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Oscar Wilde, el buen ladrón

Oscar Wilde
Oscar Wilde

“Todos estamos en la cloaca, pero algunos miramos hacia las estrellas”

(Lo dice lord Darlington en “El abanico de lady Windermere”, de Oscar Wilde)


“Buscar a Wilde en la cloaca, ya sea para revolcarse con él en el fango o para señalarle con el dedo del desprecio farisaico, es no entenderlo. Aquellos que deseen conocer con mayor profundidad a este hombre tan enigmático, no deberían mirarle a él en la cloaca, sino mirar con él hacia las estrellas”. Estas palabras son del biógrafo Joseph Pierce en su magnífica obra sobre Oscar Wilde, “la verdad sin máscaras”. El título da ya mucho para reflexionar. Un hombre que fue prototipo de la moda y el éxito en su época, y después de su caída en desgracia, el prototipo de la decadencia moral… al que en el fondo no podemos considerar ni un dandi enamorado de los lujos y las modas sensuales, ni un cínico amoral sin ningún atisbo de escrúpulos. Tiene razón Pierce, y por ello vamos a intentar hacer lo que nos propone: vamos a dejar de lado la crítica habitual a este gran artista y esteta del decandentismo y la última época de la era victoriana, para mirar con él – con sus ojos, desde la cloaca – a las estrellas.

Después de dos años en la cárcel, el sufrimiento y el dolor le hicieron pasar por una profunda experiencia de Dios y de sí mismo. Son numerosos los pensamientos que dedica a esta experiencia espiritual, y muchos están recogidos en la carta que escribió a Alfred Douglas, texto hoy en día conocido como “De profundis” *.  Es en este punto, en la carcel de Reading, donde llega al clímax de su vida, cuando a través de su experiencia con Dios por medio del dolor puede ver con claridad sus falsas ilusiones y puede quitarse las máscaras que le impedían ser él mismo.

La figura de Cristo y el encuentro con Él marcan profundamente  la imagen de su propia vida pasada. Le enamora la figura del Cristo que viene a salvar al pecador, pues lo experimenta de una forma muy viva y profunda en su misma vida: “(…)es al tratar con el  Pecador cuando es más romántico, en el sentido de más real. El mundo siempre había amado al Santo como lo más cercano posible a la perfección de Dios. Cristo, por un divino instinto que había en él, parece haber amado siempre al pecador como lo más cercano posible a la perfección del hombre”. Parece que Wilde quiere excusar por medio de estas y otras palabras la maldad del pecado y considerar buenos los hechos que en sí son deplorables. Pero no es esto lo que busca. Quiere dar a ver cómo es que, por medio de la miseria, de la fragilidad y del pecado, el hombre puede encontrar a Dios. Porque Cristo busca al hombre en su miseria para rescatarlo.  Como a aquel hombre que colgaba de la cruz a su lado el día de su Muerte: aquel hombre criminal al que Cristo mismo salió al paso por medio del dolor para mostrarse a él y para que él se descubriese y se encontrase consigo mismo. Y de esta experiencia de sufrir junto a Cristo crucificado surge la petición: acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Comparar a Oscar Wilde con San Dimas puede ser un poco atrevido. Pero lo es todo lo que tenga que ver con Oscar Wilde. Es un personaje que se sale de los moldes habituales. No son pocas las descripciones biográficas que lo tildan de “enigmático”. Enigmático por ser difícil de categorizar. Por ser difícil de comprender, por ser difícil de aceptar. A los cínicos, a los amantes del placer sobre todas las cosas, a los enemigos de toda ley y moral… les encantaría tenerlo como su bandera e insignia. Pero no podrían adoptarlo consecuentemente. Si siguen el camino que él siguió, hasta el final, deberán abandonar su postura. Los puritanos, los fariseos, los que no han se han ensuciado jamás la punta del zapato – al menos aparentemente – con las beleidades de este mundo… lo considerarán demasiado escandaloso, demasiado depravado y hundido en el pecado, como para poder sacar algo en limpio de él. Pero estos todos habrán caído en el escollo de quedarse en la cloaca con él, o de mirarle con dedo acusador en la cloaca. Como el otro ladrón, el malo, crucificado al otro lado de Jesús, se quedó en sus fechorías, en sus crímenes, en su “cloaca”… y como los fariseos que también extendieron su dedo acusador al ladrón bueno, al que se arrepintió, mirándole “en la cloaca”, en el repudio de la cruz. Él fue el único que desde su cruz, desde su cloaca, “se puso a mirar a las estrellas”: a ese Cristo crucificado a su lado, que le dio la salvación y el paraíso que desde siempre había estado buscando sin saberlo.

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Adquieren un valor incalculable las palabras con que el poeta acaba esta epístola a Alfred Douglas: “Viniste a mí para aprender el Placer de la Vida y el Placer del Arte. Acaso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso, el significado del Dolor y su belleza”.

Fue el dolor lo que purificó a Wilde en la cárcel, lo que le hizo dar un giro de ciento ochenta grados en su vida. Como él mismo llega a decir, no es nadie por su vida frívola, sino que llega a ser alguien por su encuentro con Dios: “Por entrar en su presencia uno llega a ser algo. Y todos estamos predestinados a su presencia. Por lo menos una vez en su vida, todo hombre camina con Cristo a Emaús”. Fue este encuentro con Cristo por medio del dolor lo que le llevó a una conversión interior que dio sus frutos en su lecho de muerte, cuando pidió la comunión con la Iglesia Católica.


*La práctica totalidad de las citas de este texto son tomadas de “De Profundis”.

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