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La nueva “anormalidad”

La democracia se ha transformado, como no podía ser de otra forma, en el gobierno de los mediocres.

Imagen Pixabay

Nos han prometido una nueva normalidad. Pero todo lo que estamos viendo se nos antoja “anormal”, muy anormal. Tan anormal que era normal que aconteciera. Y no estamos jugando con las palabras. Hace más de 40 años, con motivo de la preparación del texto de la Constitución del 78, Adolfo Suárez dijo aquello de que: “Vamos a hacer normal en la ley lo que en la calle ya es normal”. Pero todo era falacia. La gente ya era normal y la Constitución española fue el inicio de la imposición de una “anormalidad estructural” que ahora ha eclosionado.

Se plantó una semilla pequeña, pero con todos los elementos para que la sociedad española cambiara hasta que “no la conociera ni la madre que la parió”, Alfonso Guerra, dixit. La Constitución iba -decían- a respetar a la Iglesia católica. Los obispos no tenían de qué preocuparse, sólo de recomendar que se votara SÍ. La Constitución no era divorcista, proclamaba la noche antes del referéndum constitucional el exsecretario general del Movimiento, reciclado el “demócrata de toda la vida”.

El Rey no era “responsable de sus actos”, se escribió en el texto, para tranquilizar a los inexistentes republicanos del momento. La unidad territorial estaba garantizada por el Ejército y la soberanía era inalienable. Todo ello quedó escrito en el texto constitucional, antes de que la OTAN decidiera que Ceuta y Melilla, inclusive las Canarias, no eran territorio europeo y por tanto no estaba obligada a defenderlas. O que la entrada primero en Europa y luego en la Unión Europea nos cercenara la susodicha soberanía.

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Toda la mentira, toda la maqueta, todo el castillo de naipes se mantuvo hasta que una breve brisa de aire con bichitos malos, decidió devolvernos a la realidad: “La normalidad nunca había existido”. Todo el régimen del 78, cuarenta años de nuestra existencia ha sido una violencia contra el ser y estar de España. Todo era falso y anormal en sí: lo que llamaban democracia era partitocracia; la monarquía era pantomima corrupta hasta los tuétanos; la Europa de las libertades era y es burocracia asfixiante de oligarquías repartiéndose  los  despojos de una nación.

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Ya no hay Ejército que defienda una unidad territorial. Y, además, da igual. Los países han dejado de medirse por metros cuadrados de superficie, sino por su capacidad de decisión en sus asuntos propios e internacionales. Y en nuestro caso, la capacidad de decisión es nula y dinamitada por el sistema autonómico (por abajo) y la Unión Europea (por arriba). El llamado “rey emérito”, ni siquiera se salvará de la quema, pues tras instrumentalizar sus malas y desordenadas pasiones durante cuarenta años, ahora lo arrojan a los pies de los mismos caballos que patearán a su hijo y su consorte nada real.

La democracia se ha transformado, como no podía ser de otra forma, en el gobierno de los mediocres. Estamos en manos de medianías que nos dan a elegir entre la ruina a la europea (intervención) o a la ruina a la bolivariana (intervención). Escojan ustedes qué nueva “anormalidad” prefieren. La Iglesia que otrora fuera complaciente con el Régimen, sólo sabe contar las casillas marcadas que cada año pierde en la Declaración de Renta, mientras ve peligrar sus colegios y patrimonio. España hace 40 años era un país austero y de gentes sencillas. Hoy somos soberbios arruinados. Ya queda escaso margen para el disimulo. Todo lo que nos tocará vivir, ya estaba contenido en la Constitución del 78. Nosotros lo avisamos. Nadie nos creyó. Disfruten de la “nueva anormalidad”.

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