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En el cumplimiento de su deber

Episodios tomados de Estampas Carlistas, de Antonio Pérez de Olaguer

¿Lo recordáis? En las viejas fotos, amarillas de cera y nostálgicas de recuerdos, se ha asomado, más de una vez, recordando el romance que no se ha escrito. Era comandante general de los carlistas del Maestrazgo, y su azul zamarra peluda, del arma de caballería, rimaba con su rostro fiero, de enormes bigotes crespos y despeinados cabellos lacios. Se llamaba don Manuel Carnicer y había nacido en Alcañiz, a fines del siglo XVIII.

Muy joven, era ya capitán de las Guardias Walonas, graduación equivalente a la nuestra actual de teniente coronel. Hombre de ideal, con un alto concepto del deber, al morir Fernando VII se puso al frente de siete amigos que, reclutados y equipados a su costa, se lanzaron con él al campo de Alcañiz, al grito de ¡Viva Carlos V! Montaban briosos corceles, y aquel grupo de ocho andantes caballeros sembró la confusión en los contornos.

Cuando el brigadier barón de Hervés, comandante general del Maestrazgo, y el coronel don Carlos Victoria, gobernador de la plaza de Morella, fueron fusilados, don Carlos María Isidro de Borbón, teniendo en cuenta su bravura y conocimiento de la acción de Calando, le nombró para aquel primer alto cargo, ascendiéndole a coronel. A partir de aquí toda la historia de
don Manuel Carnicer está esmaltada de victorias y de hechos heroicos, ciñéndose al cumplimiento más estricto y al propio tiempo más elegante del deber.

Reunió, instruyó, organizó gran número de voluntarios. Ganó en marzo de 1834 la acción de Castejoncillo, haciendo prisionero al brigadier isabelino conde de Mirasol. ¡Qué hidalga, qué arrogante, qué caballeresca la conducta del nuevo comandante general de los carlistas del
Maestrazgo! ¡Cuán distinta aquella guerra de las guerras de ahora!

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Al enemigo vencido le sentaba a su mesa, y con trato exquisito le oponía sus puntos de vista y discutían con las palabras y con los argumentos lo mismo que antes dirimieran con los fusiles… Así eran los calumniados jefes carlistas. Así era y constituían una réplica viva a los jefes liberales y a los jefes de la guerra actual, que no saben ni ganar ni perder. Ni unos ni otros. Ni en Bulgaria con los fusilamientos de sus regentes, ni en el Japón con sus crímenes de Manila.

Las dotes de organización del coronel Carnicer, su audacia y su valor, su indómita voluntad, le valieron muy pronto los entorchados de brigadier. Al frente de 1.500 infantes y de 70 jinetes, cifra a que habían llegado los siete carlistas amigos con los cuales se sublevó en
Alcañiz, don Manuel Carnicer sembró el desconcierto en el campo. En cierta ocasión, habiendo terminado las municiones, a pedradas logró desalojar de las alturas de Beceite, en 1834, al coronel liberal Rebollo, al que hizo prisionero. Y derrotó al enemigo con exquisita elegancia, pero con demoledor empuje, en las acciones de Obejuela, Castellote, Santoba y Cortés.

Fue entonces cuando el Gobierno liberal puso precio a su cabeza, tasándola en mil duros.

—Es poco. Pero en fin, acaso no valga más—murmuró el comandante general de los carlistas en el Maestrazgo.

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El rey le llamó a su lado. Su valor extraordinario le captó y estimó conveniente encargarle una personal misión. Se lo hizo saber. El concepto del deber le planteó en el acto la cuestión de confianza. Debía ir al lado de su rey y señor, de su jefe y general, aunque el intentarlo le costara la vida. Si tenemos el valor de sacrificarlo todo al deber, el sacrificio se convierte en la satisfacción más dulce que podamos experimentar, afirma madame Hoctermann. Y el brigadier Carnicer, sin dudarlo, sonriendo, contento abandonó sus fuerzas, con las que estaba seguro y soberano, se disfrazó con un traje de arriero y cruzó las líneas de fuego en busca del Norte y del Cuartel General.

Al principio todo fue bien… Como aquel bravo capitán Alba, héroe del Alcázar de Toledo, que salió de la fortaleza para llevar un parte. Mas después de vencer lo más difícil fue denunciado en un pueblo por un antiguo asistente suyo. Así, un siglo antes, al bravo brigadier
Carnicer, un antiguo corneta suyo, que había servido a sus órdenes en la Guardia Real de Fernando VII, le descubrió al cruzar el puente de Miranda de Ebro y se apresuró a denunciarlo, para ganarse sin duda los mil duros, capturándole los carabineros.

Y reza la crónica: «Reducido inmediatamente a prisión por los carabineros que custodiaban aquel puente, el brigadier Carnicer fue fusilado en Miranda de Ebro el día 6 de abril de 1835, llorando todos su desgracia porque (como dice el académico de la Real de Historia don
Antonio Pirala en su Historia de la Guerra Civil) fue aquel malogrado brigadier carlista uno de los jefes del Maestrazgo que más se distinguieron por su caballerosidad.»

Esa fue la realidad. Su caballerosidad, reconocida por los liberales, cuya liberalidad era tanta, que, en vez de sentarlo a la mesa, a la altura del vencedor, para hacer honor a su lealtad y al valor del cumplimiento del deber, le fusilaron en el acto, reconociendo, eso sí, su caballerosidad e incluso llorando su muerte. Muy humano y sobre todo muy liberal. Tan liberal que allá quedaba para siempre, junto a los muros grises del puente de Miranda de Ebro, establecido el contraste entre un hidalgo carlista que desafía la muerte en el cumplimiento de su deber y un jefe liberal que sacrifica sus conceptos caducos de liberalidad para ganar mil duros con que se tasa la cabeza de un héroe y de un caballero español.

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