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Dispuesto para reñir la batalla

Yo quiero estar dispuesto para reñir esa batalla; y si caigo en el combate antes de ver ese glorioso final, ¡no importa!, porque, con los ojos fijos con la última mirada en los del Redentor agonizante en la cruz, aún podrán decirle trémulos mis labios: ¡Señor! ¡Señor!

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Mi creencia es tan firme sobre la esterilidad de las contiendas parlamentarias y la proximidad de las terribles contiendas sociales, que, si no la hubiera arraigado en mí el estudio de la impiedad moderna en todas sus formas, me la impondría la extraña ceguera de los que no ven la marcha vertiginosa de la Revolución y todavía creen-por no fijar la vista empañada más que en un punto y no compararle con lo que le rodea, para notar las diferencias de posición—en la perpetuidad de un presente que hace tiempo se desliza, por un plano inclinado, hacia el abismo. ¡En las crisis supremas suelen los humildes ver con más lucidez que los hábiles! Yo tengo el presentimiento de que la hora de una catástrofe social, preparada por tres siglos de herejías y por uno de ateísmo, está próxima, y que se va a dividir de nuevo la Historia con una edad que termina y con otra que comienza.

Y temo que el día en que se apague una lucecilla que arde en la colina del Vaticano, lanzando melancólicos resplandores sobre la iniquidad de un mundo ingrato; el día en que −cumplida la misión providencial de haber llevado hasta el último límite la misericordia divina para preparar el camino de la justicia− la luz se apague, puede ser que un viento de muerte sacuda la pesada atmósfera que gravita sobre las almas, y que, en el momento en que una turba insensata, acaudillada por los apóstoles de la impiedad, escale los muros del templo para arrancar de la techumbre social la cruz de Cristo, que es y será siempre el pararrayos espiritual contra todas las tempestades de la vida, puede ser que una nube sombría y tormentosa invada los horizontes y los ilumine súbitamente con la centella que rasgue sus entrañas, para que veamos avanzar sobre el suelo, calcinado por la revolución, de esta Europa apóstata y cobarde una ola negra, muy negra, coronada de espumas ensangrentadas, que arrastre, entre sus aguas impuras, astillas de tronos y fragmentos de altares, y que dé comienzo a una noche funeral que se cierna sobre la tierra y parezca interrumpir la Historia.

No temo esa noche, que sé que ha de venir. Y, si no consultara más que a mi deseo, diría que ya tarda demasiado en oscurecer el día con el polvo de la catástrofe y en ensordecer los ecos de las montañas con el bramido de los huracanes y de las olas irritadas. ¡Qué venga pronto! para que el resplandor del relámpago, azotando como una espada celeste los rostros de los vencidos, nos permita ver en la batalla fragorosa el avanzar de las legiones que no han renegado de Cristo; y después, cuando los crespones se rompan y las sombras huyan y las nubes se desvanezcan y se serenen los aires, a las luces de la alborada del GRAN DIA podamos contemplar—al pie de la Cruz, abrasada por las llamas, ante los escombros humeantes, despojos de la anarquía convertidos en altar—surgir al sacerdote católico levantando la Hostia santa con el nuevo Sol de un mundo nuevo, que salude al pueblo fiel con el murmullo de una inmensa plegaria, TE DEUM de victoria y canto encendido de esperanza y de amor.

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Yo quiero estar dispuesto para reñir esa batalla; y si caigo en el combate antes de ver ese glorioso final, ¡no importa!, porque, con los ojos fijos con la última mirada en los del Redentor agonizante en la cruz, aún podrán decirle trémulos mis labios: «¡Señor! ¡Señor! Cuando las muchedumbres que redimiste de doble servidumbre, enloquecidas por el vino de la impiedad, te maldecían; cuando los sofistas se mofaban de Ti y te escarnecían saludándote con el Ave Rex Judaeorum; cuando los perseguidores echaban suertes sobre tu vestidura, y los escribas y los fariseos se concertaban para infamarte, y los cobardes pactaban con ellos, y discípulos pusilánimes te confesaban en silencio, ¡Señor, Tú bien lo sabes!, yo no te negué, y en horas muy amargas se levantó hasta Ti como una oración mi propia pesadumbre, para decirte que sea tu nombre el último que pronuncien mis labios, y que, cuando mi lengua quede muda, todavía con el postrer esfuerzo de mi brazo se alce mi pluma como una espada que te salude militarmente al rendirse a la muerte, peleando por tu causa».

(Vázquez de Mella y Fanjul- Final del discurso de Santiago, que pronunció el 29 de junio de 1902)

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