La Guerra de la Vendée y los mártires

La Guerra de la Vendée y los mártires

 

“Cada uno está obligado a manifestar públicamente su fe, ya sea para instruir y animar a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios”

(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica)


La Guerre de Vendée o Guerra de la Vendée fue un conflicto armado que se desarrolló en una región muy concreta de Francia entre 1793 y 1796. Se engloba dentro de un fenómeno social de reacciones campesinas y nobiliarias al oeste de Francia compartiendo protagonismo con la Chouannerie o Chuanería[1], una serie de movimientos de sublevación y revueltas que se desarrollaron en una parte de Bretaña, Maine, Anjou y Normandía. No obstante, la Vendée se configuró como una región de carácter singular y muy conflictiva en el interior del país y con una capacidad de movilización y organización de recursos materiales y humanos capaces de hacer retroceder a una auténtica potencia europea como era la Francia revolucionaria.

Los hechos se sucedieron así:

En 1789, los campesinos del oeste francés acogen, más bien favorablemente, los inicios de la Revolución. Los cuadernos de quejas[2] de Bretaña, Maine, Anjou o el bajo Poitou testimonian la hostilidad del campesinado hacia los restos del sistema feudal, al igual que la elección de diputados patriotas, que confirman los actos violentos antinobiliarios del Gran Miedo[3] o la continua violencia contra los aristócratas en 1790 y en 1791. La Vendée y Maine-et-Loire son dos de los doce departamentos que envían más diputados jacobinos a la Asamblea Legislativa y numerosos clérigos parecen haber acompañado al movimiento con entusiasmo.

La Revolución, como en todos los demás lugares representó pues una gran esperanza, a pesar de lo cual, La Vendée fue escenario de varias series de sucesos infernales –que así se los llamó por el horror inolvidable que produjeron–. La Vendée militar es un espacio de 10.000 kms2. .Las 700 parroquias sublevadas no tienen aparentemente ninguna característica distintiva: no pertenecen a las mismas provincias (Anjou, Bretagne, Poitou), o a los mismos departamentos (Loira inferior, Maine et Loire, Vendée, Deux Sévres), ni tienen historia común, ni tampoco las mismas fuentes de riqueza; incluso se oponen en determinados puntos. (…)

Y sin embargo, responden al unísono en el levantamiento que comentamos motivados por causas muy diversas: el mantenimiento de la presión fiscal y de las tasas agrícolas, el empeoramiento de la situación de los medieros, la incapacidad de las pequeñas élites rurales para comprar bienes nacionales, que fueron acaparados por las élites urbanas, la pérdida de autonomía de los pequeños municipios rurales frente a los burgos, en los que se instalaron los poderes político  y económico; pero lo que ya colmó el vaso de la paciencia de los vandeanos fue la Constitución civil del clero.

A grandes rasgos diremos que dicha constitución se encargaba de hacer que el clero pasara a ser un empleado del estado; ya no dependían de Roma ni tenían nada que ver con el Papa, y los obispos y sacerdotes serian elegidos por el pueblo, las diócesis cambiarían su delimitación y el gobierno se encargaría de hacerla. Se ordenó que obispos y sacerdotes la juraran y como siempre suele ocurrir,  hubo quienes la aceptaron, pero la gran mayoría no lo hizo. El resultado fue que de 160 obispos solo 7 aceptaron jurarla, aunque un número considerable de sacerdotes sí lo hicieron. De aquí se derivó el término juramentario para todos aquellos clérigos que juraron la constitución, con su correspondiente cisma y refractario para los clérigos que la rechazaron. Ante esta situación los revolucionarios impusieron ellos mismos a sus “sacerdotes” sumisos (su iglesia nacional, como ahora pretende China) para que los fieles tuvieran culto. Sin embargo el pueblo rechazó a los juramentarios, a tal punto que en muchos pueblos los únicos que asistían a las celebraciones religiosas encabezadas por éstos eran los jefes revolucionarios de ese lugar, con su pequeña corte de masones.

A partir de 1791 se endureció por el gobierno  el odio hacia los sacerdotes refractarios. Fueron perseguidos y muchos de ellos guillotinados. El decreto de 1792 prevé la deportación fuera de territorio francés de cualquier sacerdote refractario con una simple solicitud de 20 ciudadanos y cuando la Asamblea suprime las últimas congregaciones existentes, muchos de ellos van a la cárcel o se ven obligados a esconderse para evitar su deportación al penal de Guayana; los sacerdotes que no juran son defendidos por mujeres que participan en misas clandestinas. A pesar de estas ayudas gubernamentales, el nuevo clero constitucional no llega a imponerse en muchas partes de la región.

El 24 de noviembre de ese año se dio la máxima muestra de odio a la religión, algo absurdo y ridículo, con la introducción de un nuevo calendario creado por los revolucionarios, este nuevo calendario empezaba con el 22 de septiembre de 1792 (año de la fundación de la República), cambiando el nombre de los meses, y la semana, que ya no era de 7 días sino de 10. Los días y las ciudades ya no estarían nunca más asociados a un santo, sino que cada día estaría relacionado con un animal, una planta o un instrumento de trabajo. Se prohibió la educación cristiana en las escuelas y se promulgó una ley que condenaba a muerte a los sacerdotes refractarios que ejercieran su ministerio de forma clandestina, (aunque esto ya se vivía no tenía la autorización expresa de la ley). Unos meses después, en algunas zonas, se les impuso a sacerdotes el matrimonio, incluso se les obligaba a que renunciaran al sacerdocio de manera pública y fue cuando sucedió el triste incidente en que la catedral de Notre-Dame fue profanada y el culto católico sustituido para el culto a la razón y libertad”. La revolución que tanto había promovido la libertad era la primera en pisotearla, había libertad para lo anticristiano, pero no había cabida para lo católico. (En la actualidad española los revolucionarios siguen con las mismas ideas masónicas y de los “sans culottes” que también dominaron durante la II República).

Hacia 1793 se dio la parte más dura. Continuaba el odio hacia lo católico y el ambiente de persecución en Francia, pero a esto se suma que se empezaron a cerrar iglesias, descolgar campanas y guillotinan al rey Luis XVI. Esto provocó alzamientos contrarrevolucionarios. Además, el nuevo régimen había iniciado campañas innecesarias contra Inglaterra, Holanda, España y los Estados italianos; prácticamente contra toda Europa. Para ello requerían tener militares y fue cuando el gobierno revolucionario acudió a los pueblos para reclutar gente; necesitaban nada menos que 300.000 hombres. Cuando llegaron a la Vendée lo único que encontraron fue un rechazo al gobierno que había ordenado que desaparecieran los sacerdotes en su intención de hacer desaparecer a la fe católica, que habían mandado guillotinar a su rey y que además venia a reclutar gente para una guerra innecesaria que llevaría a la exaltación de la revolución de la que los ciudadanos de la Vendée ya habían visto sus frutos y no les satisfacían. En ese momento, un grupo de hombres se levantaron contra los agentes estatales, se organizaron para resistirlos en un movimiento que recuerda en principio las revueltas campesinas tradicionales (jacqueries) y formaron bandas encabezadas por las élites locales para buscar la autentica libertad con un sentido de nueva cruzada que había que librar en defensa de la fe religiosa.

La furia jacobina quiso borrar el catolicismo de esta región.  El general Turreau furioso por la derrota sufrida a manos de Henri de la Rochejaquelein, un joven militar que con solo 21 años era uno de los generales del ejército católico y real, dictó una terrible sentencia. Tenemos que convertir a la Vendée en un cementerio nacional y las represalias contra la región comenzaron inmediatamente a cargo del mismo Turreau y del general François Amey. Dividieron la zona en doce partes, correspondiendo a cada una, una columna militar, que serían conocidas y no en balde, como “las columnas infernales”, cuya  misión consistió en destruir todo (casas, bosques, aldeas enteras, sembrados, iglesias, etc.) y asesinar mujeres, niños y hombres de manera indiscriminada. Hubo toda clase de atrocidades contra la población, violencia, saqueo, torturas de todo tipo, por ejemplo se llegó a arrojar a mujeres y niños a hornos de pan. Charles Bonchamp (Marqués de Bonchamps), herido mortalmente en la segunda batalla de Cholet, pidió como último deseo antes de morir a los 33 años, que se liberaran a los soldados que habían sido capturados en la batalla. Se liberaron en torno a 5.000 prisioneros, pero los revolucionarios respondieron a este favor ahogando en Vihiers a 29 carros de prisioneros católicos. De los prisioneros que Bonchamps había pedido que fueran liberados, otros 2.000  soldados heridos, ancianos, mujeres y niños fueron masacrados en las inmediaciones de Yzernay.

El 28 de febrero de 1794 hubo una masacre en Lucs-sur-Boulogne. Se envenenaron las aguas y se ordenó que se asesinara a toda persona sin excepción. Hubo víctimas en unos 60 pueblos. En Petit-Luc, el párroco, P. Miguel Voyneau, fue buscado para ser asesinado y, una vez golpeado y maltratado, antes de morir le arrancaron el corazón y la lengua. Se introdujo a la escasa población que quedaba en la iglesia del pueblo, y ahí fueron asesinados a bayonetazos todos los presentes y para cerciorarse de que ninguno quedara vivo, se atacaron con cañones el campanario y la iglesia, derrumbándose ésta con los vandeanos adentro. Los que no cabían en la iglesia fueron asesinados a punta de bayoneta. Alrededor de cien niños fueron víctimas de este suceso y se calcula un total de seiscientas personas asesinadas. Nadie se atrevió a poner un pie en ese lugar hasta 1863, cuando se extrajeron los restos y se les enterró.

El P. Noel Pinot que ejercía su ministerio de manera clandestina en la Vendée, descubierto, arrestado y condenado a muerte por los cargos de no haber jurado la constitución y ejercicio del sacerdocio, fue guillotinado el 21 de febrero de 1794. En Nantes hubo alrededor de 4,860 víctimas de la “deportación vertical” que consistía en agrupar a los condenados en un barco, dejar que zarpara y luego se dejaba que el agua entrara en las bodegas para así ahogar a todos los condenados. Los historiadores Secher y Davies aportan unas cifras valorativas del total de la masacre. El primero cree que, al menos el número de bajas bordeó los 118.000, mientras que Davies piensa que es más bien cercano a los 250.000.

¿Por qué la lucha de los campesinos defendiendo con tanto ardor la religión católica cuando dos siglos antes Francia se había desangrado en las guerras de religión entre católicos y protestantes?

El mérito fue de un sacerdote  que supo transformar una zona muy castigada años antes por las guerras de religión y la matanza de los hugonotes, en tierra de misión, ejerciendo con éxito su tarea como predicador por lo que, a pesar de que murió en plena  juventud, consiguió transformar la región de la que era originario.

Estamos hablando del Padre Luis María Grignon de Montfort[4]  quien por su fervor religioso, elevó el desarrollo de un catolicismo practicante muy auténtico. Así, la resistencia comenzó en la Vendée debido a ese más que ferviente catolicismo que impulsado por el Padre Monfort, residía en aquella parte de Francia. Es revelador que los vandeanos llevaban en sus pechos la insignia roja del Sagrado Corazón introducida por San Luis Mª. Sus enemigos los llamaban “soldados de Jesúscon desprecio y cierto asombro cuando los veían avanzar rezando el rosario, cantando  su himno el Vexilla Regis; buscaban la confesión y se arrodillaban ante las cruces. Su lema era: Pour Dieu, Pour ton Roy. Vendéen, lève toi !” (por Dios. Por tu Rey. Vendeano, levántate!)

Luis María Grignon de Montfort

El conde Joseph de Maistre ( 1753-1821 ) máximo teórico de la Contrarrevolución denunció proféticamente: “La Contrarrevolución no será una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de la Revolución. Es decir, el restablecimiento integral del Orden Cristiano“. Se alzó contra la “teofobia del pensamiento moderno“, esa que de nuevo surge con fuerza. Puso a Dios en el centro de toda doctrina. En su obra “Consideraciones sobre Francia” removió las conciencias de quienes se conformaban con un pacto conservador. Consideraba la Revolución Francesa un acontecimiento satánico por sus causas y sus efectos. El conde de Maistre denuncia a los que quieren pactar con la Revolución una falsa paz y una falsa restauración y comprendió la ceguera de los soberanos de Europa: “La Revolución quiere hacerse amar por aquellos mismos de quienes era su peor enemiga, y esa misma autoridad que la Revolución busca inmolar, la abraza estúpidamente antes de recibir el golpe fatal“. La política restauradora post napoleónica no cortaba la cabeza de la bestia, no destruía las raíces de la subversión sino que imponía la revolución moderada a la radical. De Maistre fue leído y temido incluso por Napoleón que impuso su destierro. Muchos intelectuales franceses afirmaron que les enseñó a pensar, lo cual siempre fue considerado peligroso por el poder.

Joseph de Maistre

La persecución religiosa, como afirma de Maistre, duró lo que duró la Revolución, es decir, hasta 1799. Sólo con el Consulado de Napoleón se establecerá una verdadera libertad religiosa. Para entonces en la Vendée habían sido destruidas las escuelas dependientes de la Iglesia. Las ideas revolucionarias se impondrían desde una educación ya controlada por el Estado, que intentaría hacer comprender a aquellos “fanáticos”, apegados a sus ancestrales costumbres, a su Dios y a su Rey, los beneficios a que por su ignorancia renunciaban oponiéndose a las novedosas Libertad, Fraternidad e Igualdad. Hoy lo llamaríamos ingeniería social. Como dice el profesor Bárcena, aquella persecución religiosa nunca perdió de vista su meta, que no era sino la sustitución del catolicismo por una pseudorreligión, por una religión estatalista y laicista en Francia, y, dado el internacionalismo revolucionario, con vocación de extenderse al mundo entero. Trescientos años más tarde, siguen con el mismo objetivo, solo varían algo en los métodos.

No andan descaminados ni de Maistre ni Bárcena en sus opiniones. Tenemos prueba en España por los hechos sucedidos durante la guerra civil en la zona republicana. Asesinados también como los vandeanos por odium fidei, sin juicio, torturados, masacrados de la manera más vil, perseguidos por el campo como si estuvieran en la caza inglesa del zorro, troceados y echados a cerdos o a fieras del zoo de Madrid cuando éste se encontraba en el Retiro, emasculados, atados con cables y despeñados por las rocas hasta el mar. Muchos individuos que aparecieron asesinados en las cunetas de las carreteras,  lo fueron por ir a misa, tener libros religiosos, rosarios o medallas. Un ejemplo de barbarie fue lo sucedido al párroco de Torrijos, Liberio González Nombela, que según dijo a los milicianos que lo hicieron prisionero, quería sufrir por Cristo. Así que lo desnudaron y lo azotaron despiadadamente. Luego cargaron un tronco sobre sus espaldas, le dieron a beber vinagre y lo coronaron de espinas. «Blasfema y te perdonaremos», decía el jefe de los milicianos. «Yo soy quien os perdona y os bendice», contestó el sacerdote. Los milicianos discutieron como lo matarían. Algunos querían crucificarlo, pero al final lo mataron a tiros. Su última voluntad fue morir de cara a sus torturadores, para poder bendecirlos. Asesinaron unos 6.844 religiosos: 13 obispos, 283 monjas, 4.184 sacerdotes, 2.365 monjes y muchísimos seglares  a manos de revolucionarios, pertenecientes principalmente al Partido Comunista de España y a las diversas organizaciones anarquistas como la Federación Anarquista Ibérica y la Confederación Nacional de Trabajadores.

Entre el 7 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936, en torno a 5.000 españoles fueron asesinados en Paracuellos del Jarama de los que 276 eran menores de edad asesinados por ser “enemigos del pueblo”, Víctimas del terror rojo en Madrid del que en gran medida fue responsable Santiago Carrillo. Días antes de la salida del Gobierno hacia Valencia, ya se estaban produciendo las famosas “sacas” de las cárceles. Primero en Aravaca y Pozuelo y después, el día 5 de noviembre en la localidad de Rivas Vaciamadrid donde  sólo en este lugar, masacraron a 215 inocentes. En la Cataluña republicana de Companys durante la guerra civil se produjeron 8.000 asesinatos. Bilbao, Santander, Cabra, Valencia, Málaga, Almería…y no digamos Barbastro donde causaron una masacre atroz de sacerdotes y religiosos.

Similares características hallamos entre la Vendée y la España republicana en la barbarie causada por los revolucionarios de uno u otro sitio aún desarrollándose en zonas y épocas distintas, pero en lo que no hubo igualdad fue en la reacción defensiva, por cuanto aquí no se formó expresamente un ejército católico en defensa de sus ideales. “Combatían” con su bendición y dando Vivas a Cristo Rey. Bien es verdad que muchos mirarán a las tropas carlistas, que, ciertamente coinciden en ideales y liturgia con el ejército de los “soldados de Jesús”; hasta enarbolaban banderas con un lema similar, celebraban eucaristías, rezaban rosarios y  llevaban en la guerrera el “detente bala” una especie de escapulario con un corazón de Jesús rodeado de la inscripción: “Detente bala el Corazón de Jesús está conmigo”, muy similar los franceses y españoles. Sin embargo, esta milicia no surgió como reacción defensiva contra los asesinatos por cuanto ya existían muchos años antes de esta situación.

Otro aspecto y muy triste, nos diferencia de los vandeanos. Este es el desigual grado de reconocimiento y consideración a los mártires. Allí respetan los monumentos levantados en su honor y memoria sin ningún complejo y celebran eucaristías por sus almas. Aquí, tristemente, se echa tierra sobre su memoria y se les retira cualquier elemento que en su honor se dispusiera aunque se trate de una humilde placa y, por descontado, retiran las cruces porque no soportan lo que representa.

En definitiva, la masacre de los vendeanos y la causada en la España de la II República nos enseña una valiosa lección, esto es, que el odio visceral contra el Catolicismo, si no es detenido, puede generar, como se ha visto y sufrido, en un genocidio. Tal como está cambiando la sociedad ¿Será preciso formar un ejército de soldados de Jesús para defender contra estos nuevos revolucionarios nuestras tradiciones y valores cristianos antes de que acaben con ellos, o incluso con nosotros?


[1] Georges Cadoudal fue un político francés y contrarrevolucionario durante la Revolución francesa. Se le conoció con el sobrenombre de Chouan que dio nombre a los miembros de su grupo de chouanería. Fue una figura emblemática de la Guerra de los Chouanes,

[2] Los cuadernos de quejas (en francés: Cahiers de doléances) fueron unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa encargada de elegir a los diputados en los Estados Generales  rellenaban con peticiones y quejas. Aunque ya se usaban desde el Siglo XIV los más famosos son los redactados en mayo y junio de 1789, por su importancia en la Revolución francesa.

[3] El Gran Miedo (Grande Peur) es un movimiento popular campesino de miedo colectivo que se desarrolló en Francia entre julio y agosto de 1789 por la constante penuria -…de “granos” (cereales) y la hambruna del invierno de 1788, que se prolongó durante la primavera y hasta el verano de 1789, que reactivó la tradicional preocupación por la subsistencia tanto en las ciudades como en el campo. La actitud hostil de la nobleza hacia cualquier tipo de reforma que favoreciera al campesinado, reactivó la actitud hostil hacia ellos.

[4] Louis-Marie Grignion de Montfort,: nacido en Montfort sur Meu el 31-enero-1673 y murió el 28 de abril de 1716 en Saint Laurent sur Sévre en la Vendée. Conocido como el Padre Montfort hasta su elevación a los altares en 1947. Fundó dos congregaciones  Las hermanas de la Sabiduría, (dedicadas al trabajo de hospital y la instrucción de niñas pobres), y la Compañía de María, misioneros. Su espiritualidad atraía con facilidad a la gente, de modo que cuando anunció su plan de construir un monumental Calvario en una colina cercana a Pontchateau, muchos respondieron con entusiasmo. Por quince meses, entre doscientos y cuatrocientos campesinos trabajaron diariamente sin recompensa.  Cuando la magna obra estaba recién terminada, el rey ordenó que todo fuese destruido.  Los Jansenistas habían convencido al gobernador de Bretaña que se estaba construyendo una fortaleza capaz de ayudar a una revuelta.  El padre Montfort actuó con una gran paz ante la situación. Solo exclamó: “Bendito sea Dios” a pesar de que aquellos logran por medio de intrigas que se le expulse del distrito en que daba una misión.También trataron de envenenarlo y asesinarlo al paso por una estrecha calle.  La espiritualidad de San Luis María fue muy amada por el Papa Juan Pablo II. De él tomó su lema “Totus Tuus” y se ha referido al santo en su encíclica Mariana Redemptoris Mater y en muchas otras ocasiones.

Le recomendamos






Comenta

Comenta nuestras noticias con tu cuenta facebook.

entrevistas tv
logo opinion portada