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De pandemia en pandemia, y cambio la historia cuando me toca

“La política no puede hacerse contra la historia”

Imagen Pixabay

Por Juan V. Oltra

Escribo estas líneas en esos días en que todos los españoles cumplimos con el preceptivo aislamiento social, encerrados en nuestras casas. Durante estas largas semanas de bombardeo catódico, hemos pasado por distintas fases: desde la primera donde se daban cifras de muertos de una forma que hacia parecer que los periodistas buscaban batir algún tipo de macabro record (incluso en algún noticiario se pudo ver una sonrisa al hablar de los fallecidos diarios) a las rencillas políticas de última hora, donde todos quieren tener la razón en propiedad y no sé yo si cautiva y dentro de una cajita.

Pero si algo ha sido universal en esas tertulias de todólogos televisivos, que de nada saben y de todo opinan, han sido las referencias a la historia. Yo, que de historiador solo tengo una afición latente desde la infancia, no puedo evitar sucumbir a la tentación y por una vez, convertirme en eso que tanto desprecio, en una boca de pez que habla sin un fundamento científico que le sustente.

Si, tuve la tentación de hablar sobre un paralelismo entre las medidas de seguridad sanitarias y las informáticas, establecer como se parecen (o no) las medidas a tomar ante virus (informáticos) para los que tenemos vacunas, y que medidas para los que no (generalmente, ransomware), que suelen pasar por el aislamiento del equipo infectado, con desconexión y estudio sistemático de las máquinas relacionadas. Pero deseché esa tentación por el temor fundadísimo a que, a si empleaba sin freno términos técnicos, pocos me entenderían y que, si no los empleaba, no sabría llevar a cabo esta entrega. Así, desde mi necesaria vulgarización, acudo a la historia.

Ya sabemos todos que de un tiempo a esta parte la historia ya no es eso que está escrito en los manuales, ni tan siquiera la relación de los hechos que sucedieron, sino una especie de tripa de Jorge, que se estira y se encoge, según el responsable político del ministerio disponga. Esto es algo que ya vimos en los primeros tiempos de la transición, cuando se convirtió en un héroe de 625 líneas a Curro Jiménez, transformándolo en un trasunto de Adolfo Suárez y con aventuras que lo colocaban como un adalid del liberalismo y la lucha contra el francés. Esto último ya era difícil, porque el Curro original, Andrés López Muñoz, nació en 1819. Pero es que lo primero tampoco puede sostenerse demasiado, ya que según el erudito García Benítez, la única filiación suya que queda registrada es como voluntario en las tropas carlistas. Y no es solo en el medio televisivo donde la mano que retuerce la historia ha entrado. Tendrían que ver la cara de mis alumnos cuando les digo que los verdaderos padres de la criptografía occidental no hay que buscarlos en la CIA o en el FBI, sino en el Papa matemático, Silvestre II, y en la abadesa Hildegarda de Bingen, hoy doctora de la Iglesia. El oscuro manto de la tergiversación histórica llega a todo rincón.

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Y si esto es así ¡cómo no iba a suceder en esas tertulias! El plato fuerte de la recreación ha sido la mal llamada gripe española de 1920 (no entro en detalles, pero seguro que muchos de mis lectores saben que el apellido de “española” respondía más que a la realidad, a la ya entonces necesaria intoxicación). Curiosamente olvidaban un precedente que creo más exacto: el cólera morbo asiático.

El cólera morbo generó seis pandemias de 1817 a 1923, cuatro de ellas afectando directamente a España. Cuatro y no las seis por el tipo de vida de entonces, más rural y desde luego con menos viajes internacionales. Se ha dicho, y en esto si estoy totalmente de acuerdo, que si la peste se hubiera desencadenado en un mundo tan conectado como el nuestro, la humanidad hubiera desaparecido del orbe civilizado.

Pero volvamos al cólera morbo, y a los 800.000 fallecidos que dejó en nuestro país, por entonces de unos 15 millones de habitantes. El principal paralelismo que encontramos con la situación actual es que no existía un tratamiento eficaz contra el mismo. Fue muy tarde, en 1885, cuando el valenciano Jaime Ferrán empleó las inoculaciones anticoléricas. Las pocas medidas, son las mismas que hoy hemos revivido: medidas higiénicas y aislamiento, lo que suponía la creación de lazaretos y prohibición de circular libremente entre ciudades, además de la obligatoria cuarentena para viajeros.

Esos cordones sanitarios, entonces como hoy, se quebrantaban. Y por razones muy parecidas: querer escapar de la enfermedad huyendo al campo, o por reactivar la economía; la principal oposición a esas medidas vinieron de la mano de comerciantes, industriales y empresarios. Se llegaron a generar, como hoy, revueltas, los llamados “motines del cólera”, una novedad pues en ninguna enfermedad ni pandemia anterior se habían producido. En 1885 se destapó lo que se llamó el “cantonalismo sanitario”, una insurrección de los poderes locales que no querían ser ordenados desde el poder central (seguro que esto también les suena). Poblaciones libres de la enfermedad como Málaga o Canarias se sublevaron ante Madrid. Los más desfavorecidos, mientras tanto, morían literalmente de hambre. Muchos fallecidos fueron ocultados o disimulada la causa de su muerte…

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Por no eternizar estas líneas, cabría decir a modo de cierre, usando una frase de mi nada admirada Simone Veil, pero empleadísima (y por eso la traigo) por mi admirado Juan Beneyto que “La política no puede hacerse contra la historia”. Si analizamos los errores que cometimos quizá, y solo quizá, contemos con alguna ventaja.


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