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La familia de los tristes destinos

Hay una ley histórica inapelable: el trono de España será para la dinastía legítima o para nadie.

Formados en el tradicionalismo y en los años de la Transición, no podíamos ver en sucesor del General Franco, Don Juan Carlos, más que un perjuro que traería la desgracia a España, como así ha sido. La historia nos ha enseñado que las abdicaciones en la rama de los borbones que llega hasta Felipe VI, está plagada de abdicaciones: Felipe V en favor de su hijo Luis I (aunque el rápido fallecimiento de este le obligó a retomar la corona); Carlos IV llegó a abdicar hasta dos veces ante Napoleón; Fernando VII lo hizo junto a su padre; Isabel II en su exilio abdicó a favor de Alfonso XII; su nieto Alfonso XIII también en su exilio, en 1941, abdicó a favor de su tercer hijo, D. Juan el cuál, ya durante la transición, acabó abdicando a regañadientes en favor de Juan Carlos. Los escándalos obligaron a este a abdicar en su hijo Felipe, que ahora le invita a salir de España. De nuevo un Borbón en el “exilio”.

Criticábamos cuando se presentaba la Constitución de 1978 al pueblo español, lo absurdo de proponer un “rey que reina pero no gobierna” o bien “que no fuera responsable ante la ley”, o sea un irresponsable. Denostábamos cómo, siendo el “okupa de la Zarzuela”, gracias a Franco, ya estaba renegando de su herencia política con el cuerpo aún caliente del General. La lista es larga, la entrega del Sahara a Marruecos, la traición a todos los implicados en un golpe de Estado diseñado por la Zarzuela, la firma de la ley del aborto con tal de mantenerse en un trono de juguete. La verdad sea dicha, Felipe González le enseñó el camino: “Enriquézcase y ya gobernaremos nosotros”. Don Juan Carlos siempre fue más feliz cuando nombraba presidente de Gobierno a alguien de izquierdas que de derechas … y se notaba. Más amigo de Pujol, con quien le atan oscuros lazos de corrupción, que con honestos patriotas. Sin ser “responsable” fue la causa necesaria para que nuestra sociedad cayera en la desintegración moral.

La fantasía de una monarquía constitucional duró mientras permanecía la connivencia de los políticos gobernantes de turno. Ese era el consenso democrático del que todos se enorgullecen: se instalaba la partitocracia a cambio de la figura del “Rey” fuera inviolable. Durante 40 años el consenso funcionó. Ningún medio de comunicación se hizo eco de las tropelías de un señor que a finales de los 80 del siglo XX hubieran escandalizado a toda la sociedad. Se creó la imagen de un “rey campechano”, un matrimonio ideal, un reinado idílico y democrático. Pero todo era falso. La democracia ha sido sinónimo de corrupción estructural; la monarquía ha sido carcomida por los vicios y la ambición desmesurada; y España ha quedado enfangada en la desintegración territorial, moral y económica. Y a los que ya avisamos de todo lo que advendría a nuestro solar patrio, ahora nos quieren hacer callar por parecer traidores.

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Decimos esto porque el último resorte que soporta la silla real okupada ahora por D. Felipe, es ser “constitucionalmente” garante de la unidad de España. Por eso, muchas buenas gentes, imbuidas en el instinto de que el principio de unidad que representa la monarquía es lo único que puede evitar una desmembración, salen a defender a esta dinastía liberal. Y a los que decimos las verdades del barquero, para colmo nos acusan de renegados de la Patria. Pero son casi dos siglos de saber acumulado lo que nos permite afirmar que la “dinastía de los tristes destinos”, sólo tiene un lugar natural: servir a la Revolución contra la Tradición, para después sufrir el vilipendio de los que ha servido traicioneramente. Don Juan Carlos nunca tuvo monárquicos a su lado sino “juancarlistas”. A Don Felipe le quedan pocos “felipistas” y deberá afrontar la dura realidad: el consenso se ha roto, unas fuerzas requieren la República, su silla se mueve y tiene enemigos muy cerca, tan cerca como “la mano que mece la cuna”.

Hay una ley histórica inapelable: el trono de España será para la dinastía legítima o para nadie. La dinastía liberal sólo ha tenido como finalidad cerrar las puertas a la restauración de la España tradicional y abrirlas a la revolución, que siempre ha sido mal pagadora. España durante casi medio siglo ha vuelto a ser una república coronada y permitida. Muchos tienen ganas de guardar la corona en el baúl de los recuerdos. Las monarquías subsisten si hay un pueblo monárquico. La marcha al exilio (dorado) de Don Juan Carlos nos demuestra que los “juancarlistas” se han extinguido, sólo fueron una falacia histórica. Los verdaderos monárquicos no lloraremos la caída de esta dinastía. Ya sólo es cuestión de tiempo, todo huele a República.

PD.: Algunos colaboradores de este número, son ajenos a las finuras carlistas a la hora de denominar y distinguir nomenclaturas propias de las dinastías liberales o legítimas. Preferimos dejar los textos en su estado original, pues el que sabe distinguir ya entiende lo que se quiere decir.

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Este artículo se publicó en la revista Reino de Valencia nº 125

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