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Análisis

Viganò a los médicos: no a los conflictos de interés, y no sean grises ejecutores de protocolos

A esto se añaden los considerables conflictos de intereses de no pocos de sus colegas, que reciben incentivos de las empresas farmacéuticas para prescribir determinados protocolos y suministrar los medicamentos producidos por su patrocinador.

A los participantes en el Congreso “Días del Dolor en Roma”

Y acercándose, vendó sus heridas,

echando en ellas aceite y vino;

y montándole sobre su propia cabalgadura,

le llevó a una posada y cuidó de élLc 10, 34

Por el arzobispo Carlo Maria Viganò

El tema tratado por este Congreso –Días del Dolor en Roma– es ciertamente un ámbito que pertenece a la investigación científica, y más aún al tratamiento del dolor por parte de los médicos. Pero los progresos a los que pueden conducir la ciencia y el arte de la medicina nunca jamás deben prescindir de ese componente espiritual que, junto con el cuerpo físico, nos convierte en hombres con un alma inmortal: esta visión, que pertenece a la civilización occidental y fue tratada por Aristóteles, no sólo concierne al paciente, sino también al médico.

Por un lado, en efecto, los cuidados administrados a los enfermos -y las terapias para el alivio del dolor, de las que se ocupan ustedes- deben tener en cuenta que su eficacia sobre el cuerpo está ligada a los cuidados que deben administrarse al espíritu. Ustedes saben bien, por experiencia directa, hasta qué punto el estado de ánimo del paciente es decisivo en el tratamiento de muchas enfermedades; y viceversa, ustedes mismos han comprobado los gravísimos daños que sufrieron tantas personas hospitalizadas durante la llamada pandemia y dejadas solas, sin posibilidad de ver a sus familiares, privadas incluso del consuelo de un sacerdote.

Por otro lado, también el médico se compone de cuerpo y alma, y como tal es justo y loable que ejerza este ministerio de la Caridad no “in corpore vili”, sino viendo en el paciente, con mirada sobrenatural, a aquel prójimo atendido por el samaritano de la parábola. Viendo en él a Nuestro Señor sufriente, que en el día del juicio les recordará el bien que ustedes le hicieron, cada vez que lo hayan hecho a vuestros hermanos, a vuestros pacientes.

Nuestro Señor, que es Médico del alma, no les pide que piensen sólo en el paciente, sino también en ustedes mismos; no quiere de ustedes sólo un compromiso por su salud y una palabra de consuelo o de admonición que pueda tocarles el corazón. Quiere junto al enfermo ustedes se curen y se sanen también, porque Dios no ama menos al médico que al enfermo, y quiere salvarlos a ambos y tenerlos con Él en la dichosa eternidad.

El cinismo del mundo contemporáneo ha llegado a transformar también la salud pública en una oportunidad de lucro y, en consecuencia, reduciendo a los médicos a grises ejecutores de protocolos y compiladores de formularios y estadísticas. Pero para lograrlo, primero ha impuesto una visión materialista del enfermo, al que hay que tratar como “usuario” de un servicio, al que hay que considerar como un número, una partida presupuestaria.

Esto ha transformado a los hospitales en sociedades anónimas, para las que a menudo -y lo digo con horror, sobre todo después de los numerosos informes de tantos testigos- las terapias se evalúan en función de su coste (o del beneficio que se puede obtener de ellas), y no de su eficacia o de los efectos que tendrán en el enfermo. A esto se añaden los considerables conflictos de intereses de no pocos de sus colegas, que reciben incentivos de las empresas farmacéuticas para prescribir determinados protocolos y suministrar los medicamentos producidos por su patrocinador.

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La eliminación de una visión religiosa de la vida humana -y, en consecuencia, de la enfermedad y la muerte- ha llevado a la persuasión de que se puede abusar de los fármacos anestésicos o analgésicos adoptándolos para inducir la muerte del paciente, como ocurrió casi en todas partes -por la propia admisión del Presidente de la Asociación de Cuidadores Primarios- durante emergencia pandémica por casos de ventilación forzada. En el tratamiento del dolor, generalmente asociado a patologías graves, puede ocurrir que las personas que les han sido confiadas estén al borde de la muerte. Ellas se encuentran en el momento más crucial y tremendo de su existencia, en el umbral de la eternidad. Y es en este momento cuando un enfermo está más necesitado de asistencia espiritual: ser visitado por un sacerdote que le ayude a confesarse bien, que le administre el Santo Viático, que le dé la Unción con la que afrontar el agón, el combate a punto de morir. Pues bien, les corresponde a ustedes -y a sus conciencias les pesa esto- velar para que, incluso en el alivio del dolor, les den a sus pacientes la posibilidad de tener un momento de lucidez para prepararse al encuentro con el Señor. No priven a nadie de esta oportunidad, dejándole en la inconsciencia inducida por los fármacos con el único fin de no hacerles sufrir: piensen que otros sufrimientos, eternos y mucho mayores, pueden esperar al alma que muere en pecado mortal.

Comprendo que pueda parecer casi una provocación recordarlo en esta asamblea, pero hay personas para las que el dolor no es un sinsentido que hay que borrar, sino un instrumento de Gracia, si se ofrece a Dios en unión con la Pasión redentora de Nuestro Señor. Para el cristiano, en efecto, la muerte, la enfermedad, el trabajo del parto constituyen un castigo por el pecado original, pero pueden transformarse en una oportunidad para reparar las culpas propias y ajenas. El dolor, que tanto repugna a la mentalidad del hombre contemporáneo, nos remite poderosamente a la realidad trascendente de la Cruz, dando la posibilidad también a quien está confinado en una cama de cuidados intensivos para cooperar espiritualmente al bien común. Pensemos en las palabras de San Pablo: Completo en mi cuerpo lo que falta a las aflicciones de Cristo, por amor de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). La vida de muchos Santos, junto con sus cuidados a los enfermos y a los que sufren, nos muestra ejemplos heroicos de esta inmolación, frente a la cual el orgullo materialista del mundo moderno se aleja, porque es incapaz de comprender. Y, sin embargo, vivido con una mirada trascendente, el dolor puede convertirse en una poderosa oración que se eleva a Dios; precisamente cuando se acepta por amor a Nuestro Señor y al prójimo, resulta menos gravoso y agotador de soportar. Por estas razones, el alivio del sufrimiento -moralmente lícito mientras no prive permanentemente al individuo de sus facultades- debe tener en cuenta y respetar la decisión de quien opta por ofrecer ese dolor, aunque sólo sea en parte.

Es cierto: ustedes son médicos. Saben que la de ustedes es una misión, una vocación, aunque la OMS, las multinacionales, el Foro Económico Mundial y toda la miríada de organismos internacionales intenten regimentarlos bajo rígidos controles que distorsionan y corrompen la autonomía y la libertad que hacen única e insustituible la figura del médico. Pero precisamente porque hoy están asistiendo a cambios radicales que hasta hace tres años habrían juzgado impensables e irrazonables; precisamente porque la enfermedad es un lucrativo negocio que las multinacionales del medicamento tienen poco interés en reducir, es imprescindible que ustedes sean médicos capaces de defender su identidad y su dignidad frente a esta peligrosa desviación. No olviden que ustedes también podrían enfermar algún día y encontrarse en la misma situación que atraviesan los que hoy ustedes atienden. Recen para que encuentren médicos conscientes y que hagan honor al juramento hipocrático, para que en su ausencia no sea un algoritmo o una supuesta “inteligencia artificial” la que decida llevarles al exitus -como se dice en la neo lengua- por no ser rentable para el hospital o una carga para el sistema sanitario. Dios les guarde de personajes tan cínicos y faltos de moral que, cuando se está a punto de dar el último suspiro, se quedan mirando el expediente en el iPad sin dedicar al moribundo ni una mirada. El horror de semejante inhumanidad -créanme- se comprende cuando uno se encuentra al otro lado, y demasiado tarde se lamenta de una sonrisa perdida, de un contacto que transmita humanidad, de esa luz divina que aún asoma por algún lugar de este mundo decadente y apóstata.

Faltaría a mi deber de pastor si no les recordara que los preceptos de la moral natural y cristiana siguen siendo válidos en todas partes y en todo momento: deben ser la base de los principios fundamentales de la deontología médica.

Actúen, entonces, de tal modo que quienes se confían a vuestros cuidados puedan hacerlo con serenidad, y sabiendo que no los ven a ustedes como ejecutores de protocolos o traficantes de drogas, sino como personas animadas por la voluntad de santificarse -sí, de santificarse, pues esto es lo que el Señor pide a cada uno de nosotros, y por lo que derramó Su Sangre en la Cruz-, comportándose como lo haría el propio Jesús, y viendo a Jesús en sus pacientes.

A ustedes y a las personas confiadas a sus cuidados les imparto de todo corazón mi Bendición.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo – 15 de junio de 2023 – San Juan Bautista de la Salle, Confesor

Publicado originalmente en italiano en https://www.marcotosatti.com/2023/06/19/vigano-ai-medici-no-ai-conflitti-di-interesse-e-non-siate-grigi-esecutori-di-protocolli/

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