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Soy un desgraciado

No soy uno de esos amantes del progreso que cree que estamos cumpliendo con nuestro destino como especie elegida del planeta.

Imagen con licencia Pixabay

Por Juan V. Oltra

Finalizaba Julio Camba un artículo en nuestros convulsos años 30 con la frase «Soy un hombre de mi época, aunque, la verdad, preferiría serio de cualquier otra». Y puede que a muchos de los que ahora leen estas líneas, si piensan sosegadamente en sus vidas le pase algo parecido. Incluso puede que me pase a mí mismo.

Resulta raro que sea yo quien diga eso, parece que arrojo piedras sobre mi tejado. Y es que no solo soy un tecnólogo que deja reposar el peso de su docencia e investigación sobre las tecnologías de la información y las comunicaciones, sino que disfruto a diario de los avances del mundo moderno.

Efectivamente, soy plenamente consciente de que sin los avances de la medicina yo hubiera muerto ya en al menos tres ocasiones. Pero además hay otros elementos parecidos en mis alforjas: en mi teléfono móvil llevo suficiente música y libros como para soportar la vida en esa isla del delta del Orinoco en que Defoe hace naufragar a Robinson sin necesidad de Viernes alguno; mis dioptrías no me impiden ver gracias a unas gafas de óptica italiana; mientras redacto este artículo escucho música barroca alemana en una radio que emite desde argentina… y todo eso sin considerar algo tan básico como que el agua potable y la electricidad me permiten mantener un nivel de higiene en mi casa que mis bisabuelos no hubieran siquiera sospechado…

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Pero, por otra parte…  por otra parte, no puedo dejar de reconocer que tenemos enfermedades nuevas e insospechadas, de recordar que se nos dice que cada año hace más calor que el anterior, que aumenta el CO2, que hay más radiación en la tierra, que los antibióticos dejan de ser un bálsamo de Fierabrás, que los recursos de la tierra se agotan, que los animales se extinguen… que vivimos en suma tiempos difíciles.

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Así pues, en el mismo lote tenemos una vida más larga, enfermedades nuevas, comodidades cotidianas, incremento en el número de divorcios, coches veloces, abortos sin número, mil formas de matar nuevas y masivas, mil formas de sanar las enfermedades antes incurables… el bien y el mal en agitada mezcla.

No, no voy a rechazar todo lo bueno que la ciencia ha traído a mi vida, pero tampoco voy a deificarlo. No soy uno de esos amantes del progreso que cree que estamos cumpliendo con nuestro destino como especie elegida del planeta. Recuerdo que una profesora ucraniana me regaló un refrán de su tierra que acopla como anillo al dedo a esta sensación: “El progreso es como el horizonte: lo ves, está ahí, pero nunca lo alcanzas”

Si creo que es bueno vivir en este momento, pero no solo por esas comodidades, sino por lo que supone de nuestra puesta a prueba. En ningún otro momento de la historia ha sido más fácil claudicar de la propia Fe, y para ello no ha hecho falta ni látigo ni espada, tan solo bares, gimnasios y series de televisión. Hace unos años escuché a la hermana de un amigo, misionera en un país perdido en el mapa, atrasado y en medio del peligro, negar a su hermano la idea de que en España estaría mejor. Le respondió algo con muy sencillo, pero a la vez intenso: “Aquí pueden matar mi cuerpo, pero no mi alma”. Esa misma mujer me contaba que durante un tiempo estuvo confundida: no sabía por qué los indígenas rechazaban las comodidades de la llamada civilización, cuando le respondían que la naturaleza les daba lo que ellos precisaban. Ella me dijo: “ahora les entiendo, salvo que a lo que ellos le llaman naturaleza, yo le llamo de otra forma”. Yo solo le pude añadir una coda: seguro que en medio de esa naturaleza era más fácil encontrar tiempo para rezar que en nuestras aceleradas vidas.

Sí, tenemos más cosas, más cacharritos con los que jugar, más vida por delante. Pero hemos perdido tanto… hemos perdido tiempo de juego con nuestros hijos, sin ir más lejos. Y sin querer entrar en variables económicas, pienso en lo feliz que era en casa disfrutando de un hogar donde el salario de un solo cónyuge bastaba para pagar casa, alimentos y ropa, mientras ahora con los dos trabajando se hace tan cuesta arriba el pago de nuestras supuestas necesidades que algunas parejas deciden hasta negarse uno de los más preciados bienes que nos da la vida: tener hijos. Es difícil encontrar una explicación por mí mismo, no me creo capacitado, así que como en tantas ocasiones, debo recurrir a los clásicos. A Chesterton, en este caso.

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Cuando visitó Estados Unidos en 1921, le quisieron agasajar enseñándole el espectáculo de las luces nocturnas en Times Square. Chesterton se mantuvo callado tanto tiempo que llegó a ser incómodo para sus guías. Al cabo de un rato alguien rompió el hielo, preguntándole que le parecía lo que veía. Él dijo «Estaba pensando en lo hermoso que sería si no pudiera leer». Él veía las luces de los anuncios, pero no podía evitar leerlas, por una elemental inercia humana. Esas luces nos distraen de nuestra meta, cuando no nos atrapan como mosquitos, quedando fulminados en ella.  Me propongo escapar de las luces. ¿Alguien me acompaña al bosque?

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