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Desenterrando y soterrando

Si los hombres callan, las piedras hablarán. No sería la primera vez.

Estrenamos curso sin gobierno y sin parlamento. Con nóminas y dietas puntuales de los que, sin funcionar, están en funciones. Funciones de electoralismo teatral. Compra de votos con dinero público que, al no ser de nadie, tiene su ventajilla. Deuda pública superior al PIB, que con sus correspondientes intereses hipoteca el futuro de los pocos españoles que se atrevan a venir a este mundo loco.

Entre el frío de la gota y el ardor de la sequía, la naturaleza vuelve por sus fueros, dejando de nuevo nuestra condición humana como víctima impotente. Aun así, hemos vuelto a soportar los posados de fotos y las promesas de magnanimidad, en medio de la tragedia, difíciles de creer, según anteriores experiencias similares.

Ante los problemas del hoy y aquí, por lo visto, funciona la estrategia del salto atrás y remover cenizas y avivar brasas de hace ochenta años. Parar la historia y ganar desde el B.O.E. la guerra perdida, erigiéndose en tribunal post mortem de los vencedores. Desmontar las convenciones de la Transición y aplicar la Ruptura. Los nuevos buenos y los nuevos malos. Buenos, los que encarnan el progreso; malos, los que significan involución.

Como no hay vivos que sentar, se desentierran cadáveres para el banquillo. Trabajo de arqueólogos y de funerarios. Fosas comunes y cunetas. ADN de huesos. Comisiones de la verdad con vocación final de ajuste de cuentas.

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Marcha atrás de la moviola. Los problemas de hoy se solucionan cambiando restos humanos de sitio. Manipulando honores. Alterando fragmentos indigestos. Adulterando la memoria. Contaminando la histeria. Por ablación de la conciencia personal y social.

Atención. Porque declarados nulos y sin efecto los actos políticos de los que introdujeron una legitimidad basada en alcanzar los últimos objetivos militares, una vez “cautivos y desarmados” sus oponentes, no a la vuelta de la primera esquina, sino de frente, en 1969 un joven “Príncipe de España” afirmaba ante el Generalísimo Franco, al aceptar su designación como sucesor a título de Rey, que en su persona confluían dos legitimidades (la liberal o isabelina y la proscrita o carlista).

Por la misma regla de tres, la actual democracia parlamentaria cobija una presunta legitimidad derrocada en la guerra civil. La praxis política no sabe de cuentas. Para ellos -los contrarios- lejos de excluirse mutuamente se superan en síntesis grotescas que apuntarían a que sobra un VI.

Negarle a Franco su condición de Jefe del Estado, por el método de acceso a tal magistratura, al margen de la libre valoración de sus aciertos y de sus errores, en pura lógica, es dinamitar los mismos cimientos del régimen que trajo el mismo franquismo político. Se trata –dicen- de hacer justicia. Y para ello remover toneladas de tierra, legajos, huesos, cruces y monumentos. Y también alguna que otra “Jefatura”. Para dejar las cosas como hubieran gustado algunos comparsas, ayer franquistas, hoy demócratas.

Cuentan para ello no sólo con la fuerza ocasional de los votos amén del buenismo de moda entre los llamados a contemplar la memoria desde la otra orilla, los trasvasados de una a otra España. Autodemolición, harakiri, viejos complejos de vencedores y beneficiados de la victoria. De eso saben algo tanto la falsa derecha –la conservadora- como aquellos mismos que en vida y en muerte le rindieron los máximos honores.

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Entre éstos no se encuentra la Causa Carlista, obviamente, que encontró en Franco un enemigo frontal que, sin entenderla, hizo lo posible por hacerla desaparecer, usando a sus hombres como carne de cañón en tiempo de guerra, dividiéndola, corrompiéndola y usurpándola en tiempo de paz. Proscribiendo a su Dinastía hasta abandonar a su titular, Don Javier de Borbón, en manos de la Gestapo en un campo de concentración nazi y a unificar a la Comunión Tradicionalista en FET y de las JONS, el partido único de corte fascista constituido bajo su omnímodo mando. Persiguiendo y desterrando a sus príncipes y jefes políticos, hasta que le convino utilizarlos como comparsas de un falso pluralismo en la última etapa de preparación de su sucesión con apariencia institucional monárquica.

Los cuerpos de los monarcas de la Dinastía Legítima yacen en el exilio, como tantos desterrados carlistas dispersos por todo el mundo desde 1833. Saben los legitimistas el precio de levantar la bandera del Derecho en vidas, haciendas y dolores. Por ello sienten vergüenza ajena del espectáculo macabro que se presenta como telón de fondo de la campaña electoral.

¿Qué será lo siguiente? ¿Qué traman excavar? ¿Qué se llevará por delante la dinamita? ¿Qué quedará en pie, resistiendo la dinámica de la lucha de clases, de sexos, de generaciones, de pretendidas nacionalidades en el seno de un Estado?

Al cabo, los muertos, muertos están. Al margen de lo que hagan aquí abajo con sus cenizas, Dios los tiene ya donde su justicia y su misericordia han decretado. Los profanadores de tumbas poco consiguen más allá de su propia degradación.

Pero a las familias que sobreviven les queda la amargura y la desazón de sentirse ninguneados y maltratados por los que recibieron el poder para cuidar del bien común objetivo, más que para reanudar la guerra removiendo restos humanos y avivando rencores, sin contar con ellas y a pesar de ellas.

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El Valle de los Caídos, algo más que un símbolo, se manifiesta como metáfora de esta España en grietas. El tiempo, que todo los resuelve, dirá su palabra.

Si los hombres callan, las piedras hablarán. No sería la primera vez.

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