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El celibato sacerdotal

Aquellos que abrazan los caminos del sacerdocio entran en un matrimonio sublime con la Iglesia. Como Esposa de Cristo, quiere ser amada por el sacerdote en la forma total y exclusiva en que es amada por Jesús.

(Gaudium Press) Entre los temas de actualidad destaca el del celibato sacerdotal. Como no se encuentra en el Nuevo Testamento un mandato explícito al respecto, estallan las controversias, las opiniones divergen y el celibato comienza a dividir las aguas en el campo eclesiástico. En la Iglesia latina, los sacerdotes tienen prohibido contraer matrimonio; ¿pero eso podría cambiar?

En determinados ámbitos parece fácil solucionar el problema: si el Divino Maestro no dio ninguna orden al respecto, en principio bastaría con que un Papa decidiera suprimir la norma. En ese caso, sin embargo, ¿qué valor se le daría al ejemplo arquetípico que el mismo Cristo, el Sumo Sacerdote, nos ofreció de castidad perfecta? Además, la praxis mantenida en Occidente durante siglos no puede ser gratuita. ¿En qué se basa? ¿Cuándo se originó?

Se puede ver que la relación matrimonio-sacerdote no es un tema de explicación rápida, ya que algunos quisieran simplificar la realización de sus aspiraciones. Para aclarar un poco la disputa, es necesario analizar no solo las Escrituras, sino también la Tradición.

Sin embargo, dado que toda construcción, incluida la intelectual, comienza con los cimientos, primero es necesario comprender la idea misma del celibato.

Perfecta continencia y celibato

Desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días, el concepto de continencia es fundamental para designar claramente la obligación del ministro sagrado. En su etimología latina, significa la facultad de contenerse, de ser dueño de las propias inclinaciones carnales y de dominarse a sí mismo, reafirmando la primacía de la ley del espíritu sobre la de la carne.

Esta es la palabra utilizada por el Concilio Vaticano II al tratar del celibato en el Decreto Presbyterorum ordinis: “Continencia perfecta y perpetua por el Reino de los Cielos, recomendada por Cristo Señor” [1].

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Sin embargo, cabe señalar que la obligación de la continencia perfecta -a la que están obligados los sacerdotes- es aún más profunda que el propio celibato, pues implica la abstención de cualquier acto, interno o externo, contra el Sexto y Noveno Mandamientos del Decálogo. [2] Esto quiere decir que, mientras la ley del celibato se limita a un impedimento exterior, la continencia consiste en asumir libremente el compromiso de practicar los propios votos también en el fuero interior, de ser continente no sólo a los ojos de los hombres, sino sobre todo a los de los ojos de Dios. [3]

Una visión retrospectiva del celibato

Uno de los aspectos que más admiración despierta en el magisterio de la Iglesia es su continuidad histórica, fenómeno que revela una importante verdad: a pesar de las vicisitudes inherentes a la condición del hombre en esta tierra tras el pecado original, Aquel que guía al pueblo de Dios es el mismo Espíritu Santo. Así, la comprensión del celibato sacerdotal adoptada por el Concilio Vaticano II no tiene nada tiene de contradictorio con lo que ha sido enseñado por el Magisterio a lo largo de los siglos.

En sus “primeros pasos”, el Cuerpo Místico de Cristo sin duda encontró obstáculos para instaurar esta nueva forma de vida, ya que la mayoría de los candidatos a la vida sacerdotal eran, en aquellos tiempos, hombres casados. ¿Qué hacer?

Como excelente Madre y Esposa fidelísima, la Iglesia supo alentar con delicadeza y custodiar con firmeza este don de Cristo, Sacerdote y Virgen, como se lee en un documento de principios del siglo IV, redactado por el Sínodo de Elvira, en la España actual:

“Se decidió plenamente imponer a los obispos, presbíteros y diáconos, como a todos los clérigos en el ejercicio de su ministerio, la siguiente prohibición: que se abstengan de sus mujeres y no tengan hijos; pero el que así lo hiciere, debe ser removido del estado clerical.” [4]

Sin embargo, este canon –la legislación más antigua que nos ha llegado sobre la materia– no marca el comienzo de la historia del celibato: más bien consistió en un remedio contra la decadencia. Como leemos en una encíclica de Pío XI [5], todo indica que, en aquella época, el celibato era ya una obligación tradicional bien conocida. El sínodo, de hecho, no hizo más que recordarlo y añadir una sanción para los que no cumpliesen.

¿Dónde, entonces, se origina tal praxis?

Una gravísima opinión teológica, [6] declaración formulada por el II Concilio Africano del año 390, y luego repetida por el importante Concilio Cartaginés del 419 –que contó con la presencia de doscientos cuarenta Obispos, entre ellos San Agustín– quizás arroje luz sobre el tema. En efecto, dice: “Conviene que los santos obispos, los sacerdotes de Dios y los levitas, es decir, todos los que sirven en los divinos sacramentos, sean enteramente continentes, para que puedan obtener sin dificultad lo que piden al Señor; para que también nosotros guardemos lo que enseñaron los Apóstoles y que todo el pasado conservó” [7].

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La declaración es audaz. Si creemos en las palabras del Concilio –a las que asintieron el legado papal y los demás prelados que lo compusieron– debemos admitir que la ley del celibato tiene su origen en la predicación de los Apóstoles, es decir, en ese cuerpo de enseñanzas que forman parte de la Revelación Divina, que no puede ser alterada ni siquiera por el Soberano Pontífice [8].

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El sacerdote y su misión

Habiendo conocido los posibles orígenes históricos del celibato eclesiástico, consideremos ahora sus razones teológicas. ¿Por qué el ministro del altar necesita ser continente?

De hecho, la misma misión sacerdotal lo lleva a esto. Como atestiguan las palabras del Concilio Vaticano II antes mencionadas, el sacerdote abraza este estado —gravoso desde el punto de vista humano— “por el Reino de los Cielos”.

De hecho, muchas preocupaciones tiene el hombre casado. Al sacerdote, sin embargo, sólo se le pide una, que no implica divisiones: amar el Reino de Dios, es decir, dejarse consumir por el celo apostólico que inflama a los siervos de Jesús, salvar las almas y unir Cielo y la tierra como mediadora entre el Creador y la humanidad.

El sacerdote, como Cristo, vive para presentar al Padre las peticiones de perdón y las súplicas del pueblo. Y no podría haber nada más conforme a la sabiduría divina que elegir como intercesor, entre los seres humanos, a alguien que sufre de las mismas necesidades de la naturaleza debilitada por el pecado original y que, precisamente por eso, comprende perfectamente la debilidad de los demás, porque él mismo se siente débil.

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De la santidad del sacerdote depende la de la humanidad

Sin embargo, también es cierto el verso de Camões: “Un rey débil hace débil a la fuerte gente” [9]. Para santificar al pueblo y agradar a Dios en sus oraciones y sacrificios, el sacerdote no puede ser causa de comentarios que desacrediten la imagen de la Persona de Cristo, en la que él actúa, dejándose apegar a malos hábitos que escandalicen los pequeños (cf. Mc 9,42).

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El sacerdote debe presentarse como modelo a los fieles “mediante la integridad en la doctrina, la seriedad, la palabra sana e intachable, para que el adversario se confunda, no teniendo mal que decir de nosotros” (Tit 2,7-8). Después de todo, él representa a nuestro Señor entre los hombres: “Somos embajadores en el nombre de Cristo, y es Dios mismo quien exhorta por medio de nosotros” (2 Cor 5, 20). De esta forma, el ferviente clérigo huye de la mediocridad y busca ser respetado por los suyos, permitiendo así que su actuación tenga más influencia entre los fieles.

Una condición indispensable para todo lo que significa este “amor por el Reino de los Cielos” es vivir en perfecta e inexpugnable continencia, como Cristo, que “permaneció toda su vida en estado de virginidad” [10]. Así, la integridad de los sacerdotes debe ser un arma contra las malas lenguas, pues de su santidad depende la de toda la humanidad.

Lo que más te conviene”

En efecto, pocos hombres son llamados por Dios a configurarse con su Hijo en el sacerdocio. Este grupo de élite no puede llevar una existencia melancólica o ensimismada, sino que debe mirar hacia la grandeza de su misión y la dignidad que emana de ella. Sólo así estarán suficientemente convencidos de que su alma debe ser más pura que los rayos del sol, para que el Espíritu Santo nunca los abandone, como dice san Juan Crisóstomo. [11]

Y es con inmensa amistad que el Paráclito les dice por boca del Apóstol: “Quisiera veros libres de toda preocupación. El soltero se ocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El hombre casado se preocupa por las cosas del mundo, tratando de complacer a su esposa. […] Digo esto para vuestro bien, no para extenderos una trampa, sino para enseñaros lo que os conviene, lo que os unirá al Señor sin compartir” (1Cor 7,32-33,35).

Sin embargo, ¿no es este compromiso una carga insoportable? El sacerdote se configura con Cristo, pero no deja de ser un hombre, con sus legítimas tendencias… Esto seguramente lo pensarán algunos que no entienden cómo Dios puede dar consejos y la Iglesia imponer una regla que contradice las inclinaciones naturales del ser humano. Estos, sin duda, ignoran que Aquel que pone la carga, la sostiene con su mano, enviando gracias a los elegidos. O, quizás, se acostumbraron a depender exclusivamente de las meras fuerzas de la naturaleza.

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Lejos de buscar un compromiso quimérico mediante el cual pueda satisfacer las peticiones de la carne y los anhelos del espíritu, el ministro sagrado debe buscar apoyo en el ideal mismo al que dedica su vida, como lo expresó Pablo VI: “Quien elige para ser todo de Cristo sobre todo, en la intimidad con él y en su gracia, debe encontrar la fuerza de ánimo necesaria para disipar la melancolía y vencer el desánimo. No le faltará la protección de la Virgen Madre de Jesús y el cuidado maternal de la Iglesia, a cuyo servicio fue consagrado”[12].

Un matrimonio sublime

Superlativamente feliz es el sacerdote que puede decir, al final de su existencia terrena: “Vivo, pero ya no existo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). A este fin glorioso ha dirigido y dirige el Magisterio de la Iglesia, cuando dicta normas y reglas que indican la práctica de la continencia a los sacerdotes.

Muy elocuente a este respecto es la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, de Juan Pablo II, en la que se subraya el vínculo ontológico específico que une al sacerdote con Cristo: “El sacerdote encuentra la verdad plena de su identidad en el hecho de ser derivación, participación específica y continuación del mismo Cristo, Sumo y Único Sacerdote de la Alianza eterna: es imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote. […] La referencia a Cristo es, pues, la clave esencial para comprender las realidades sacerdotales»[13].

La ley eclesiástica del celibato encuentra su fundamento último en la sagrada ordenación, que configura al sacerdote con Nuestro Señor, Cabeza de la Iglesia. Esta, “como Esposa de Jesucristo, quiere ser amada por el sacerdote del mismo modo total y exclusivo en que es amada por Cristo”. [14]

Por eso, el Señor Jesús encomienda a los hombres castos a su Santísima Esposa, como encomendó a su Madre Inmaculada a la Virgen Apóstol. De los sacerdotes desea una fidelidad conyugal intachable, en la que no haya divisiones en la práctica de la caridad: “He encontrado al que ama mi corazón. Lo agarré y no lo soltaré” (Cnt 3, 4). Esto es lo que dice la Iglesia a los que abrazan los caminos del sacerdocio y contraen con ella un matrimonio sublime.

Extraído de: MORAIS, Víctor Hugo. El celibato sacerdotal: el valor de un alma casta. Heraldos del Evangelio, año 21, n. 246, junio. 2022, pág. 16-19.

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  • [1] CONCILIO VATICANO II. Presbyterorum ordinis, n.16: AAS 58, 1966, 1015.
  • [2] Cfr. HORTAL, Jesús. Comentario al Canon 277. En: CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO. 12ª edición revisada y ampliada con la Normativa Complementaria de la CNBB. 20 edición. São Paulo: Loyola, 2011, p.151.

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