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Análisis

La “venganza” del carlismo

Hoy la Iglesia jerárquica llora su debilidad y esterilidad, pero es incapaz de reconocer los errores que la han llevado a la presente situación.

Corre desde hace tiempo una leyenda periodística y pseudointelectual a propósito del separatismo. Se trata de una afirmación que se reitera como un mantra sin haber sido siquiera pensada. La consigna -esta sería su nomenclatura más apropiada- consiste en afirmar que el separatismo (y sus “maldades”) son herederos del carlismo (y sus “villanías”). El único argumento -flojo y desacertado- es que allí donde electoralmente tiene más peso el nacionalismo, parece coincidir con aquellos lares donde florecieron los campos de batalla en los que imperaba el legitimismo en armas y sucumbían por agotamiento los ejércitos liberales compuestos por quintas forzadas y dirigidos por generales ambiciosos y sin escrúpulos.

El pretendido paralelismo entre los cobijos naturales del carlismo y los mapas electorales nacionalistas actuales, es imperfecto y desfigurado; sea a propósito, sea por ignorancia. Veamos unos pocos ejemplos sin ánimo de agotar el tema. En Cataluña, poblaciones como Berga, Igualada, Ripoll, incluso Vich, fueron tradicionales refugios republicanos y sitiadas casi siempre sin éxito, o brevemente tomadas, por fuerzas carlistas que provenían de las pequeñas poblaciones circundantes o de las Masías escampadas por las montañas. Cabría igualmente preguntarse por qué en Navarra, Álava, Reino de Valencia o el Maestrazgo no se inseminó el nacionalismo. Este, por el contrario, se ha ido extendiendo desde los focos de poder urbanos periféricos -como Bilbao o Barcelona- que mantenían intensas relaciones de intereses comunes con la pretendidamente odiada “Madrid”. Hablamos de la burguesía bilbaína o barcelonesa, donde primero arraigó el liberalismo y luego el nacionalismo. Este no fue más que un Frankenstein elaborado con retazos de la casta liberal local, grupúsculos integristas anticarlistas, y alimentado con los dineros del gobierno central como ariete contra el sempiterno enemigo tradicionalista.

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Desde ahí se fue extendiendo -con la connivencia del alto clero alfonsino- a aquellos recodos de Vasgongadas y Cataluña, donde el nacionalismo -por liberal- nunca hubiera penetrado. Véase cómo la primera gran victoria electoral del nacionalismo catalán fue esencialmente barcelonesa, con la integración de la Lliga en la Solidaritat Catalana, en 1906, junto a un andaluz como Salmerón. El arraigo electoral nacionalista -fuera del feudo barcelonés- tardaría unos años en llegar a la Cataluña profunda y normalmente fue de la mano de un clero que los obispos nombrados desde Madrid habían convertido en catalanista acallando las “tentaciones” carlistas. El catalanismo era un sucedáneo revestido de pseudo tradicionalismo católico, para que el clero pensara que la causa carlista ya estaba perdida y que se había una nueva forma de “hacer” política: el catalanismo. Quizá uno de los artículos más clarividentes que hemos leído al respecto de la relación carlismo-separatismo es uno de don Juan Manuel de Prada, en el que afirmaba que la Cataluña separatista no es la heredera de la Cataluña carlista, sino -precisamente- la Cataluña despojada del carlismo. En tan pocas palabras no se podía decir tanto.

El carlismo siempre fue derrotado, incluso en su aportación a la victoria de una Cruzada culminada en 1939, que pronto algunos reciclaron en Guerra Civil y más tarde en una absurda dialéctica entre democracia y dictadura. Los enemigos de tradicionalismo fueron externos, pero también internos. El tradicionalismo político español que había sobrevivido a tres guerras, dos repúblicas, monarquías apócrifas como la de don Amadeo de Saboya y restauraciones borbónicas contra-natura, acabó derrotado por su propio idealismo e ingenuidad. ¿Quién podía imaginar que los que se beneficiaron de la sangre de los requetés vertida en mil campos de batalla o en las cunetas de la retaguardia, luego deshonrarían ese holocausto por la moda de un Régimen y los beneficios de un cargo? ¿Quién podía imaginar que los eclesiásticos que fueron salvados y las prebendas que recuperaron, fueron después los que prefirieron pactar con nuevas modas; fueran la de los cristianos por el socialismo, fueran la de los demócratas-cristianos? Las familias carlistas nutrieron durante casi dos siglos los seminarios, conventos y monasterios, así como los martirologios y las causas de los santos de España. Todo ello ha sido pagado con el silencio o con el menosprecio de los que deberían llorar agradecidos.

Las familias carlistas nutrieron durante casi dos siglos los seminarios, conventos y monasterios, así como los martirologios y las causas de los santos de España. Todo ello ha sido pagado con el silencio o con el menosprecio de los que deberían llorar agradecidos.

Hoy siguen existiendo carlistas y sigue existiendo carlismo. Quizá no como antaño, quizá sin ser percibido como un peligro para el sistema imperante. Pero estas mismas líneas son prueba de esta existencia. Y de un modo misterioso, sin apenas saber como describirlo, también existe una “venganza” de ese carlismo por todos combatido, por todos menospreciado y por casi todos olvidado. Extraña venganza, y no al uso de la de don Mendo precisamente. Aunque ciertos tintes tragicómicos de esa revancha, más trágicos que cómicos, podemos rastrear en nuestra misérrima cotidianidad política. Los que se ríen, o sonríen, ante el carlismo como una trasnochada actitud existencial y una “inútil”, absurda y patochesca posición política, son inevitablemente inconscientes de que estos atributos se les deben aplicar precisamente a los que se creen “modernos”.

Esta es la “venganza” del carlismo: no estar presente en la vida política dejando al albur las inevitables contradicciones de los que lo combatieron. Como buena parte de las posturas políticas actuales nacieron contra el carlismo, ahora sin él se vuelven estultas, desafinadas y ridículas. Los carlistas de macha martillo que tomaros sus caballos y fusiles eran monárquicos y no porque sí. Esa monarquía consagraba una tradición que ponía lo político al servicio y defensa de la religión. Los hombres que vistieron pobremente y calzaron sus alpargatas para defender a su rey, lo amaban sinceramente como persona, pero más aún a la Institución que representaba y por lo que la Institución representaba: autoridad, orden, historia, patrimonio espiritual, Patria. Y aunque la dinastía legítima a la que sirvieron no pudo ocupar el trono, y experimentó el amargo exilio, la monarquía legítima siguió teniendo seguidores a miles.

Hoy -¡ cruel venganza!-, la dinastía liberal ha tenido que apoyarse en “juacarlistas”, avergonzados de haberlo sido, y ahora en “felipistas” ocasionales. Su devoción monárquica no es tal sino una “filiación” personalista y sin convencimiento, más sentimentaloide que real. Y no tanto por lo que representa la monarquía, sino por el pavor que les producen los enemigos de ella. La monarquía ilegitima no se sustenta en el amor de un pueblo monárquico sino en el temor de los que son indiferentes a cualquier forma de gobierno a una descontrolada república podemita. Pobre monarquía liberal que debe sustentarse en los mortales que la encarnan (mecidos fácilmente por los vientos de las tormentas revolucionarias y las veleidades de este mundo) y no en las convicciones de los verdaderos monárquicos.

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Hoy existe una pseudomonarquía defendida por gentes que no son monárquicas ni de convicción ni tradición. Esta monarquía sin monárquicos se dice garante de la democracia, aunque su origen es el Régimen del 39 y no el del 78. Los que la apoyan no quieren la monarquía, sino que temen la República. No lo saben, pero la verdadera monarquía española es una institución multisecular con una sola función: garantizar la existencia de una España unida en su catolicidad y tradiciones. Los que hoy gritan “Viva Felipe VI” mañana aplaudirán la llegada de la III República siempre que esta les prometa un espacio en las urnas y una cuota de prebendas partidistas y les engañe que no vendrá sucedida de revoluciones. Sino que se lo digan a Alcalá Zamora que pasó de gritar “¡Viva Alfonso XIII!” a presidir a II República; que se lo digan a los Gil Robles de turno, que soñaron con una República donde se podría ser demócratacristianos. Pero primero sólo les dejaron ser demócratas y después como mucho mártires.

La “venganza” del carlismo se manifiesta nuevamente en su ausencia pública. La defensa a ultranza de la diversidad como condición de unidad, ha sido interpretada por el multisecular liberalismo como una suerte de herejía. El fin del liberalismo es la uniformización y la igualación forzosa de realidades diferentes. Sólo el carlismo en cuanto heredero espiritual de una España que se forjó desde la diversidad de pueblos que compartían un ideal universal, podía garantizar la unidad de España sin importar la diferencia: las diversas lenguas de la península; las diferentes derivaciones de los derechos civiles particulares de sus viejos reinos; diferentes costumbres, fueros y libertades que el tiempo y la historia habían concedido a los pueblos de España. ¿Quién podría negar al carlismo la defensa del más genuino patriotismo contra afrancesados e iluminados por toda moda extranjerizante? Hoy, el Régimen aún vigente, pretende estérilmente conciliar unidad y diversidad. La única forma de lograr un simulacro de “unidad” es pagando prebendas a las oligarquías locales que han convertido sus unidades administrativas -léase autonomías- en micro estados que aspiran a su soberanía absoluta y a la independencia de facto o mental. España ha dejado de ser una unidad en la diversidad para convertirse en una tensión centrífuga entre castas oligárquicas y la central que se chantajean constantemente, con la moneda del falso patriotismo y del nacionalismo.

La “venganza” del carlismo, en su versión más cruel y trascendente, viene provocada por haber sido arrinconado, denostado, humillado por la propia Iglesia a la que tan generosamente sirvió. Parte de las estructuras humanas de la Iglesia eterna, optaron en su momento por la cómoda convivencia para con el poder y las novedades. Tradición sonaba a rancio y obligaba demasiado. Los tiempos son tentadores y acomodaticios. Primero se abandonó el carlismo por el integrismo. Este acabó “integrándose” en el restauracionismo borbónico-liberal que habían combatido. Sin darse cuenta, y acompañados por jesuitas que hicieron de parteras, dieron a luz a la democracia cristiana y las formas cristiano-demócratas sobre las que se asentó el nacionalismo conservador anticarlista. Hacerse al Mundo en vez de combatirlo primero provocó alegrías: prebendas, beneplácitos acercamiento a la dinastía que había profanado el trono. Pero luego llegó el cobro de las deudas: aceptar la libertad de cultos, la pérdida de la unidad católica ceder ante el modernismo y el perennemente condenado liberalismo.

Los únicos que supieron estar a las duras y a las maduras siguieron siendo las familias carlistas que continuaron entregando sus hijos e hijas para acrecentar las órdenes religiosas el clero regular y diocesano o expandir miles de asociaciones católicas por toda España para la defensa de la fe. Los enemigos pagaron tanta ofrenda martirizándolos en el 36. Los “amigos” simplemente pagaron con el menosprecio. La confusión provocada por los que debían iluminar a su pueblo fue tal, que un día las familias de la tradición dejaron de entregar sus hijos a la Iglesia. Tantos y tantos desorientados confundieron la religión tradicional con la política moderna. Llegada la Transición del 78 cayeron en la ilusión -proclamada desde muchos púlpitos- que la Democracia era el reino de Dios en la Tierra y los partidos políticos las nuevas parroquias. España se llenó de políticos, muchos de ellos provenientes de familias carlistas que acabaron defendiendo lo que sus padres y abuelos habían combatido. España se llenó de políticos y funcionarios y se vació de sacerdotes y religiosos. Hoy la Iglesia jerárquica llora su debilidad y esterilidad, pero es incapaz de reconocer los errores que la han llevado a la presente situación.

El carlismo se ha “vengado” de las derrotas y humillaciones infringidas, como hemos dicho, por propios y extraños. Esta venganza consiste en no estar, por no haber sido invitado, antes bien expulsado por los que deberían agradecer perpetuamente su existencia. La España que agoniza hoy es la España que no quiso beber de la sabia que portaba el tradicionalismo. Sin él no hay España y tan sólo nos queda un Estado administrativo quebrado, una sociedad moralmente herida de muerte y una Patria gangrenada en su identidad y unidad. Cuando no se quiere la cura, el avance de la enfermedad mortal es inevitable. Ni “felipistas” ni “constitucionalistas” son medicina sino apenas tiritas que pretenden unir un cuerpo desgarrado y un alma disuelta. Sin la Tradición no hay esperanza ni salvación. Ahora sólo nos queda el absurdo e impuesto optimismo del que está al borde del precipicio y prefiere agarrase a frágiles hojas caducas que a una fuerte raíz por donde discurre la fuente de vida. Sin Tradición sólo hay muerte. Así lo habéis querido. Esta es nuestra involuntaria venganza.

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