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Análisis

¿Quiénes han perdido la guerra más larga en la que han participado los EEUU y sus aliados?

El Dios de los talibanes es Alá. El becerro de oro que se les ofrece es la democracia. De momento, el Islam ha demostrado ser más fuerte.

En estos momentos en los que los «talibán» acaban de entrar en la capital de Afganistán, Kabul, y el presidente del país ha puesto tierra por medio, es bueno hacer balance de por qué se ha llegado a tal situación, después de una larga, larguísima guerra, una guerra interminable en la que, entre otros han participado los países de la OTAN, y especialmente los Estados Unidos de Norteamérica.

Las noticias que de allí nos llegan, hablan de que Ashraf Ghani, presidente de Afganistán ha abandonado este domingo, ha puesto rumbo a Tayiquistán…

No está de más, recordar que, como mínimo hay que remontarse a cuando, en 2001, Estados Unidos y sus aliados invadieron Afganistán con el objetivo-pretexto de desmantelar la organización terrorista musulmana internacional Al-Qaeda, responsable de los atentados a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre… La fuerza multinacional derrotó -aparentemente- fácilmente a los talibán, pero estos pasaron a la resistencia en una guerra que, hoy (tras veinte años) dan por terminada.

En el camino, a lo largo de dos décadas, han quedado las desavenencias -graves- entre los diversos países que formaban parte de la coalición internacional, el descontento de los ciudadanos de los diversos países, las acusaciones entre ellos de tener algo más que una actitud pasiva ante el avance talibán… reducción del presupuesto dedicado a la guerra entre los integrantes de la fuerza multinacional, entre otros los propios EEUU,… iniciativas para promover reuniones con los talibán, para declarar el alto el fuego y firmar un tratado de paz… la salida escalonada de las tropas estadounidenses (desde cuando la presidencia era ocupada por Barack Obama)… tampoco podemos olvidar las luchas tribales para el control multimillonario del comercio del opio y sus conexiones con el narcotráfico internacional… el descubrimiento en Afganistán de un yacimiento mineral sin explotar valorado en alrededor de un billón de dólares (más de 820.000 millones de euros), en 2010 … El yacimiento contiene oro, cobre, cobalto, hierro y metales estratégicos para el desarrollo tecnológico…

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Pues sí, Afganistán ha sido invadido, pero nunca dominado, a lo largo de los siglos, desde Alejandro Magno de Macedonia (también hay constancia de mucho antes), hace varios milenios (entre 330 y 326 antes de Cristo), hasta nuestros días. Afganistán ha formado parte, desde que existe constancia histórica, de al menos dos docenas de grandes imperios, y ha visto pasar una interminable lista de conquistadores y gobernantes. Sin embargo, los condicionantes geográficos y políticos que, siguen influyendo actualmente en él han sido, curiosamente, los mismos durante los últimos trescientos años y muchos de los conflictos que le afectan actualmente son repeticiones de los del pasado. Mongoles, persas, rusos, británicos, turcos… Afganistán siempre ha sido un «punto de encuentro de grandes imperios”, esta región siempre ha sido (aunque es de suponer que nunca ha sido el deseo de sus habitantes) un «estado tapón» disputado constantemente por las grandes potencias, disputa de la que tampoco se libró durante la denominada «guerra fría», dando lugar a una invasión de la antigua Unión Soviética… No es de extrañar que, también los rusos tuvieran que acabar saliendo con el rabo entre las piernas.

A lo largo de los siglos, todos aquellos que han intentado dominar Afganistán se han topado con las trampas que aguardaban a quienes aspiraban a conquistar estas tierras casi impenetrables. En primer lugar, los accidentes geográficos que forman las defensas naturales del país: el Hindu Kush, que se estira de noreste a suroeste, y el río Oxo, en su frontera norte. Ambos suponen un formidable problema logístico para cualquier ejército invasor, especialmente las montañas, que entre noviembre y marzo están cubiertas de nieve, que cuando se derrite se convierte en rugientes torrenteras que provocan inundaciones en brevísimo tiempo, una circunstancia a la que tuvo que enfrentarse el mismísimo Alejandro Magno. 

La constante, a lo largo de la Historia, ha sido que, cuando un ejército consigue cruzar estas barreras, entonces tiene que enfrentarse a uno de los pueblos guerreros más salvajes de la historia, el afgano, que nunca ha podido permitirse ser expulsado de su hábitat por la simple razón de que no tenía otro adonde ir.

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Su falta de movilidad social y sus rígidas estructuras tribales lo ataban a su entorno inmediato, pues si ya era imposible que los afganos fueran aceptados por otros clanes de su propia etnia, mucho menos los aceptarían otros grupos tribales, ya que viven en un territorio demasiado pobre como para admitir refugiados. Además, los hombres, que eran y en gran medida siguen siendo fundamentalmente granjeros y pastores, no podían encontrar esposa fuera de sus cerradas comunidades. En otras palabras, los afganos nunca han luchado por defender un Estado-nación, o al menos una agrupación tribal, y lo mismo sucede hoy en día, en que la mayoría de los combatientes talibán luchan a tan solo unas pocos kilómetros de sus pueblos de origen.

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La invasión liderada por los EEUU en 2001 es el último ejemplo de acción militar mal concebida, que con la retirada de las tropas acabará dejando a Afganistán (una vez más), en una situación caótica. La estrategia fue defectuosa desde el principio: en 2003, tras expulsar a los talibán y poner a Al Qaeda en fuga, las naciones occidentales apuntaron sus miras hacia Irak, creyendo erróneamente que el enemigo estaba acabado, para volver en 2006 y encontrarse con una insurgencia bien armada y determinada, lista para enfrentarse a ellos.

En abril, el presidente Joe Biden les dijo a los estadounidenses que sacaría a todas las tropas estadounidenses de Afganistán antes del 11 de septiembre, el vigésimo aniversario del peor ataque terrorista de la historia de los Estados Unidos continental.

Dado el giro de los acontecimientos de los últimos días y horas ese vigésimo aniversario, es seguro que será celebrado por un Talibán triunfante, victorioso, habiendo vencido a los estadounidenses y sus aliados afganos. Triunfo talibán que, es probable que vaya acompañado de horribles ejecuciones públicas de sus enemigos capturados y rendidos.

Es posible que, durante las próximas semanas, los próximos días veamos a los marines y diplomáticos estadounidenses huir de Kabul (también a los soldados y funcionarios de los paises aliados e integrantes de la fuerza multinacional) para escapar de las represalias de los talibanes a quienes se derrotó (aparentemente) en 2001.

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 Los talibán controlan ahora casi la totalidad de su territorio.

Algunos soldados afganos han luchado con valentía. Otros se han retirado a sus bases, se han rendido o han huido a países vecinos como Irán, Tayikistán, Uzbekistán y Pakistán. Todo un cuerpo del ejército afgano con sus armas, equipos y vehículos estadounidenses ha sido entregado a los talibán en las ciudades que han ido cayendo en sus manos.

El senador demócrata estadounidense, Chris Murphy, de Connecticut ha afirmado que, la derrota del ejército afgano, leal al gobierno de Ashraf Ghani (en estos momentos refugiado en la antigua república soviética de Kazakistán) es el resultado de una estrategia fallida de 20 años basada en la creencia de que miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses podrían crear un gobierno central democrático eficaz en una nación en la que nunca ha existido democracia.

La realidad de esa sombría evaluación plantea muchas preguntas.

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¿Quién es responsable del colosal fracaso de Estados Unidos en Afganistán? ¿Quién es responsable de la inminente derrota de Estados Unidos en su guerra más larga?

Durante los últimos 20 años, Estados Unidos perdió 2.500 soldados y tuvo más de 20.000 heridos e invirtió más de un billón de dólares, para crear un ejército afgano; todo ello para acabar viendo cómo ese ejército se desmoronaba y desintegraba tan pronto como la fuerza multinacional aliada y el ejército de los EEUU abandonaban Afganistán.

El último miércoles, Biden tuvo un ataque de sinceridad y admitió todo lo que venimos narrando: “Mire, gastamos más de un billón de dólares durante 20 años; entrenamos y equipamos… a más de 300.000 soldados afganos. Los líderes afganos deben unirse. Tienen que luchar por sí mismos «.

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En Afganistán nos enfrentamos a que la enorme inversión de mucho más que dinero, para convertir Afganistán en una democracia, acabe cayendo en saco roto.

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Pero… ¿En qué se ha fallado?

¿Se engañaron a sí mismos los generales, estadistas, políticos y periodistas occidentales y los estadounidenses en particular que han estado en Afganistán durante estas dos últimas décadas? ¿O, tal vez nos engañaron?

¿Cuántos generales de la fuerza multinacional aliada y de las tropas estadounidenses sabían lo que estaba pasando pero se negaron a arriesgar sus carreras diciéndole a sus gobiernos o al país que el ejército y el régimen afgano estaba abocado a colapsar, a derribarse como un castillo de naipes una vez que los estadounidenses y la fuerza multinacional se marcharan y tuvieran que enfrentarse a los talibán?

Hoy, el enviado especial de EEUU para Afganistán, Zalmay Khalilzad, está amenazando a los talibán de que si se erigen en vencedores y asumen el control total, corren el riesgo de que EEUU y sus aliados occidentales les nieguen el reconocimiento diplomático y la pérdida de la futura ayuda exterior…

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Pero marcar a los talibán como terroristas y parias no es nuevo para ellos. Lo que buscan es algo por lo que han demostrado que están dispuestos a morir.

Lo que es fundamental para ellos es restaurar el dominio talibán anterior a la invasión de 2001; para crear un Emirato Islámico, implantar una teocracia, para convertirse en árbitros morales, sociales y políticos de un Afganistán claramente islámico. Y por supuesto, deshacerse de los extranjeros y sus valores a la religión musulmana.

Su único deseo es ponerse de pie y decirle al mundo musulmán: “Les hemos mostrado cómo hacerlo. Luchamos contra Estados Unidos, la superpotencia mundial, durante 20 años hasta que obligamos a los estadounidenses, con el rabo entre las piernas, a salir de nuestra tierra, y luego pusimos a sus títeres contra la pared “.

Aunque la derrota estadounidense, la derrota del occidente cristiano, es de suponer que, como poco mantendrá reacios a los estadounidenses y europeos, de intentar futuras invasiones e «intervenciones imperiales», es obligatorio que se produzca una rendición de cuentas.

Existen preguntas que necesitan respuesta:

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¿No fue desde el principio una estupidez, el intento de trasplantar la democracia al suelo del Medio y Cercano Oriente?

¿Cuántos otros ejércitos de países aliados de los EEUU acabarán colapsando, si no tienen a los estadounidenses allí para hacer el trabajo pesado?

¿Es la democracia algo atractivo, lo único que podemos ofrecer (democracia representativa de un voto por persona) a una parte del mundo donde la democracia parece tener problemas para arraigar, desde el Magreb hasta Asia Central, pasando por Oriente Medio, y acabar echando raíces profundas?

El Dios de los talibanes es Alá. El becerro de oro que se les ofrece es la democracia. De momento, el Islam ha demostrado ser más fuerte.

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 Lo mejor que se puede esperar ahora es canalizar correctamente la ayuda para la reconstrucción de Afganistán, minimizando el porcentaje que caerá inevitablemente en manos de funcionarios corruptos, para reconstruir con éxito la economía y las infraestructuras de Afganistán, permitiendo que salga de la sombra de más de dos décadas de guerra. Pero el mejor escenario posible será asegurarse de que esta sea la última invasión extranjera del país.

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