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La magia de la Navidad

Se obstinan en disolver lo indisoluble, intentando apagar unas luces y encender otras, en hablar de solsticios y equinoccios paganos, en colgar regletas y escobillones de W.C., en vez de campanitas y ramas de abeto románticas.

Desde que comenzó el Adviento este 27 de noviembre, que fue el primer domingo, la liturgia cristiana, católica por más señas, sana, milenaria y positiva, marca nuestras vidas de un modo muy especial, paso a paso, día a día y le pese a quien le pese. Nos produce alegría, mira tú y nos inunda de gozo, nos anega y nos hace mejores, nos suaviza los contornos perimetrales, nos ahueca y nos presta una confianza y una luz conmovedora. Quieras que no –velis nolis– barruntas algo que nos supera y trasciende a la mayoría ecuménica, un no se qué, que queda en nosotros y eso reconforta mucho.

La Navidad, la conmemoración histórica de la venida de Cristo a la Tierra, cumple exactamente 2020 años en estos días del 2019. La era cristiana se introdujo más bien tarde y lo fue por el abad Dionisio el Exiguo, que murió en el año 540 después de Cristo. Estábamos en el año 753 de la era romana –ab urbe condita se decía según Tito Livio- cuando nace Jesús, año que considera este abad como año uno de la era cristiana, debiendo ser el cero de esta era, por lo que Cristo parecía nacer antes de Cristo, por culpa, según dicen, de esta omisión del 0 en una cuenta de sistema decimal.



Error de este Dionisio, el matemático monje escita y enano, del siglo V, que inventó lo del anno dómini, iniciando la era cristiana, que vivimos en occidente, antes de tiempo porque se olvidó del año cero. Vete a saber. Yo lo apunto con la mejor voluntad y he añadido un año jubilar. Es todo lo más que ocurre y no es para tanto ¿Pasa algo?

La conmemoración entre los primeros cristianos, perseguidos y azacanados, sin duda, no pasaría de una tierna liturgia. Poco a poco se fue revistiendo como la conmemoración fundamental que es y que llenó el bajo medievo de poesía. San Francisco, inventor del belén en la intimidad de las familias, a finales del XII y principios del XIII, que no es ninguna futesa, sacó la Navidad de aquella celebración monacal preñada de liturgias gregorianas y la extendió hacia los sencillos villancicos familiares en torno a la lumbre de los hogares.

Festejamos con alborozo el concepto y la estética navideña, que caló en nuestra civilización cristiana desde finales del XVIII y a lo largo del XIX y que procede de los románticos, la modernidad de entonces, gentes de la talla de Goethe, Schiller, Shelley, Keats y muy especialmente Irving y Dickens, nada menos, a caballo del victorianísmo inglés, que va, en su largo reinado desde 1837 a 1901, dando una nueva estética propia y que armoniza todos estos hábitos y liturgias, hacia una fiesta muy familiar, que mantiene el belén y el portal, en el catolicismo de la contrarreforma, con la escena más realista posible de lo que suponemos que fue e inserta costumbres centroeuropeas, como la del árbol de Navidad, el Tannenbaum, el abeto –Abies nordmanniana o Picea excelsa– que en su origen es una adaptación que hace el inglés san Bonifacio -el apóstol de los germanos- allá por los siglos VII y VIII, que adopta un árbol de hoja perenne –como lo es el amor de Dios- en sustitución del caducifolio con el que conmemoraban los aborígenes al Dios sol. A esto hay que sumar lo que supuso desde 1818 el Stille Nacht, heilige Nacht, de los autríacos Mohr y Gruber, de Oberdorf, y a partir de cierto momento del XIX, la oleada marketiniana, en  coronas y guirnaldas de pino, y acebo, verdes intensos y rojos brillantes- del Bon Marché, Woolworth, Marks&Spencer, Thietz, Lafayette, que en España significa El Corte Inglés. Añádanse Bing Crosby y su White Christmas y para qué quieres más.

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Hacen falta muchos jafetitas, y con mucho más cuajo y sustancia de la que dice tener el pobre Echenique y más activos que ratas almizcleras con escocedura inguinal, para apagar la Pascua de Navidad y darnos la tarde a los creyentes, que, insisto, somos mayoría muy cualificada. Los jacobinos comunistas, con culottes, los que intentan privarnos de lo que pueden, e imponer su caspa, como es el caso del belén de la puerta de Alcalá, que les quema el sucio trasero, marxista y en el que se encuentran de frente con el pueblo soberano pertinaz, lo tienen difícil. Las Navidad es mucho, demasiado para ellos. En su deriva, no advierten, que tienen enfrente no solamente al Vaticano y a nosotros, sino al Corte Inglés, nada menos y por tanto la batalla perdida. Si no son absorbidos es, sencillamente, porque carecen de valor.



Tan sólo tienen en sus caletres odio visceral y meconio y eso, sin infantería de marina e inversores, no va a ningún sitio coherente. En suma, hacen el canelo marxistamente, como tantas veces, hasta que prohíban este partido anticonstitucional, totalitario y rancio que es, por malignidad e insostenibilidad y que no sirve para nada o, todo lo más, para conseguir la carestía de papel higiénico y otros logros similares, que antes, al menos, era el partido extranjero, el de la bandera roja, pasada de fecha, porque la de Rusia ahora es la tricolor zarista ¿Qué ventajas tiene esto para el común?

Se obstinan en disolver lo indisoluble, intentando apagar unas luces y encender otras, en hablar de solsticios y equinoccios paganos, en colgar regletas y escobillones de W.C., en vez de campanitas y ramas de abeto románticas y todo ello con la inestimable ayuda del PP, abducido, que sobrevive en la manga del mal menor, porque se ha desdibujado y descomprometido. Permitir el imperio de la sodomía, la inconsistencia y la vacuidad moral no conduce a nada bueno.

Pues no y que se bajen del carro, que es nuestro. La Navidad sigue sin tener comparación alguna y debe campar por sus respetos en la Europa civilizada, la que todos desean, pese a que nos asesinen los musulmaníacos, que permitimos invadirnos estúpidamente, subvencionándoles y amoldándonos como idiotas del culo, pensando en la imposible emulsión, hasta que aparezca un Truman -o un Trumpman- en esta guerra.

Ya me contarán donde está el truco.

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