de los trabajadores están a salvo ¿realmente la izquierda actual está comprometida con la defensa de los trabajadores?

De ninguna manera, hablando en general y en referencia a las organizaciones mayoritarias. En realidad, los que se definen a sí mismos como izquierdistas y progresistas siguen, en general, los dictados de una agenda creada por una élite urbana y apátrida, que en España forma parte de la casta universitaria, oenegeta, sindical, funcionarial, etc. Es una élite que mira de manera muy altiva y arrogante al trabajador asalariado y al autónomo modesto, al español que madruga, al que se esfuerza por sacar adelante a su familia y pugna por llegar a fin de mes. También desprecian profundamente a los agricultores, a quienes tildan de reaccionarios, carnívoros, enemigos del desarrollo “sustentable”. Estos odiadores son parte de una casta que no se ha bajado del poder desde el felipismo, ni siquiera en las legislaturas teóricamente conservadoras de Aznar y Rajoy: son los mismos que odian a los autónomos, a todos aquellos que no dependen de ninguna autoridad ni subvención que les marque lo que tienen que pensar correctamente, odian a los que no vivimos de las subvenciones ni de las prebendas. Esta élite izquierdista posmoderna (o progresista) es el resultado inmediato de las agresiones cometidas por el felipismo a toda la clase trabajadora, y no ha dejado de reproducirse y ampliarse desde entonces. Es una élite oclocrática, odia el talento y ataca siempre a los sectores más productivos del país. Felipe González se encargó en los 80 de desmantelar el tejido industrial que rápida y sólidamente había creado el franquismo tardío. 

La novena potencia industrial del mundo fue la España que dejó Franco al morirse, un puesto de honor al que llegó un pueblo que entonces era muy sufrido y responsable, dirigido entonces con criterios técnicos más que ideológicos; aunque, la verdad sea dicha,  España era una potencia económica llena de contradicciones internas que había que resolver y no hubo voluntad para afrontarlas. Una de ellas: faltaba una verdadera integración del factor trabajo dentro de las estructuras del Estado, con una adecuada representación de los productores y unos mecanismos de negociación laboral no clasistas ni liberales que minimizaran los conflictos, entonces endémicos. Se necesitaba un modelo orgánico de representatividad y negociación, sistemas no partitocráticos que protegieran a los obreros de la instrumentación de unos “sindicatos de clase” que eran, y son, en puridad, correas de transmisión y brazos ejecutores de los partidos “progresistas”. Éstos, a su vez, demostraron ser muñecos teledirigidos por el capital extranjero, ultrasubvencionados y comprados, con muy escasa militancia y muy baja participación: fueron creados para poder desmantelar la nación a nivel productivo y convertirnos en la triple colonia que somos ahora: colonia de Estados Unidos, de Bruselas y de Marruecos, quizá en este orden. La autodenominada izquierda actual no hace más que servir de ariete al servicio de la política neoliberal salvaje y criminal ya iniciada por los ministros de Felipe (Solchaga, Boyer), una política económica que ha contado siempre con el apoyo de facto (bajo manto de una críticas puramente verbales y testimoniales) de los comunistas, reconvertidos de forma vergonzante en “Izquierda Unida”. En las horas decisivas, los comunistas de IU casi siempre han apoyado a gobiernos socialistas en municipios y comunidades autónomas, y los sindicatos han participado de los sobornos y cooptación de líderes obreros, de la domesticación de los rebeldes, para llevarlos al redil y permitir que el capital ejerciera su dominación. 

El repliegue de la izquierda posmoderna e indefinida, cada vez más antimarxista, al universo delirante de lo que Prada denomina, muy justamente, “derechos de bragueta” y a la gestión hedónica de fluidos corporales, temas “penevulvares”, y demás, junto con el multiculturalismo y el “generismo” obligatorios , así como el entreguismo al islam y a los poderes que lo promocionan, es la más asquerosa traición al marxismo y a todas las demás corrientes y tradiciones de lucha en pro de la justicia social. Este progresismo antimarxista y postmarxista, como el de Podemos y sus mutaciones y franquicias, colabora en la liquidación de nuestro pueblo. No hay liberación del pueblo si el pueblo ya no existe. En veinte años, en 2042, el pueblo español ya no va a existir.

          ¿La izquierda ha caído en la trampa de la defensa del mercado y los grandes dogmas liberales?

Completamente. Por eso ha dejado de entender Das Kapital de Marx. No lo saben leer, y si lo leyeran con inteligencia quizá dejaría de identificarse con la izquierda y optarían por nociones soberanistas y de tercera posición. Por eso, salvo excepciones honrosas, la izquierda posmoderna que no se ha bajado del carro del poder, y que no cesa de crear “marcas blancas” para completar el rodillo del PSOE (Podemos, Más País, separatistas varios…) no tiene ni remota idea de las leyes económicas del capitalismo. Por eso la izquierda degenerada no hace sino extrapolaciones metafóricas de las leyes del mercado. Tienen tan metido dentro del caletre el virus del liberalismo que no pueden sino aplicar la lógica mercantilista y cosificadora del Capital, y asumen tácita e inconscientemente que la persona es una mercancía cuyo envoltorio puede cambiarse a voluntad. Hoy soy hombre, mañana mujer, pasado una rana y la semana que viene un extraterrestre. La homogeneidad y no diferenciación de las mercancías, la reducción de las esencias y cualidades del mundo a mera transacción económica entre átomos poshumanos tiene su reflejo en una sociedad como la que ellos quieren levantar: una sociedad de hormigas donde no hay identidades sexuales, nacionales, religiosas ni nada. Es el triunfo de la abstracción. El hombre es ya mercancía.

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Por eso en mis libros, como de forma muy especial en este, El Marxismo no es de Izquierdas (EAS, 2022) defiendo la vuelta a la racionalidad. Defiendo una vuelta a la justicia social, al núcleo racional del marxismo, al derecho de los pueblos a defenderse comunitariamente de todas estas tropelías legislativas, represivas e ideológicas contra el Trabajo. Agresión al Trabajo que es, a la vez, un conjunto de agresiones contra nuestro Estado nacional, entidad que debe volver a ser soberana frente al globalismo y a la colonización. Franco admitió, aunque de manera limitada, que los yanquis hurgaran en nuestra soberanía, quizá porque nos faltaba el pan. Es el destino de los pueblos deshechos y pobres. Pero el Régimen del 78 no hizo sino hundirnos más y más en la indignidad: hasta el punto de que somos una prolongación del Sultanato de Marruecos. Aquí vienen sus jóvenes a estudiar gratis y sus excedentes poblacionales a repoblar un yermo y aceptamos una y otra vez sus decretos unilaterales.

De todas maneras, hay una parte de la izquierda, la más afín al marxismo auténtico y la más distante para con las locuras feministas radicales, animalistas y laclauístas (de Ernesto Laclau), que se está rebelando. Hace poco, este mismo mes de mayo, salió un número en la revista El Viejo Topo con un dossier dedicado a Fusaro en el que participo. En él se pone en evidencia qué clase de “izquierda” es esa que se limita a descalificar a un gigante de la Filosofía actual, como es Fusaro, un sabio con docenas de libros filosóficos escritos que nunca leerán ni entenderán los progres, llamándole, con gran desparpajo, “cantamañanas”. Estos perezosos que escriben a las órdenes de Soros en sus panfletos y arrastran sus legañas por los pasillos de las universidades quieren ser ahora una “policía del pensamiento”. Creen que con ser llamado “rojipardo” o alguna cosa peor, los que de verdad hacen frente al capitalismo feroz y a la pérdida de soberanía se van a callar. Ojalá se pusieran a trabajar de una vez, incluyendo aquí el trabajo intelectual. Otro gallo nos cantaría si contáramos en mayor proporción con una juventud estudiosa, rigurosa, productiva y no una serie de pelanas hostiles al trabajo. 

Hay una izquierda y hay un anticapitalismo que no está a las órdenes del globalismo. Por eso se está publicando con libertad en EAS, en Letras Inquietas, en El Viejo Topo, en Adáraga, en La Tribuna del País Vasco, en Tradición Viva… El público más inquieto puede tener acceso en esos sitios a textos fundamentales de Cruz-Sequera, de Fusaro, de Steuckers, de Preve, de Denis Collin.

          ¿Tras el fallecimiento de Franco podríamos considerar que fueron deliberadas las políticas socialistas dirigidas a desmontar el sistema diseñado para la protección de los trabajadores, y de las familias?

Creo que ha sido nefasto el modelo partitocrático, con sus innumerables tentáculos y prolongaciones en sindicatos, asociaciones empresariales, oenegés, etc. Este modelo ha servido para que la presión obrera se neutralizara ante el empuje neoliberal que se inició con la era Thatcher, Reagan, etc. y coadyuvó a que la agresión neoliberal pudiera adaptarse a España con idénticas medidas pero certificadas con el visto bueno de la “izquierda”. Da la impresión de que se bloquearon a posta otras posibles vías de transición a otro régimen post Franco para así poder garantizar el dominio globalista sobre España y lograr su efectiva neutralización. Ya sabe usted: un competidor menos. Para convertir la nación en la triple colonia que es hoy. Repito: colonia de USA, de la UE (Alemania) y Marruecos. Hubo mucho dinero para que Felipe subiera al podio y pudiera convertir a España en un eunuco, un impotente. Un país de camareros y de chiringuitos de playa, un abrevadero para que se emborrachen los extranjeros y para que vivan del cuento a costa de los impuestos de una clase trabajadora exigua, y de una clase media cada vez más reducida.

Asturias, mi nación carnal, fue todo un laboratorio. Y los que lo vivimos en los 80, haciendo frente a esta neutralización brutal a que nos sometieron, deberíamos tenerlo siempre presente. En Asturias, hasta 1978, había una broncínea cultura del trabajo. Trabajo en la “casería”, la granja típicamente regional de los asturianos, y trabajo en la mina y en la industria. Muchas veces era un trabajo de calidad, que exigía preparación y responsabilidad máximas, que redundaba en altas rentas, altos niveles de instrucción y cultura, etc. Pero hubo que demoler el legado del INI así como la preciosa tradición de autosuficiencia asturiana que era “la casería”. Las famosas reconversiones socialistas acabaron con todo ello. Hoy, abundan en mi patria los beodos, los parásitos de la “paguita”, los monigotes refractarios al trabajo y al esfuerzo movidos con hilos por el PSOE y Podemos. Ya casi nadie tiene hijos en Asturias. Gijón, la ciudad que me vio nacer, está llena de excrementos por las calles. Casi no se puede ir por las aceras sin pisar alguno. Hay más perros que personas. Y ellos, los cuadrúpedos, tienen más derechos que los niños, se adueñan de los parques hasta convertirlos en peligrosos. 

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Hace ya muchos años intentamos articular una respuesta específicamente asturiana a la decadencia al margen de unos “sindicatos de clase” que eran parte del problema y no de la solución. Nada que hacer. Desde luego, nada que hacer desde los sectores “nacionaliegos”: pocos en número pero puntuando muy alto en estupidez. Y nada desde la “derecha”, comprometida completamente con el neoliberalismo, indistinguible de los socialcomunistas, esto es, de los que permitieron acabar con sectores estratégicos de la industria y del campo. Los nativos crían perros, y los extranjeros son los únicos que llenan las guarderías. Yo denominé “genocidio” a esto hace muchos. Y me llamaron exagerado y me borraron de la “Wikipedia” (lo cual agradezco hoy en día). El problema existe cuando el propio pueblo admite ir al matadero, de buen grado y con la banderita roja en la mano. Los asturianos, como ya gran parte de España, aceptaron ir al matadero. Lo que he vivido en Asturias en aquellos “años decisivos” ahora lo veo en el resto de España. Quienes colaboran con este régimen quieren que seamos colonia, que nos dejemos invadir, que existamos como pueblo castrado y listo para ser sustituído, y que nos saquen la sangre los vampiros neoliberales, los señores del dinero. Disfruten ellos de lo votado.

Puede leer:  Una rectificación ... y una "ideica"

          La privatización de las empresas públicas, la incorporación de España a la OTAN, la integración en la Unión Europeas, el apoyo a los movimientos independentistas periféricos ¿pueden ser considerados los hitos para conseguir la subordinación de España al gran capital?

Desde luego. Hace años que pienso eso. El colonialismo y la subordinación de los países se realiza en el siglo XX fundamentalmente por medio de unos cauces de subordinación financiera y con instrumentos económicos. Y con el chantaje económico hemos entrado en la órbita yanqui, nosotros los españoles, que jamás debimos olvidar la humillación y las artes traicioneras de la Bestia norteamericana en 1898. Nosotros, que hemos presenciado impotentes un genocidio como el filipino (un millón de muertos), nada más lograr la independencia con los engaños yanquis: la muerte planificada de un millón personas que un poco antes eran los españoles de Asia… El independentismo debería aprender estas lecciones de la Historia. En Europa del Este y en los Balcanes, la Bestia también trajo (trae) consigo genocidios 

¿Qué son nuestros hermanos de las Américas desde que se han separado de España? Esclavos del yanqui, mayormente ¿Sus republiquetas han mejorado bajo el yugo anglosajón? Siempre han estado los dos imperios anglosajones detrás de la fragmentación de la Hispanidad. Deberían ver todos los exespañoles (filipinos, americanos, guineanos, saharauis) en qué se han convertido sus “republiquetas”. Si yugo les había puesto Madrid, sin duda era yugo más dulce que el impuesto por los useños. Prostíbulos, casinos y parques de extracción de materias primas, esclavos en el fondo, ese es el destino de los exespañoles. Al poder del dólar y del euro francoalemán, se le suma el del petrodólar amén de la inspiración de la media luna. Que sigan, que sigan. Lo que les aguarda es caer en el vertedero de la Historia. Los aliados parlamentarios del Dr. Sánchez que desean más republiquetas, vascas y catalanas, que sigan por ese camino.

          ¿La izquierda española es una rara avis, o forman parte activa de un proceso de disolución de Europa?

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Cabe la esperanza de una revuelta del pueblo trabajador y emprendedor, de un abandono de la nauseabunda “ideología exaltadora de las minorías”, de un rechazo absoluto de la ideología posmoderna inventada en universidades norteamericanas bajo cierta pátina posmoderna y estructuralista francesa. Si no abandona pronto la locura del generismo, de la maurofilia, del seguidismo ovejuno de la Agenda 2030, etc. la izquierda española se disolverá en la nada y en la inmundicia, junto con la disolución propia de la identidad española. Será esa izquierda parte del problema, agente causal del mal. Si, por el contrario, vuelve a defender al trabajador, al pequeño empresario, al campesino, hay una luz al final del túnel.

          El concepto de alienación marxista, ¿no choca frontalmente con las políticas de las izquierdas europeas empeñadas en defender a capa y espada el turbocapitalismo?

Si Marx habló de alienación, habló de una “pérdida de la esencia” humana. Marx se inscribe en lo mejor y más clásico de la Filosofía (no sólo fue un hegeliano, fue un aristotélico: ousía, esencia que la humanidad bajo el capitalismo está perdiendo). Pero esta izquierda posmoderna de ahora, mayormente comprada por el Capital, es relativista y nihilista. No hay esencias, luego no hay nada que perder. Han decretado la abolición del hombre (y de la “mujer”). Somos “cosas” que se pueden “tunear”, modificar y “deconstruir”, tales barbaridades nos dicen. No hay mayor alienación que la de ser adalid de un sistema que te aniquila. Los más alienados del sistema son aquellos que, siendo manipulados, instrumentalizados por élites cuya ideología no es otra que ganar dinero, se dedican a entregar ideología a los demás e ideologizarse ellos mismos. Al señor del dinero le importa un rábano el transgénero, la cultura del “despertar” y de la “cancelación”, la ideología lauclauiana o el posmarxismo. Lo que quiere es aumentar el número de idiotas para seguir embolsando beneficios.

Cuando leo ciertas cosas de los sitios de la pseudoizquierda (CXTX, El Salto, El País…) no puedo sino sentir tristeza. Muchos de ellos, autores o lectores, son jóvenes. Si se hubieran aplicado en los estudios podrían haber puesto en cuestión muchas bobadas que les han enseñado en clases universitarias y en libros refritos. Muchos de ellos se habrían dedicado a procrear, en lugar de denigrar a la madre y a las amas de casa. Si hubieran aprendido un oficio o se hubieran preparado unas oposiciones, dejarían de rondar por las redes sociales o por los pasillos de las facultades de Políticas intentando “hacerse querer”, buscando al gran subvencionador, que es en lo que realmente sueñan muchos: sueñan con vivir sin trabajar. Muchos de esos que ahora denigran al que piensa, produce, procrea y emprende, se verán dentro de unas décadas como lo que ahora ya casi son: viejos antes de tiempo, abandonados por un Sistema que les ha engañado, un poder que les ha llevado a una trinchera de guerra que nunca debería haberse cavado. Son los zelenskis que tenemos en cada esquina, en cada comentario de perfil social, en cada crítica que no es crítica. Alguien les ha animado a participar en una guerra mediática en la que ellos son perdedores de antemano. Mientras, los señores del dinero, que no son de izquierdas ni de derechas, son señores de su dinero simplemente, se frotarán las manos. Viejos y sin hijos, sin amor y a rastras con su nihilismo, los exprogresistas del mañana serán como los zombis. Muertos en vida, que comprobarán demasiado tarde que han hecho el oficio de matarifes de un molino de viento, el fascismo, pero matarifes ellos que, muy veganos, no probarán la carne.

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–          La izquierda parece haberse olvidado de la economía pasándose con armas y bagaje al liberalismo más desenfrenado, ¿es quizás esa entrega la que justifica que ahora se nos vendan como luchadores de un fascismo inexistente? ¿no sería más cierto reconocer que el actual enemigo de occidente es hoy el capital sin patria, y sin nombre que todo lo invade y lo controla?

Tanto gastan y desgastan los términos que éstos ya dejan de servir como insulto o sambenito. Ya es “fascista” o “prorruso” o “populista” o “rojipardo” todo lo que deploran. Tanta gente deplorable va a ser toda la humanidad salvo ésta élite sumamente inquisidora. Tantos nazbols va a producir este progresismo que vive a la sombra de este sistema universal de explotación y dominio, que su elitismo y supremacismo no van a hacer otra cosa que acentuarse y se convertirán ellos en los auténticos nazis. Trazarán una frontera: yo y los deplorables. Una minoría irrisoria dicta ya cómo tenemos que pensar y cómo sentir los que ponemos serias dudas y objeciones a esta clase de progreso y a esta deriva de un R78 que no es más que la venta de baratillo de la nación. No hacen más que apoyar el liberalismo más desenfrenado (un liberalismo tal que contradice la propiedad privada y la meritocracia, ejes del liberalismo clásico y razonable), con sus extravagancias y están dispuestos a defender los mayores disparates ideológicos para que esto no se note. A Felipe se le dio bien ser neoliberal en la práctica y socialista de envoltorio. A la progredumbre post-sanchista les va a costar mucho esconder sus excrecencias.

El capital no tiene patria. Los trabajadores y la tierra, sí. Los post y anti marxistas de la izquierda posmoderna desconocen lo más elemental del inter-nacionalismo. La lucha por nuestros derechos se desarrolla en un marco nacional. Es una “cuestión” nacional. No comprender esto es de necios. De necios es identificar globalismo e internacionalismo. 

          De la lectura de su libro «El Marxismo no es de izquierda» parece concluirse que la izquierda ha transitado desde el agnosticismo teológico, al agnosticismo de la realidad, ¿la defensa de la ideología de género, del movimiento de la cancelación, y su defensa de la memoria histórica son manifestaciones de ese alejamiento de la realidad?

Sí, es un alejamiento de la realidad propiciado por la propia ausencia de una ontología, de una teoría de la realidad. La izquierda posmoderna es indigente en materia intelectual y desconoce por completo la filosofía clásica. Urgentemente habría que desintoxicarla de feministas, animalistas, estructuralistas, post-estructuralistas y todas esas cosas. Estudiar con rigor a Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Kant, Hegel, Marx… y dejarse de folletines puesto que, si acabas creyéndotelos, acabas con toda la cultura y arruinas a la humanidad. Yo también repetiría aquello que tantas veces escuché a mi profesor, don Gustavo Bueno: “yo soy tomista y marxista”. De la mano de los grandes siempre se aprende. Ojalá a los futuros líderes del trabajo, de la lucha social, de la justicia soberana, un día se les pueda escuchar: “somos tomistas y marxistas”. Hay una realidad, y hace falta devolver la política nacional y mundial a la realidad. Eso implicará que la política habrá puesto de rodillas a la economía, que el factor trabajo domina sobre el factor dinero, y que el hombre no impedido que no trabaje no merecerá comer. Necesitamos algo así como lo que Perón denominó una “comunidad organizada”. El capitalismo quiere crear realidades virtuales, verdadero opio para el pueblo, vivir en un estercolero pero creerse al tiempo lo que Bill Gates te mete en el cerebro, florecillas rojas en praderas primaverales. Frente a eso, la ontología de los luchadores sociales es la ontología comunitaria y una filosofía de la praxis. Una ontología realista del ser social: la polis haciéndose y rehaciéndose para hacerla más vivible y más humana.

–          Parece que en la escena política oficial de occidente ya solo está representado lo que algunos llaman «progresismo» ¿hay alguna esperanza para reconstruir al hombre, a la familia y a las naciones?

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Mi peculiar revisión del marxismo puede asemejarse en parte a lo que algunos llaman “tercera posición”. Ni individualismo liberal ni colectivismo. Poner freno a todo exceso de liberalismo. Del liberalismo clásico me quedo con los derechos naturales: la vida, la propiedad privada fruto del trabajo y del ahorro, la libertad de conciencia y de iniciativa. Poco más. Del comunitarismo me quedo con la comunidad orgánica y organizada, un pueblo unido en torno al factor trabajo, siendo la primera escuela de letras y de oficios la familia, santuario inalienable, formado por hombre, mujer y niños. Del comunismo, suprimo la lucha de clases y hablo de entendimiento entre las clases para forjar de nuevo un pueblo unificado y soberano, que se dota de organizaciones democráticas pero no partidistas y que sabe reconocer a los auténticos líderes que lo representan. Un pueblo que se apropia de su destino y que sabe de dónde viene. La enmienda a la totalidad del progresismo tiene que ser radical, completa y ajena a la partitocracia y al neoliberalismo.

Dibujo a lápiz de Don Quijote

«En la actualidad, la izquierda odia al pueblo. Lo odia porque no lo comprende, porque no participa de su destino, porque sus esferas de realidad no sólo son diferentes, sino opuestas.».PARA COMPRAR EL LIBRO PULSE AQUÍ


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Abogado, académico de la Academia Internacional de Ciencias, Tecnología, Educación y Humanidades y colaborador de numerosas publicaciones y revistas, exdirector de la sección cultura del periódico digital Minutodigital, e impulsor de numerosas iniciativas de la sociedad civil para fomentar la participación ciudadana real en la vida política y social, como el Centro Jurídico Tomás Moro, el Centro de Estudios Históricos General Zumalacárregui, o la Asociación Editorial Tradicionalista. Actualmente es director de Tradición Viva

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