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Se empieza llamando ciudadanía al pueblo soberano, y se le acaba guindando el respeto, la cartera y el bocadillo

¿Tras ochenta años, se sabe dónde estaba el truco de remitir la reserva de oro del Banco de España, la tercera del planeta, a Odesa, a Stalin, en cinco barcos, para su libre disposición?

Se comienza zapateramente llamando ciudadanía –plasta, bosta, boñiga, cagarruta amorfa, que es lo que lo inspira- al pueblo soberano, se obvia esta calidad, se le pasa la pluma por el hocico, y se le acaba guindando la cartera y el bocadillo.

Muchos estamos en eso, dice descarado el andobilla de los ojitos azules de muñeca chochona, alineado con el madurísmo cerril, que ha declarado su guerra, de él, a USA y que se asemejan demasiado a los del escayolista-estuquista –eminente estratega, este Largo Caballero– que fuera presidente del gobierno y ministro de la guerra del frente popular en la idílica II República Española, allá por el 36, y al que Franco nunca agradeciese los meses que dirigió al ejército rojo, el de la bandera de la URRSS, permiténdole por su inepcia presentarse a las puertas de Madrid en poco más de tres meses, habiendo partido de la nada.

Se habla, siempre por falsarios y periodistas a sueldo, de que la II República procedía de un escrupuloso proceso electoral y democrático que cambiaba el régimen monárquico imperante en 1931, cuando fue todo un atropello el 14 de abril del 31 –lo que se conoce como golpe de Estado en cualquier circunscripción- previsto en una conjura no escrita republicana llamada de San Sebastián, tras unas elecciones celebradas el 12 de abril del 31, dos días antes, que ganaban los monárquicos: 20.000 concejales contra 5.000 republicanos.

Se pasaban los resultados –pura Memoria Democrática, tomen nota- por el arco de Cuchilleros. Esa es la puñetera verdad, que intentan tergiversar, inaccesibles al desaliento, estas buenas gentes, sin otro ánimo que tomarnos el pelo a todos. ¿Se votó la Constitución republicana del 31? No, para nada. Se impuso. Otra nota para la Memoria Democrática. Esto no es digerible, como no lo fue para los que decían ¡No es esto, no es esto! y escapaban de la matanza general de los encorbatados, caso de Marañón y de Ortega y Gasset, que habían contribuido a la venida de esta maravilla.

Luego el rey, valiente como pocos, se larga escopeteado ante la mirada escéptica de Dámaso Berenguer, olvidándose de su señora y de sus hijos, que salen al poco y abdica diez años después en su hijo Juan.

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Ahí queda España en proceso de flagrante bolchevización, en manos de socialistas exaltados y comunistas que venían de un golpe en el 31, otro en el 34, y en febrero del 36 dan el tercer aldabonazo amañando fraudulentamente las elecciones de febrero y alzándose en el machito, lo que se clarifica debidamente ochenta años después. ¿Memoria Democrática? ¿De qué? ¿Quién opina lo contrario? La Francia de León Blum, tan de frente popular como España, le volvió la espalda ante tanto asesinato y exterminio de la derecha mártir, que se negaba a morir al palo. Y se produjo la sublevación de los morituri, aunque eso no le conste a la Celaá, ni a la de Cabra. Como decía Salvador de Madariaga, que nunca regresó de Suiza, el golpe del 34 en Asturias fracasó y el del 18 de julio del 36 triunfó, esa es la única diferencia.

 Quince reemplazos acabaron con veintisiete, que ya es acabar, hasta cautivarlos y desarmarlos, en 986 días. Esa es la verdad tozuda e inapelable del desastre. A eso se le añadieron diez años de maquis, de guerrilla comunista –que muchos hoy día obvian como si nada- llamándole represión franquista (consultar a Luis del Val y a Joaquín Leguina) que sobrellevó la guardia civil a sus espaldas, hasta ponerlos al fresco.

 ¿Hay algo que no sea como digo? ¿Exagero?

¿Tras ochenta años, se sabe dónde estaba el truco de remitir la reserva de oro del Banco de España, la tercera del planeta, a Odesa, a Stalin, en cinco barcos, para su libre disposición? A mí no se me ocurre, salvo que ya entonces supiesen que iban al guano y querían dejar a España como un solar para que la gente le echase la culpa a Franco del calvario que sufrirían hasta recuperar la renta en el 59, y de paso asegurarse el exilio caviar –completando la operación con el Vita- que ya barruntaban en el horizonte. ¡Si seré sibilino!

¿Se les ocurre otra explicación a la conducta de esos dos cerebros privilegiados de Largo y de Negrín? ¿Nadie rechista? ¿Hay alguien ahí? ¿Existe una oposición? ¿No quedan historiadores curiosos ni en la Academia? La URRSS amargaría la vida de unas cuantas generaciones, en manos de maestros de primaria, hasta que llegó Gorbachov, economista que sabía leer un balance, y cerró el negocio. ¡Qué hombre este!

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Bueno, pues llegó la santa transición, que consistió en que los vencedores transigían con los perdedores para hacerse perdonar ¿De qué? ¿Pensaban que los comunistas tornarían las lanzas por cañas? Pobriños. Suarez, impasible el ademán, por sugerencia del Emérito y del Torcuato absolvió, “ego te absolvo” –olvidándose de sus camaradas que hacían guardia sobre los luceros- así como suena, a Carrillo, a la Pasionaria, y a tantos otros cuyas manos tenían tintas de sangre, como relata Gonzalo Fernández de la Mora en sus memorias “Río arriba”, a cambio de no hacer lo que intentan ahora, aceptar la bandera ante la que habían corrido y perdonar la vida al Rey, amigo, pero eso no satisface al monstruo –proscrito recientemente por el Parlamento Europeo, como doctrina asesina y peligrosa para la paz y que España debe acatar e internalizar- que huele sangre de nuevo y le salen el Robespierre y el Diocleciano que lleva dentro.

Como decía aquel exaltado en el fragor del discurso y para rematar airoso: “España, católica por mariana y Mariano José de Larra”

¡Qué quieren que les diga!

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