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Opinión

Existencialismo vs. ideología

La existencia como el acto de ser, es aquello que ejercita la esencia, pues, nos podemos referir al ser de una cosa en cuanto a que existe, alejándonos del campo de las esencias.

No hay nada más opuesto a la existencia concreta y vital de cada individuo que un aparato ideológico. En primer lugar, por su intrínseca y constante negación de la realidad. En segundo lugar, por la distorsión que provoca en la naturaleza misma de las cosas; pues borrada toda esencia que está unida al objeto queda esta, irremediablemente, a merced de la mitificación ideológica y su posterior falsificación. Pues el hombre suplanta el orden natural y se trasforma en un dictador de significaciones. Y en tercer lugar, por la constante masificación y abolición del ser humano en tanto que es un individuo único e irrepetible. La masa constantemente pisotea al sujeto (cuya conciencia quiere desprenderse de la anarquía masificadora) y su existencia. Una suerte de asfixia que perturba la vida en su matriz ontológico-existencial se apodera del hombre que cae en una muerte lenta que impacta como un temblor en el centro de su espíritu. Las personas muchas veces no son consciente de este terrible daño.

La raíz filosófica de este mal se la debemos en buena parte al “idealismo”, al “racionalismo” y al “pseudo cientificismo o positivismo”. Pues la enfermedad radica en una pérfida abstracción totalitaria de ideas sin base real. O en otros términos, no tiene rango ontológico, puesto que esa idea carece de ser en el fondo. Puede versar sobre un objeto real, pero a base de distorsionarlo casi por completo. Gustave Thibon en un majestuoso trabajo titulado “La muerte de las ideologías” sostenía: “la ideología se injerta en la realidad, como un cáncer que toma la forma del órgano que devora para, finalmente, aniquilarlo. Se injerta en la razón, cuyo mal empleo es justamente el origen de la ideología y conduce – he aquí la paradoja –, a la sinrazón absoluta. Es una lógica que ha vuelto la espalda a la verdad concreta” (conferencia titulada “La Muerte de las Ideologías” dictada en 1981 en Buenos Aires). Precisamente, el ideólogo crea bastos sistemas complejos partiendo de la realidad; pero incorpora razonamientos abstractos puramente ideales que no tienen correlato con la realidad misma. Así, a medida que avanza en la complejidad sistémica, se pierde en un mar de ilusiones y ficciones. Y, he aquí el peligro que los ideólogos tengan el poder y lleven estas ideas a la práctica, por ejemplo, a través de instituciones educativas o en el campo político.

Para echar luz a lo anterior, el gran filósofo Francés, Jacques Maritain, sostiene: “Los marxistas, en cambio, permanecen fieles a la noción de objeto; más, trabajando sobre un hegelianismo a su modo y sobre un idealismo transformado en filosofía de lo real, echan realmente en olvido el universo de la existencia o el universo de los sujetos, atribuyendo a un universo de objetos, que transforman en realidades, y de naturalezas que no son sino aspectos contingentes de la inmanencia del devenir, una existencia que no es sino una extraposición de la idea; incurriendo así en la acusación que los existencialistas levantan contra el mito idealista del objeto”. (Breve Tratado Acerca de La Existencia y lo Existente de 1947). Naturalmente, parten de un pensamiento puramente idealista a partir de un falso subjetivismo y buscan, asimismo, su aplicación en la esfera de la existencia y en la realidad misma. En pocas palabras, tales ideas no poseen una matriz ontológica, puesto que son falsas y carecen de verdad. Entonces, no queda más que sentenciar lo catastrófico que resultan las ideologías para la existencia del hombre, ya que en esencia la existencia y la ideología son dos conceptos opuestos. La primera es anhelo de libertar, amor, verdad, belleza, naturaleza y trascendencia, en su sentido más profundo. Y la segunda es perturbación de todos aquellos órdenes mencionados anteriormente. En definitiva, suplanta aquellos campos por erróneas concepciones contingentes e intrascendentes, es decir, verdaderos artificios que nada aportan a la vida del hombre.

La existencia como el acto de ser, es aquello que ejercita la esencia, pues, nos podemos referir al ser de una cosa en cuanto a que existe, alejándonos del campo de las esencias. En efecto, la esencia y la existencia son dos conceptos análogos al ser, pero al mismo tiempo son dos términos variados aunque inseparables, ya que son interdependientes. Asimismo, no se puede ejercer la existencia alejándonos de las esencias, puesto que hay un orden ontológico que necesariamente el hombre debe adecuar a su existencia. Y cuando irrumpen las ideologías se vulnera aquella estructura ontológica que es necesaria para cualquier existencia autentica, o sea una vida que busca trascender. En suma, nada de esto es posible cuando el pensamiento ideológico es lo que marca el rumbo existencial.

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Para cerrar la idea hasta aquí descripta, citaré nuevamente a Gustave Thibon: “les contaré una pequeña anécdota que me hizo reflexionar sobre las ideologías. Cuando yo era muy pequeño, tenía un tío abuelo –muerto hace ya muchos años– que vivía en Buenos Aires y que vino a visitarnos hacia los años diez u once de este siglo. Un día en que paseaba con él, me preguntó: ¿Sabes aritmética?; yo le contesté: “Y muy bien, tío”. Entonces, él me dijo: “Mira, encima de un árbol, hay diez pájaros. Pasa un cazador, dispara y mata seis pájaros. ¿Cuántos quedan posados en el árbol?”; y yo respondí: “Cuatro”; “No, no, tontino, porque cuando el cazador disparó, todos los otros pájaros huyeron”. YJustamente, la ideología se ampara en razonamientos puramente ideales como se ha explicado, negando de esta forma, todo contacto del sujeto con la realidad; pues subyugado el individuo a las ideas fatales de las ideologías, se precipita, sin duda, a la esclavitud de lo que abogue una mayoría. Pero en verdad el sujeto pierde de vista la riqueza que significa vivir en un plano donde cada hecho de la vida tiene su significancia, es decir, son experiencias que tienen su sentido, su libertad y su plenitud y, por sobre todo, comprendiendo que cada vivencia es única e irrepetible, guardando su registro en la eternidad misma.

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