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De príncipes y legitimidades

Evidentemente no resulta posible resumir en unas líneas 500 años de Historia, harían falta muchas precisiones y matices que no caben en tan corto espacio.

RAMÓN MARÍA RODON GUINJOAN *

Cuando nuestros monarcas de la Casa de Austria presidieron la confederación de las Españas, unidas por la profesión de la fe católica y la lealtad a un mismo rey, alcanzaron el culmen de su poderío y de su gloria, Portugal incluido, abocando todo su poder, en Europa, para detener la agresión herética de las huestes de Lutero y de Calvino y, en el Mediterráneo, para poner un dique eficaz a la “Sublime Puerta”, en las jornadas de Lepanto y Navarino.

España, firmemente asentada sobre el sustrato insustituible de sus reinos, principados y señoríos medievales nunca olvidaría que estos (y por ende ella misma) eran obra de la Iglesia y de la Monarquía. Y aquel esfuerzo ingente de los siglos XVI y XVII no sería en vano, por cuanto salvó para el orbe católico, y con ello para la Cristiandad, toda la Europa meridional y aún buena parte de la central; lo mismo que una porción decisiva del viejo mar greco latino.

Pero cuando la subversión teológica, en cuya impugnación también brilló en Trento la luz de los teólogos españoles, originó, por un encadenado inevitable de causa a efecto, la filosofía de la Ilustración y la revolución sociopolítica liberal, la lucha se desplazó al interior de nuestros territorios, donde los realistas primero y los carlistas después lucharon heroicamente, a lo largo de cinco guerras civiles (entre 1822 y 1939) para contrarrestar las consecuencias devastadoras de la gran Revolución de 1789, madre de cuantas habrían de seguirla, de signo marxista, nazi – fascista o anarquista.

Y tampoco esta vez el esfuerzo de cuantos entregaron vidas y haciendas a la causa contrarrevolucionaria fue en vano, porque lograron detener primero los estragos que culminarían en la obra nefanda de la segunda República y del Frente Popular, para infligirles, después, una completa derrota en 1939. Cosa distinta fue que aquella victoria, que tantos sacrificios comportó, resultara administrada, desde el primer momento, por quienes supieron alzarse con el santo y la limosna, con tan lastimosas consecuencias que en 1978 lograron retrotraernos a 1876.

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Evidentemente no resulta posible resumir en unas líneas 500 años de Historia, harían falta muchas precisiones y matices que no caben en tan corto espacio, así como acertar con la descripción de las estructuras de aquella sociedad natural y cristiana que, otrora, fue la nuestra; pero sólo nos proponíamos reflejar, apretujadamente, una breve introducción al tema que aquí realmente nos interesa.

Al franqueársele las puertas de par en par, cual inesperado obsequio, la Revolución halló el modo de trasladar la lucha no ya aquende nuestras fronteras, sino en el mismo seno del carlismo, única fuerza auténticamente contrarrevolucionaria que, a lo largo de 145 años, había tenido que temer la hidra disolvente de la subversión social e ideológica. Y así surgió, allá por los años 70 del siglo XX, el mal llamado carlismo “socialista autogestionario” que, desde entonces, no ha sido más que un instrumento destinado a emponzoñar al auténtico carlismo, el tradicionalista, y a combatir el ideal de la Cristiandad.

Cuando traspasó don Carlos Hugo fuimos muchos los que abrigamos la esperanza de que su primogénito, don Carlos Javier, escucharía a quienes siempre siguieron fieles a la causa que su Familia se hallaba llamada a servir. Desgraciadamente no ha sido así, porque el nieto primogénito de don Javier (el último rey de los carlistas) se ha debatido entre dudas, incertidumbres, inexactitudes y afirmaciones contradictorias; mostrándose, en definitiva, ajeno al Tradicionalismo que siempre ha sido el alma del viejo partido católico, foral y legitimista.

Lo del “socialismo autogestionario” resulta tan burdo, increíble e inviable que algunos de los que nunca se comprometieron a fondo con tamaña insensatez, pero antepusieron siempre, incluso a veces casi sin advertirlo, las personas a los principios, llevados a día de hoy por el afán de tener un rey carlista, aún a costa de sacrificar una parte de lo que para nosotros siempre resultó irrenunciable, vienen a defender ahora el derecho incuestionable de don Carlos Javier a la titularidad dinástica del carlismo “porque le toca”.

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Si algunos, en la década de los 70, pretendieron hacernos comulgar con ruedas de molino, con el único argumento de la lealtad debida al Rey (¡pobre don Javier, torpemente instrumentalizado por 4 de sus 6 hijos!), hoy otros, más finos, más cortesanos, arrumbando al parecer los argumentos del carlosocialismo, pretenden  que prestemos una incondicional adhesión a don Carlos Javier, por ser el representante de la Legitimidad española que, para ellos, queda circunscrita al hecho de ser este Príncipe el Jefe o cabeza del único linaje de los descendientes de Felipe V que nunca reconoció a la dinastía isabelino – alfonsina.

¡Menguado concepto el que tienen estos señores de la Legitimidad española! Porque la entidad de ésta no se halla constituida tan sólo por el mejor derecho a la Corona, sino por todo el entramado histórico, institucional y doctrinal defendido, a lo largo de 183 años, por el auténtico pueblo carlista, ese “resto de Israel”, para usar una metáfora con sabores bíblicos, que alzará siempre, frente a la Revolución, la Bandera inclaudicable de una monarquía católica, federativa y legítima; pero legítima porque su titular se halle vinculado a una trayectoria histórica inmaculada y transparente, que no admite contubernios con los enemigos del Derecho público cristiano.

Es decir que no es un rey ni una dinastía quienes integran la Legitimidad española, sino que es ésta la que legitima al rey y a la dinastía si se vinculan, en forma exclusiva y excluyente, a las exigencias de aquélla. A quienes tal defendemos se nos tilda de integristas, con lo cual acreditan, quienes tal afirman, su insalvable ignorancia o evidente mala fe. A mí particularmente, conforme están las cosas, estoy por decir que me halaga el que algunos me llamen integrista.

Y todo esto, en definitiva, es lo que debe meditar don Carlos Javier, porque el carlismo ya ha demostrado que puede sobrevivir a los efectos de una orfandad dinástica (sin entrar ahora en el hecho de que su tío, el Infante don Sixto, siga siendo, en este sentido, un referente válido para muchos carlistas); en cambio ellos, el actual duque de Parma y sus hermanos, sin el apoyo del verdadero carlismo, quedarían relegados a la condición de anodinos segundones entre la espesa fronda de príncipes y princesas, sin ningún futuro político, surgida de las familias reales europeas vinculadas a la Revolución, bien se hallen sentadas en un trono de opereta o en la diáspora de sus dorados exilios.

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[*] Fallecido el 16 de octubre de 2017. El artículo está fechado el 18 de julio de 2016. El 9 de octubre de 2015 obtuvo el doctorado en Historia por su tesis “Invierno, primavera y otoño del Carlismo, 1936 – 1976”, en la Universidad Abad Oliba CEU de Barcelona. La publicación de este artículo parece procedente a la vista de las recientes manifestaciones públicas de S.A.R. Don Carlos Javier de Borbón Parma.

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